Publicó su tristeza en redes, esperando «megustas» como quien lanza botellas al mar con mensajes de auxilio. Cada reacción era una esperanza, cada comentario, una posible cuerda. Pero nadie lo rescató. El mar digital no tiene costas, solo olas que arrastran sin mirar. Y su dolor, aunque viral, seguía sin respuesta, flotando entre algoritmos y pantallas.
