«A LA SOMBRA DEL VERBO»

EL PROFESOR QUE NUNCA TUVO BARBA

(Fecha y hora del inicio de este texto: Domingo 10 de agosto de 2025 a las 5 horas 25 minutos de la tarde) 

En la real villa de Plumarejo del Tintero, en la antigua provincia de Letramar, la concejalía de Incultura y Despropósitos varios, cuya prioridad era que todos los carteles públicos tuvieran al menos tres faltas de ortografía, organizó, cuando ninguno de sus habitantes sabía ni leer ni escribir, la «Semana del Desconocimiento literario». La charla principal, precedida de un concurso literario al que nadie concurrió, versó sobre «Cómo olvidar lo que nunca aprendiste en la escuela».

El escritor del que voy a hablar envió un texto para que no lo leyera nadie, pues, como he dicho antes, ninguno de sus habitantes sabía leer ni escribir. El iletrado alcalde, ante tal dilema, lo tiró a la «papelera de los despropósitos e inutilidades municipales». Estaba repleta de documentos porque nadie la vaciaba. No sabían que había que hacerlo. El encargado a dedo de tal tarea fue el maestro «Versolindo», que hacía un quijotesco escrutinio de todo lo desechado. De este modo, a Dios gracias, descubrió el siguiente texto que alguien copió a mano y me lo envió hace unos días.

Imagina a Don José María Máiz Togores, más conocido por «el profe de las Comas, de los Acentos y de los Puntos». Lo bautizaron con este nombre tan largo como reflejo de su pasión por las subordinadas que nadie entendía. Es un profesor de Lengua española jubilado que vive en un piso donde los diccionarios se apilan como muros de fortaleza medieval, desde El Tesoro de Sebastián de Covarrubias del siglo XVII, pasando por el DRAE de 1780 hasta un sinfín de glosarios de argot juvenil de los siglos XX y XXI.

Como se negaba a llamar a los electrodomésticos por sus nombres originales, hizo, el último día de clase, un concurso para fomentar una original denominación de los electrodomésticos caseros. La alumna más avezada, y única participante, le propuso que los denominara así: a la nevera, arca frigorífica; a la lavadora, tambor de abluciones textiles y al microondas, horno de irradiación breve. El premio que recibió esta joven fue un libro aún no editado: Diccionario Ilustrado de la Lengua Desbaratada, una edición apócrifa, no avalada por ninguna academia seria.

Este hombre, en sus orígenes, cuando escribía, nunca usaba ordenador. No existía. Prefería una máquina de escribir Olivetti Lettera 32 del año 1968, con la cinta ya desvaída, para «que las palabras suden tinta».

Como costumbre diaria, y no la abandona, corrige mentalmente los menús o los rótulos de los bares del barrio. No es «uso esclusivo de cliente» sino «uso exclusivo de los clientes». No le hacen el menor caso, pero él se cree un victorioso Cid camino de Valencia.

En una reunión, al ver y al escuchar al nieto de un familiar lejano, manifestó muy orgulloso su diagnóstico lingüístico: «Está en la fase más deliciosa de la lengua: la glosolalia prearticular». Todos se quedaron en silencio. Su cuñado le preguntó si eso significaba que el niño hablaba. Él respondió con más seriedad si cabe: «Aún no, pero sus balbuceos son un poema fonético en estado embrionario».

Nuestro barbilampiño lleva décadas escribiendo textos y textos que nadie lee, ni siquiera él, porque prefiere corregirlos hasta el punto de borrar el tema por completo. Los escribe. Los archiva. Los elimina. Tras un patético arrepentimiento, dedica horas y horas a recuperarlos. No lo logra. Pero esto no impide que vuelva a caer en el mismo proceso como un imbécil. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y después exige que la piedra se disculpe.

Vestía chaquetas de corte moderno sesentero que ha dejado de usarlas porque olían a tiza, a tinta y a lluvia, por su origen gallego. No las llevaba al tinte porque no soportaba que unas manos ajenas a sus actividades las manosearan y les quitaran esa inspiración de madrugada que era, para él, como la fuente Castalia de los griegos.

Aún hoy, ya jubilado, en su ambiente familiar, mantiene la costumbre de hablar en voz alta con las tildes, como si fueran vecinas de toda la vida. Los que lo conocen no saben el origen de tal proceder. Lo han llevado al médico en diversas ocasiones, pero lo único que ha logrado es un sinfín de carcajadas, debidamente corregidas en su pronunciación y sonoridad.

La aplicación de su móvil que usa como cuaderno de notas está llena de frases que empiezan con el original «Érase una vez…» y terminan en puntos suspensivos, porque dice que la vida, como la gramática, siempre deja algo pendiente.

En los cafés lo confunden con un excéntrico inofensivo porque rellena esa vieja aplicación con mil ideas o mil nombres que espera que no mueran, pero que tampoco las mima. Al cansado camarero le preguntó un día si le parecía bien la siguiente frase de influencia daliniana: «Mi mente es un carrusel de relojes derretidos girando en mitad del desierto». Su mirada sin palabras fue elocuente: «este tío está zumbao».

Se le da muy bien conjugar verbos inexistentes como: zambroñar (Sumergirse en un sofá hasta casi desaparecer), desmonear (Quitarle la gracia a algo que antes hacía reír); y su preferido: escribujear (Escribir y dibujar a la vez sin que quede claro qué es qué). Siempre se atasca en el pretérito perfecto simple del futuro de subjuntivo, que no existe. Pero él sigue insistiendo.

Cree que sus manuscritos serán descubiertos dentro de dos siglos por arqueólogos literarios, quienes, desconcertados, se preguntarán por qué todas sus historias incluyen al menos un zapato huérfano y una metáfora sobre la tilde de la i. Habla de los clásicos como si fueran compañeros de escuela, y cada vez que oye la palabra «influencer» se persigna con el diccionario de la Real Academia.

Este es el profesor que nunca tuvo barba. 

(Fecha y hora de conclusión de este texto: martes 12 de agosto de 2025 a las 9 horas 5 minutos de la mañana).

ENZO

Enzo es un hombre nacido en Florencia, la cuna del Renacimiento. Esa ciudad con un entorno natural en la región de la Toscana, que es simplemente espectacular.

Enzo llegó a Madrid en la década de los noventa, el Madrid de la película Historias del Kronen (1995) que refleja una juventud hedonista, desinhibida y con un trasfondo de rebeldía y nihilismo.

Enzo personifica ahora una madurez infantilizada con un toque de encanto atemporal. Su cabello, ahora salpicado de canas que se mezclan con su color original, le da una distinción natural. Las arrugas alrededor de sus ojos son el mapa de una vida llena de risas, preocupaciones y momentos inolvidables, y su sonrisa franca revela una calidez genuina. Cuando va a trabajar se viste con un estilo clásico y pulcro, valorando la calidad de las telas y el buen corte. Aunque se mueve como un madrileño más, sus genes italianos afloran en una elegancia innata.

Enzo entra ciego de furia en su dormitorio y cierra la puerta tras de sí. El caos que se observa es símbolo de una época presidida por una absoluta anarquía de sentimientos y realidades. En su cara, la fuerza de Red Butler en Lo que el viento se llevó, la química candente y explosiva de Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc caliente y la decadente madurez de Al Pacino en La sombra del actor.

Conforma un conjunto armónico y altamente atractivo. «El que tuvo retuvo», ha aprendido a decir cuando los amigos destacan esa decadencia cada vez más plausible. En su interior, él lo sabe; pero a los cincuenta años no puede dar la razón a los envidiosos que lo acechan como tiburones blancos. Lo intenta explotar en poquísimas ocasiones, y, cuando observa que el éxito está asegurado, pone en acción esa fingida actuación que descompone a las mujeres y que es muy codiciada, por los que se llaman sus amigos.

Tras unos minutos de absoluto silencio, sólo vulnerado por el acelerado ritmo de su convulsa respiración, apoya su rectilínea y señorial espalda en un imperial espejo de pared que, colocado en un lateral de la habitación, convida a cualquiera a ponerse delante de él y a realizar un pormenorizado examen visual. Alguno de sus amigos lo evita astutamente, por no caer en la crueldad del presente: el deterioro de los años que cabalgan desbocados por toda la geografía humana.

Los músculos de la mandíbula se marcan con generosidad en un perfil que él cada vez soporta menos. Estoy envejeciendo a toda velocidad, se lamenta al observar las ojeras que marcan la parte inferior de los ojos y las famosas patas de gallo, conocidas por él como «zampe di gallina».

Con todo, el frío del cristal lo obliga, involuntariamente, a recomponer un poco su gesto y lanza un suspiro que deja entrever un profundo sentimiento de angustia, ese calambre que no sabe manejar desde la adolescencia.

Esta situación no hay quien la aguante. Mañana mando todo a la mierda: contratos, reuniones… Como dice mi psiquiatra, cirugía, Enzo, cirugía.

Poco a poco se va desvistiendo y colocando con sumo cuidado sobre una silla de caoba ―paso intermedio del lugar definitivo, el galán de noche―, regalo de su madre, cada una de las piezas de las que se va deshaciendo. El ritual es el mismo todas las noches. Primeramente, aquí, la americana y los zapatos, estos, ultralimpios; posteriormente, allí, coloca todo lo que lleva en los bolsillos del pantalón en un vacíabolsillos; y, para terminar, el pantalón, la corbata y la camisa rematan la faena. Él mismo no entiende el cuidado que tiene con la camisa cuando sabe que va a ir directa a la lavadora.

El aspecto, reflejado en el espejo, le produce una náusea emocional. Las lorzas se han hecho imperiales en la cintura y, como le dice a un compañero de trabajo, «con estas mamas, estoy barajando la posibilidad de ofrecerme como nodriza o ama de crianza». Antes, el bóxer le bordeaba la cintura con una holgura perfectamente estudiada; ahora, la goma pasa desapercibida porque la cubre un colgante de grasa que le circunda sin ninguna elegancia.

¡Qué insufrible rutina! Sin motivo justificado, aunque él lo sabe y lo denosta concienzudamente, se tumba en el sofá del salón, con el bóxer y los calcetines, sus últimos compañeros de piel, hoy muy entumecida por el intenso frío que hace en la calle.

Su rostro denota cansancio y falta de vitalidad; sus ojos, un exceso de trabajo ante el ordenador, y sus manos, inertes y añorantes de las que lucía cuando tenía veinte años, un pasar de los años que le obligan a mirar de un modo insolente a su hija Laura, una lozana manzana de piel tersa y brillante.

Reposa mirando al infinito y escuchando el burbujear del agua que llena lentamente el baño, donde va a pasar una hora de deleite y fruición placenteros.

A las doce de la noche se encuentra cenando delante de la televisión y viendo una serie que había quedado inconclusa el último fin de semana. La bandeja soportaba un bol con una ensalada repleta de enzimas, minerales, vitaminas y compuestos antioxidantes, pero de sabor insulso y desaborido. Una compañera de la empresa le ofreció este «gustoso plato» para combatir una cabalgante obesidad.

El jefe no me aguanta. Dice que soy insufrible, que no hay día que no organice un numerito de narices y que nunca estoy de acuerdo con sus proyectos. Es el primero, y para eso está, en poner mil objeciones, pero muchas de ellas son fruto de una ilícita y arbitraria envidia. A largo plazo, todos los recomendados te crean el mismo problema: piensan que, hagan lo que hagan, nunca serán expedientados.

Y Enzo a callar porque lo que quiere es pasar desapercibido, que no se airee más la conversación que tuvo su padre con su jefe, después de una generosa inversión en material innovador.

De pronto se yergue, con una desdibujada agilidad, y coge el teléfono, que se le había olvidado en la cocina. Muestra una desgana absoluta porque sabe perfectamente quién es.

Me ha jodido la cerveza, explota con absoluta sinceridad. Vuelve al salón, la vista un poco nublada, y se sienta de nuevo en el sofá para soportar una charla nada productiva.

―¿Diga?

―¿Enzo?

―¡Ah! Eres tú. La voz de Enzo suena irritada y cortante. Su mirada refleja una conversación ya mantenida en muchísimas ocasiones. Y siempre con el mismo resultado.

―Es lo mismo de siempre. Con las mismas disculpas de siempre. Con las mismas mentiras de siempre.

―Yo no te miento nunca. Es mi trabajo. Yo no sé cuánto duran mis reuniones. Y tú deberías entenderlo muy bien. Lo que pasa es que tú, como eres hombre, no te sientes vigilado; pero yo llego un poco tarde, o pido salir media hora antes, y ya tengo un toque de muy mal gusto y lleno de micromachismos.

―No, no puedes subir. Estoy agotado. Hoy no puedo más. Y eso que, como dices tú, soy un enchufado y apenas trabajo.

―Otra vez lo mismo. Eres un cabronazo, porque sabes perfectamente qué decir para evitar una conversación agradable y distendida.

―Estoy cenando y sólo pienso en acostarme. Necesito descansar. Lo que menos soportaría ahora es una discusión.

―¡Pobrecito!

Silencio sepulcral.

―¡Adiós!

La indecisión se hace eterna. Duda lo indecible. Tiene sujeto el móvil con una fuerza inusitada.

―¡Adiós!

La descarga emocional que sufre por mor de una enojosa conversación es brutal. En una infinidad de ocasiones ha vivido esta situación, pero Enzo no sabe romper, no sabe decir que no.

―Tienes que aprender a romper, le repite cansinamente su madre. Especialmente con las que mienten en las cosas pequeñas. Las grandes mentiras son más soportables.

Y Enzo cierra la conversación vacío de remordimientos. O eso cree. Sabe que está muy mal acostumbrado y que ella volverá. ¿Y si no vuelve?

Como siempre, se acuesta expectante. ¿Llamará otra vez? Pero es diferente ahora. A los treinta años, podía retar a mil mujeres; ahora, a los cincuenta, la flojera emocional es la que rige sus decisiones. ¿Llamará otra vez? 

LA BELLA DURMIENTE

Teresa venía de una familia que gozaba muchísimo manteniendo de cara a sus vecinos las apariencias que, si en otro tiempo eran de nobleza, opulencia y fama, en la actualidad eran de una simplicidad que causaba un río de burlas en la aldea en la que estaba situado el pazo. Habían caído en el típico «quiero y no puedo». En el Lazarillo, el escudero tenía como patrimonio las deudas, pues aquí el señor de la casa más o menos.

El padre, desde ese concepto nobiliario de la vida, mostraba una grandísima satisfacción cuando llegaba a sus oídos que habían cotilleado de ellos en la taberna durante varias horas. Que hablen mal o que hablen bien, el caso es que hablen.

El médico, cuando llegaban las doce de la noche, hora meiga y liberadora de prejuicios y «postureos», después de carraspear y afinar la voz para que no se le reconociera una cogorza de tamaño monumental, soltaba:

―Esta familia va a explotar un día. Lo único que hacen es airear secretos y actos pecaminosos que ya no tienen lugar donde esconderlos. ¡Ay, si yo hablara!

―Pues, hazlo, cabrón, hazlo. Esta frasecita tuya tiene más años que la cocina de leña del pazo de tu amo.

―¡No vuelvas a decir esto! Yo no tengo amo ni soy perro que ladre a nadie. Ya habéis logrado cabrearme. ¡Adiós! Marcho porque… tengo que marchar.

Pero no hablaba y se iba camino de su casa por una corredoira que bordeaba la casa de «la bella durmiente» dando unos peligrosísimos tumbos que convertían un camino de cinco minutos en una prueba maratoniana.

Teresa, la mayor, fue la que le cantó el réquiem a tanta vanidad, que saltó por la ventana sin visos de retorno. En esta mujer, que en tiempos remotos era la que resolvía todos los problemas familiares y ejercía como un capo mafioso con el principal objetivo de mantener la familia siempre unida, se evaporó la decencia.

No sabemos el día, pero, como algunos miembros de la familia ante la brutal crisis económica, «huyó» de la realidad sin moverse del pazo y se instaló en una fantasía que la hizo convertirse en una especie de espantajo por el día y en una bellísima amante rijosa por la noche.

Los psicólogos decían que, de tanto culebrón televisivo y familiar, se convirtió en una adicta de los romances más dramáticos. Tenía una visión totalmente distorsionada de la realidad. Sus pensamientos sólo giraban en torno a una relación que la convertía en una mujer impúdica y lujuriosa y que nadie conocía, pero que ella, en esa capacidad de autoengaño que manejaba como una experta ilusionista, teatralizaba todas las noches en su casa.

Un amanecer, su padre pensó que estaba poseída por el demonio. Los reiterados gemidos de placer, que llegaban plenamente a los oídos del beodo sanitario, eran de tal volumen que su padre decidió llamar al cura de Santa María para que la exorcizara.

Pero lo novedoso, es lo que le hacía dudar, era que todas las mañanas, cuando desayunaban al amanecer, la cara de felicidad de su hija era la misma que había dibujado de pequeña de la bella durmiente cuando era besada por el príncipe. Cuanto más «amaba de noche» más feliz era por la mañana.

―Un día de estos me caso, papá. Estamos preparando todo.

El padre, como no le conocía hombre alguno, se reía y se callaba. Mejor dicho, la escuchaba detenidamente, se reía y se callaba.

Teresa, por el día, huía de su intimidad porque le ocasionaba un terror escalofriante; pero, por la noche, bajaba la cabeza y su autoestima caía otra vez en una lujuria que se apoderaba de sus pensamientos, nublando todo juicio y razón. Era una ilusión que le prometía plenitud, pero la deja vacía. Cada noche, como una «autófaga del amor», vivía un día menos y un día más. Un día menos de vida y un día más de extremo placer.

Hasta que una mañana no se levantó de la cama, y su padre, lleno de miedo al ver la taza del desayuno limpia, entró en su habitación como una oveja huyendo del lobo y vio la imagen más estremecedora de su vida. Tumbado en la cama «dormía» el esqueleto de su hija, vestido con un hermosísimo traje de boda, con un ramo de flores en las manos y con la sonrisa más hermosa que nunca imaginó.

Desde ese crucial día, todas las jóvenes de la aldea luchan como «juanas de arco» por casarse el mismo día que el padre celebraba el aniversario de la muerte de su hija, ya van veintisiete, en la capilla de las Dolores, capilla del pazo de uso semipúblico. 

CUESTIONARIO PROUST «A MI MANERA» (ENRIQUECIDO POR MÍ)

El Cuestionario Proust es una serie de preguntas diseñadas para explorar la personalidad, gustos y aspiraciones de quien lo cumplimenta. Aunque no fue creado por el escritor francés Marcel Proust, su nombre se asocia a él porque respondió este tipo de cuestionario en su juventud, dentro de un «álbum de confesiones» que era popular en la época victoriana.

Este cuestionario tiene un origen curioso. Como he dicho, no fue creado por el autor de En busca del tiempo perdido, sino que era un juego de salón popular en la época victoriana llamado «álbum de confesiones», una especie de test de personalidad que circulaba entre amigos para revelar aspectos íntimos de su carácter y gustos.

Las preguntas abarcan desde lo más íntimo ―como el mayor miedo o el ideal de felicidad― hasta aspectos más triviales como el color favorito o el héroe de ficción preferido. Con el tiempo, este cuestionario se convirtió en una herramienta popular entre periodistas y entrevistadores para conocer mejor a artistas, escritores y celebridades. No es un cuestionario cerrado. Con los años se han ido añadiendo preguntas. Como he hecho yo.

Hoy en día, el Cuestionario Proust se utiliza en una sorprendente variedad de contextos, más allá del ámbito literario o periodístico: entrevistas personales y mediáticas, liderazgo, herramienta para fomentar la empatía, mejorar la comunicación y fortalecer equipos, conocer mejor a sus colaboradores y descubrir talentos ocultos… Muchas personas lo utilizan como ejercicio de introspección, clarificación de valores, deseos y prioridades, funcionando casi como una forma de autoanálisis, un estímulo de la reflexión y así fomentar la expresión personal. Es muy frecuente que las redes sociales y los blogs lo incorporen porque su formato atractivo y personal lo hace ideal para contenidos virales o publicaciones que buscan conectar emocionalmente con la audiencia.

En resumen, el Cuestionario Proust ha pasado de ser un juego de salón a una herramienta versátil para conocerse a uno mismo y a los demás.

El Cuestionario Proust es una invitación a la introspección, algo muy necesitado en estos tiempos de superficialidad y pueril simpleza.

¿Te animas a responderlo tú también? Yo lo he hecho. Te invito a leerlo.

  1. ¿Principal rasgo de su carácter?

Confianza, racionalidad, empatía, inseguridad, cobardía, amabilidad, intraversión, impulsividad y creatividad literaria.

  1. ¿Qué cualidad aprecia más en un hombre?

Honestidad, sentido del humor y determinación.

  1. ¿Y en una mujer?

Honestidad, sentido del humor y determinación.

  1. ¿Qué espera de sus amigos?

Que comprendan mi parsimonia y que respeten mi espacio. Además, que no me juzguen como yo no juzgo a nadie.

  1. ¿Su principal defecto?

Los frecuentes brotes de asociabilidad por timidez. No los soporto. Son vehementes arrebatos que me transportan a un abandono incomprendido por muchos. Además, del maldito complace que me convierte en un ser maleable en ocasiones. No saber inglés.

  1. ¿Su virtud que nadie conoce?

La capacidad de guardar secretos ajenos. Como decía Lope de Vega con respecto al amor: quien lo probó lo sabe. Creo que la escucha también. Deberían contestar las personas que conviven conmigo.

  1. ¿Su ocupación favorita?

Leer, aprender, una grata conversación, escuchar a Los Secretos, colgar entradas escritas por mí en mi blog en castellano. Y si me permito un rapto de palpable egocentrismo: ver cómo aumenta el número de suscriptores a mis blogs.

  1. Usted se ve y los demás lo ven…

Me encanta esta pregunta.

Y respondo con las palabras literales ―creo― de una compañera: ojalá te vieras tú como te vemos los demás.

Esta segunda contestación, que llevo años deseando hacer pública, aparenta que modelo un comportamiento soberbio y engreído. Soy muy generoso. Siempre lo he sido. Con todo el mundo. Y esto me ha llevado, me lleva y me llevará a una cruda realidad: estar mojama económicamente.

  1. ¿Cómo es profesionalmente?

Responsable, organizado, dedicado, colaborador, olvidadizo, adaptable, empático, gruñón y generoso en las correcciones.

  1. ¿Su ideal de felicidad?

Vivir de acuerdo con los ideales que me transmitieron mis padres, minimizar mi dolor físico y emocional y encontrar un día la serenidad interior que me haga vivir en paz.

  1. ¿Cuál sería su mayor desgracia?

El dolor físico en mi hermana y en mis familiares y amigos. Lo pude comprobar en un primo mío y no se lo deseo a nadie.

  1. ¿Qué le gustaría ser?

Un profesor y un escritor con una buenísima memoria.

  1. ¿En qué país desearía vivir?

En España, en concreto en Galicia. Nada de grandes ciudades.

  1. ¿Su color favorito?

Sin dudarlo, el azul y todas sus variantes.

  1. ¿Alguna obsesión superada? ¿Actual?

La apariencia. El qué dirán de mí. Tengo una compañera que me ha dicho que eso no lo he superado.

¿Actual? Sí. Mi blog. Quiero que todo el mundo se suscriba. Pero no por un «postureo literario», no, sino porque estoy convencido de que hay gente que no lo conoce y que disfrutaría leyéndolo. De ahí mi afán de darle la mayor difusión posible.

  1. ¿Es un comprador compulsivo?

Sí. Y es tremendo. Desde objetos a suscripciones a periódicos pasando por aplicaciones y plugins para mis blogs que luego no sé utilizar porque está todo en inglés.

  1. ¿La flor que más le gusta?

La hortensia. Me transporta a mi infancia, a mi adolescencia y a mi tardoadolescencia. Regina Buitrago dice que es una bella flor sin aroma. Además, simboliza la paz, la pureza, la gentileza y la gracia.

  1. ¿El pájaro que prefiere?

El petirrojo, un pájaro pequeño con un significativo plumaje naranja en pecho y cara. La energía de este pájaro te enseña cómo avanzar con gracia, tenacidad, perseverancia y afirmación en la vida, dejando a un lado los dramas personales.

  1. ¿Sus autores favoritos en prosa?

Por salirme un poco de la norma: Álvaro Cunqueiro, Dolores Redondo, Edgar Allan Poe, Gonzalo Torrente Ballester, Eduardo Blanco Amor, Ramón María del Valle-Inclán, Emilia Pardo Bazán, Luis Mateo Díez, Margaret Atwood, Cristina Campos…

  1. ¿Sus poetas?

Garcilaso de la Vega, Elvira Sastre, Alejandra Pizarnik, William Shakespeare, Fernando Pessoa, Rosalía de Castro, Francesco Petrarca, Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, Charles Baudelaire, Celso Emilio Ferreiro…

  1. ¿Un héroe de ficción?

El Capitán Trueno y su caballo Goliath. Es un caballero de la Edad Media que siempre en compañía de personajes como Crispín, libraba interesantísimas batallas como defensor de la justicia.

  1. ¿Una heroína?

Selma Lagerlöf, escritora sueca. Fue la primera mujer en hacerse con un Premio Nobel de Literatura en 1909. En concreto, por su obra El proscrito.

Carmen Martínez Sancho, primera doctora y catedrática en la enseñanza secundaria de España en los años 20.

  1. ¿Su compositor favorito?

Teniendo en cuenta mi acentuada arritmia musical, mi incapacidad de seguir un ritmo polifónico y la de coordinar movimientos con el compás de una canción, me conformo con buenos compositores de letras de los años 80 a nuestros días: Enrique Urquijo, Juan Carlos Calderón, Carlos y Juan Azcárraga, Antonio Vega, Andrés Suárez, Manuel Alejandro, Cecilia, Joaquín Sabina, André do Barro…

  1. ¿Su pintor preferido?

Carlos Azcárraga. Fallecido por un crudelísimo cáncer de colon, pero, desde joven, con una creatividad ilimitada.

  1. ¿Su héroe de la vida real?

Mi padre, ya fallecido. Médico de vocación filantrópica, trabajó casi cuarenta años de sol a sol. Sólo pasó en cama tres días por una otitis. Siempre trabajando, sábado, domingo, incluso en el atrio de la iglesia de María Auxiliadora de la Ronda de Atocha 25 analizando radiografías o análisis clínicos.

  1. ¿Su nombre favorito?

Jorge, Carlos, Juan, Luis, Lola, Rosa… Nombres que no superen las dos sílabas.

  1. ¿Qué hábito ajeno no soporta?

Interrumpir constantemente al hablar, criticar todo sin aportar soluciones porque «ese no es mi trabajo», ser chismoso y hablar siempre mal de todos, despreciar a la gente porque sus gustos no coinciden con los míos, creerse saber de todo, es decir, los «güiquipedios andantes»…

  1. ¿Qué es lo que más detesta?

No devolver yo ni que me devuelvan lo prestado: libros, dinero o una calculadora para un examen. Tener cero de autocrítica, pero juzgar sibilinamente a todos. Usar frases tipo: «yo digo las cosas como son», pero solo para ser groseros. Creer que dar «consejos» no solicitados es sinónimo de sabiduría. Si hablamos de mi físico, el exceso de sudoración que sufro y los lunares y… La impuntualidad.

  1. ¿Una figura histórica que le ponga mal cuerpo?

En la época actual, Putin o Maduro

  1. ¿Un hecho histórico que admire?

La caída del muro de Berlín.

  1. ¿Qué don de la naturaleza desearía poseer?

De los espirituales, la fortaleza. De los no espirituales, el oído. Toda mi vida he querido fortalecer mi espíritu y tocar la guitarra o el piano, pero he fracasado estrepitosamente.

  1. ¿Cómo le gustaría morir?

De noche, durmiendo. En mi familia tengo suficientes ejemplos de sufrimiento físico que no sé si lo soportaría.

  1. ¿Cuál es el estado más típico de su ánimo?

Nostálgico, contemplativo, menesteroso, triste, anhelante, vergonzoso…

  1. ¿Qué defectos le inspiran más indulgencia?

Ingenuidad, torpeza física, inseguridad, sentimentalismo, dificultad para decir «no», indecisión, no captar las «indirectas».

  1. ¿Qué es lo que menos le gusta de su aspecto?

Claramente, el irme haciendo viejo. Como decía Celestina: la vejez es una cueva de enfermedades. Mi andar pausado. Sé que crispa a mucha gente. Mis lunares y manchas propias de la edad. A nadie le pueden gustar. Mi cintura que cada vez es más ancha, como si fuera el muñeco de Michelín. Mi boca, pero una iatrofobia, que muy pocos creen que sufra, me tiene bloqueado absolutamente. Aparte del raquitismo de mi economía.

  1. ¿Tiene un lema?

Lo leí en un libro de un autor gallego o eso creo. Lo mismo es una invención mía: Imaxina sen límites, escribe sen medo. (Imagina sin límites, escribe sin miedo). No sé si es un lema: Existimos mientras nos recuerdan. (Carlos Ruiz Zafón).

  1. ¿Orientación sexual? (Heterosexual, homosexual, bisexual, etc.)

Heterosexual.

  1. No podría vivir sin…

Leer, escribir, esperanza, salud, espiritualidad, libertad para ser uno mismo, creatividad personal, reconocimiento personal, recibir afecto sincero, mirar a los ojos a una mujer…

  1. ¿Una manía/una rutina/un ritual que si no lo haces te estropea el día?

El desayuno. Uno o dos cafés con leche y algo de bollería industrial.

  1. Cuando llega la Navidad…

Me encierro más en mí mismo. No la soporto por todas las sillas vacías que hay a mi alrededor.

  1. De niño quería ser como… ¿Conserva alguna cosa de la niñez?

Un adulto con la profesionalidad de mi padre. No guardo nada por el «injusto escrutinio» que se hizo de «mis cosas», era el pequeño, cuando nos mudamos de Santa María de la Cabeza a Hermanos Miralles.

  1. ¿Le hubiera gustado vivir en otra época/país?

No. Rechazo a las personas que dicen que les gustaría vivir en la Edad Media, en el Renacimiento, en los tiempos de Cleopatra o de Julio César… Pero, claro, ¡¡¡en las capas altas de la sociedad!!! Ser un plebeyo era terrible.

  1. ¿Trae a la memoria alguna relación anterior o pasa horas pensando «qué hubiera pasado si…»?

Decisiones que tomé en la tardoadolescencia y que todavía hoy no comprendo. Todo debido a mi pusilanimidad ante la presión de la familia. Soy un cobarde. Soy un irresoluto encogido.

  1. ¿La última obra que ha leído?

Relectura de La Santa Compaña de Lorenzo G. Acebedo (regalado por una exalumna) y la Poesía Completa de Idea Vilariño. Ahora estoy leyendo Siempre hay un precio de Álvaro Urquijo, regalado por un compañero de trabajo.

  1. ¿La última manifestación a la que fue o petición online por una causa?

Por la igualdad salarial de los concertados y la enseñanza pública.

  1. ¿Es usuario activo en las redes sociales?

Mínimamente. Tengo cuenta en Instagram, pero no sé hacer nada más que colgar pequeños textos de diversos autores o propios. Nada más. @maiztogores.

  1. ¿Vegetariano o vegano? ¿Cocina o calienta platos preparados o encarga a comida china o pizzas?

Ni vegetariano ni vegano, pero «comedor muy malo». Como el ejemplo que pone la RAE en su diccionario soy un «comedor remilgado y maniático».

  1. ¿Está enganchado a algún juego en el móvil o juego online por ordenador?

No. Juegos, nada. La falacia para tener casi todo el día el móvil en la mano es «por si me llaman» o «para estar bien informado».

  1. ¿Es adicto a la mensajería instantánea?

Sí. Estoy enganchado a «guasap». Disfruto escribiendo «guasaps» largos, muy largos. Eso sí, con un absoluto respeto ortográfico, gramatical y de estilo.

  1. ¿Soportaría una semana sin Internet?

No. Creo que muy pocas personas soportarían una semana sin internet. Mucha gente dice que sí, pero desde la seguridad de que nunca va a ocurrir dicha circunstancia. Un apagón de unas horas y nos agitamos como una coctelera.

  1. ¿Está informado del mundo?

Lo justo. Estoy saturado. La tromba de información permanente que sufrimos ha logrado que ciertos acontecimientos los observe de reojo. Además, las «noticias falsas» prostituyen el día a día.

  1. ¿Coche, bici o transporte público?

Transporte público. No tengo carné de conducir, por lo que no poseo coche. Tampoco bicicleta. Ni las públicas. Por lo tanto, transporte público y, en contadas ocasiones, taxis.

  1. ¿Practica deportes? ¿Sigue eventos deportivos por televisión?

En estos momentos no practico ningún deporte. Ninguno. Y «me regañan» por ello. Hubo un tiempo que practiqué la natación, pero soy muy mal nadador. Nunca he sabido respirar bien y eso que le echado horas. Desde muy pequeño he seguido al Madrid de fútbol y baloncesto, pero desde hace tres años no veo ni oigo nada en directo. Debo cuidar mi salud y la tensión nerviosa con la que vivía estos eventos deportivos no se la recomiendo a nadie medianamente sano.

  1. Música favorita/Música que odia.

Mi música favorita gira en torno a los años 80 españoles, pero también me gustan los cantautores actuales o del pasado. Los Secretos, claro está. No soporto el reguetón.

  1. Una canción que no se cansa de escuchar…

Cualquier canción interpretada por Enrique Urquijo. Trenes perdidos de Los Secretos. El hombre del piano de Ana Belén. Las cuatro y diez de Luis Eduardo Aute. Chicas de colegio de Mamá.  Samba pa ti de Santana. Camino Soria de Gabinete Caligari. El sitio de mi recreo de Antonio Vega. Chica de ayer de Nacha pop. Lela de Dulces Pontes y Carlos Núñez. Alborada gallega y Muiñeira de Chantada, interpretadas por Carlos Núñez y Los Chieftains. Sellado por un beso de Bobby Vinton. El gato que está triste y azul de Roberto Carlos. Palabras de amor de Serrat Y muchas más…

  1. ¿Película y/o serie favorita?

Me impactaron El graduado, El padrino, La naranja mecánica, El guateque, La gata sobre el tejado de zinc caliente, Matar un ruiseñor… Me encanta El club de los poetas muertos. Fiebre del sábado noche…por la edad. Series favoritas: de la TVG, Mareas vivas. De TVE, Los gozos y las sombras, Fortunata y Jacinta y La Regenta y estadounidense, Dallas.

  1. El próximo verano/invierno/Navidad/feria local le gustaría…

Sé que es un imposible. No volver a pasar un tórrido verano en Madrid. No lo soporto. Pero sé que volverán.

  1. Antes le gustaba, ahora no…

Viajar a Santiago. ¿Ahora? No. Mi tendencia a la asociabilidad «ha logrado», con mi anuencia, que me sienta un extranjero en la ciudad donde nací. Es escalofriante, y me hace llorar sin lágrimas, pasear por Compostela ―ciudad que «he pateado» y «consumido» cientos de veces― y sentirme en ella un auténtico foráneo.

Asistir al teatro. He ido decenas de veces desde adolescente, he promovido ir con alumnos en el colegio, y hoy, acomodado en unos pocos metros cuadrados en torno a mi casa, he dejado de acudir. Lamentable.

  1. Dice que le gustaría hacer… pero no se pone a ello.

Escribir una novela sobre mi familia. No me pongo a ello porque tengo muy mala memoria y porque no soy capaz de escribir con absoluta sinceridad y libertad. Han fallecido muchos miembros de mi familia y no me parece correcto hablar de ciertos temas en los que están involucrados. Lo bordeo en mi blog cuando escribo episodios de Hatroz.

Estudiar inglés o italiano.

  1. ¿Sueña con vivir en otro lugar?

Sí. Hablo de sueños. Desde hace años ha crecido en mi interior vivir en un pueblo gallego costero tipo Malpica de Bergantiños, Muxía, Camelle, Muros, Porto do son, Cambados… Quizá por cómo me resiento física y emocionalmente con temperaturas como ahora mismo ―8 de la mañana y 29 grados―. No lo aguanto.

  1. ¿Le ha molestado alguna pregunta?

No. Me ha molestado enormemente el orden. Yo hubiera establecido otro muy diferente. 

EL ESPEJO Y LA REALIDAD

Hay hombres que creen que el espejo es un oráculo. Se plantan delante de él como quien entra en un santuario, con la toalla en la cintura y la esperanza en los ojos, convencidos de que dos horas de concentración y aplicación estéticas se pueden convertir un martes cualquiera en un perfecto anuncio de colonia. Y ahí los ves en el baño, abriendo y cerrando armarios, probando peines que parecen herramientas de tortura medieval, y mirándose de perfil como si estuviesen evaluando una obra de arte contemporánea titulada Hombre con entradas, técnica mixta.

Antes la ducha era agua y jabón; ahora es una «experiencia sensorial» con exfoliante volcánico y gel con notas de bosque nórdico. Dicen que entran cinco minutos y salen cuando el vapor ya tiene máster en aromaterapia. Ajustan la temperatura con precisión odontóloga, como si lanzaran un cohete, y hablan del «ritual» mientras alinean champú, acondicionador y mascarilla como equipo titular. No cantan, meditan; no se enjuagan, sellan hidratación. Y cuando alguien pregunta por la factura del agua, responden solemne que no es derroche: es inversión en bienestar cutáneo.

Una vez fuera de la ducha, el drama estético comienza con la primera decisión: barba de tres días sí o barba de tres días no. Porque no es una barba, es una tesis doctoral: afeitarla, dejarla o dejársela cual hipster nórdico. De tanta indecisión y retoques queda como erizos con crisis existencial.

Las cejas, que casi nadie retoca, salvo un experto peluquero cuando crecen como mazurcas de maíz, terminan depiladas con precisión quirúrgica, dejando en la cara una perpetua expresión de sorpresa, como si acabasen de descubrir que la electricidad existe.

Enseguida se fijan el cabello: ceras, espumas y lacas. Un laboratorio químico entero para conseguir un peinado que resista más de cinco minutos, exactamente hasta que salen a la calle y el viento, con más criterio estético que ellos, decide deshacer la obra.

Y seguimos con la hidratación. Antes los héroes blandían espadas; ahora blanden crema «ultrahidratante con ácido hialurónico del Himalaya». Juran que es solo «humectante», pero su rutina tiene más pasos que un tutorial de baile y nombres en latín que suenan a conjuro. Se reían del neceser ajeno hasta que descubrieron el «sérum» que activa la juventud interior y ahora consultan el «índice UV» como si fuera la bolsa. No lloran con películas, pero sí si la fórmula no es «oil free», «cruelty free» y «drama free». Y cuando alguien duda de tanta devoción, responden muy serios que no es vanidad: es inversión en capital dérmico.

Mientras tanto, el espejo observa en silencio, testimonio inocente de una metamorfosis al revés. Porque cuanto más tiempo pasan en el baño, peor quedan. Donde había naturalidad, ahora hay rigidez; donde había dignidad, ahora un brillo sospechoso.

Una vez terminada la composición, se miran al espejo con gesto técnico y murmuran que hoy la piel «está pidiendo hidratación estratégica», se felicitan por el brillo «natural» (logrado tras mil productos y media hora de disciplina), detectan una arruga microscópica y la bautizan «línea de expresión premium». Ensayan la sonrisa «casual pero luminosa», giran el rostro buscando su mejor ángulo y concluyen, muy serios, que no es vanidad: es control de calidad dérmico. Y, finalmente, salen del baño orgullosos y convencidos de ser la versión mejorada de sí mismos.

Los demás los miramos con una sonrisa piadosa como la que le dedicamos a los niños cuando traen un dibujo abstracto y dicen que es un caballo. Porque el secreto es que hay hombres que no vacían sus bolsillos por la edad ni por los años: se arruinan por el exceso de espejo. Y el espejo, siempre traidor, les devuelve a estos figurines lo que le regalaron ellos de tiempo y paciencia.