Ramón vivía solo en una casa de piedra, al pie de un monte que olía a eucalipto y a saudade. Cada mañana encendía la radio, no para escucharla, sino para no sentirse tan solo.
Había amado una vez, y había perdido. Desde entonces, escribía cartas que nunca enviaba, poemas que escondía entre los sacos de patatas.
Su vida era sencilla: ordeñar la vaca, regar los grelos, discutir con el gato. Pero en su cabeza, el mundo era otro: lleno de palabras, recuerdos y canciones que nadie más escuchaba.
Los vecinos decían que estaba un poco tocado, pero lo saludaban con respeto. Sabían que Ramón guardaba historias que no cabían en ningún libro.
Una tarde de lluvia, bajó al bar del pueblo con un cuaderno bajo el brazo. Lo dejó sobre la mesa y pidió un café.
Cuando se fue, el camarero lo abrió por curiosidad. Dentro había poemas en prosa, cuentos de meigas, definiciones canallas y una biografía que parecía escrita por alguien que nunca había existido.
Desde entonces, el cuaderno pasó de mano en mano. Nadie volvió a ver a Ramón, pero todos hablaban de él como si fuera una leyenda.
Dicen que su alma se hizo blog, y que quien lo lee, lo escucha respirar entre líneas.
