«SONMEIGO» (JMMT)

¿QUIÉN SOY?

Mi nombre pesa como la madera mojada. Como un bosque que no se ve entero, pero se siente alrededor.

Soy firmeza callada, tradición sin exhibición, resistencia que no se rompe porque sabe doblarse. Mi apellido no pasa deprisa por la boca; se queda. Tiene algo de antiguo, de piedra húmeda, de hojas que se deshacen lentamente bajo la lluvia.

Nací varias veces.

La primera, en una casa donde el silencio no era distancia, sino una manera torpe de querer. Allí aprendí que el amor no siempre habla. A veces simplemente permanece.

La segunda vez nací cuando entendí que amar no era una emoción, sino una forma de mirar el mundo. Desde entonces, todo lo mido con ese temblor.

Aprendí a observar antes de hablar. A sentir antes de explicar. A guardar.

Tengo raíces hondas. No me muevo rápido. La noche me pertenece porque en ella nadie exige claridad inmediata. Necesito tiempo. Mis decisiones no son impulsos; son sedimentaciones.

Por fuera parezco contenido. Por dentro, ardo despacio. No sé amar a medias.

Me cuesta marcharme porque cada vínculo lo entiendo como si fuera tierra donde plantar algo. Cuando amo, planto un árbol. Y lo riego aunque el clima sea incierto. Y espero. Y confío.

El centro de lo que escribo —y también lo que callo— es una mujer concreta, real, imperfecta, viva. No la convierto en símbolo: la habito. El amor, para mí, no es idea; es casa. Es territorio elegido. Es destino asumido con una mezcla de gratitud y miedo.

Escribo para no perderla. Escribo desde ella.

Y a veces escribo contra el terror secreto de que un día lo que siento deje de ser verdad.

Lo que más temo no es el abandono. Es olvidarme de la intensidad con la que hoy amo. Mi mayor virtud no es la pasión. Es la fidelidad silenciosa. 

VERANOS EN BERTAMIRÁNS: UNA EPOPEYA FAMILIAR

La epopeya familiar comenzaba en la estación del Norte de Madrid. Allí, entre el bullicio de los viajeros y el silbido de los trenes, se reunía nuestra pequeña caravana: los adultos ―no todos los de la familia porque algunos se libraban― y una tropa de primos que en ocasiones llegábamos a diez. El andén se convertía en un escenario de abrazos, regañinas, maletas imposibles de cerrar y niños, nosotros, que ya empezábamos a corretear como si el viaje fuera parte de nuestro juego.

El trayecto en tren, en el «famoso» TER, de casi diez horas, era una travesía heroica que no sé cómo soportaban los mayores, especialmente mi madre. Nosotros, los pequeños ―no sé si hiperactivos― lo vivíamos como una aventura: explorábamos los vagones, hacíamos alianzas secretas para que no nos pillaran, y recibíamos regañinas constantes de los revisores que intentaban mantener el orden. Los adultos, mi madre, con un maletín lleno de bocadillos, zumos y paciencia, eran los verdaderos capitanes de aquella expedición.

Al llegar a Santiago, el desembarco era digno de una película: los bultos y maletas se multiplicaban, el taxi―camioneta lo reventábamos y Bertamiráns nos esperaba como cada verano, con sus casas abiertas, sus olores familiares y esa sensación de que el tiempo allí transcurría de otra manera.

Durante dos meses cada verano, Bertamiráns se convertía en el epicentro de nuestra historia familiar. A escasos kilómetros de Santiago, este rincón gallego nos acogía como si supiera que allí se gestaban memorias que durarían toda una vida. En el mes cumbre, agosto, llegábamos a ser diecinueve personas: padres, tíos solteros o viudos, y nosotros, diez primos de todas las edades. Una constelación humana que orbitaba en torno a tres casas que parecían expandirse mágicamente para darnos cobijo a todos.

La convivencia era intensa, a veces caótica, pero siempre auténtica. Reíamos con fuerza, discutíamos con pasión, llorábamos sin pudor cuando había que bañarse. Cada día era una aventura compartida, un capítulo nuevo en una novela que escribíamos entre todos.

Las dificultades para ver la televisión de noche por culpa de una antena rebelde se convertían en una comedia dramática involuntaria. Nos reuníamos frente a un vetusto aparato como si fuera un altar, esperando que la imagen se estabilizara, mientras los mayores ajustaban de mil formas la antena con la única intención de poder ver el primer canal, el único que se podía programar.

Los juegos en torno a los diez años eran el alma de nuestras tardes y noches. El escondite se volvía épico, con estrategias dignas de una operación militar. Digamos que no faltaban los sustos morrocotudos, no sé si intencionados.

Los menores competíamos en concursos de zurrapas, una tradición inventada por un primo mayor que mezclaba creatividad «culinaria» con valentía estomacal.

Al cabo de los años, los cigarros furtivos en el bosque, o en el triángulo, eran rituales de iniciación, compartidos entre susurros y miradas cómplices. A los 14 años, muchos sentimos esa mezcla de curiosidad, inseguridad y deseo de pertenecer, y en ese intento por crecer rápido, imitábamos gestos, palabras o actitudes que veíamos en nuestros primos mayores y que nos servían como modelos. La aldea te daba esa libertad.

Las peticiones a última hora siempre para ir a la verbena de La Peregrina ―la virgen que se veneraba en nuestra finca y que celebrábamos todo el pueblo su día mayor el segundo domingo de agosto― eran negociaciones diplomáticas que involucraban promesas de buen comportamiento y el acatamiento de un estricto horario. Nunca se respetaban.

Las galletas de nata, hechas por las manos expertas de Pepa, la cocinera, eran el manjar más esperado, y su aroma anunciaba que algo especial estaba por suceder. Nos inventamos que había que proteger como un fortín la alacena de las galletas de nata. Sarcasmo puro y duro porque éramos nosotros los que acometíamos las únicas incursiones.

A veces, los vecinos nos invitaban de noche a ver cómo ordeñaban a las vacas, y ese gesto sencillo, pero trascendental para el campo, nos conectaba con una vida rural que nos fascinaba y que desconocíamos absolutamente.

Las bicicletas eran nuestras aliadas. Con ellas recorríamos caminos, descubríamos rincones secretos, íbamos a la piscina y sentíamos que el mundo era nuestro.

En una de esas tardes eternas, yo, con quince años y una energía «gamberruna» desbordante, me rompí gravemente el brazo derecho en una fractura abierta de cúbito y radio por hacer el animal con un patinete que era para cualquier uso menos el que fabulamos los chicos en esa ocasión. Tal vez quisimos emular ―yo, el primero― a Francisco Fernández Ochoa cuando ganó la medalla de oro en las olimpiadas de invierno de Sapporo en 1972 en la prueba de eslalon. Fue un tremendo susto que se prolongó durante diez meses ―junto a la fastidiosa mononucleosis, esto merece otra entrada― y que resolvió por fin en Madrid el reconocido doctor Ladreda en La Paz con un injerto de hueso de la cresta ilíaca. Lo que debería haber sido una rectificadora lección se convirtió en una anécdota que me valió para presumir durante los años siguientes.

La habitación destinada al estudio tenía un nombre que nos hacía reír: Calabacines’s Club. Allí, los que habíamos suspendido alguna asignatura intentábamos recuperar el tiempo perdido, mientras los demás entraban a molestarnos, a charlar, o simplemente a compartir el frescor, o la lluvia, de las mañanas de verano. Era un espacio de redención y camaradería. Recuerdo que el mayor de los primos, ya fuera del colegio, con una escalera de madera tambaleante pretendía sorprendernos en un renuncio escalando por una de las ventanas del estudio.

El sábado víspera del segundo domingo de agosto, día de la Virgen Peregrina, los mayores, ayudados por las fuerzas vivas de la aldea, se volcaban en los preparativos de la misa mayor que se oficiaba ese domingo a las 11 de la mañana y su posterior procesión por diferentes carreteras que bordeaban nuestra finca. Todos nos vestíamos de gala. Nosotros, los más jóvenes, por la sequedad de la boca, hacíamos frecuentes viajes a la fuente natural de agua que había en el patio de la cocina, mientras observábamos y participábamos en la ceremonia con respeto y algo de impaciencia.

En algún momento, Jorge y yo nos propusimos hacer un periódico para sacar algo de dinero. Quizá influenciados por Jesús Hermida, que fue el narrador de la llegada del hombre a la luna para la televisión española el 20 de julio de 1969, cubriendo el evento desde Houston. La idea de nuestro periódico era buena, la ejecución caótica, pero el entusiasmo era real. Aunque no prosperó, nos dejó frases memorables y portadas imaginarias que aún recordamos.

Las excursiones a la playa de Las Gaviotas en Noia eran otro ritual. Un adulto nos llevaba en su SEAT 1500 por la mañana para pasar allí un par de horas. El agua, gélida como pocas, nos recibía con bofetadas de frío que nos dejaban las piernas amoratadas, pero felices y contentos. Jugábamos con castillos de arena, nos enterrábamos y soñábamos con aventuras marinas que eran propias de los mayores.

Ya en la adolescencia tardía, las noches configuraron otro universo. Santiago nos ofrecía su movida, había que romper tabúes, y las verbenas de aldeas cercanas a la nuestra eran el espacio propicio para divertirnos hasta altas horas de la mañana. Bailábamos, reíamos, y descubríamos que la juventud tiene su propio lenguaje, hecho de música, luces y promesas. Fue allí donde comenzaron los primeros tonteos, las miradas tímidas, los silencios que decían más que las palabras y las frustraciones por la «brevedad» del verano.

Aquellos veranos en Bertamiráns fueron más que vacaciones. Fueron una escuela de vida, un laboratorio de emociones, un refugio donde aprendimos a convivir, a compartir, a crecer. Hoy, al recordarlos, no puedo evitar sonreír. Porque en cada rincón de esas casas y en cada rincón de la era que las reunía, en cada sendero del bosque, en cada ola helada de la playa, quedó grabada una parte de nosotros. 

ENTREVISTA SURREALISTA ENTRE UN EMPRESARIO Y UN TRABAJADOR

Empresario.- Buenas tardes, caballero. Usted es el candidato número 27. Los anteriores ya se marcharon corriendo. ¿Trae algo especial para convencerme?

Trabajador.- Traigo un saco de patatas y una gaita. Las patatas son para negociar el salario y la gaita para animar las reuniones.

Empresario.- Excelente. Aquí valoramos la innovación. ¿Sabe usted hacer informes?

Trabajador.- Informes no, pero sé inventar palabras raras y ponerlas en un PowerPoint con colores llamativos. Eso siempre impresiona.

Empresario.- Eso es exactamente lo que necesitamos. Aquí nadie lee los informes, pero si tienen gráficos y palabras como «sinergia disruptiva» ya parece que trabajamos.

Trabajador.- Pues yo también puedo añadir frases en latín inventado. Por ejemplo: «Pataticus maximus». Queda muy profesional.

Empresario.- Maravilloso. El puesto es de director de nada. Tiene que mandar sobre todo el mundo sin hacer absolutamente nada. ¿Cree que puede?

Trabajador.- Hombre, yo ya mando en casa sin pagar facturas. Esto sería un ascenso natural.

Empresario.- El salario es simbólico: dos monedas de chocolate al mes y acceso ilimitado a la máquina de café, siempre que traiga el azúcar de casa.

Trabajador.- Perfecto. Yo ya estoy acostumbrado a cobrar en especie. En mi último trabajo me pagaban con entradas para la verbena y vales de churrasco.

Empresario.- Aquí también tenemos beneficios sociales: puede llevarse a casa los clips, las grapas e incluso los post-it usados. Eso sí, tiene que firmarlos como si fueran patrimonio histórico.

Trabajador.- Me encanta. Además, quizá monte un museo de material de oficina robado. Ya veo a la gente pagando entrada para ver un boli Bic medio mordido.

Empresario.- Usted tiene visión empresarial. Dígame, ¿cómo se ve dentro de cinco años?

Trabajador.- Dentro de cinco años me veo sentado en la misma silla, pero con una manta encima, porque seguro que no ponen calefacción. Y con más patatas, claro.

Empresario.- Esa ambición es la que buscamos. La empresa necesita gente que no quiera progresar, para que no nos dé trabajo despedirla. Bienvenido al equipo.

Trabajador.- Gracias. Eso sí, mañana no vengo, que tengo que ir a la feria. Pero pasado mañana igual paso a tomar un café y ya vemos.

Empresario.- Perfecto. Aquí la puntualidad es opcional. Lo importante es que parezca que trabajamos cuando vienen los inspectores. Si no viene, mejor, que así no ocupa sitio.

Trabajador.- Pues ya está. Contratado sin trabajar. Este es el mejor empleo de mi vida. Voy a celebrarlo con una tapa de pulpo.

Empresario.- Y yo con un vino. La empresa queda cerrada hasta nuevo aviso. ¡Productividad gallega en su máximo esplendor! 

LA QUIETUD QUE ME NOMBRA

Camino entre voces, pero me quedo en silencio. No es miedo, aunque a veces lo parece, es un peso de aire que se posa en mi pecho y me recuerda que observar también es una forma de estar. Mis manos quieren hablar, pero se esconden en mi abrigo. Mis palabras ensayan en la mente frases que tal vez nunca pronuncie, y sin embargo, dentro de mí suenan claras.

La timidez no es ausencia, es un jardín cerrado. Quien no conoce su puerta piensa que detrás no hay nada, pero yo he visto cómo florecen colores que nadie imagina, cómo se guardan en silencio historias enteras que esperan el instante preciso para brotar. Hay quienes caminan hacia el mundo como si no hubiera barreras. Yo avanzo lento, con pasos que miden distancias invisibles, y quizá no llegue antes, pero mi llegada siempre se siente íntegra. Aprendí que la timidez no es un muro. Es un velo que se aparta con paciencia. Y algún día, cuando la luz me toque con delicadeza, saldré al centro sin temblar, sin dejar de ser quien soy. 

EL ESCRITOR CAÓTICO

No sé si seguir con el blog. No sé si cerrarlo. No sé si importa. No sé si alguien lo lee. No sé si yo lo leo. No sé si tiene sentido seguir escribiendo cosas que no tienen forma, ni fondo, ni fuerza. Me repito. Me contradigo. Me agoto. Me decepciono. Me doy vergüenza. Me doy rabia. Me doy pena. Me doy igual.

Hay días en los que pienso que debería hacer como Elías Fritz, que no solo abrió y cerró su blog veinte veces, sino que en la última lo dividió en siete partes, las publicó en siete plataformas distintas, luego las borró todas, luego las recuperó, luego las mezcló, luego las tradujo al esperanto, luego las convirtió en un archivo de audio que nadie pudo reproducir, luego se peleó con sí mismo en los comentarios, luego se bloqueó a sí mismo, luego escribió una entrada pidiendo perdón por existir, luego la borró, luego la volvió a subir, luego la editó para insultarse, luego se denunció por plagio, luego se absolvió, luego se fue. O como Martina del Río, que imprimió todo su blog, lo metió en una caja de cartón y lo tiró al Támesis una madrugada de enero, sin testigos, sin explicación, solo porque no soportaba ver sus textos acumulados. O como Hugo Sanz, que escribió una entrada titulada “Última cena digital” y luego llevó su portátil a un parque de reptiles en Florida y lo lanzó a la boca de un cocodrilo llamado Marvin, que lo trituró sin esfuerzo. O como Clara Vignale, que prendió fuego a su blog en sentido literal: imprimió cada entrada, las apiló en su jardín y les prendió fuego mientras gritaba que el algoritmo la había traicionado. O como Tomás Gutiérrez, que denunció su propio blog a la policía por acoso emocional, y cuando los agentes le dijeron que eso no tenía sentido, insistió tanto que acabaron llevándolo a la cárcel por alteración del orden público.

Y yo aquí, sin saber si quiero hacer algo parecido o si solo quiero que alguien me diga que no estoy tan mal. Pero sí estoy mal. Estoy cansado. Estoy harto. Estoy bloqueado. Estoy solo. Estoy escribiendo esto como si fuera una confesión, pero ni siquiera sé si lo voy a publicar. No sé si quiero que lo lean o que lo ignoren. No sé si quiero que me entiendan o que me olviden. No sé si esto es una despedida o solo otra noche más en la que no puedo dormir y me pongo a escribir para no pensar.

No sé.

Y mientras no sé, sigo escribiendo. Aunque no sirva. Aunque no guste. Aunque no importe. Aunque no se entienda. Aunque no se lea. Aunque no se quede. Aunque no se note. Aunque no se salve. Aunque no se cure. Aunque no se arregle. Aunque no se cierre. Aunque no se abra. Aunque no sepa.