«A LA SOMBRA DEL VERBO»

LA BELLEZA DE LAS MUJERES

La belleza de las mujeres no se mide, se siente. No se encierra en formas ni se atrapa en palabras. Es un temblor que atraviesa la mirada, una luz que se posa en los gestos más simples: en la forma en que recogen el cabello, en el silencio que dejan al marcharse, en la risa que estalla sin permiso.

Hay mujeres que caminan como si el mundo las esperara. Otras que se detienen y, sin saberlo, hacen que todo gire a su alrededor. Hay belleza en sus manos, en sus voces, en sus dudas. En la piel que guarda secretos, en los ojos que no temen mirar de frente, en las cicatrices que no ocultan.

La belleza de una mujer está en su forma de estar presente, de resistir, de amar sin pedir permiso. En la ternura que ofrece sin condiciones, en la fuerza que sostiene sin alardes. Es una belleza que no busca aprobación, que no se rinde ante el espejo, que florece incluso en la sombra.

He visto mujeres que brillan sin saberlo, que transforman el aire con su paso, que hacen del mundo un lugar más habitable solo con existir. Mujeres que no necesitan adornos, porque su esencia basta. Mujeres que son poema sin verso, música sin partitura, fuego sin ceniza.

Y cuando una mujer se sabe bella, no por lo que le dicen, sino por lo que siente, entonces el universo se ordena. Porque la belleza de las mujeres no está en lo que muestran, sino en lo que despiertan. 

GRITÉ UNA NOCHE

Hoy el día se estrelló. / La luna inunda la ciudad. / Durmiendo oí tu voz. / Si es un sueño, miro, y tú no estás. (Grité una noche, Antonio Vega)

En el mes de agosto de un año que no recuerdo, lo tenía todo preparado para enviar este texto a un concurso literario que había convocado una organización de profundas raíces gallegas, pero… a última hora, caí en el pozo de la prédica de una persona muy influyente para mí… y, daquela, este texto pasó a dormir en la carpeta de las frustraciones literarias. Yo no lo votaría nunca porque es lacrimógeno en exceso. Las palabras de este árbitro y sentenciador visionario me hundieron en la miseria literaria porque, en aquella época, hacía caso a todo consejo, viniera de donde viniera. Hoy, no. Lo he rehecho y, en recuerdo del dichoso y afamado juez ―hoy, fallecido― he aumentado su pulso gimiente y lacrimoso de un modo intencionado dejando a Bécquer en el banquillo de los suplentes.

GRITÉ UNA NOCHE

Hay noches que no callan. Noches que no duermen, que se extienden como niebla sobre la piel de la memoria, que nos hablan en voz baja y nos piden que escuchemos. Este texto nace de esa escucha. Hecho de silencios rotos, de palabras que brotan en la oscuridad, de sentimientos escritos cuando el mundo parece ausente.

Galicia es el telón de fondo, pero también es protagonista. Está presente en cada letra, en cada imagen, en cada aliento. Es la tierra que me vio nacer, que me formó junto con Madrid, que me enseñó a nombrar el amor, el desamor, la morriña, la esperanza, la sonrisa, la herida y el consuelo. Galicia es la piedra mojada que me hace recordar, el mar que me murmura en silencio, el monte que me observa y la lengua que me hace latir.

Estoy haciendo un canto íntimo a mi tierra, pero también un diálogo con ella sobre lo que siente, lo que ama, lo que pierde, lo que busca.

Es un mapa emocional, un haz de luces y sombras, un conjunto de pulsos escritos sin reloj. En estas líneas hay alegría, dolor, contemplación y rabia. Sueño con estar al lado de una lareira o en un vagón de tren camino de Breogán, pero no en medio de esta noche insomne. Escribo sin máscara, sin artificio, sin miedo a mostrar lo que duele y lo que salva y a golpe de sangre.

El amor, el desamor y sus abismos. La morriña como hilo que une tiempos y personas, como bruma que no se disuelve. Sueño sin dormir con encuentros, despedidas, cuerpos que se buscan y almas que se pierden. Hay versos que quieren ser bálsamo, otros que son herida abierta. Pero lo tengo claro: «quiero dormir contigo, Galicia».

Escribo de noche como lugar donde todo se intensifica. En la noche escribo, escucho el latido de la casa que ya no existe, el rumor del viento que me habla y palpo el silencio de quienes ya no duermen. En la noche siento que puedo ser más yo, que puedo abrirme sin temor, y que puedo gritar sin que nadie me calle.

En definitiva, esta narración es un acto de resistencia emocional, una forma de decir que la belleza existe, que el dolor puede ser nombrado, que la palabra puede salvar. Si te he tocado en algo, si estas líneas te recuerdan a algo, si alguna palabra te devuelve una emoción olvidada, entonces este texto habrá cumplido su destino.

Gracias por llegar hasta aquí. Gracias por caminar conmigo entre sombras y luces, con la ayuda de este faro, soy una mano tendida, y gracias por la noche que nos une. 

YO ESCRIBO, TÚ NO ME LEES Y ASÍ NOS ENTENDEMOS (O NADA ME ENAMORA MÁS QUE LA TECLA DE ELIMINAR)

Perdón por la «brevedad» de este texto. Lo colgaré en mi blog, ese que está autofinanciado por mi fe en el fracaso y que no lees nunca. Allí te espera en minutos.

Tú, que no me lees, sabes muy bien lo que te quiero comentar. Comienzo los textos como este con el tiempo dedicado a su creación. Comencé el 31 de febrero a las 26 horas de la mañana y terminé el 32 de septiembre a las 15 horas de la madrugada. Si lo has calculado, te habrás dado cuenta de la cantidad de días que le he dedicado a la búsqueda de información y a la consulta de libros y diccionarios. Hoy, 13 de octubre, desde las 5 de la mañana lo he corregido doce veces. Nada. Una menucia, una fruslería, una nimiedad.

El 30 de febrero pasado recibí un correo electrónico de un seguidor mío que no ha leído nada escrito por mí, ni una coma, ni un título, ni siquiera la contraportada de los libros que no he escrito.

Lo releo: afirmo, con seguridad plena, que me gusta mucho ―me apasiona― tu estilo, el bovinismo literario, y te ruego que escribas un texto sobre tu inexistente vida literaria. Para no leerlo. Para saber de ti y así no contaminarme con tu prosa.

Me lo pidió con entusiasmo, como quien encarga una paella sin arroz. Y yo, que soy obediente en lo absurdo, aquí estoy: escribiendo para quien no quiere leerme, pero que desea saberlo todo de mi escritura. Es el nuevo paradigma del lector moderno: no lee, pero opina. No conoce, pero admira. No se acerca, pero exige cercanía. Y yo, encantado.

Para ello, me he desplazado a las cuatro de la mañana a un bar de la Gran Vía con mi ordenador de escritorio. Sentado a una mesa muy próxima a la puerta, para que no me moleste el trasiego que conlleva entrar y salir de continuo, me encuentro tomando un grato desayuno —café con leche, tostada con aceite, zumo de naranja y con la esperanza «frailusiana» ―deseó toda su vida un encuentro místico― de que hoy alguien me lea. Será difícil superar las cero visitas de ayer, pienso orgulloso. De pronto, noto que un grupo de turistas me observa, me escruta, me examina. como si fuera una atracción local, como si el acto de escribir en público fuera una danza ancestral.

Uno de ellos, valiente y angloparlante, se me acerca y me pregunta en inglés que qué estoy haciendo. Como no tengo ni idea de inglés, le respondo con dignidad: «Escribiendo. ¿Quiere participar?», le digo en español, con tono de tertulia de tasca. Me responde: «Yo no hablo español». Y así, sin más, la conversación alcanzó la cima de lo absurdo. Dos seres humanos, frente a frente, unidos por la incomprensión y el turismo, celebrando el fracaso comunicativo como quien brinda por la paz mundial.

Y hablando de fracasos, mi carrera literaria —si se le puede llamar carrera a una interminable sucesión de tropezones con la misma piedra— comenzó con una hazaña digna de los anales del heroísmo doméstico.

Allá por el 95, cuando aún se usaban disquetes y la autoestima se medía en pesetas, un inolvidable día regresé con precipitación del colegio porque había recibido una llamada anunciándome el envío de los 500 ejemplares de mi primer libro. Una edición autofinanciada, claro, porque los mecenas de los fracasados estaban ocupados financiando cosas más urgentes, como el último disco de Camela o el nuevo y penúltimo adoquinado de la plaza mayor.

Vendí 76 ejemplares. Setenta y seis. Un número que, en términos literarios, equivale a «casi nada, pero con entusiasmo».

El resto —424 libros, para los que no son de letras— emprendieron un viaje épico por los buzones y estanterías de familiares, amigos, escritores, cantantes, alcaldes, concejales de cultura, comentaristas de televisión y radio, y algún que otro repartidor que tuvo la desgracia de cruzarse conmigo en un semáforo. Si alguien los leyó, jamás lo confesó. Si alguien los usó para calzar una mesa, tampoco. De esos 424 ejemplares «regalados», sólo me contestó un 10%. El resto se esfumó en el silencio, como si el libro hubiera sido una caja de polvorones en agosto.

Luego vinieron los concursos literarios. ¡Ah, los concursos! Esa noble institución donde uno envía su alma en formato Word y recibe, si tiene suerte, un silencio educado. Participé en muchos. Tantos que podría montar un museo de bases legales y plazos de entrega. Y en todos, sin excepción, me devolvieron «nada». Ni premio, ni accésit, ni mención, ni «gracias por participar», ni un simpático «gracias». Nada. Un desastre tan perfecto que debería estudiarse en las facultades de estadística.

Y lo más doloroso —como una vacuna sin anestesia— fue descubrir que entre los que no contestaron estaban familiares, amigos y demás fauna cercana. Gente que uno creía capaz de leer al menos la dedicatoria. Pero no. El silencio fue tan rotundo que parecía coreografiado para un Got Talent. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo en ignorar mi obra con elegancia «ristiana».

Pero no todo fue en vano.

En la última limpieza de mi ordenador —ese ritual que uno realiza cuando quiere fingir que tiene el control de su vida literaria— decidí liquidar muchos textos y libros. Muchos. Me apasiona escribir durante horas y horas para luego borrarlo todo, como quien cocina un exquisito banquete para alimentar al voraz cubo de basura. Borré un sinfín de textos con la solemnidad de quien lanza al mar una botella con mensaje, sabiendo que el mar está cerrado por reformas.

Hoy me arrepiento. Me arrepiento muchísimo. No por los textos, que eran mediocres con dignidad, sino por el gesto. Porque borrar es admitir que uno creyó, aunque fuera por un segundo, que aquello no valía la pena.

Y sin embargo, aquí estoy. Como he dicho antes, sin premios, sin accésits, sin libros en librerías, pero con una historia que ni Cervantes en su etapa de cobrador de impuestos. Porque hay algo profundamente heroico en fracasar con estilo. En regalar libros como quien reparte estampitas de santos. En escribir sabiendo que el único lector será el antivirus ―no tengo― del ordenador.

Por eso sigo escribiendo. Porque sé que tú no me lees. Y precisamente por eso, sé que te gustará este texto. Te lo dedico a ti, lector que no me lees. Antes de que otro impulso destructivo mande todo al río Ganges y se convierta en una vaca para que me adore todo el mundo que nunca me ha leído.

Y el grupo de turistas se marchó. El más locuaz, que no tenía idea de español, me dijo: «Siga escribiendo, es lo mejor que puede hacer en este mundo que vende mil canzoncillos en un día y ningún libro».

Ahora me despido, como corresponde a alguien de mi estirpe con una confesión de mi carácter:

Destructivo, como quien rompe el espejo por si acaso refleja algo que le gusta.

Pusilánime, como quien pide perdón por existir en voz baja.

Asocial, como quien se esconde en el baño cuando suena el timbre.

Vergonzoso, como quien se ruboriza al enviar un correo sin faltas de ortografía.

Inseguro, como quien duda si poner punto final o puntos suspensivos.
Y necesitado de apoyo, como quien deja el libro en la mesa esperando que alguien lo abra por accidente.

Gracias por no leerme. Me has salvado de la fama, del éxito y de tener que sonreír en las fotos.

Seguiré «recuncando». Aunque sea en silencio. Aunque sea en bata. Aunque sea como vaca sagrada en el Ganges.

Termino resumiendo mi vida literaria con un aforismo personal: No premiado, no leído, no devuelto: éxito rotundo

EL ZURDO QUE ESCRIBE CON LA ZURDA (JA)

Soy zurdo. No por moda, ni por rebeldía estética. Lo soy desde que agarré el lápiz como quien empuña una espada contra el mundo. Y desde entonces, cada vez que escribo, el mobiliario escolar me recuerda que no fui invitado a esta fiesta. Allá en mi infancia, cuando se me caía el bolígrafo, porque se empeñaban en que escribiera con la diestra, por allí pasaba la «diestra» de don Venancio y me dejaba muy clarito con una tierna colleja, como decía él, cuál era la correcta mano ejecutante. Bueno. Corramos un tupido velo.

Si te cuento las dificultades de mi etapa universitaria, no termino esta entrada. Las aulas magnas, las mesas corridas de la facultad, donde nos sentábamos quince en un espacio de ocho o diez. Pues eso. Los tableros de esas mesas sólo aceptaban el papel en posición horizontal y para diestros. Y termino con las sillas con brazo. ¿Quién fue el maldito que las inventó? ¿Quién fue el encargado de material de los centros educativos que las compró? Y así tomar apuntes a la velocidad del «Pensamiento Impaciente», una invención gallego-universal que viajaba más veloz que la lógica, más fugaz que la vergüenza, y más errático que Wayne Rooney, que sobrio falló unos cuantos penaltis.

Llegué, como profesor, a un centro donde el cuerpo docente era diestro. Las mesas del enseñante para diestros eran mi campo de batalla. Me sentaba, intentaba acomodar el codo izquierdo… y nada. El borde me lo escupía. El apoyo estaba del otro lado, reservado para los elegidos del sistema educativo. Mi brazo colgaba como jamón en secado, mientras intentaba escribir en diagonal, esquivando el espiral del cuaderno que me raspaba la muñeca como si fuera un castigo medieval. Entonces, la mesa me miraba con desprecio. Como tenía ese apoyo lateral diseñado para el codo derecho, cada vez que me sentaba, me decía: «Aquí no se admiten zurdos, gracias». El codo insistía y buscaba apoyo y encontraba vacío. Era como escribir en la cornisa de un acantilado.

Pero lo peor no era la mesa. Lo peor eran la pizarra y el ordenador.

¡Ah, la pizarra! Ese muro de la vergüenza. Miraba la oración que tenía que analizar sintácticamente y mi mano izquierda no sabía qué postura adoptar: la de un caracol, la de una berza o la de un percebe. Tenía que escribir delante de todos y ahí iba, desde la mesa del profesor a la pizarra, sin tener claro el modelo que seguir. Con mi mano izquierda alzada como si fuera a invocar a Rosalía de Castro regateaba los nervios y escribía con una tiza perpendicular a la pizarra, con el pulso del relojero de la Puerta del sol, una oración perfectamente alineada… pero borrada. ¡Milagro! Como escribía con la zurda, mi propia mano tapaba y borraba lo que acababa de escribir. Cada palabra que escribía desaparecía bajo mi antebrazo como si fuera un truco de magia. Los alumnos me miraban raro y se reían. Yo intentaba inclinarme, girar el cuerpo, escribir en zigzag… y acababa pareciendo un contorsionista con tiza.

Y no era solo incómodo. Era humillante. Porque mientras los diestros escribían con fluidez y elegancia, yo parecía que estaba peleándome con el encerado. Kafka me entendería. Él también era zurdo. Y si sus textos eran oscuros, no era solo por la burocracia… era fruto de su mano «siniestra».

Porque si escribir en una mesa para diestros es incómodo y en la pizarra es humillante, usar un ordenador es directamente una prueba de fe.

¿Quién decidió que el ratón va a la derecha? ¿Quién pensó que el teclado numérico debe estar a la derecha? ¿Por qué el bloqueo de las mayúsculas está a la izquierda? Digresión: ¿Por qué no hay fundas con tapa para smartphones que se abran hacia la derecha? Perdón.

Yo intento trabajar, lo juro. Pero cada vez que muevo el ratón con la izquierda, el cursor se va de Erasmus. Y si lo dejo a la derecha, tengo que cruzar el brazo como si estuviera tocando la gaita con una sola mano. El teclado, por su parte, me odia. Las teclas de función están lejos, el enter me queda en Moscú, y el shift derecho está en el Camino de Santiago.

Y no hablemos ya de la pantalla digital del ordenador cuando la pandemia. Y el bolígrafo digital. Una tortura informática. Tenía que escribir con la mano vertical y sin tocar la pantalla porque, si la apoyaba, borraba todo o se activaban mil opciones que te ofrecía el ordenador o la tableta. Y sin pandemia, coño. Ese invento moderno que, en teoría, iba a liberarnos… en mi caso solo sirve para que mi mano tape la pantalla mientras escribo como un poseso. Ahora, acabo con la muñeca tensionada, la pantalla manchada, y un texto que parece una empanada de pulpo mal cortada.

Y pensarás, pues organiza, que se puede, el ratón para zurdos. Pero a mi edad, y después de tantos años con el ratón diestro, eso me supondría otro arduo aprendizaje.

Aquí sigo. Jubilado, zurdo, testarudo, y con el ratón en la izquierda. Porque cada clic, cada línea escrita, cada atajo de teclado mal ejecutado… es un acto de resistencia, una fábrica de exabruptos, una declaración de principios y una oda al caos creativo. Menos mal que estoy terminando esta entrada, sino acabaría con el diccionario secreto de Cela.

Y no hablemos si se te ocurre escribir con pluma estilográfica o con un bolígrafo que deja un poquito de tinta. Terminas el día con la parte que une la palma y el dorso de la mano impregnada toda ella de tinta. Sólo tienes dos opciones: mil viajes al lavabo o ser el portador de un aspecto sucio que ha metido la mano no sabe dónde.

Menos mal que ya no me ven ni los alumnos ni los compañeros con el codo en el aire, la muñeca raspada, y la espalda torcida. Porque escribir con la izquierda en un mundo diestro no es solo incómodo, es poético. Es como cantar en gallego en medio de una reunión de angloparlantes. Como escribir con la mano equivocada… y hacerlo con orgullo. 

FEITIZO

La palabra feitizo no está aquí por casualidad, no señor. Se coló volando en escoba, aparcó con descaro en mi teclado y me dijo insolente: «¡escribe sobre mí, escribe!».

Yo siempre pensé que la literatura tenía algo de magia, pero no de esa magia de magos con capa brillante y humo sospechoso, sino de la magia humilde, la de las pequeñas transformaciones, la de las aldeas, la de los lugares con encanto por sí solos… como cuando metes un calcetín gris en la lavadora y sale rosa sin que nadie lo haya autorizado.

Un feitizo no cambia el mundo, pero puede cambiarte un día entero. Puede convertir un dolor en un dolorcito manejable, como cuando te das un golpe en el dedo meñique y sobrevives. Puede hacer que un recuerdo deje de pinchar o que una emoción se encienda como una bombilla LED de bajo consumo. Yo busco eso: no grandes revelaciones tipo «¡he descubierto el sentido de la vida!», sino pequeñas claridades, como encontrar por fin las llaves que llevabas en la mano.

El feitizo que yo conozco habla y cura el amor, sí, pero no del amor perfecto de las películas donde nadie suda, nadie ronca y todo el mundo tiene pestañas kilométricas. Habla del amor que duele, del que llega tarde, del que se pierde por el camino porque se entretuvo mirando escaparates, del que se recuerda más de lo que se vive… ese amor que te deja el corazón como un acordeón después de una verbena.

El feitizo también habla de la soledad, pero no como castigo, sino como territorio propio, como un piso pequeño, pero acogedor donde puedes andar en calcetines y nadie te juzga. A veces estoy mejor ahí que en cualquier compañía, sobre todo si la compañía mastica fuerte.

Y, por supuesto, mi feitizo habla de la tierra, de Galicia, que siempre está de telón de fondo, de protagonista o de invitada sorpresa. Galicia es un sentimiento más, un feitizo más, una presencia que me acompaña incluso cuando no la nombro… como el olor a pulpo que se te queda en la ropa después de una buena «jartá», como dice una amiga sevillana cada vez que la llevo a O Sendeiro de Santiago de Compostela, donde sirven un laminado á feira incomparable. Pero no te olvides del queixo de San Simón á plancha, remata siempre.