«A LA SOMBRA DEL VERBO»

PRINGAO

Espécimen urbano que, por exceso de buena fe o déficit de malicia, acaba siendo el voluntario no solicitado en todas las faenas, el blanco fácil de bromas, y el último en enterarse de que el juego ya empezó… sin él. El pringao no nace, se hace: normalmente tras decir «yo me encargo» en una reunión o confiar en que «esta vez sí me van a valorar».  

Se le reconoce por su mirada de esperanza eterna, su agenda llena de favores ajenos, y su habilidad innata para caer en todas las trampas sociales con la gracia de un pato en patines.  Sin el pringao, el mundo sería menos eficiente… pero también menos divertido.

El pringao es el que presta dinero y se queda esperando el Bizum como si fuera una promesa electoral. Es el que ayuda a su ex a mudarse… con el nuevo novio. Es el que se prepara hasta la extenuación las reuniones con el jefe y nunca toman en serio sus comentarios y propuestas. Cuando habla él, inmediatamente el jefe dice: el siguiente. Es el que se estudia todo el temario y luego pasa los apuntes al que aprueba copiando. Es el que lleva tres meses haciendo horas extra sin cobrar y aún espera que se las paguen. Es el que sigue, después de meses, sin entender que el «necesito tiempo» de ella es un calabazón. Es el que en el trabajo organiza los cumpleaños, recoge dinero y compra los regalos del Amigo Invisible y nadie se lo reconoce. Es el que se presenta voluntario a presidente de la comunidad de vecinos el año que hay mil obras que hacer. Es el que paga en un bar y cuando le dan mal las vueltas, para no aparentar ser un tacaño, las convierte en propina. Es el que siempre llega el primero a la oficina, hace el trabajo de todos, y cuando hay que quedarse hasta tarde, él nunca dice que no. Pero cuando reparten los méritos o los ascensos, nadie se acuerda de él. 

INVENTARIO PERSONAL

No soy feo. Soy una colección de errores dermatológicos con patas. Una especie de catálogo clínico con pretensiones de persona. Mi piel, por ejemplo, no es piel: es un campo de batalla en erupción constante y con un enrojecimiento, sin previo aviso, como si una emoción olvidada despertara en la piel. No lo pido, no lo provoco, pero ahí está: un rubor que delata lo que ni yo sé que siento. Como si el cuerpo hablara antes que las palabras. Dermatitis atópica, le llaman. Yo la llamo traición cutánea. Se me seca hasta el alma, se descama como si quisiera mudarse de cuerpo, y convierte cada abrazo en una ruleta rusa de escozor.

Y luego está mi dentadura. Ah, mi gloriosa dentadura. Un poema de horror gótico en clave bucal. Dientes como escombros, encías que parecen haber sobrevivido a una guerra civil. Cuando sonrío, la gente no sabe si reír o llamar a un arqueólogo. No hay ortodoncia que me salve: soy el antes de todos los anuncios de clínicas dentales.

¿Y el sudor? El sudor es mi firma. No transpiro. Me derramo. Soy una fuente pública sin botón de apagado. Camino y dejo rastros. Me siento y el asiento llora. En invierno sudo. En verano sudo más. En primavera sudo con flores. En otoño sudo con hojas. Soy una estación húmeda con patas.

Y la celulitis… esa topografía emocional que me acompaña desde que tengo uso de espejo. Mis muslos son un homenaje al relieve gallego: colinas, valles, ondulaciones que desafían la lógica y la lycra. No hay filtro que me salve, ni pantalón que no tiemble al acercarse.

Lo sé. Lo veo. Lo rechazo. No hay consuelo en la autoaceptación cuando el cuerpo parece una broma mal contada. No quiero que me digan que soy único, ni que la belleza está en el interior. Mi interior también suda.

Y sin embargo, aquí estoy. Escribiendo. Riéndome de mí antes de que lo hagan otros. Porque si no puedo ser hermoso, al menos que mi miseria tenga estilo. Que mi fealdad sea literaria. Que mi cuerpo, este desastre con DNI, sirva para algo más que para incomodar espejos. 

DIARREA

El individuo que padece diarrea no es un enfermo, es un artista conceptual trabajando gratis en su intestino. Una actuación improvisada ―escribe performance, que te entenderán mejor― en la que su estómago grita: «¡Minimalismo líquido para todos!». El retrete se convierte en un público cautivo, aplaudiendo en silencio cada descarga como si fueran ráfagas de jazz experimental. Además, como bien sabrá todo el mundo, puede ir acompañada de un redoble de tambores que recuerde la leyenda del tambor del Bruch.

No es una urgencia ―a no ser que esté en una trascendental comida de trabajo o sentado al aire libre en una terraza de la plaza de la Quintana― es un teletransporte instantáneo ―envidia de Amazon: a las cinco en punto está en el sofá saboreando una cerveza mientras ve un culebrón y a las cinco y cinco segundos ya está meditando en posición de cuclillas, con la frente sudada y una palidez oriental como si fuera a resolver los misterios del universo. Y claro, cada explosión viene acompañada de un original efecto sonoro que hace envidiar a los ingenieros de Pixar: trompetas, tambores, burbujeos y, a veces, una percusión que roza lo épico. Siempre innovando: cada efecto sonoro es diferente.

En realidad, la diarrea es la democracia del cuerpo. Como el amor del libertino don Juan Tenorio, le afecta a los que habitan las cabañas y a los que habitan los palacios. Nada de jerarquías sociales ni estructuras sólidas, todo se licúa en igualdad de condiciones y baja por la tubería como una procesión carnavalesca. 

INVENTARIO CAÓTICO

Un «inventario caótico» en literatura es un texto que consiste en hacer una enumeración en la que se listan elementos de forma aparentemente desordenada, acumulativa o fragmentaria, con el efecto de transmitir abundancia, confusión, sobrecarga sensorial o desorden mental.

Las características principales son: enumeración extensa e inconexa, falta de orden lógico aparente, ritmo acumulativo: cada elemento suma intensidad o extrañeza, función expresiva: evocar caos, multitud, saturación, ruptura de la coherencia textual, frecuente en flujos de conciencia, pretende mostrar la fragmentación del pensamiento o la memoria, subraya un exceso de sensaciones y provoca sorpresa, humor, ironía o angustia, según el tono.

NO ME GUSTA el lector de un único libro, el comentario maledicente, el café con espuma, la suciedad de las calles, el olor a sobaco en el metro en el mes de agosto a las tres de la tarde, el beso que te deja la mejilla húmeda, el pulpo crudo, el calor asfixiante de Madrid, la tienda con ambientador de frambuesa y kiwi, la mierda de los perros sin recoger, el insomnio, la gente que mastica con la boca abierta, el café hiperestimulante de algunas oficinas, el nuevo cartón de leche que no hay quien sirva sin derramar una gota un primer vaso, las motos sin silenciador, el spoiler sin previo aviso, la persona que niega diciendo «para nada», el pazo de un conocido semiderruido, el recuerdo triste pero recidivante, la interrupción cuando alguien está hablando, el minuto convertido en una hora de atención al cliente, el sonido de un cuchillo en un plato de porcelana, el dedo meñique erecto, la capa de grasa de algunas botellas en los bares de mala muerte, la persona mayor que no respeta el turno sin decir nada, el aliento que producen algunos cereales, el que te dice que te relajes cuando estás muy molesto, la hipocresía disfrazada de cortesía, el sonido de los microondas o de las cafeteras de cápsulas mientras escuchas la radio, el bocadillo de chorizo en un lugar cerrado, el tiempo de espera mientras se abre una página web importante, la persona que va avasallando por la calle porque sólo ella tiene prisa, el sonido de llamada de mi móvil, la promesa rota sin explicación, la arena de la playa mientras se seca el bañador en el coche, la gente que no escucha y que sólo está esperando su turno de palabra, el tacto de un pantalón vaquero con apresto, los intransigentes con piel de cordero, el que hace distinciones con el rh de los hombres, el calcetín mojado, la persona que dice «yo no veo series» como si fuera superior espiritualmente, el sonido alegre del despertador, el compañero que «no cree en horarios, pero mágicamente aparece solo para el café, el que responde a mis guasaps largos con un emoticono, el fenómeno que dice «yo no necesito vacaciones» porque ya las disfruta el resto del año en el trabajo, ese «comprensivo» que te dice «tú haz lo que te haga feliz» y luego te critica a tus espaldas, el cambio constante de contraseñas y la cuenta corriente de mi banco.

SÍ ME GUSTA Enrique Urquijo, y Antonio Vega, y Andrés Do Barro, y Antonio González, el olor de un niño recién bañado, el sonio de una aguja cayendo en una sala en silencio absoluto con suelo de madera, la forma de expresarse de los apasionados, la Capilla Sixtina y el Dolmen de Dombate, pelar de forma perfecta una mandarina de una sola vez, el aroma de la leche acabada de ordeñar, la sonrisa femenina, la lectura del mismo párrafo tres veces porque te gusta cómo suena, la lengua afilada de Pérez Reverte, la manzana de color rojo sangre, la persona que cambia de opinión radicalmente y se siente libre por ello, una tienda de libros en un lugar desconocido e inesperado, el paseo por una calle vacía mientras llueve a modiño, la fresa de Aranjuez, el calcetín nuevo, suave y sin pelusas, el pulso de una mano acariciando mi piel, un guasap inesperado, bailar torpemente en casa como si fuera la estrella de un videoclip, el pan de boroa, el sentimiento de una mirada caliente, el primer sorbo de zumo de melocotón frío, un verso de Pessoa, y uno de Machado, y uno de Whitman, el estudio y el aprendizaje de algo inútil pero fascinante, como que los pulpos tienen tres corazones, escuchar el silencio frente a la Costa da Morte, el lejano ladrido de un can de palleiro, el cuadro de inspiración hiperrealista, una mirada al cielo y sentir que todo tiene sentido por cinco segundos, degustar un buen vino con un amigo en una tasca de una aldea casi deshabitada, la comida de algo crujiente sólo por el sonido, el olor a jabón de hotel, el respeto a la intimidad y al pensamiento ajeno, el que se reconoce espectador de programas de cotilleo, jugar a algo sin saber las reglas y ganar igual, hacer una parada en un interminable viaje en coche, el tacto de un libro sin estrenar, cantar muy mal pero con orgullo, la tranquila tarde de domingo, ver el suelo de las calles limpio, extender la ropa lavada, la humildad de los inteligentes, verte en el espejo y decir «hoy tampoco»,  el reencuentro con una canción que olvidaste que te encantaba, el silencio del teléfono, el que sabe escuchar con atención, una comida tan picante que te hace ver el futuro, sentarte en silencio sin hacer nada y que eso sea suficiente, recibir una carta escrita a mano, meterte en la bañera con un libro y salir arrugado pero feliz, encontrarte una moneda antigua y pensar en quién la usó, la sensación del viento fuerte en la cara como si te despeinara los pensamientos, el desayuno a la hora de la cena, el beso inesperado de una mujer, el recuerdo de un sueño raro y pensar que podría ser una película, componer listas caóticas como esta y sentir que estás creando arte, todo lo que me huele a ti y el estilo de vida de Don Quijote.  

PEDANTE

Esta palabra designa a ese espécimen humano que confunde saber cosas con anunciarlo a gritos. El pedante no habla, dictamina. No conversa, imparte cátedra, aunque nadie la haya solicitado. Es el tipo de persona que, si mencionas que te duele la cabeza, te responde con una disertación sobre la historia del ibuprofeno desde Mesopotamia hasta hoy, rematada con un «pero claro, tú no lo sabías».

Un pedante es como un medidor de decibelios en una biblioteca. Siempre detecta y corrige el menor murmullo, sin reparar en el silencio que rompe.

Un pedante es un faro que ilumina cada granito de arena en la playa, pero pierde de vista el océano.

Un pedante es capaz de corregirte la pronunciación de una palabra que él mismo aprendió hace diez minutos, pero que ya considera parte de su identidad espiritual. Vive para ese momento glorioso en el que puede decir «en realidad…», seguido de un dato irrelevante que no mejora la conversación, pero sí su ego, que es lo único que le importa.

Ejemplo clásico es cuando tú comentas que te gusta el café. Entonces aparece uno diciendo: «Bueno, técnicamente lo que tú tomas no es café, es una infusión de baja extracción con notas terrosas mal apreciadas por paladares no entrenados». Otro cinéfilo ejemplo. Dices que viste una película y te responde: «Ah, sí, la versión comercial». Yo prefiero la edición del director que solo proyectaron en un sótano de Berlín durante tres días».

En resumen, el pedante no busca iluminarte, sino recordarte que él brilla más. O eso cree.