Individuo parlanchín que presume de múltiples hazañas, siempre en solitario, pero que ante una inesperada multa de tráfico o una forzada inmersión, con flotador, en alta mar se queda sin habla, se ruboriza cual pimiento morrón y lo vemos muy acoquinado porque la realidad le ha escupido a la cara una careta sacada del túnel de los horrores. Entonces, su voz se congela como el aliento en pleno invierno y su corazón late como un sonoro tambor en medio de una descomunal tormenta.
«SONMEIGO» (JMMT)
EL POTE GALLEGO
El pote, en Galicia, es mucho más que un simple recipiente de barro o hierro. Es símbolo de hogar, de comunidad, de tradición y de memoria compartida. En el centro de la cocina, con el fuego a sus pies, el pote es donde se mezclan los sabores de la tierra y los afectos de la familia. En él se cuecen los caldos, los guisos, las historias y los silencios. Cada ingrediente que se añade tiene un significado, cada aroma que se eleva es parte de la identidad familiar.
El pote es un contenedor emocional: todo cabe en él, desde los recuerdos de la infancia hasta los relatos de los antepasados. Es metáfora de la vida misma, donde se mezclan momentos dulces y amargos, tiempos de abundancia y de escasez, encuentros y despedidas. Este simbolismo sirve de hilo conductor para explorar Galicia a través de sus paisajes, monumentos, personajes y sentimientos. Porque todo, incluso lo que parece pequeño u olvidado, tiene cabida en el pote de la memoria gallega.
El pote es un espacio de memoria viva, un cuaderno de viaje emocional que recorre los rincones más íntimos y hermosos de Galicia. Aquí, las palabras son semillas que crecen entre los caminos de piedra, los bosques húmedos y las brumas que envuelven las aldeas.
En torno al pote toda la familia escucha relatos que mezclan lo personal con lo colectivo, donde los monumentos no son solo piedras sino testigos del tiempo: castros olvidados, iglesias románicas que guardan secretos de siglos, pazos que cuentan leyendas de hidalgos o cruceiros que guardan miles de sueños. También, en su interior, hay espacios naturales que quitan el aliento: cascadas escondidas, playas que parecen sueños y fragas que laten con vida propia.
El pote es un espejo donde se reflejan los sentimientos que despierta en mí Galicia: la morriña por una tierra que no quiero olvidar, el arraigo familiar casi perdido, el orgullo de un origen inigualable, la espiritualidad que me transforma sin remedio, la ternura de una lluvia menuda que acaricia, la fuerza de una identidad nunca perdida y una reconfortante melancolía por las viejas costumbres. Es un diario de experiencias vividas y soñadas, de caminatas por el Camino de Santiago, de fiestas populares llenas de música y fuego y de cenas compartidas junto a una chimenea.
Los personajes que salen del pote son reales e imaginarios, vecinos de carne y hueso o figuras que la tradición mantiene vivas: el anciano que relata cuentos en la taberna, la mujer que recoge hierbas de San Juan, el marinero que habla con el mar como con un hermano, el emigrante que vuelve de la nada o del todo, la meiga satánica o la bruxa que cura el mal de ojo. Todos ellos forman parte de este universo que es Galicia.
El pote simboliza a quien ama la palabra, a quien recuerda aquella Galicia, a quien busca reconocerse en el paisaje y en la memoria, para quien entiende que cada piedra, cada camino y cada recuerdo tienen algo que decir. Porque todo, incluso lo más pequeño, incluso lo que parece olvidado, cabe en el pote de la vida gallega. Sólo queda que lo abramos todos para compartirlo.
LA BELLEZA DE LAS MUJERES
La belleza de las mujeres no se mide, se siente. No se encierra en formas ni se atrapa en palabras. Es un temblor que atraviesa la mirada, una luz que se posa en los gestos más simples: en la forma en que recogen el cabello, en el silencio que dejan al marcharse, en la risa que estalla sin permiso.
Hay mujeres que caminan como si el mundo las esperara. Otras que se detienen y, sin saberlo, hacen que todo gire a su alrededor. Hay belleza en sus manos, en sus voces, en sus dudas. En la piel que guarda secretos, en los ojos que no temen mirar de frente, en las cicatrices que no ocultan.
La belleza de una mujer está en su forma de estar presente, de resistir, de amar sin pedir permiso. En la ternura que ofrece sin condiciones, en la fuerza que sostiene sin alardes. Es una belleza que no busca aprobación, que no se rinde ante el espejo, que florece incluso en la sombra.
He visto mujeres que brillan sin saberlo, que transforman el aire con su paso, que hacen del mundo un lugar más habitable solo con existir. Mujeres que no necesitan adornos, porque su esencia basta. Mujeres que son poema sin verso, música sin partitura, fuego sin ceniza.
Y cuando una mujer se sabe bella, no por lo que le dicen, sino por lo que siente, entonces el universo se ordena. Porque la belleza de las mujeres no está en lo que muestran, sino en lo que despiertan.
WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ
La vida de Fernández Flórez fue una constante paradoja.
Fue un destacado y atentísimo cronista parlamentario, sucedió a Azorín en ABC, y un pionero del cine en España.
Era un dandi conservador que, en sus obras, cuestionaba con ironía la milicia, la iglesia, el caciquismo, la patria.
Empezó a escribir, tras la muerte de su padre, en periódicos de pequeña difusión a los quince años unos artículos muy elogiados por la crítica de entonces. A los dieciocho ya dirigía un diario, lo que muestra su determinación y talento precoz. En este punto, hace muchos años, en un viaje que hice a Ferrol, «un ferrolítico» ―dícese del ferrolano de pro que es capaz de sobrevivir a los vaivenes de la historia naval, industrial y política de la ciudad― me contó que dirigió durante año y medio el Diario Ferrolano, pero como legalmente no podía ejercer ese cargo siendo menor de veintitrés, falseó su fecha de nacimiento para poder asumirlo. Este gesto muestra tanto su determinación como su precoz talento periodístico.
Rechazó las vanguardias literarias, prefiriendo una narrativa clara, directa y eficaz, sin perder profundidad ni frescura.
Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad. «La humanidad trabaja por horror al trabajo, por un afán tenaz y esperanzado de librarse de él».
Su estilo se caracteriza por una ironía aguda, que recuerda a autores como Anatole France o incluso Charles Dickens en su cordialidad humana. En obras como Volvoreta o El bosque animado, se percibe una sensibilidad nostálgica hacia el mundo rural gallego, que contrasta con su visión urbana más desencantada. En 1913, pasó el verano en San Salvador de Cecebre, y quedó tan fascinado por el entorno que volvió cada año hasta el final de sus días. Allí se inspiró para escribir El bosque animado, y hoy su casa en la calle apeadero 14 se ha convertido en museo y centro de interpretación.
Aunque sea tirarme piedras sobre mi propio tejado, le recuerdo una frase que soy incapaz de olvidar por lo que a mí toca: «No debe leerse nunca a un mal escritor, ni aun para desdeñarlo. Siempre hay un grumo de tontería que se pega».
Álvaro Cunqueiro, maestro de la narrativa fantástica y fundidor de lo mítico con lo cotidiano, habló elogiosamente de él. «Es humano, irónico, sencillo y camina con la nostalgia a la espalda. Nos vacuna contra el puritanismo y el intelectualismo, y atiende especialmente a la creación y desarrollo de un espíritu libre, humano e ilusionado. Pero nada ni nadie le librará de su melancolía, su escepticismo y su fantasía».
Llevó con seriedad la etiqueta de humorista, que le abrió las puertas de la Real Academia Española. Se caracterizó siempre por evitar el chiste fácil: «El humorista no es un clown», recordaba con frecuencia. «El humorismo ha de ser la comprensión, un poco bondadosa, del alma humana, con todo lo que hay en ella de dolor y de placer, de virtud y de malicia». Cuando llama al humorismo «la sonrisa de una desilusión», acierta plenamente. Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad.
De este hombre hay muchísimas anécdotas. En su longeva vida acumuló una ingente cantidad de ellas. La que voy a narrar no es nada nuevo, pero que refleja su humor cáustico y ácido, y que nunca se calló estuviera delante de él quien estuviera.
Detestaba cualquier tipo de festejo o celebración, pero había algunos irrechazables.
En una ocasión lo invitaron a una fiesta de sociedad y no tuvo más remedio que asistir. «Estos compromisos me hacen llorar de risa», sentenciaba él.
La anfitriona, a espaldas de Flórez, para atraer a los dudosos, les dijo que iba a asistir un conocidísimo humorista.
Nuestro escritor se sentó en una silla que había en una de las esquinas de la sala con la intención de pasar inadvertido.
Las señoras, que estaban expectantes, a la par que decepcionadas por su silencio, le espetaron a la cara varias veces que no se le notaba que era humorista.
―¡Venga, hombre! ¡Cuéntenos algo gracioso!
Los desconocidos de la fiesta lo cercaron y clavaron los ojos en su rostro, aguardando que con un chiste rompiera su silencio y su actitud displicente. Con gran timidez, dijo que no, que de ningún modo y que rompiera el silencio otra persona más dispuesta a la broma y al chiste.
―Es que en la fiesta no hay más humorista que usted, le respondieron con enorme ansiedad.
Entonces Fernández Flórez se puso en pie y dirigiéndose a la mujer «más beligerante» le espetó a la cara con los nervios muy bien templados:
―Señora, ¿cuál es la profesión de su marido?
―Cirujano, y con un prestigio intachable.
―Envidiable profesión, señora. Pues que comience él.
―Mi marido no tiene ninguna gracia, ¡cáspita!
―Es que no le hace ninguna falta. ¿No es cirujano? Pues que le extirpe el apéndice a alguien que aún lo tenga, y después yo haré lo que ustedes quieran. ¿Cómo es eso de que ustedes quieran que sea yo el único que ejerza aquí su profesión? No. No. No. Que empiece otro, ¡rayos!
Flórez volvió a su silla con una gran solemnidad. Nadie lo pudo convencer. Lo que sí consiguió es que lo dejaran en paz. Genio y figura hasta la sepultura.
LA TRISTE HISTORIA DE ROSALINDA Y EL CHOURIZO DE BASTAVALES
Rosalinda era una mujer gallega que llevaba años intentando aprobar el carné de conducir. Tras 45 intentos, otros tantos suspensos y mil lágrimas, descubrió por fin un método infalible que le permitió aprobar á primeira. El propio director general de Tráfico, desde su despacho de Madrid, la felicitó con un noraboa, muller, y ella sintió que por fin la vida le sonreía, como si estuviera en el Monte do Gozo.
Pero su desconocimiento era grandísimo en el tema de los inventos y no registró el invento, y su marido —conocido como o Chourizo de Bastavales—, experto en pufos y demás engaños varios, le robó con todo el descaro del mundo la idea.
A él nunca se le conoció preparación nin trabal/o algún. Vivía de lo que le sacaba a Rosalinda, que se ganaba la vida limpiando escaleras en Compostela. Con lo que le robaba, se iba derechito a la taberna, a gastar en viños, chourizos ao albariño y retranca barata, mientras su mujer sudaba la gota gorda cada día por unas pocas monedas.
El sinvergüenza del marido forrouse vendiendo el método, salió en la TVG y en mil cadenas internacionales, mientras se presentaba como el gran descubridor.
Rosalinda, en cambio, cayó en el olvido más absoluto y se tuvo que poner a pedir limosna en un soportal junto al Obradoiro, pues el dinero de las escaleras no le llegaba, por culpa de las sisas de su marido. Esto lo hacía con la mano extendida y el corazón roto. El mundo entero hablaba del método, pero nadie recordaba que había sido ella quien lo había creado.
Un día, paseando por las rúas de Compostela, Rosalinda se cruzó con su marido. Él, el Chourizo de Bastavales, se hizo o tolo, fingiendo no reconocerla, desviando la mirada como si nunca hubiera compartido vida con ella. Ese gesto fue más doloroso que todos los suspensos juntos.
Pero la historia dio un giro inesperado. Una abogada, apenada por la mala suerte de Rosalinda, llevó el caso de esta mujer ante Estrasburgo, y el Tribunal de Dereitos Cívicos da Terra Galega, con sede en Bruselas, y presidido por el honorable Pepiño do Carallo, dictó sentencia: detención inmediata do Chourizo de Bastavales.
Solo que, para entonces, o Chourizo ya estaba bailando la samba en las playas de Copacabana, con gafas de sol, caipiriña en mano y sin rastro de culpa.
Una periodista de Compostela experta en trapalladas, traiciones e impunidades, se prendió de la historia de una mujer humilde que inventó la llave del éxito y acabó en la miseria, mientras el ladrón de sueños se escapaba entre palmeiras y ritmos brasileiros. Le hizo una entrevista en la radio y el teléfono se bloqueó con relatos de las chourizadas do seu home.
Pero esta periodista se empeñó en que la verdadera historia de Rosalinda se hiciera famosa en toda Galicia y gastó parte de sus ahorros en hacer carteles que colgó por todos los lugares que ella conocía. Estaba empeñada en que el destino de esta mujer diera un giro copernicano.
La injusticia sufrida por la mujer corrió de boca en boca, desde Muxía ata A Guarda, y pronto se convirtió en símbolo de resistencia. Las alfombradoras de Ponteareas, los gaiteros de Ortigueira, los mariscadores de Cambados y hasta los peregrinos que cruzaban o Cebreiro hablaban de ella como «a muller que loitou contra o mundo e non perdeu a alma».
El Concello de Santiago le concedió la Medalla da Terra, y en el Obradoiro, donde antes pedía limosna, se erigió una placa que dice:
Recibió homenajes en la TVG, en la Festa da Dorna, y hasta en el Festival de Cans, donde se proyectó un documental titulado «Rosalinda: a que nunca se rendeu».
Mientras tanto, o Chourizo de Bastavales, bailando samba en Copacabana, se enteró por la prensa de que su nombre había sido borrado de todos los registros. En Galicia, ya nadie lo recordaba. Solo se hablaba de Rosalinda, a nosa heroína, que con escoba en mano y dignidad no peito, había vencido a la traición con la fuerza de su verdad.