Vivo estrangulado por la ansiedad, como si el aire se negara a entrar del todo. Dentro de mí, el deseo se contradice: una parte se marcha con las manos vacías, la otra se queda aferrada a una fuerza aprendida a base de resistencia. Solo pido que cesen los punzones, esos nervios afilados que desde hace siglos se alojan en mi alma y atraviesan mis sentidos sin pedir permiso. Me recorren como una procesión errante de cuerpos sin abrigo, de camas abandonadas, de espacios donde ya no existe la palabra hogar.
