En los latidos de mis versos defiendo mis creencias, confieso la fe de los míos, respiro el aroma de nuestra tierra y construyo con ellos una trinchera llena de astros y estrellas. Cada palabra es un fuego que arde sin permiso, una raíz que se hunde en lo más hondo de mi memoria.
En los latidos de mis versos siento tu pulso, libre de miedos y cadenas, sepultando mis cipreses en un tiempo de camelias blancas. Y trazo, con el golpe suave de mi muñeca, en una orilla siempre viva, el perfil de una letra desnuda que junto a ti comienza a tener vida.
Tu piel es territorio de luz y sombra, mapa secreto donde cada sílaba se posa como un suspiro. Escribo sobre ti como quien acaricia, como quien descubre en cada poro una palabra nueva. Tus hombros son estrofas que se abren al tacto, tus muslos, versos que se deslizan entre la bruma de mi deseo.
Cuando mi mano roza tu espalda, el poema se estremece. Cuando mi boca nombra tu cuello, la tinta se vuelve carne. Y en el temblor de tus pechos, encuentro la rima perfecta, esa que no se escribe, pero se siente.
No hay métrica que encierre tu cuerpo, ni estrofa que contenga tu aliento. Eres poema sin forma, sin límite, sin final. Eres la letra que se desnuda en mi mirada, la palabra que se humedece en mi lengua, el verso que se arquea cuando la noche nos cubre.
Y yo, poeta de tu piel, sigo escribiendo. Porque en cada latido, en cada roce, en cada silencio compartido, sé que la poesía no vive en los libros, sino en ti. En tu cuerpo. En tu voz. En el temblor sagrado de tu presencia.
