«A LA SOMBRA DEL VERBO»

PESADILLA

No sé si fue sueño o invasión. Lo cierto es que apareció sin previo aviso, sin lógica, sin carne. Una mujer que no existe, que no ha existido jamás, pero que se presentó con la autoridad de lo inevitable. No tenía rostro, pero sí mirada. No tenía voz, pero sí presencia. No tenía historia, pero parecía conocer la mía mejor que yo.

La habitación estaba en silencio, como si el mundo hubiese hecho una pausa para que ella pudiera entrar. No caminó. No flotó. Simplemente estaba allí, al pie de la cama, como si siempre hubiese estado esperando ese momento. Su silueta era borrosa, como si la memoria la estuviera inventando en tiempo real. Vestía algo parecido a un vestido antiguo, de encaje gastado, pero sin textura ni peso. Era más una idea de vestido que un vestido en sí.

Intenté moverme, hablar, encender la luz. Nada. El cuerpo, traidor, se había rendido. Solo los ojos, abiertos en la oscuridad, eran testigos de su aparición. Ella no hizo nada. No dijo nada. Pero su sola presencia era una acusación. Como si viniera a recordarme algo que había olvidado, o peor aún, algo que había querido olvidar.

Me miraba —o eso creía yo— con una mezcla de ternura y condena. Como si fuera madre, amante y fantasma a la vez. Como si su existencia dependiera de mi culpa, de mi deseo, de mi miedo. Y entonces lo entendí: no era ella quien me visitaba, era yo quien la había convocado. En algún rincón del alma, en alguna grieta del pasado, la había creado. La había alimentado con silencios, con ausencias, con nombres que nunca pronuncié.

La pesadilla no fue terrorífica en el sentido clásico. No hubo gritos, ni persecuciones, ni sangre. Fue peor. Fue íntima. Fue como abrir una carta que uno mismo escribió y olvidó enviar. Como escuchar una canción que no recuerda haber compuesto, pero que habla de uno con una precisión insoportable.

Cuando desperté, la habitación estaba intacta. La luz entraba por la rendija de la persiana. El reloj marcaba una hora absurda. Todo parecía normal. Pero yo no lo era. Algo había cambiado. No sé si fue ella, o lo que representaba. No sé si fue el sueño, o el espejo que me puso delante. Solo sé que, desde entonces, cada vez que cierro los ojos, temo que vuelva. No por lo que pueda hacerme, sino por lo que pueda recordarme. 

RECUNCAR

Hay verbos que no se traducen, que no se pueden traducir. No porque no tengan equivalente, sino porque llevan dentro una forma de estar en el mundo. Recuncar es uno de ellos. Es un verbo gallego, sí, pero también es verbo de alma, de memoria, de ritual.

Es un verbo que lo llevaba persiguiendo mucho tiempo. Mucho. Pero siempre estaba registrado. Hasta que hace unas semanas lo vi libre y con el dominio que yo quería. Y me lancé a por él. Le di una emotiva patada a pasoreservado y di el salto a oquintodotempo.com/.

Si tú todavía me soportas, leerías una entrada en la que me inventaba una discusión de taberna entre unos amigos que decidíamos que el nombre del blog fuera oquintodotempo.com/. Fue una escena simpática en un bar que existe realmente en Compostela y que conozco muy bien porque en él recunqué muchas veces.

Cuando decidí viajar a oquintodotempo.com/, lo hice con ese verbo como bandera. Porque recuncar no es repetir sin más: es volver a decir, volver a sentir, volver a pasar por el corazón. Es lo que hacemos con los poemas que nos marcaron, con las canciones que nos acompañan, con las palabras que nos definen.

www.recuncar.com es un espacio para textos muy gallegos, pero escritos en castellano. Porque hay una forma de mirar, de contar, de emocionar que es profundamente gallega, aunque se exprese en otra lengua.

Aquí conviven la saudade, el humor, la ironía, la ternura, la provocación, el amor y la soledad. Los conozco tan bien que han anidado en mi corazón. Aquí se recuncan recuerdos, miserias, imágenes, rituales, miradas y sentimientos. Es un blog que canta en castellano, pero con acento de aldea, de tasca, de romería. Un lugar para dramatizar lo cotidiano, para convertir la resaca en poema, el refrán en manifiesto, el dolor en comunidad.

Este es el blog al que tú estás suscrito y que te llega por correo electrónico cada nueva entrada. Espero y deseo que las disfrutes. Y si me lees sin estar suscrito, te lo agradezco igualmente. Este es www.recuncar.com, el blog de siempre.

Recuncar habla en castellano con alma gallega. www.recuncar.com, para recuncar en castellano lo que me duele, lo que me alegra, lo que me define. Este es la conversión de pasoreservado. Este es el que recibes en tu bandeja de tu correo electrónico.

Y ya sabes, si conoces a alguien que le pueda interesar mi blog, dame su correo que yo lo suscribo encantado. Sería un hermoso regalo. 

‘PASORESERVADO’ O ‘RECUNCAR’

El Pataca hervía como pocos días. Allí estaban Víctor, Jorge, José María y su hermana Lola. Las voces, las risas, las canciones se sucedían entre cuncas de vino que viajaban de mano en mano como un tren de alta velocidad. Es uno de los bares más conocidos entre los compostelanos y la amenaza de cerrar cuelga sobre él como el péndulo del reloj de la Puerta del Sol. Sus famosas y deliciosas tapas de patata gallega asada son uno de los atractivos de este local situado en plena rúa del Villar de Santiago, una de las calles más visitadas y transitadas de la parte antigua de la ciudad, a sólo cinco minutos de la catedral.

―Non sei ti, pero encántanme as patacas preparadas en horno de leña, decía un paisano queriendo mantener la compostura después de unas cuantas tazas de ribeiro.

Están cocinadas al estilo de la casa: en su cocina de leña, cocidas a fuego lento en salsa de carne, lo que hace que tengan un color amarillo-dorado inusual y un sabor único.

Un buen amigo compostelano, que está montado en la parra todo el día, convocó a los tres amigos con unas palabras muy cariñosas con el fin de dilucidar el nombre definitivo del blog de José María que estaba bautizado provisionalmente con el nombre de pasoreservado.com. La cena de días atrás en la pulpería de Melide terminó con muchas canciones da terra, pero sin ninguna decisión clara.

―El viño enreda los pensamientos coma la niebla en las corredoiras, decía el bueno de Ignacio dando sorbos largos y densos a su taza mientras comía tres o cuatro trozos de pulpo con un palillo bastante usado ya.

―Un trago más y ya no sé si pienso o estoy pensando que pienso, apuntaba Víctor con los ojos encendidos.

―Mi padre afirma que el vino es viento caliente que despliega las velas de la locura, sentenciaba con sobrias palabra Jorge, el más dicharachero.

Y el simpático de José María, que no se enteraba de nada por el rebumbio que había en la tasca remató la faena:

―El vino no da respuestas, pero hace olvidar las preguntas.

Y los cuatro rompieron a reír como si no lo hubieran hecho en la vida. Las comisuras de los labios se pintaron de granate porque tuvieron la nefasta idea, no de ir a bañarse a la playa, no, sino de cambiar de vino: Barrantes. Vino denso, de color intenso, con alta acidez y textura consistente que teñía todo lo que mojaba.

Al Pataca no se va a beber una vez. Se va a recuncar. A repetir copa, verso, historia o suspiro. A volver al plato que emociona, al rincón que abriga, al idioma que canta.

El blog de José María que lleva cultivando desde hace meses es como una tasca con mesa de madera y vino de Ribeiro: entra quien quiere, se queda quien siente, y repite quien encuentra agradable sabor en sus textos. Hay poesía, hay retranca, hay bichos traviesos y verdades envueltas en pan. Y si alguna palabra te hace cosquillas en el corazón… sírvete otra taza. Porque aquí, como en el Pataca, lo bueno se repite. Y si tiene algo de gallego, mellor.

Ya sabemos que los tres amigos están en el Pataca en una noche de risas y vino de Ribeiro y Barrantes. Ignacio se marchó a una hora prudente porque al día siguiente tenía que ir al chollo.

Son tres amigos de toda la vida, tres copas más de las que pensaban, y una discusión que ya parece un debate parlamentario, pero con más migas de chorizo que corbatas.

Víctor, con la taza en alto, ya en modo filósofo de barra, proclama:

―¡Pero a ver, José María! pasoreservado.com suena misterioso, elegante, como si entrar al blog fuera como colarse en un reservado con cortinas de terciopelo. ¡Tiene marcha! ¡Te invita a entrar! La camisa blanca de José María tenía una minuciosa ducha de puntitos granates provocados por la efusividad de Víctor al hablar.

―Es mi obra de arte para tu blog, sácale una foto y la cuelgas. Tendrá un éxito cojonudo.

Jorge, que ya ha dicho «¡eso, eso!» tres veces sin saber a qué:

―Sí, pero oquintodotempo.com/ tiene alma, tío. Tiene Galicia. Tiene esa cosa que no se explica, pero que se siente. Es como cuando Pepa decía «recuncar» y tú sabías que ahí había algo escondido, algo tuyo, que era digno de repetir.

José María, con el Ribeiro haciendo efecto poético:

―Es que recuncar no es solo una palabra. Es como un suspiro con raíces. Es el rincón donde se guardan las historias que no se cuentan en voz alta. Es el perro que se mete debajo de la mesa cuando llueve. Es… es mi blog, carallo.

Jorge, emocionado porque ha elegido su nombre, aunque no sabe bien la razón:

―¡Pues entonces no hay más que hablar! oquintodotempo.com/ suena a verdad. A tierra. A tasca. A ti. A mí. A Las Pateiras. A San Ramón y a bebedeira en cualquier lugar de Galicia, a San Simón.

Víctor, sirviéndose otra taza:

―Y si algún día haces una sección de «pasoreservado», que sea para los secretos, los poemas escondidos, los recunchos del alma, esa segunda vida que dices tú tener. Pero el nombre… que sea gallego, que sea tuyo.

Y así, entre brindis y patacas, se decide que el blog no será solo una página, sino un recuncho donde caben todos los Jorge, los Víctor, y los José Marías del mundo. Con vino, con alma, y con nombre gallego.

El vino ya no se sirve, se canta. Jorge rasca la mesa como si fuera una zanfoña, Víctor marca el ritmo con el vaso, y José María, está a punto de protagonizar una escena de juramento cidiano. Los tres dispuestos a recuncar por enésima vez.

Jorge, entonando como si estuviera en un festival de cantautores de Lavapiés:

―¡pasoreservado.com! Suena a jazz, a club con cortinas rojas, a contraseña secreta, a puticlub. Es como decir: solo para los que saben mirar las cosas ocultas del autor. ¡Y yo me río de que las haya!

Víctor, que ya está improvisando palmas y versos:

―Pero oquintodotempo.com/… eso es tamboril, gaitas, y pan de millo. Es repetir porque está bueno, porque emociona. Es como cuando la canción termina y todos gritan: ¡Outra vez! ¡Outra vez! ¡Outra vez!

José María, con el alma en clave de fa y el Ribeiro haciendo de afinador:

Recuncar es volver al plato, sí, pero también al verso que te hizo cosquillas. Es repetir la historia del perro que se escapó con el jamón, porque cada vez que la cuentas, alguien se ríe distinto. Es Galicia en bucle, pero con ritmo.

Jorge, ya con la taza como micrófono:

―¡Pues que sea oquintodotempo.com/! Y que cada entrada del blog sea como una canción que pide un bis. Que tenga intro, estrofa, y final y que se quede en la boca como el vino.

Víctor, levantando el brazo como si fuera una batuta:

―Y que el blog empiece con una bienvenida que suene a brindis. Que diga:

entra, siéntate, y si te gusta… recunca.

Y el taberneiro, sirviendo tazas a destajo, que lleva la camisa abierta hasta el ombligo, el delantal con manchas que podrían contar la historia de Galicia entera, y los ojos como faros en niebla de Ribeiro, se apoya en la barra como quien se apoya en la historia, y con voz cazallera, ronca y ceremoniosa, recita un romance que tiene más versiones que el rostro de la Preysler:

No nace de nube nin nace de mar, / nace nun recuncho onde se pode recuncar… 

Y volvió a callarse como si sólo fuera capaz de recitar dos versos de un romance de carallo. La mujer lo aplaudía para que siguiera como si fuera un poema nuevo y le dio un beso de recién casados.

La mesa ya parece campo de batalla de migas, la gaita duerme apoyada en la pared, y el aire está tan cargado de risas que hasta las moscas se quedan escuchando.

Al fondo de la barra, donde nadie la veía, pero todos la respetaban como a una buena meiga, estaba Lola con lengua de corcho. Había entrado sigilosamente para observar la escena. Llevaba tiempo callada, bebiendo en taza como quien bebe recuerdos.

De pronto, se pone en pie. La silla cruje como si supiera que algo importante va a pasar. Se acomoda la voz, se limpia la comisura con el dorso de la mano, y con voz de gaiteira jubilada que aún canta en los entierros, sentencia:

¡oquintodotempo.com/!

¡Carallo!

¡oquintodotempo.com/!

Porque lo que es bueno, repítese. / Porque lo que emociona, vuelve. / Porque Galicia no se visita unha vez, / recúncase. / ¡oquintodotempo.com/, carallo, oquintodotempo.com/!

Silencio. Hasta Jorge deja de rascar la mesa. Víctor se queda con la taza en el aire. José María, sonríe como quien acaba de recibir el nombre de su primer hijo. Y Lola, satisfecha, se sienta. La tasca aplaude. La gaita se despierta. Y el blog, por fin, ya tiene nombre: oquintodotempo.com/.

CHIPICHOSPIS

(Esta anécdota es verídica cien por cien. Lo novedoso es que la he adornado con una lección moral más amplia. Creo que necesaria.)

Entré en el aula a las 8:10 de la mañana con una energía que causaba sorpresa y admiración en los alumnos de 2º de Secundaria. No entendían que, ellos, medio dormidos y con un bostezo continuo mientras preparaban el cuaderno y el libro de texto, yo pasaba lista con voz potente para hacer de despertador y así poner en la línea de salida espabilados y dispuestos para trabajar a todos los alumnos.

Había uno que estaba especialmente dormido. Creo que todavía le quedaban legañas en los ojos, pero, por el sueño, no era consciente de que tenía que quitárselas.

―A ver, usted, Jaime, dígame qué le ha ocurrido esta noche para estar en ese estado adormecido y somnoliento.

―Nada, de verdad que nada. He dormido muy bien.

―Entonces está relacionado con su desayuno. Dígame qué ha desayunado.

―Lo de siempre, profe, lo de siempre: un colacao con unas galletas.

―Claro, claro, ahí está el quid de la cuestión. Ahí está. Usted debería desayunar como yo, unos potentes Chipichospis.

―Eso no existe, seguro, dijo su compañero de sitio, que salió en defensa del adormilado.

―Usted me dirá, dije con la certeza de estar en posesión de la verdad, si los tomo todos los días. Todos. Chipichospis, se lo repito. Son una inyección de energía y vigor para toda la mañana.

El joven, un poco aturdido por mi vitalidad, se lo comentó a su madre y esta le dijo con voz tranquilizadora que mañana iría al ultramarinos a preguntárselo al dueño, al señor Daniel.

Jaime llegó al aula crecido porque el señor Daniel le había dicho a su madre que debería estar yo equivocado, que no existían esos cereales.

―Pues dígale, yo afiné lo más posible mi cascada voz, que los desayuno todos los días y que claro que existen, que son muy conocidos entre los trabajadores que vivimos de la voz. Yo creo que debe decirle a don Daniel que los encargue a su proveedor.

Jaime, más azorado de lo normal, fue esa misma tarde con su madre al ultramarinos del señor Daniel y le reprodujo letra por letra lo que le había dicho yo.

―Mire, doña Rosa, dígale a su hijo que se deje de tonterías y que desayune productos que todo el mundo conoce, nada de las invenciones de su profesor, por mucho crédito que tenga.

Jaime, testarudo y terco, al día siguiente, me volvió a decir que estaba muy equivocado y que yo le estaba mintiendo.

―Esa es la postura más cómoda, decir que yo estoy equivocado. ¿Me está llamando usted mentiroso? Mire que eso sí son palabras mayores. Yo nunca miento. Nunca. Terminemos con esta historia que me está cansando mucho. Venga, ¡¡¡olvídelo!!!

Pero Jaime se lo tomó casi como una promesa divina, el conseguir los famosos Chipichospis. Fue a un súper que había abierto a espaldas de su casa y le entregó al encargado un papel con el nombre escrito del producto y le «exigió» que, «sí o sí» ―como le decía su padre cuando lo mandaba a su cuarto a estudiar en lugar de ver la tele― los consiguiera.

El encargado del súper le dijo al día siguiente que no había ningún producto registrado con ese nombre, y que la respuesta por ello es muy sencilla: ¡¡¡no existen!!! Y hale, al colegio a estudiar. Y se puso a reponer unas magdalenas que tenían un éxito masivo.

Jaime pasó en vela esa noche. No sabía qué decirme, quería que fuera algo convincente. Estaba superado por la situación.

Al día siguiente, al observar un poco traspasado a Jaime, encaré la situación como si fuera un cuento del conde Don Juan Manuel.

―Señores, hoy no vamos a analizar oraciones en la pizarra. Hoy vamos a hablar de algo que pesa más que una mochila llena de libros: la mentira.

Miren, mentir es como meter una piedra en el zapato. Es lo que hice yo hace cinco días exactamente. Metí una piedra en el zapato de Jaime. Al principio no le molestaba mucho. Pero cuanto más caminaba su afanoso compañero, más le dolía la frustración de no encontrar los Chipichospis. Y yo le seguí metiendo piedras, día tras día, hasta el punto de ya no poder avanzar: las palabras del encargado del súper lo frenaron súpitamente. Esa era la verdad.

Luego debatiremos si he obrado bien o no.

Cuando uno miente, en este caso yo, no solo carga con el miedo de que lo descubran, sino también con la culpa de la acción, que es lo que yo llevo en mi mochila. Es como tener una alarma que me avisa, hora a hora, que me van a pillar.

Por eso intervengo yo ahora. Ya no «tenía más camino que recorrer mi mentira» y esta mañana, mientras desayunaba un café con leche con Choco Krispies, he decidido hablarles claramente. Ante todos ustedes, afirmo que lo de los Chipichospis es una mentira y que por ello le pido perdón a su compañero Jaime.

Además, cuando alguien nos pilla en una mentira, ustedes estaban a punto de lograrlo, lo que se rompe es la confianza en la persona que miente. Por eso yo, he intervenido, en esta clase, porque les faltaba a ustedes minutos para pronunciar la palabra «mentira podrida».

Es como romper un vaso de cristal. Puedes intentar pegarlo con el mejor loctite, pero ya no queda igual, se notan las uniones. Y recuperar la confianza cuesta más que sacar un diez en un examen sin estudiar.

Luego lo hablaremos en la tutoría y ustedes me juzgarán.

Yo he obrado bien porque he reconocido mi mentira y le he pedido disculpas a Jaime en el mismo espacio en el que había soltado el «trolón».

Les explico, delante de todos ustedes, que la finalidad de mi acción era muy clara: no deben confiar ciegamente en lo que les dice cualquier persona. Siempre hay que cerciorarse de que lo que les proponen o les piden sea cierto.

Así que antes de soltar una mentira, piénsenlo bien. A veces decir la verdad duele, sí, pero duele menos que vivir con el peso de haber engañado a alguien.

Y recuerden esto: la verdad puede tardar en salir, pero siempre llega. Les repito: por tal motivo yo he intervenido hoy. Quería que me oyeran a mí decirles que era una mentira. Quería que me oyeran pedirle disculpas a Jaime. Porque cuando llega, más vale que te pille con la conciencia limpia. 

LA SANTA COMPAÑA DE COÑA

Dicen que La Santa Compaña recorre los caminos gallegos en silencio, portando velas, cruz y penitencia. Pero eso era antes. Hoy, la procesión espectral ha evolucionado. Ya no busca almas: busca la cobertura del móvil, un café de puchero y alguien que sepa usar Google Maps.

A la cabeza va el alma en pena, víctima no del pecado, sino del estrés laboral. Lleva una tableta encendida, buscando señal entre los eucaliptos. Le sigue una comitiva de vecinos que se apuntaron por error, creyendo que era una excursión del Imserso con merienda incluida. El portador de la cruz ya no arrastra madera: lleva una cruz de LED con bluetooth y altavoz incorporado, reproduciendo cantigas de Amancio Prada en bucle. El perro negro, antaño símbolo del más allá, ahora se llama Chipichospis y lleva un abrigo impermeable con estampado de grelos.

La ruta oficial va del cementerio al bar de Manolo, pasando por la taberna de Maruxa. Se detienen cada 300 metros para pedir fuego, aunque todos son incorpóreos. Si llueve, se suspende. La Santa Compaña no sale sin paraguas ni chubasquero, aunque esté homologado por la Xunta. En caso de niebla, se activa el protocolo de emergencia: todos en fila, agarrados a una cuerda fluorescente, como excursión escolar.

Las normas son claras: no se aceptan vivos sin sentido del humor. Se recomienda llevar empanada para compartir y evitar cruzarse con la procesión si estás en pijama. Si te los encuentras, no huyas: probablemente te pidan la contraseña del WiFi o te ofrezcan un folleto de propaganda de su nuevo canal de TikTok: @CompañaFantasma.

Y si sobrevives al encuentro, no te conviertes en el nuevo guía. Te conviertes en el CEO de la Santa Compaña, encargado de actualizar su perfil, responder comentarios tipo «¿Dónde estáis esta noche?» y subir selfis espectrales con filtro de niebla.

Porque en Galicia, incluso los muertos tienen agenda. Y sentido del humor.