La memoria, hija bastarda de la verdad, rara vez me visita cuando la clarividencia se apodera de mí. Aparece como un rastro, como algo que permanece cuando el tiempo ya ha pasado lentamente sobre las vivencias y ha dejado su indeleble huella. Es malvada porque no siempre guarda lo que debería, guarda lo que ella quiere. A veces protege aquello que creíamos perdido y, en cambio, deja escapar como pájaros que no quieren jaula lo que pensábamos que permanecería siempre. Estos poemas nacen del territorio incierto de una biblioteca que pierde volúmenes cada noche. No intentan reconstruir una historia ni explicar el pasado porque ese mapa ya no tiene caminos. Son fragmentos. Instantes que quedaron suspendidos en la piel de lo vivido. Momentos que no terminaron de extinguirse y que regresan, de pronto, con la forma difusa de una mirada, de una voz cercana, de una cálida mano, de un gesto que vuelve sin pedir permiso. Quizá la memoria sea justamente eso: un lugar donde lo que alguna vez ardió continúa dejando señales como las hojas en otoño. No fuego ya… sino una tibieza persistente, como la ceniza que todavía guarda calor cuando uno se acerca lo suficiente. Los textos que siguen no pretenden descifrar esas huellas ni darles un sentido definitivo. Solo se acercan a ellas con cuidado, casi como quien roza algo frágil con los dedos, sabiendo que toda memoria es incompleta y que, incluso en sus silencios, permanece algo vivo que todavía quiere ser escuchado.
