«SONMEIGO» (JMMT)

POÉTICA: LA POESÍA COMO BISTURÍ

Soy hijo de un cirujano. Desde niño aprendí a mirar las manos de mi padre, firmes y delicadas, capaces de abrir la carne con precisión y, al mismo tiempo, de cerrarla con ternura. Ese gesto, esa disciplina del bisturí, se convirtió en una enseñanza que me acompaña hasta hoy. Yo no opero cuerpos, pero opero palabras. En el aula, cuando enseño, y en mi escritura, cuando me desnudo, el bisturí se transforma en metáfora: cortar, abrir, explorar lo oculto, y luego suturar con la delicadeza de quien sabe que cada herida necesita tiempo para cicatrizar.

La poesía es mi cirugía íntima. Cada palabra abre una capa de mi alma, cada verso es incisión, cada frase una sutura que intenta recomponer lo que se ha roto dentro de mí. Escribir es mi manera de resistir, de recuperar un fragmento de silencio entre el ruido, de darle voz a lo que quedaría sepultado bajo el peso de la ciudad y de la vida.

Soy un hombre triste y melancólico, habitado por la sombra de la morriña y el peso de los fracasos. Pero también soy hijo de una disciplina que me enseñó que incluso la herida puede ser camino de conocimiento. La poesía me permite transformar la tristeza en palabra, la melancolía en música, el fracaso en cicatriz que brilla.

Madrid me resulta dura, como si cada calle me devorase poco a poco. La ciudad me engulle con su ruido, con su velocidad, con su indiferencia, y yo me siento perdido entre multitudes que no me ven. Escribir se convierte en mi refugio, en mi manera de recuperar un espacio íntimo donde la palabra se gesta lentamente, como una herida que busca cicatrizar.

Galicia es el hilo invisible que atraviesa cada línea. En su tierra y en su mar moran mis recuerdos y mi voz. Allí aprendí que la morriña no es solo dolor, sino también raíz, memoria, pertenencia. La poesía me une a esa tierra, me devuelve a sus aguas, me recuerda que incluso lejos sigo habitado por ella.

La poesía es confesión y bálsamo. Es bisturí y cicatriz. Es el espacio íntimo donde la palabra se convierte en sostén, en columna invisible que me impide caer. Es mi manera de abrirme, de dejar que otros entren en mi herida y reconozcan en ella su propia historia.

Quien se acerque a mi poesía encontrará fragmentos de vida, retazos de dolor y de esperanza, confesiones que quizá también le resulten propias. Porque escribir es compartir la intimidad, la morriña, los fracasos y las pequeñas luces que nos sostienen en medio de la oscuridad.

La poesía, para mí, es eso: un bisturí que corta y revela, una sutura que recompone, una cicatriz que brilla en la memoria. Es mi manera de decir que sigo vivo, que sigo buscando, que sigo aprendiendo a transformar la herida en palabra y la palabra en luz. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

CARALLADA

La palabra carallada es una de las expresiones más versátiles y expresivas del gallego coloquial, derivada de carallo, que también tiene múltiples usos en la lengua popular. Su significado varía según el contexto, el tono y la intención del hablante, pudiendo transmitir desde diversión hasta desprecio o irritación.

En un sentido positivo, carallada puede referirse a una fiesta ruidosa, una juerga o una celebración desinhibida, como cuando se dice: «Hicimos una carallada que duró hasta el amanecer». En este caso, es sinónimo de juerga, foliada o parranda, evocando momentos de alegría compartida.

Por otro lado, carallada también se emplea para designar cosas sin importancia o tonterías, como en «No me vengas con caralladas», donde se expresa hastío o desinterés ante comentarios o acciones que se consideran irrelevantes o absurdas. En este uso, se aproxima a términos como chorrada o tontería.

En otros contextos, carallada puede tener una carga más crítica o negativa, refiriéndose a algo mal hecho, ridículo o sin sentido: «Ese proyecto es una carallada». Aquí, la palabra funciona como un juicio contundente, señalando la inutilidad o la falta de seriedad de una propuesta o situación.

También puede usarse carallada para nombrar objetos pequeños, triviales o sin valor, como en «Compré unas caralladas en la feria», donde se alude a cositas decorativas o curiosidades sin gran relevancia práctica.

En resumen, carallada es una palabra que encapsula la riqueza expresiva del gallego hablado. Puede ser divertida, crítica, afectuosa u ofensiva, según cómo y dónde se diga. Es un ejemplo claro de la capacidad de la lengua para transmitir emociones y matices con fuerza y autenticidad, y forma parte del patrimonio lingüístico que define la identidad gallega. 

EL PESO DE MADRID

Hay días en los que Madrid pesa más de lo que debería. No por los edificios que son como jaulas que aprisionan la memoria de una ciudad que olvida su alma. No por los coches que se han apoderado de las arterias de Madrid, convirtiendo sus calles en ríos de humo y ruido donde la vida camina a contracorriente, ni por sus habitantes que andan por la calle sin mirar, como fantasmas con prisa, esquivando recuerdos que ya han expulsado de su memoria por ese afán capitalino de llegar antes de salir.

Me pesa porque no es Galicia. Porque no huele a eucalipto mojado, ni suena una gaita a lo lejos, ni se escucha el mar golpeando contra el malecón como un corazón que nunca se cansa, ni el susurro que brota entre la niebla, como si la hierba contara historias en voz baja.

Escribo desde esta ciudad que me acoge desde que nací, pero que, por tal motivo, sueño con Galicia y con aquellos veranos «pantagruélicos» que se han esfumado ―utilizo el pretérito perfecto compuesto por su valor de acción finalizada en un tiempo aún no acabado―, pero que bullen y se revuelven en mis recuerdos.

Aquí llevo viviendo tantos años que, por la inercia del ritmo de esta ciudad, debería tener vacía la mochila de los deseos; pero no, no, está aún repleta porque un instante en el recuerdo es una caricia de tiempo indefinido.

Mi intimidad, esa que se construye con silencios compartidos y recuerdos que no necesitan palabras, está cincelada con caminos y atajos de tojos, de tardes de lluvia mansa, de conversaciones al relente de noches estrelladas y de fiestas con una música ya evaporada.

Aquí, en Madrid, todo es ruido, prisa, ausencias, aislamiento ―en mi caso buscado motu proprio porque me ha derrotado el avispero capitalino― y la imposibilidad de volver, por la vida, por los compromisos que nos atan sin saberlo y por la soledad que allí puedo encontrarme. Todo esto es una herida que no sangra, aunque duele sistémicamente. Y duele cada vez que veo una foto de la aldea que ya no es, cada vez que consumo un mollete de pan gallego, cada vez que escucho el acento galaico en la calle o cada vez que leo un libro ambientado en el rural de mi tierra. Todo confluye en una punzada de alegría y tristeza. Alegría porque me satisface su memoria, pero también es un recordatorio de que estoy lejos.

La ceguera por la tierra es un amor que no necesita razones, es un amor que se siente en el estómago, que se manifiesta en la morriña y en la saudade por estar lejos. Es un afecto íntimo que me hace escribir, que me obliga a buscar palabras que me lleven de regreso, aunque sólo sea por un instante como la niebla entre los eucaliptos: breve, húmedo y lleno de misterio.

Hay noches en las que cierro los ojos y estoy allí. En la casa vieja, en la casa nueva, en la capilla, en el son de los grillos y en el frío de la piedra bajo los pies descalzos.

Hablo con mis padres, que ya no están, pero que viven en mí cada vez que mi hermana cocina caldo gallego o le echa sal a las patatas como hacía mi madre o me encuentro a alguna persona en un recóndito lugar que aún recuerda el buenhacer de mi padre como persona y como médico.

Esas noches son las que me salvan porque me dibujan quién soy, de dónde vengo y hacia dónde quiero ir yo. Es una puerta de niebla que da a un bosque de recuerdos, donde el tiempo se detiene y el alma se moja de saudade.

Esta entrada es eso: un intento de volver, de reconstruir el puente entre lo que fui y lo que soy, de compartir mi intimidad con la esperanza de que alguien, en algún lugar, se reconozca en estas palabras y que sepa que no está solo. La morriña es común y la saudade es compartida y la inclinación casi lasciva por la tierra es un lazo que no se deshace.

Si estás lejos, también sientes esa punzada en el pecho cuando piensas en Galicia, esta entrada es para ti. En ella hablamos de nosotros, de los que soñamos con la niebla, de los que llevamos la lluvia dentro, de los que sabemos que la tierra llama, aunque sea en silencio. 

EL PAPEL

Brais —San Brais empieza a hacerse famoso cuando le saca a un niño una espina que tiene clavada en la garganta muchos siglos atrás— nace en un rincón donde la lluvia no pregunta y el viento siempre tiene algo que decir. No es valiente por elección, sino por necesidad. Su carácter, prisionero de su propio pensamiento, se caracteriza por ser el fantasma de sí mismo y por andar con los pies atados con hilos invisibles.

Aprende a callar antes que a mentir, a mirar antes que a pedir y a discutir antes que a perder a un amigo.

Lleva siempre en los bolsillos recuerdos que no caben en palabras, y a la espalda una historia que nadie conoce entera.

Cada mañana, Brais se sienta en la misma mesa del bar de la esquina, justo al lado de la ventana empañada. Pide café solo, sin azúcar, y escribe en papeles frases inconexas. No son poemas ni cartas. Son fragmentos. Pedazos de algo que nunca termina de entender.

Los vecinos lo saludan con un gesto leve, como si supieran que cualquier palabra puede romper algo dentro de él. Nadie sabe dónde vive. Nadie sabe a quién espera.

—¿Por qué escribes siempre en papeles desparejados y no en un cuaderno?, le pregunta la camarera.

Brais la mira como si le hubieran tocado una cicatriz aún reciente.

—Porque el papel suelto aguanta muy bien mi locura, le responde como si fuera una sentencia.

En un papel escribe: «Hay lugares que no se olvidan porque nunca fueron visitados». Lo deja sobre la mesa y se marcha sin pagar. Piensa que su «arte» es suficiente pago.

Al día siguiente vuelve como siempre. La camarera no sabe cómo actuar. Es la primera vez que se encuentra con un tipo así.

Esa misma tarde aparece una joven con zapatos negros y una mochila a la espalda. Se sienta a su lado, sin pedir permiso, en el banco público donde Brais está fumando un cigarro.

—¿Eres tú el que escribe triste?, le pregunta.

Brais sonríe por primera vez en años.

La joven recoge con cierta alegría todos los papeles y le pide que le cuente el origen de esa afición. Brais escucha como quien recoge piedras raras en la playa.

La joven se marcha sin despedirse con un «ahora vengo».

Brais espera, pero la joven no vuelve y escribe de nuevo una frase en un papel que saca del bolsillo: «Hay ausencias que pesan más que los recuerdos». Lo deja en el banco.

Cuando Brais abre el portal y mira en el buzón, encuentra un papel que dice: «Búscame porque aún tengo muchas preguntas».

Esa noche nadie más ve a Brais, pero un testigo cuenta que esa noche deja en diferentes bancos de la ciudad papeles con frases escritas por él. Todos al mismo tiempo. Y nadie sabe lo que dicen. Solo alguien afirma que una joven se dedica todas las noches a recogerlos y a guardarlos en una desordenada buhardilla. 

DISCUSIÓN PSEUDOFILOSÓFICA SOBRE GALICIA

GUSTAVO.- ¿Verano en Galicia? ¿Eso qué es? ¿Una broma climática? ¿Un simulacro de estación? Llevas tres días en chanclas y ya tienes hongos. No hay sol, hay humedad. No hay calor, hay moho. Esto no es verano, es una primavera deprimida con complejo de otoño.

RAMIRO.- Qué bruto eres. El verano gallego es un regalo para los que no soportamos el infierno de Madrid. Aquí respiras. Aquí duermes sin sudar como un cerdo. Aquí puedes caminar sin que el asfalto te derrita las suelas. Es un verano para el alma, no para Instagram.

GUSTAVO.- ¿Para el alma? ¿Y qué hace el alma cuando lleva cinco días sin ver el sol? ¿Se alimenta de niebla? ¿Se ilumina con el gris? No me jodas, Ramiro. Esto es perfecto si eres un helecho. Pero los humanos necesitamos vitamina D, no poesía húmeda.

RAMIRO.- La lluvia limpia, Gustavo. Purifica. Te obliga a parar, a mirar, a escuchar. ¿Has oído cómo suena el agua en los tejados de piedra? ¿Has sentido el frescor de una mañana en Lugo, con el cielo encapotado y el café humeando? Eso es vida. Eso es verano.

GUSTAVO.- Eso es humedad en los huesos, eso es reuma precoz, eso es tener que llevar chaqueta en julio como si fueras el abuelo de Heidi. ¿Y el café? El café humea igual en Almería, pero allí no tienes que secarte los calcetines con el secador.

RAMIRO.- Pero en Almería te fríes. Te cueces. Te conviertes en una croqueta humana. Aquí puedes leer, pensar, escribir. Aquí el verano no te obliga a estar en una piscina rodeado de niños chillando y adultos borrachos. Aquí hay silencio. Aquí hay niebla. Aquí hay alma.

GUSTAVO.- Aquí hay hongos, Ramiro. Hongos en las paredes, hongos en los pies, hongos en el alma. Y silencio, sí, porque nadie quiere salir. Porque está lloviendo. Porque el cielo parece una sábana sucia. Porque el verano gallego es una estafa emocional.

RAMIRO.- Pues prefiero esta estafa a la tiranía del sol. Prefiero un paseo por la playa de Carnota con chubasquero que una barbacoa en Córdoba con 42 grados y moscas suicidas. Prefiero el verde que se riega solo, que el marrón que se quema sin piedad.

GUSTAVO.- Prefieres el verde porque no tienes que tender la ropa. Porque no tienes hijos que se aburren. Porque no tienes que explicar a tus amigos que sí, que es verano, aunque parezca noviembre. Porque vives en una fantasía climática que solo funciona si eres tú.

RAMIRO.- Y tú vives en una dictadura térmica. En un culto al sol que te ha dejado seco por dentro. Galicia no es para todos, Gustavo. Galicia es para los que saben mirar más allá del cielo. Para los que entienden que el verano no tiene que gritar para existir.

GUSTAVO.- Pues que se lo quede Galicia. Que se lo quede con su lluvia, su fresco, su niebla y sus poetas empapados. Yo me voy donde el verano se nota. Donde el sol no se esconde. Donde la estación no tiene complejo de otoño.

RAMIRO.- Y yo me quedo donde el verano no me obliga a fingir que soy feliz solo porque hay sol. Me quedo en Galicia, con mi chubasquero, mi café, mi alma mojada y mi paz.