Siempre me ha fascinado la bruma. No solo la que cubre los valles de Galicia en las mañanas frías, sino la otra, la que se instala dentro de uno mismo y hace que todo parezca más lento, más suave, más difícil de definir.
Este texto es una explicación de esa bruma interior, de esa sensación de estar a medio camino entre lo que fui y lo que seré, entre lo que recuerdo y lo que invento, entre lo que digo y lo que callo.
«La Posada de la Bruma» es un lugar imaginario, pero podría existir. Un sitio pequeño, apartado, al que la gente llega sin saber muy bien por qué y del que se marcha sin saber muy bien qué ha encontrado. Un lugar donde el tiempo no se mide en horas, sino en silencios. Donde las historias no se cuentan de golpe, sino que se dejan caer, como quien deja caer una piedra en un pozo para escuchar el eco. En estas palabras, en esta posada, se funde mi naturaleza: recuerdos, reflexiones, escenas sueltas, fragmentos que no encontraban hogar en otro lugar. Todos tienen algo en común: nacen de la necesidad de detenerse.
Vivimos en un mundo que nos empuja siempre hacia adelante, como si detenerse fuera un pecado. Pero yo he descubierto que, a veces, solo se puede avanzar si uno se permite quedarse quieto un instante. Esta posada soñada es ese instante. Un espacio para respirar, para mirar hacia dentro, para aceptar que no siempre sabemos lo que queremos ni lo que sentimos. La bruma no es confusión: es protección. Es lo que aparece cuando la mente necesita descanso.
Los textos que nacen de esa bruma no buscan enseñar nada. No son consejos ni lecciones. Son, simplemente, momentos. Instantes que quise guardar porque, de algún modo, me hicieron más humano. Hay en ellos amor, sí, pero también pérdida. Hay soledad, pero también encuentro. Hay tierra, viento, morriña, y esa sensación tan gallega de estar siempre un poco entre dos mundos.
La posada es un refugio, pero también un espejo. Al entrar en ella, cada lector verá algo distinto. Quizá un recuerdo de la infancia. Quizá una herida que aún duele. Quizá una esperanza que no sabía que tenía. Eso es lo que me gustaría, que tú fueras capaz de habitar en esta posada, aunque te duela porque el dolor sana y purifica. Este lugar no existe en realidad, existe en mi mente, lugar que te invita a posarte un instante, para que la bruma te envuelva y logres salir un poco más ligero.
Si decides entrar, hazlo como lo harías en una posada real: con calma, sin prisa, dejando que el silencio hable. La bruma no esconde: revela de otra manera.
