«SONMEIGO» (JMMT)

LA CIUDAD

La ciudad late a veces con un fervor que asfixia. Entre edificios que parecen rozar el cielo y luces que desgarran la noche, yo me descubro náufrago en un océano de rostros desconocidos. Camino por las calles y las caras que me cruzan se desvanecen tan rápido como aparecieron, como si mi existencia fuese apenas un espejismo. La multitud me envuelve, pero el mundo permanece distante, y yo me siento un visitante en mi propia vida.

Cada esquina guarda su historia, pero yo estoy atrapado en la mía: una historia de soledad. Soledad que me flagela aun rodeado de la vibrante vida que lucha a mi alrededor. Escucho risas arrastradas por el viento, conversaciones que suenan como música lejana. Qué paradoja: la ciudad rebosa ruido y vida, y yo me hundo en un vacío profundo, en un anonimato que me devora.

A veces deseo que alguien me mire de frente y descubra el tormento que arde en mis ojos, junto a este gesto despoblado que llamo sonrisa. Sueño con que un extraño me regale un instante de complicidad, como si compartiéramos un secreto invisible. La soledad es para quienes no tienen elección, pero también es mía: la busco cuando me falta, y cuando regresa me expulsa sin piedad de cualquier paraíso.

Me acompaña incluso en el transporte público. Miro distraído por la ventana para evitar que ojos ajenos se claven en mi espalda o en mi rostro. Los compañeros de viaje nunca entenderían que en ese trayecto lo único que hago es rastrear, en el rincón más oscuro de mi espíritu, la fuente del vacío que mana de mi corazón.

¿Qué historia me rodea? Mujeres y hombres cuyas vidas se cruzan y se deshacen a mi alrededor, que se sumergen en el silencio de la noche y ansían que la luna se muestre plena y blanca. Yo, en cambio, hablo con ella: le confieso mis problemas como si pudiera comprenderme, le explico que el desasosiego de mi alma late a un ritmo frenético en esas horas de insomnio.

Hay, sin embargo, algo más íntimo en esa soledad compartida con mi alter ego. Necesitamos encontrarnos en el terreno emocional, porque la distancia nos vuelve vulnerables, y yo —a diferencia de él— no lo soporto: regreso siempre al vacío de mi soledad.

Quizás alguien en el autobús intentó abrazarme con su belleza y su oscuridad, pero mi fatiga y mi hambre de compañía transformaron al detective que llevo dentro en un torpe rastreador de destellos de luz. 

EL TIPO QUE SÓLO SABÍA «OBRAR» LIBROS Y NO RESIDUOS INTESTINALES

Nadie sabía de dónde coño salió. Benito, le decían. Otros lo llamaban «el del intestino blindado». No sabía leer ni escribir, pero tenía la cabeza llena de tormentas e ideas que no pedían permiso. Historias que salían como eructos de otro mundo. Doce libros. Doce. Y ni una letra escrita por él.

Los dictaba al vacío a gritos. Literal. Se encerraba en baños públicos para concentrarse en la estructura de la historia, que él desconocía. Hablaba solo o con su recto irritado. Grababa, con la vehemencia de un presidiario que se declara inocente ante el juez de la patraña, historias en móviles que se encontraba en la calle y que luego alguien transcribía con un miedo hatroz. Una vez dictó una novela entera mientras se peleaba con una paloma en un parque. La paloma, por historia tan visionaria, murió de un infarto. El libro ganó un premio sin galardón.

Y así, un día, le cayó el «Nobel de las Mentiras Más Originales». Lo invitaron a Estocolmo. Él fue pomposo y lleno de fatuidad con un traje que olía a naftalina y una barriga que parecía preñada de piedras. Llevaba quince días sin cagar. Quince. El médico del hotel, al ver la radiografía, dijo: «Esto no es un colon, esto es un búnker de la segunda guerra mundial».

El presidente del acto de entrega de los premios pronunció unas palabras en un inglés macarrónico para que todo el mundo entendiera su ceremoniosidad:

«Welcome to the grandious Nobelistic premiation! Today we celebrify the geniusness of human brains and global peaceness with big joy and ceremonical proudness».

La mujer de Benito, preocupada porque no entendieran bien en su pueblo esta presentación, la tradujo sobre la marcha a un español, que ella consideró «perfecto»:

«Bienvenidos todos los gentes del planeta a esta premiación nobelística tan grandiosa. Hoy celebramos las genialidades de los cerebros humanos y la pacitud global con mucha alegrancia y orgullosidad ceremoniosa».

Como no obraba, le dieron a Benito un laxante de caballo. Uno de esos que hacen temblar a los establos y llamar a los bomberos. Se encerró en el baño del hotel, sudando como testigo falso, y con una IA robada del móvil de un camarero que salió corriendo porque era la primera que percibía olores y sinsabores, dictó su discurso:

«No sé leer. No sé escribir. Pero tengo una imaginación que no cabe en este puto planeta. Mis libros no los redacto, los escupo. Y si me dan este premio, es porque el mundo está tan jodido como mi intestino».

Cuando salió, pálido y con los ojos en otra dimensión, subió tembloroso al estrado y empezó a leerlo en voz alta. La gente no sabía si aplaudir o llamar a un exorcista. Y justo cuando iba por la parte donde agradecía con gran afecto a su sombra por no abandonarlo, entró la policía.

Lo arrestaron por «atentar contra la dignidad del galardón». Pero no podían llevárselo aún. El laxante estaba en plena faena. El parte oficial del gendarme principal decía: «Riesgo de explosión intestinal con consecuencias olfativas catastróficas y destructivas por su dureza y consistencia en espacio cerrado».

Una hora después, tras un rugido que hizo vibrar los cristales del hotel, Benito evacuó el apocalipsis. El baño fue clausurado, el recepcionista pidió la baja, el director se exilió a Samarcunda, estado insular con cultura austera y políticas de asilo generosas, y entonces sí, lo esposaron.

Mientras lo arrastraban, gritó:

«¡Me cagaré dentro de quince días en la gramática! ¡La imaginación no necesita ortografía ni papel higiénico!»

Desde la celda, dictó su decimotercer libro: El preso que soñaba con palabras que no sabía escribir y con cagar sin dolor. Lo firmó como «Benito el Extreñío».

Y sí. También fue un éxito. Pero póstumo porque a los veinte días tuvieron que ingresarlo y se ahogó con su propia defecación. Descanse en paz. 

CONFIESO QUE…

La confesión literaria es un acto valiente que va más allá de las limitaciones de mi ego y me permite desvelar las tétricas profundidades de mi ser. Este estilo de escritura, que se   caracteriza por la honestidad y la autenticidad, se convierte en un reflejo que muestra no solo mi pensamiento, sino que puede mostrar también mis dúctiles inquietudes. A través de mis palabras puedo, y deseo con ardor, generar conexiones emocionales contigo, lector. Es mi deseo último, y primario. Cuando yo me atrevo a examinar mis propias lesiones y vulnerabilidades, incito a mis lectores a confrontarlas con las suyas.

A mí este proceso me resulta liberador y me ayuda a una mayor comprensión empática con personas que tienen diferentes modos de entender la vida o la escritura.

En resumen, para mí la confesión literaria no es simplemente un recurso narrativo, no. Es un medio de comunicación que tiene un poder casi absoluto, porque me permite desnudarme con mayor o menor exigencia. Puede ocurrir que el rechazo ―larvado a lo largo de mis 146 entradas― obtenga ya un estímulo definitivo para recibir yo un último golpe fulminante y definitivo.

Confieso que repetir una declaración o una idea mil veces no es obsesión, es una liturgia creada por mi obsesión en transmitir con claridad y honradez mi pensamiento.

Confieso que un furancho puede ser un laboratorio de poemas. Quien lo probó lo sabe. Una taza de vino, una ración de queso, un cuaderno y un bolígrafo bajo la parra de una vivienda particular son el cenit de la creatividad. Te aconsejo que consultes la www.guiafuranchin.com.  Si pasas por las Rías Baixas entre abril y octubre, tienes estas casas particulares habilitadas en planta baja, jardín o garaje como excelentes restaurantes de productos caseros.  

Confieso que de la desolación humana, es el riesgo de escribir, puede salir un excelente poema o una aberración con formato de poesía.

Confieso que este blog es mi confesionario de mis pequeñas verdades, de reflexiones inéditas, de miedos contradictorios y lo íntimo de mi pensamiento social. ¡Ah!… Y no tengo sacerdote.

Confieso que escribir de lo que me produce muchísimo pudor aumenta en progresión aritmética una evolución emocional peldaño a peldaño que no sé a qué situación me llevará.

Confieso que soy en puridad un forastero inestable que tiene un blog invisible que se conforma con tener pocos lectores porque, después de mil cambios, no logro que nadie se suscriba de modo voluntario. ¿Para qué tienes, me espeta mi alter ego, en www.recuncar.com la invitación a que tus potenciales lectores se suscriban? Es como salir a la calle hoy con una vela encendida bajo la lluvia.

Confieso que no voy a cambiar mi estilo. Sí habrás notado que, una vez jubilado, le dedico mucho más tiempo a mi blog y a la lectura. Eso ha hecho que observe más la estructura del texto, el vocabulario, las metáforas, la creatividad…porque ahora, por ejemplo, puedo dedicarle tres horas a un texto de 10 líneas o a investigar con lupa filatélica técnicas narrativas.

Confieso que en cada entrada pierdo jirones de sueño, que soy capaz de despertarme a las tres de la mañana, encender la luz en forma de libro abierto que tengo en la mesilla y escribir cuatro ideas en una hoja cualquiera.

Confieso que escribir es tirarme al vacío sin un salvoconducto y sin el amparo de una red salvífica y «despanzurrarme» como un héroe trágico en su última escena.

Confieso que mantener este blog es resistir con heroicidad el respetuoso silencio de los lectores. Otra «teima» ―obsesión, en gallego― que me persigue como el agente 007 perseguía al doctor No. ¿Diferencia? James Bond salía vencedor al final. 

Confieso que me apasiona la soledad ―algunos le llaman asociabilidad―, aunque de ella mane una pérdida de autoestima, ese faro que me debería guiar como hace en las tormentosas noches de la Costa da Morte.

Confieso que paso olímpicamente de los que no entienden que la tristeza es canción y que la melancolía escribe mis poemas casi sin pensar.

Confieso que no busco redención, solo el alivio de haberme dicho la verdad a mí mismo. Deberías probar la dosis de placer que me invade cuando creo que he escrito un buen texto.

Confieso que la saudade que me inunda es un acto reflexivo que duele igual que un beso de cemento, ese beso que he probado muchas veces.

Confieso que habito en un mundo inhóspito que, cada día que pasa, me convierte en una corona de sombras que todavía no sabe brillar en la oscuridad.

Confieso que no tengo respuestas para muchas de tus preguntas, pero nunca me esconderé en el abismo para responder a ellas, si las hubiere.

Confieso que el eco de mis textos no se escucha en ningún lugar y eso me produce una sordera creativa que me posterga al rincón de la pluma sin tinta o al del ordenador sin Microsoft Word.

Confieso que cada palabra que nace de mí es una chispa de mi alma buscando encender otras. El problema mío es que mi terreno es húmedo y me cuesta muchísimo que la chispa prendida despierte en una sucesión de fogonazos.

Confieso que paso olímpicamente de los que no quieren escudriñar mis versos como un alquimista busca oro en mis cenizas con el banal argumento de que esa conjunción de palabras la realiza cualquiera.

Confieso que aún tengo que aprender a detectar y a ponerle certero nombre a mis carencias, pero esto no me impide manifestar mi deseo de que reciban un reconocimiento mis micropartículas que se convierten en el peso de una entrada del blog.

Confieso que revelar y desnudar mis debilidades no me enflaquece; sino que me convierte en un antihéroe de esta descortés sociedad. Y confieso que tú, lector, me gustas más que la calma que me invento para no necesitar a nadie o como el primer sorbo de humeante café, la tinta con la que escribo mis días, en una mañana de lluvia como la de hoy. 

LA NOCHE QUE LLEVO DENTRO

La noche que llevo dentro no llega con estrellas ni con luna: llega en silencio, con el peso frío de un abrigo que no encuentro. Es un cuarto sin ventanas donde mis pensamientos se vuelven faroles apagados; es la paciencia de un reloj que ha olvidado su tic, el rumor lento de la sangre que conoce atajos en la sombra.

Camina por mis venas como quien recita un poema en idioma ajeno: sabe de horarios, de despedidas, de nombres que ya no encajan en la boca. A veces se sienta en la orilla de mi lengua y me sopla las preguntas que nunca aprendí a responder; otras, se acuesta en mi pecho y me enseña a escuchar el latido como si fuese un mapa.

Hay en esa noche un país de pequeñas certezas: la lámpara que rehúso encender, la silla que siempre queda vacía, el olor a libro cerrado. Pero también hay feroces escondites: risas escondidas en un pliegue, una música que aparece al azar y me devuelve un instante que pensé perdido. No pretende destruirme: apenas ordena mis pensamientos en fila, les pide que se miren la cara y, si quieren, que se abracen.

Cuando aparece la mañana ―y a veces no aparece― la noche que llevo dentro no se va del todo; se queda como un huésped prudente que guarda mi abrigo y me deja salir con la promesa de volver. Y yo camino con ella, enseñándole las aceras, mostrándole la luz que conozco, aprendiendo a nombrarla sin pedir permiso para dormir. 

LOS HOMBRES QUE SE CREEN GUAPOS Y ATRACTIVOS

Ya en el colegio empieza a dar señales de su futura tragedia estética: el niño que se peinaba con gomina a los ocho años, convencido de que las niñas van a suspirar por él mientras recita la tabla del siete. En el patio, se pasea como si fuera protagonista de una serie juvenil, con la camiseta metida por dentro y el pecho inflado, creyendo que su andar era elegante, cuando en realidad parece un desmañado pato con problemas de coordinación. Su atractivo es comparable al de un bocadillo de mortadela olvidado en la mochila. Las niñas lo miran, sí, pero no con deseo: lo miran con la misma mezcla de pena y risa con la que se observa a un compañero que tropieza con la cuerda de saltar.

En el último curso el mito se agrava. El adolescente se cree modelo de revista, aunque su acné puede servir de mapa topográfico. Se perfuma como si quisiera fumigar el aula y se ajusta la chaqueta creyendo que es James Bond, cuando en realidad parece un vendedor de seguros en prácticas. Y lo peor: se convence de que todas lo desean, cuando en realidad todas le evitan, porque nadie quiere que se le acerque el que huele a mezcla de desodorante barato y ego desbordado.

Y llega sin sorpresas el examen de selectividad, ese momento supuestamente solemne. Allí está él, sentado en primera fila, creyendo que incluso en medio de un examen su atractivo es un arma de seducción masiva. Mientras los demás sudan tinta intentando recordar fórmulas de matemáticas o fechas de historia, él se recoloca el pelo con gesto ensayado, como si la comisión examinadora fuera un jurado de belleza. Saca el bolígrafo con un movimiento teatral, convencido de que hasta el modo en que escribe desprende magnetismo. En realidad, lo único que desprende es lástima: su examen es un festival de faltas de ortografía y frases huecas, pero él sonríe satisfecho, seguro de que su «mirada intensa» compensará la mediocridad académica.

El resultado es el mismo que en el curso anterior: suspenso en contenido, matrícula de honor en ridículo. Porque el hombre que se cree guapo no entiende que la vida no se aprueba con abdominales imaginarios ni con selfis mentales. Cree que su atractivo es un pasaporte universal, pero lo único que consigue es ser recordado como un bufón moderno, un chiste que empezó en el colegio y alcanzó su clímax tragicómico en la selectividad.

Ya adulto, el guapo autoproclamado sigue arrastrando esa fe ciega en su propio mito. El que realmente lo es, se convierte en esclavo de su espejo y de la crema hidratante, atrapado en la cárcel de su reflejo. El que no lo es, se convierte en caricatura: barriga cervecera disfrazada de abdominales, gafas de sol en interiores, sonrisa ensayada que parece más un espasmo que un gesto seductor. Todos ellos comparten la misma tragedia: creen que el mundo entero los observa con deseo, cuando en realidad el mundo entero los observa con risas y carcajadas.

En definitiva, el hombre que se cree guapo es un espectáculo tragicómico que empieza ya en el colegio y nunca termina. Es el bufón moderno que confunde la vanidad con el encanto, el hombre que nunca deja de mirarse en el espejo del baño creyendo que es un dios, cuando apenas alcanza a ser un chiste mal contado.