«SONMEIGO» (JMMT)

LA PEREGRINA Y EL BURGO

En Bertamiráns, en la finca de la familia de mi madre llamada La Peregrina, se alza una pequeña capilla que es mucho más que piedra y cal. Como se deduce, hoy sigue en pie, pero sin culto. Era nuestro rincón sagrado, el lugar donde la Virgen Peregrina nos acogía bajo su manto protector.

Cada agosto, la fiesta llenaba el aire de música, de risas y de devoción. Las campanas repicaban con alegría, y nosotros, niños y mayores, nos vestíamos de gala para honrar a nuestra Virgen. Aquel día era un encuentro de almas, un instante en el que la familia y los vecinos nos fundíamos en una misma emoción, entre el olor a rosquillas y el sonido de las gaitas que hacían vibrar el corazón.

Luego, en septiembre, el camino nos llevaba a Vedra, a la finca de la familia de mi padre llamada El Burgo, donde la Virgen de las Ermitas era la protagonista. Allí la fiesta tenía otro sabor, distinto, pero igualmente entrañable, apreciada y muy valiosa espiritualmente. En Vedra, la devoción tenía un tono más desconocido para mí, pero también muy íntimo y muy familiar. Recuerdo las procesiones, los cantos, y esa sensación de que cada piedra del lugar guardaba la huella de nuestros antepasados. Era como si el tiempo se detuviese, y nosotros, pequeños y grandes, nos sintiéramos parte de una tradición que nos trascendía.

Era como si el calendario nos regalase dos citas imprescindibles, dos paradas obligadas en el camino de la vida. Estas dos fiestas, la de Bertamiráns y la de Vedra, eran mucho más que celebraciones religiosas. Eran la expresión viva de nuestra identidad, de la unión familiar, de la alegría compartida y de la fe heredada. Cada vez que cierro los ojos, veo las luces de las fiestas, escucho las gaitas y siento el latido de las campanas. Y en el fondo de mi pecho, una gratitud inmensa crece, porque sé que esos recuerdos son el tesoro más valioso que me dejaron mis padres y mis abuelos.

Hoy, cuando regreso de vez en cuando a esos lugares, siento que las capillas siguen hablándome, aunque no tengan culto, que las Vírgenes siguen mirándome con esa ternura antigua, y que cada agosto y cada septiembre son un puente entre el pasado y el presente. Son la memoria viva de mi familia, el recuerdo que me hace sonreír con nostalgia y que me llena de orgullo. Porque allí, entre Bertamiráns y Vedra, aprendí que la fe y la fiesta, la tradición y la alegría, pueden convivir en un mismo latido, y que ese latido es el que nos mantiene unidos, generación tras generación.

Pero hoy, cuando vuelvo a esos lugares, me siento también atravesado por una herida silenciosa: sé que aquellos tiempos no se pueden recuperar, que las risas compartidas y el calor humano que llenaba cada rincón ya no regresarán. Ahora veo cómo la impersonalidad y la indiferencia crecen, cómo mucha gente, sobre todo en la segunda finca, parece ajena a mi presencia, como si la memoria que yo guardo con tanto amor no tuviese ya reflejo en sus ojos. Esa distancia duele, porque contrasta con la intensidad del recuerdo, y me deja con una profunda saudade, con una melancolía que me acompaña y que, al mismo tiempo, da sentido a mi fidelidad a esas raíces que nunca quiero olvidar.

ADDENDA.- El Burgo lo vendimos cuando yo tenía 22 años y, desde entonces, siempre ha estado en manos privadas, circunstancia que me ha dificultado, y me dificulta, teniendo en cuenta mi gran timidez, una minuciosa visita; mientras que La Peregrina la vendimos con 33 años y con la noticia de que fue el Ayuntamiento de Ames quien la compró y la convirtió en lugar de celebración de actos públicos, y privados, sede de la concellería de cultura y en un ajardinado espacio abierto para los ciudadanos de Bertamiráns. A cien metros se construyó una nueva capilla con la «vieja» Virgen Peregrina, que está siempre abierta y tiene culto diario. 

ACLARACIÓN.- Te recomiendo que, de vez en cuando, hagas clic en el enlace de oquintodotempo.com/ por si quieres ver la portada del blog. Yo siempre te lo agradeceré. En caso de que te molestase recibir mis entradas, ya sabes, date de baja de este blog. Mil gracias. 

GALICIA Y YO

Galicia y yo, una historia que se escribe sola. No hay manera más auténtica de volver a mi tierra sin moverme de Madrid que a través de la escritura. Aquí, entre el caos de las calles y avenidas y el frío seco de esta ciudad incansable, cada palabra que sale de mí lleva impregnada el eco de la lluvia persistente gallega. Para mí, Galicia huele a la brisa marina de las rías, a eucaliptos y carballos empapados por la humedad, a esa lluvia constante que llena el aire de nostalgia, a los viñedos de albariño esperando la vendimia en silencio, a las huertas rebosantes de patacas da terra (patatas de la tierra) y a los mercados llenos de carne tierna, pescado fresco y mariscos deliciosos traídos desde el Atlántico. Aunque Galicia no esté presente físicamente aquí, en Madrid, vive intensamente en mi memoria. Es como un perfume de raíces, de naturaleza palpitante y de recuerdos que atesoro en el corazón.

Escribir sobre Galicia es resistir, es negarme a aceptar la distancia, es querer mantener viva mi tierra y hacer menos doloroso este exilio. Galicia huele a mí, a los veranos interminables en El Burgo de Vedra y La Peregrina de Bertamiráns, esas dos fincas que marcaron mi infancia, mi adolescencia y el inicio de mi vida adulta. Ese territorio imborrable que no se marchita con el tiempo, aunque los lugares cambien sin remedio y las personas más queridas se vayan. Basta una pequeña señal ―una canción, una comida, una foto― para que esos recuerdos resurjan con toda su fuerza y me permitan revivir lo que fui. Mi niñez, mi juventud y mis primeros años como adulto reviven cada vez que mi memoria se abre y me permite ser quien una vez fui.

De repente, siento la hierba húmeda entre mis pies descalzos, el sabor agridulce de la fruta recién arrancada del árbol, el aire fresco que me envolvía mientras mis risas se unían al canto de los grillos, el aroma de la madera vieja y de las cocinas donde todo se cocinaba a fuego lento, la lluvia impredecible que caía sobre la tierra, confirmándome que Galicia sigue viva dentro de mí. Galicia huele a mí, a mi memoria, a mis raíces, a la eternidad que aún llevo dentro y a esa morriña ―exagerada y oportunista, según una amiga― que me quita el sueño muchas noches.

Quiero compartir tres anécdotas ―triviales e insignificantes, según un madrileño con aires de grandeza― que guardo como tesoros y que ya es hora de contar.

Una tarde de compras cerca del Black Friday ―¡cómo no!―, buscando algo que realmente no necesitaba en una tienda enorme, escuché a un gallego negociando el precio de un reloj, como si fuera el entrañable Suso, el dueño del bar Mahía en Bertamiráns, al que llamaban o Barateiro en el mercado de Santiago por su habilidad para regatear. No fue el reloj en sí lo que me emocionó, sino el ritmo de su voz, su firmeza serena al defender su tiempo y la forma en que cada palabra transmitía la dignidad de un paisano acostumbrado a luchar por lo que quiere. En ese momento, rodeado de vitrinas brillantes y luces artificiales, supe que Galicia estaba allí conmigo, que no era el único que llevaba su tierra a cuestas, que incluso en Madrid la identidad se manifiesta como un río subterráneo que nunca deja de fluir.

La otra escena que guardo con cariño, como cuando de niño escondía en mi armario los filetes de carne que me daban en el colegio, ocurrió en un restaurante gallego aquí en Madrid. Estaba disfrutando de un pulpo á feira con un albariño, servido en un plato de madera, cuando el camarero, con una mirada entre cómplice y desafiante, me preguntó si eso me sabía a Galicia. Su pregunta me impactó, porque no se refería solo a mi gusto, sino también a mi memoria: ¿puede la tierra viajar en los sabores?, ¿puede la infancia volver en un bocado? ―Sí, me sabe a Galicia ―le respondí―. Al humo de las incontables ferias, al sonido de las olas en las terrazas de cualquier pueblo costero, al calor compartido con mis primos y amigos en las romerías, al eco de las voces que ya no escucho, pero sí oigo, y a ese regreso imposible que me atormenta.

La tercera anécdota me llegó desde lejos, desde Buenos Aires. Cuando experimentaba con mi primer blog ―ya saben que no tengo suerte con los blogs― con el correo chioleiro@outlook.es, allá por diciembre de 2012, y que borré porque descubrí que el nombre de Chioleiro era el de un asesino gallego conocido, recibí un correo de un hijo de gallegos que vivía en Buenos Aires, enviado desde el Centro Gallego. Me agradecía mantener viva a Galicia en mis escritos. Acá la tierra se queda callada, me escribió, pero tus palabras nos hacen hablar de nuevo. Ese mensaje fue como un espejo. Me di cuenta de que escribir no es solo algo personal, sino también un puente que une orillas, que conecta a los que viven lejos.

Escribir, para mí, es una necesidad que no se discute, aunque sepa que al otro lado de este blog solo hay silencio. Es mi manera de detener el tiempo, de celebrar lo que nos duele y lo que nos salva, de aceptar que vivo en Madrid sin renunciar a mi identidad gallega. Escribir es recuncar, como decimos en Galicia: volver a decir, volver a sentir, volver a empezar. Cada palabra es un acto de fe, con la esperanza de que lo escrito resuene en otro cuerpo, en otra voz, en otra vida.

Mi deseo, como en cada entrada, es pensar que los futuros suscriptores de mi blog ―¿los habrá alguna vez?― me lean, aunque se queden en un silencio incómodo que abre una herida que no sana.

Y sepa usted, como me dijo un antiguo alumno con toda sinceridad, que casi nunca llegamos al final del texto, profe.

Y ahora, mientras cierro estas páginas, quiero despedirme con la misma calma con la que un marinero se despide del puerto antes de zarpar por última vez. Gracias por acompañarme en esta nostalgia que no es solo mía, sino de todos los que amamos a Galicia, por haber entrado en estas páginas que no son solo palabras, sino también confesiones. Espero que estas frases te acompañen como la lluvia constante, que te estremezcan como el eco de una voz que regresa de la distancia, que te protejan en la noche como el fuego encendido en una casa de aldea o como en esas noches en las que hablábamos y discutíamos ―en tiempos en los que no existía Google para resolver nuestras dudas, por ejemplo, una fecha de nacimiento― después de cenar, bajo un cielo estrellado impresionante.

Y si alguna vez sientes que la morriña te invade, recuerda que no estás solo, que cada palabra mía es otro regreso compartido, otra prueba de que Galicia está viva, y nosotros con ella, dondequiera que estemos, haciendo lo que sea que estemos haciendo. Gracias por leerme, por escucharme, por compartir parte de mi amor por Galicia. Que estas palabras te acompañen más allá de esta entrada, más allá de esta despedida, que te sostengan en tu soledad, que te recuerden que, al final, las tierras no se olvidan, siempre regresan. Y si hoy regreso en forma de escritura es por ti, Galicia. Gracias. 

TUS OJOS

En tu nombre duerme la noche antigua, esa que conoce los secretos del fuego antes de que tuviera nombre. Llevas en los ojos la memoria de la tierra húmeda, esa que no olvida, ni perdona, ni miente. Cuando caminas, el aire hace un gesto de respeto, como si reconociese en ti una verdad que no se puede explicar porque yo la convertí en mentira. Y yo, que soy un simple eco en el corredor de las sombras, escucho tu paso como quien escucha una promesa que no se atreve a pedir. Si algún día lees estas palabras, que sea de noche, cuando el mundo calla y solo queda lo que es cierto. Porque tú eres una llama que no se apaga, una frontera que no se cruza, una pregunta que no duele. Y ahí, justo ahí, es donde nace lo inmortal. (Poetario) (1994-2026)

VIDA LÚGUBRE Y NOCTURNA

(Recreación del ambiente del que podría disfrutar el personaje principal de una ficticia obra naturalista de Emilia Pardo Bazán. Con todo respeto, este sería el comienzo).  

La ciudad respira como un animal viejo bajo un manto de neón y polvo. Las calles se curvan en suspiros, las fachadas guardan secretos y la luz se vuelve un hilo que intenta coser la noche al presente. Cada paso suena a memoria. El aire pesa. Hay un olor a humedad y ceniza que se pega a la piel, recordatorio de incendios apagados y de cigarrillos que no terminaron de hablar. Los que caminan lo hacen con manos en los bolsillos, con rostros que han aprendido a no sorprenderse. El farol solitario dibuja sombras largas y dóciles. Bajo su lámpara, los rostros parecen esculturas de ceniza: ojos que miran sin buscar, labios que guardan frases inacabadas. La noche convierte la voz en rumor y el rumor en compañía. Los sonidos se vuelven cercanos y lejanos a la vez: un perro que ladra en otra calle, el tic tac de un reloj sin hora, la música que se escapa de un bar y se rompe en la esquina. Todo compone una partitura lenta, casi metálica. El yo que observa es un náufrago con abrigo. Reúne fragmentos: una risa, una lágrima escondida, un cartel despegándose. No reclama la belleza; acepta la belleza que queda, la hecha de desgaste y paciencia. La vida nocturna es un laboratorio de ausencias. Aquí los encuentros son pequeñas transacciones de abrigo: un gesto, una señal, un cigarrillo ofrecido. No hay promesas grandes, solo pactos diminutos que sirven para cruzar la madrugada. A veces la lluvia cae como una noticia grave y tibia. Todo se vuelve espejo: charcos que repiten fachadas, paraguas que navegan la ciudad como barcos diminutos. La lluvia borra los contornos y hace que los recuerdos parezcan más cercanos. Al amanecer, la ciudad no se arrepiente; descubre sus heridas con discreción. Los últimos faroles se apagan como ojos que parpadean. Y aunque la luz devuelve formas y nombres, la noche deja su estela: una calma hecha de ceniza y una certeza tenue de que la vida lúgubre también existe para quien sabe escuchar. 

MI ORDENADOR

Es el rincón donde dejo caer, como gotas de rocío, las palabras que me acompañan desde hace décadas. Aquí reúno poemas, prosas, recuerdos y reflexiones escritas en mis noches de insomnio, la lengua que me sostiene y me devuelve siempre a una incansable lucha por la palabra exacta. Es un espacio íntimo y abierto al mismo tiempo, nacido de la morriña y de la voluntad de compartir, donde cada texto quiere ser encuentro, memoria y horizonte. Es una ventana abierta a la memoria y a la emoción. Cada palabra que aquí se deja caer lleva consigo un trozo de morriña, de raíz y de horizonte. Es un espacio humilde, pero lleno de vida, donde la escritura se convierte en camino y regreso. Que quien se detenga en estas páginas, cuando salgan a la luz, deseo que sienta la misma saudade que me guía y la misma luz que me acompaña.