…/…¡Ah! La prosa de este autor que nadie lee, pero que todos critican. Un verdadero enigma literario: logra incomodar sin ser leído, desesperar sin ser comprendido. Su estilo, generosamente descrito como «experimental» y «muy personal», parece más bien un accidente lingüístico en cámara lenta. Sus frases, eternas como las colas de la seguridad social, van de lo abstracto a lo ininteligible sin escalas. Y sin embargo… ¡Qué coherencia en su incoherencia! ¡Qué valentía al desafiar la lógica, incluso la gramática y, en ocasiones, el sentido común! Lo suyo no es escribir: es resistirse a la idea misma de comunicar. Y por eso, tal vez, lo necesitamos. Porque en un mundo de clichés y fórmulas, alguien tiene que recordarnos que la literatura también puede ser una bofetada disfrazada de párrafo. A su manera ―confusa, excesiva, gloriosamente ilegible― ha logrado lo impensable: que nadie hable de él. ¿Qué mayor triunfo para un escritor?…/… (Fragmento del discurso posverdad del autor en su ingreso en la «Inexistente y Grandiosa Sociedad Literaria de Escritores que Nunca Publican»).
«A LA SOMBRA DEL VERBO»
REIVINDICACIÓN HIPERBOLIZADA
Tranquilos. Yo no voy a caer, ojalá lo pudiera hacer en su numen literario, en la costumbre de Víctor Hugo de escribir desnudo para no tener la tentación de salir de su despacho o en la de Joseph Conrad que fue capaz de permanecer una semana encerrado en su baño. Escritores que renunciaban a una sociabilidad porque pensaban que en un ambiente eremita la visita de las musas era más factible y productiva.
Marta Ailouti cuenta en un interesante artículo en El Español que «Balzac empezaba a escribir siempre a medianoche para no ser interrumpido por ninguna otra visita o distracción social. A la luz de las velas, con jornadas que a veces se extendían hasta 15 o 16 horas diarias, era tanta la obsesión del escritor por permanecer aislado que a menudo cambiaba la hora de los relojes y cerraba las cortinas de la ventana para no enterarse así de si amanecía». Reflexiono. Miro el ventanal de mi casa y me resulta imposible porque los estores que penden del techo no cumplen el doble propósito de las cortinas del siglo XIX: decorar y proporcionar privacidad con una oscuridad casi absoluta.
«Conocidos también son los casos de J. D. Salinger y Emily Dickinson. El autor de El guardián entre el centeno compartía con su protagonista, Holden Caulfield, la idea de que si él hubiera sido pianista, tocaría dentro de un armario. Celosamente obsesionado por su vida privada, su fuerte rechazo a la exposición pública llevó al escritor a levantar muros y aislarse del mundo en una granja de Cornish (New Hampshire), donde se dedicó por entero a la escritura durante sus últimos cuarenta años de vida.
Como él, Emily Dickinson también decidió encerrarse en su casa paterna de Amherst (Massachusetts) y permanecer en el anonimato. Su caso es uno de los más paradigmáticos. Entregada al estudio, la reflexión y la escritura, la poeta tenía pocas amistades personales y escasas relaciones sociales». Marta Ailouti dixit.
Hoy es inviable llegar a esos extremos. Pero soñar es gratuito. Una posible solución sería encerrarme en un monasterio abandonado, al estilo del de Santa María de Monfero, una imponente construcción cisterciense situada en el corazón de A Coruña, dentro del Parque Natural de las Fragas do Eume. Digno de ver aun así. Otra solución, habilitarme en una casa abandonada y semiderruida en una calle anónima de este inhumano Madrid. O, en todo caso, un pueblo vaciado de habitantes que no sea localizado por un gps.
Aunque, como me dicen los que me conocen, «¿dónde tus comodidades?, ¿dónde tu aburguesamiento?, ¿dónde tus cañitas?, ¿dónde tu guasap?, ¿dónde tu 5G?» y demás preguntas que me resulta inapropiado, por pudor, enumerarlas. Algunas son muy dañinas. Me dicen, cual enseñante explicando el esquema de la oración compuesta, que las relaciones sociales no solo enriquecen nuestra vida; también la protegen. Son una necesidad humana básica, no un lujo. Interactuar con otros puede disminuir la ansiedad, la depresión y la sensación de soledad.
No voy a seguir con los beneficios de la sociabilidad. Todo el mundo las sabe. En caso de duda consulta internet y te aislarás más que la citada poeta, autora de 1.775 poemas, de los cuales no llegó a publicar ni una decena en vida.
Ayer, en mis horas de insomnio, con el teléfono en la mano hice una lista de los inconvenientes que yo creo ver. ¿A dónde me llevaría tanta sociabilidad? Quien me conoce, sabe de mi notable tendencia a la exageración. Por ello, hagamos una hipérbole un tanto «hiperbolizada». Me podría llevar a cambiar mi forma de ser para agradar (mi famoso complace), a participar en conductas que no deseas, a sufrir manipulación emocional (hay verdaderos expertos), a depender afectivamente (es demoledor), a recibir, en mi ausencia, críticas constantes (me importan, sí, me importan), a un calvario de cansancio mental o emocional, a reducir mi espacio para la introspección o el autocuidado, a la dificultad para establecer límites (yo no sé ponerlos), a sentirte inferior al compararte con los logros de otros (lo tengo grabado en mi frontis mental), a generar brotes de dañina envidia (desde mi preadolescencia es el veneno silencioso de mi alma, es la eterna sombra que me mata cuando la luz ajena brilla más que la mía), a llevarme a la frustración emocional o afectiva, a los malentendidos que me llevan a la miseria humana, a las rupturas de confianza, a descuidar mis verdaderas necesidades, en este caso literarias…
Te habrás dado cuenta en estas últimas líneas, si las has soportado, mi ineludible tendencia a la hipérbole. Pétame moito («me gusta mucho», en gallego) y no puedo refrenar las ansias de caer en ella. García Lorca dice «Por tu amor me duele el aire… el corazón y el sombrero» y todos loan la originalidad y el valor literario de la exageración. Yo no intento llegar a ese nivel, imposible, pero un buraquiño («huequecito», en gallego) déjenme ocupar en la gloria de la extremosidad literaria.
En estos tiempos modernos, querer estar solo es casi un acto criminal. Si no estás en una fiesta, en una videollamada, en un grupo de guasap o posteando tu «brunch» con amigos, algo anda mal contigo. Porque, claro, ¿cómo alguien podría disfrutar de un viernes por la noche sin una «salidita obligatoria»?
La sociabilidad se ha convertido en el nuevo termómetro de la felicidad. ¿Tienes muchos amigos? ¡Felicidades, eres exitoso! ¿Te tomaste un café solo? Lamentamos tu soledad. ¿Te gusta pasar tiempo contigo mismo? No te preocupes, ya hay aplicaciones para solucionarlo.
Hoy, estar solo no es visto como una elección, sino como un síntoma. Y si decides apagar el teléfono o no contestar por unas horas, prepárate para las preguntas: «¿Estás bien?», «¿Te pasó algo?», «¿Por qué no viniste?». Porque claro, preferir el silencio o la introspección solo puede significar una cosa: algo anda mal contigo.
Irónicamente, en medio de tanta conexión, muchos se sienten más desconectados que nunca. Pero lo importante es que la agenda esté llena, aunque sea de compromisos que uno preferiría evitar. Total, lo importante no es estar bien, sino parecerlo.
Así que ya sabes: sonríe, publica una historia con tus «personas favoritas», responde rápido los mensajes y nunca, jamás, admitas que disfrutas estando solo. Eso queda para los excéntricos, para los que entran en tu habitación, y la colonizan con su entusiasmo o para los que expulsan el silencio a carcajadas. En la quietud sin voces hallé mi morada, / donde el alma susurra lo que el ruido callaba.
LA INSPIRACIÓN
Nuestro escritor se despertó en una realidad metaliteraria. Estaba enmarañado en una red de ficción y verdad. Palpó el lado derecho de su cama y notó que estaba caliente y que conservaba la forma de un cuerpo humano. Acercó su nariz y percibió un aroma a cuerpo femenino que le embaucó por unos segundos en un alumbramiento casi salvaje. Le volvió su inherente concepto de la culpa, pero su frágil voluntad hizo que se enredara en un bucle de recuerdos y soledades. Se levantó estimulado por un hechicero olor a café. ¿Quién lo ha preparado?, se preguntó entre la sorpresa y el temor. Lleno de curiosidad se acercó a la cocina y allí vio dos tazas: una sucia por un uso reciente y otra limpia y preparada para él. Imaginó que todo había sido obra de la mujer que lo visitó ayer. Con lo cual tengo razón y esa mujer existe, dedujo abducido por el aroma del café. Se sirvió tres cuartas partes de la taza y dos dedos de leche. Un primero sorbo prolongado le supo a gloria, cerró los ojos y experimentó placenteramente el despertar de sus neuronas. Tuvo la tentación de encender un cigarro. No puedo caer en el vicio que tanto me costó dejar. Aquí sí obtuvo un rotundo éxito. Está concienzudamente convencido de que sigue siendo un fumador que no consume tabaco. Se tomó el pulso. Lo tenía extrañamente acelerado. Mil proyectos en la mente y un documento en blanco. Tornó a su estudio y se sentó frente al ordenador, su potro de tortura. Una mirada a la pantalla y otra historia más evaporada. ¿Cuándo se acabará esta deshidratación creativa enquistada? De nuevo el acechante ordenador se abre ante él. ¿Qué hacer?, pensó. Volver al camino, aunque sangren las yemas de los dedos. Y se puso en disposición de darle vida al deshabitado documento en blanco. Alguien, en una ensoñación real, le susurró una palabra al oído y no supo seguir.
EL BRONCEADOR SIN SOL
Yo soy de piel blanca y un poquito rosada. Siempre tuve corrosiva envidia (no creo en la sana) de las personas que se ponen morenas en pocos días y que no tienen que recorrer ese tramo de quemaduras y toda su parentela de ampollas. Quizá por eso mismo rechace de una manera involuntaria el sol. Además, la fotofobia y la proliferación de lunares ―melanoma incluido― han logrado que en la actualidad el dermatólogo me prohíba el sol. También es cierto que soy una persona bien entrada en años como para solicitar ahora de modo gratuito la morenez del sol. Pero menos que a los veinte años se quiera quedar bien cuando llega el verano y uno piensa que lo de estar moreno «es la de dios».
Cuando yo era veinteañero se me metió entre cuerno y cuerno que yo tenía que estar moreno en dos días. ¡Qué digo dos días! ¡En dos horas! Tenía una cita en el fin de semana y no podía defraudar a Rosa, la chica con la que había quedado.
―José María, no creo en los milagros, y tu deseo tiene más de eso que de posibilidad real, me decía mi alter ego.
―Ya lo sé, pero alguna solución habrá…
Y sin encomendarme ni a Dios ni al diablo fui a consultar a una desconocida farmacia «mi problema». El auxiliar, que captó enseguida mi obsesión, me dijo:
―Yo tengo su solución: el bronceador sin sol. Es la novedad de esta primavera. No necesita quemar su piel. Con el bronceador sin sol, visto y no visto. ¡Y a lucirse!
―¿Está usted seguro?
―Segurísimo. Siga las instrucciones del prospecto al pie de la letra y en una noche tendrá un color que causará la envidia de sus amigos.
Y sin pensar que Dios es bueno, pero el diablo no es malo, lo compré y «marché para casa» lleno de una alegría casi voluptuosa.
―Hasta mañana, mamá y papá. «Marcho para cama». Tengo que repasar el examen de mañana. Me fui a todo trapo.
―Adiós, hijo. Hasta mañana. Parece que está contento con lo que está estudiando, sentenció mi padre.
Primer paso: el baño.
Cogí el prospecto y le eché un vistazo.
―Todo eso ya lo sé. Verborrea médica. Ya lo sé. José María, venga. Lavarme la boca y el milagro. Quiero hacerlo lo antes posible.
Desenrosqué el tapón del bronceador sin sol, esa mágica solución farmacéutica a mi blancura. Me di una primera capa. Consistente y muy bien extendida. Examiné mi piel en el espejo como si fuera un gemólogo estudiando un brillante. Pero como no vi los resultados inmediatos que me había prometido el auxiliar, me di cuatro capas más. Ahora, seguro. Nada de lavarme las manos. Mis padres no pueden sospechar que tanto tiempo en el baño esconda algo. Me fui a la cama directamente nervioso y algo ilusionado.
Cuando me erguí de la cama al día siguiente, yo había olvidado enteramente la terapia nocturna del bronceador sin sol. Fue mi hermana la que soltó un chillido, como si se hubiera encontrado con el mismo hombre de los infiernos.
―Pero… ¿Qué has hecho? Parece que has dormido en una chocolatera. Estás negro como el carbón. ¿Qué has hecho, insensato?
Fui a toda velocidad a verme en el espejo del baño. Cuando me vi, ¡coooñó!, se me cayó el cielo en la cabeza. Empecé a balbucear como cuando quise invitar a Maite al cine y no me salían las palabras.
―¡Tengo examen final de literatura del siglo XVI!
Por el alarido de mi hermana, mis padres se levantaron a toda velocidad y se acercaron a la cocina a ver qué ocurría.
Cuando me vieron, no fueron capaces de cerrar la boca durante un larguísimo minuto. No sabían qué decirme. Sólo mi madre:
―Hijo, por Dios, ¡qué disgusto! Otro invento tuyo. (Inciso: un año antes de este experimento, escribí a una empresa que se anunciaba en el ABC con un «producto milagro» para que brotara la barba espontáneamente. Estuve un mes completo dándome una carísima loción viscosa y de tono azul. Nada de barba. Nada. Lo único que conseguí, hablemos claramente, es que me saliera «un terrible eccema en forma de barba». Fue mi primera visita al dermatólogo de un sinfín de ellas.)
Tuve que contar detalladamente a mis padres y a Lola todo lo que hice. Mi padre, muy serio, miró el reloj de la cocina y sentenció:
―Todos a la ducha, menos vuestra madre. Vosotros, a la facultad; yo, a trabajar.
―Yo…¿también?, improvisé.
―El primero.
―Pero, papá, ¿tú sabes lo que te van a decir? No estoy preparado para el examen.
Mi hermana se fue a su habitación partida de risa.
―Si me hubieras consultado a mí, Jose. Ahora, a apechugar con tus compañeros.
Me callé y me fui a la ducha. Me miré en el espejo y eran repugnantes los chorretones de color chocolate que tenía en las manos, los brazos, la cara, las orejas, el cuello… Me duché, pero no despareció ni un ápice de negritud.
Cogí el autobús y soporté con cierta dignidad las miradas burlonas. Hoy, julio del 25, hubiera sufrido con tremenda vergüenza un sinfín de fotos con los móviles. ¿E Instagram? Se me está deslizando un hilo de sudor por la espalda.
En la facultad no saludé a nadie y me dirigí alicaído al aula donde teníamos el examen. Todas las bancadas ocupadas menos la primera fila. Allí me senté. Encorsetado. Bolígrafo en la mano izquierda y en espera del catedrático. Sin mirar a nadie, pero todos mirándome.
El profesor entró con diligencia y dejó sobre la mesa los cuadernillos con las preguntas. Éramos 200 alumnos. Lógico que don Antonio se fijara en mí. Se me acercó y con una mirada de inspector de hacienda me examinó de arriba a abajo. Se giró como un legionario portador del Cristo de la buena muerte y soltó una interminable cascada de carcajadas, que se escucharon en toda la facultad. El paseíllo de todos los compañeros de curso, para escrutarme, por la primera fila con cualquier disculpa fue incesante. El murmullo, desmedido. Don Antonio sufrió y sudó sangre coagulada para que se hiciera el silencio Colocado a dos metros, se dirigió a mí como si estuviera cantando un tema de notarías:
―Mire, Máiz Togores, como le gusta que lo llame, usted es el abejón de este examen, pero claro, por mucho que estén las ventanas abiertas, querido amigo, usted no se va. Mire, no soporto más este ambiente de carnaval. Usted no va a hacer el examen ahora, lo hará mañana y oral en mi despacho, con todos sus derechos inviolados. Así podrán concentrarse sus compañeros. No quiero que haya un posible recurso por el inapropiado ambiente generado por usted.
Se sentó y esperó a que yo me fuera. Después de recoger mis apuntes, cabizbajo y meditabundo lo hice lo más rápido posible.
La puerta ya cerrada, en el pasillo, me puse a reordenar los apuntes que había recogido arbitrariamente.
De pronto tronó la voz de don Antonio:
―A ver, señores, una última carcajada y a escribir dos horas seguidas. La risotada sonó en toda la facultad durante un minuto y súbitamente se hizo un silencio absoluto. Empezó el examen que no me dejaron hacer.
LA GRAN CIUDAD
No quiero vivir en una gran ciudad. Lo digo ahora, mientras respiro, porque siento que cada paso que doy entre sus edificios es una lucha contra un monstruo que pretende domesticarme. Camino, pero no me reconozco en esas calles que nunca me pertenecen, en esos rostros que se cruzan sin mirarse, en esos relojes que marcan una carrera que no es la mía.
Estoy aquí, y veo cómo las torres de cristal se alzan con soberbia, como si quisieran aplastar la memoria de la tierra que antes daba fruto. Sé que bajo el cemento late una naturaleza expulsada, y no puedo aceptar esa violencia disfrazada de progreso. No quiero un futuro hecho de humo y luces que me impiden ver las estrellas, porque las estrellas son la verdad que me guía.
Respiro, y el aire que entra en mis pulmones está lleno de ruido y contaminación. Me rebelo contra ello, aunque sé que mi cuerpo reclama pureza, reclama viento limpio y silencio verdadero. No acepto que me condenen a vivir entre sirenas que me despiertan, motores que me persiguen, voces que se cruzan sin escucharse. Yo quiero un espacio donde el silencio sea posible, donde la calma no sea un lujo sino un derecho.
Miro alrededor y descubro que en la ciudad todo se compra y todo se vende. Cada gesto se convierte en transacción, cada instante se mide en monedas invisibles. Me niego a aceptar que la vida sea un mercado donde la dignidad se cambie por velocidad, donde la calma se sacrifique en nombre de una productividad que nunca me pertenece.
Me reconozco en la justicia de lo sencillo, en la tierra que se abre para dar fruto sin pedir nada, en la conversación que no se mide en minutos, en el horizonte que se extiende sin interrupción de torres arrogantes. Sé que ahí está la verdad que defiendo, porque soy humano antes que ciudadano, y no quiero olvidar esa condición primera.
Ahora, mientras pienso y escribo, me reafirmo: no quiero vivir en una gran ciudad. Mi rebeldía se alimenta de espacios abiertos, de ritmos que no obedecen a relojes, de silencios que me devuelven la justicia de existir sin cadenas. Mi vida se expande cuando me alejo de ese monstruo de cemento que pretende domesticarme. Yo elijo la dignidad de lo libre, elijo el horizonte que no se deja encerrar, elijo la verdad que se respira en el viento limpio.