«A LA SOMBRA DEL VERBO»

JUBILACIÓN DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES (O EL ARTE DE RETIRARME A MIS APOSENTOS CON ESTILO) (30/6/2025)

Hoy queremos recordar a quien fue mucho más que un profesor: fue guía, fue ejemplo, fue una presencia serena y firme en los pasillos de la enseñanza media. Decían de él que era buena persona, y quienes lo conocían sabían que no era solo una fórmula amable, sino una verdad profunda. Buena persona, sí: porque escuchaba, porque respetaba, porque nunca perdió la paciencia ni la humanidad, ni siquiera en los días difíciles.
Decían también que era buen profesor. Y eso, en su caso, significaba mucho más que saber explicar sintagmas o comentar poemas. Significaba despertar curiosidades, abrir puertas, hacer que los libros hablaran y que la lengua se volviera hogar. Tenía el don de hacer pensar, de hacer sentir, de lograr que cada alumno se sintiera capaz de escribir su propia historia.
No buscaba protagonismo, ni medallas, ni reconocimientos. Pero hoy, en este momento, queremos darle lo que merece: un recuerdo agradecido, una palabra que perdure, un silencio que lo abrace. Porque fue maestro, y porque fue humano. Y eso, en el fondo, es lo más alto que se puede ser. (Palabras de un exalumno de hace tiempo)

Te adjunto el vídeo con imágenes que proyectaron el otro día (30-6-2025) en el colegio Jesús-María de la calle Juan Bravo 13, cuando celebramos mi jubilación después de 37 años en la enseñanza. La música fue elegida por mí y no podía ser otra canción que Pero a tu lado de Enrique Urquijo y Los Secretos. El autor del montaje es Pedro de Goyeneche. Muchísimas gracias por seguirme. No me cansaré de repetirlo.

Aunque comienza una nueva etapa en mi vida, ya extraño las miradas curiosas de mis alumnos, las conversaciones compartidas con mis compañeros y la calidez del día a día en el colegio. Me llevo recuerdos imborrables y un profundo cariño de cada uno de vosotros.

Como me dijo un alumno: se jubila, profe, no… Con usted se va la última esperanza de que yo entienda las oraciones subordinadas. Ja.

Me jubilo, sí… pero no me despido del todo. Ya echo de menos a mis alumnos (incluso a los que no paraban de hablar) y a mis compañeros (especialmente en el café de primera hora, en el del recreo y las confidencias de los pasillos). ¡¡¡No sé cómo voy a sobrevivir sin reuniones interminables, fotocopias de última hora y evaluaciones llenas de bombones, churros y bollos ¡Los voy a extrañar más de lo que os imagináis!

Hace ya unos días, a eso de las doce de la noche, disfrutaba tomando una copa en una de las múltiples terrazas que hay en la calle Juan Bravo. En mis manos, un libro sobre la reconstrucción personal; en la mente, un recuerdo muy cercano en el tiempo: mi jubilación. Soy hombre que no sabe elegir caminos rectilíneos, no. Suelo escoger caminos tortuosos y llenos de obstáculos que me sumergen en una ciénaga de arrepentimientos que dañan mis francas decisiones. Arrepentirse es parte de nuestro crecimiento, incluso a mi edad, pero no debe invalidar nunca lo que decidimos con plena convicción. Cada elección nos forma, incluso si me convirtiese en la decimoctava víctima del caníbal de Milwaukee, asesino conocido por la crueldad de sus homicidios. ¡Vaya digresión te has marcado, José María!

Ofuscado en la lectura de un párrafo que no entendía, no me di cuenta de que estaban delante de mí los padres de una antigua alumna del colegio. Pidieron permiso para sentarse. Dado de sumo agrado, mantuvimos una gratísima conversación sobre la decisión de jubilarse a la edad correspondiente o de proseguir, en mi caso, con la condición de profesor en activo. Me pidieron que siguiera, pero me reafirmé en la decisión tomada.

Suscritos a mi blog, me pidieron que volviera a colgar el texto que escribí para comunicar mi determinación porque no lo encontraban. Sabemos de tu condición de bloguicida, pero la aceptamos con suma estima y cordialidad, me dijeron cuando se despidieron.  Allí entenderéis la opción tomada por mí. Y en ello estoy.

Después de 37 años de dedicación a la enseñanza, llega un momento en el que el cuerpo y la mente necesitan un descanso. Lejos queda aquel 15 de agosto de 1958 cuando, en un día lluvioso, llegué a este mundo en mi querida Santiago de Compostela. Este final del camino educativo, donde cada paso deja una cicatriz y una enseñanza, lo alcanzo pleno de satisfacción y con el gozo de la labor realizada. Optar por la jubilación, sabiendo que con la legislación actual podría seguir, es una decisión tomada por diferentes razones, pero muy meditada. Soy un hombre de impulsos, pero en esta ocasión lo he meditado con muchísima tranquilidad. ¿Me estoy equivocando? Como dice Fito en una canción: me equivocaría otra vez.

No consigo localizar el origen concreto del cansancio mental que he experimentado este curso, con creces el más difícil para mí. Dar clase este curso ha sido como remar contra corriente en un mar de altas expectativas, donde cada evaluación ha sido una tormenta y cada alumno, una posible vía de agua en el barco que tiene un mismo destino para todos los alumnos: alcanzar la mejor nota posible en junio. El esfuerzo constante que me autoimpongo para atender las necesidades emocionales ―son adolescentes desbocados, al fin y al cabo―, académicas ―pelea constante por obtener las mejores notas siempre― de los estudiantes, las recidivantes correcciones y la carga administrativa ―de la que hablaré otro día― han socavado mi autoestima y alterado seriamente mi equilibrio emocional. Este agotamiento, muchas veces invisible, me demanda espacios de cuidado y atención personales. Como bien me dice mi alter ego: has caído, José María, en un abotargamiento inquietante.

Otra razón por la que he decidido mi jubilación este curso es que mi hermana me necesita. No es dramatismo. Es realidad. Mayor que yo, vivimos juntos porque hemos logrado, con el esfuerzo de los dos, una gran estabilidad fraternal. La vida ha sido muy cruel con ella y las situaciones personales que ha sufrido, en muchas ocasiones sin previo aviso y de una dureza bárbara, requieren que esté más presente, ya sea para cuidar de ella o simplemente para acompañarla. Las alternativas, altamente onerosas para los dos, eran inasumibles en el tiempo. Siento que ahora es el momento de estar con ella.

Y la tercera razón, la lectura y la escritura. Preciso volver a leer con la calma y la libertad que un hombre de casi 67 años precisa. El 15 de agosto caen 67 cual saco de promesas a la espalda y los quiero cumplir libre de condicionamientos educativos. Tengo un blog, en el que voy colgando textos de todo tipo: anécdotas, narraciones, pensamientos, textos surrealistas, capítulos de Hatroz…

Este blog es www.recuncar.com. Creías que te ibas a librar: ¡¡¡suscribe a tu gente, venga, anímate!!! Hay otro que está «en pañales». Me quiero dedicar a él para seguir colgando textos y evitar, el viento no se puede atrapar, y una aguja hecha de humo es intangible, la pérdida de textos y de lectores. Defender mis blogs es defender mi derecho a ser escuchado en un mundo saturado de ruido. Mantener dos blogs es un acto de constancia, creatividad y evolución. Luchar por ellos es también luchar por mi desarrollo personal, ya que cada entrada me enseña algo nuevo, sobre mí y sobre los demás. Estoy convencido de que si me leyera el que no me conoce se suscribiría.

―Ya está bien de hablar de ti, José María. No sabes generalizar y necesitas siempre ser el perejil de todas las salsas.

Mi alter ego me tiene la paciencia agotada.

―Pues te vas a fastidiar porque voy a seguir. Hoy, con más razón que nunca, es obligatorio reflexionar sobres las razones que me llevan a tomar una decisión tan importante en mi vida laboral.

El viernes 12 de junio celebramos la finalización del curso de 1º de bto. Reunidos en el salón rojo del colegio la dirección pedagógica, los tutores, algunos profesores y todos los alumnos de este curso, compartimos un acto muy entrañable, en el cual entregamos los premios a unos pocos, siendo todos merecedores de ellos. Comenzó el acto con unas palabras muy afectuosas de la directora pedagógica dirigidas a los alumnos. La ceremonia fluía tranquila cuando Rían mencionó mi retirada después de una larga trayectoria en el colegio y, con la naturalidad del afecto que guardaban en su interior, todos los presentes prorrumpieron en un cálido y prolongado aplauso que me puso el vello de punta. 

Quiero tomarme este momento para agradecer, desde lo más profundo de mi corazón, el aplauso tan generoso y emotivo que me brindasteis. No sabéis cuánto significó para mí ese gesto. Fue mucho más que un simple aplauso, fue un abrazo colectivo, una despedida sincera, una muestra de aprecio que guardaré siempre conmigo.

Despedirse nunca es fácil, sobre todo cuando uno se marcha de un lugar donde ha vivido tanto, ha aprendido tanto y ha compartido tanto. Vuestro aplauso me recordó el porqué elegí esta profesión: por la posibilidad de acompañar a personas como vosotros en un tramo de su camino, de contribuir ―aunque sea un poco― a vuestro crecimiento y a vuestra forma de mirar el mundo. Y me acordé de García Márquez cuando dijo: «no llores porque terminó, sonríe porque sucedió».

Cada clase, cada conversación en los pasillos, cada sonrisa en un lugar inesperado del colegio, incluso cada reto ―la maldita sintaxis―, ha sido parte de una experiencia que me ha enriquecido profundamente. Vosotros no solo habéis sido alumnos, habéis sido también maestros, porque me habéis enseñado a ser mejor profesor, a ser más paciente, más creativo, más humano y menos gruñón.

Me voy con la tranquilidad de haber dado lo mejor de mí, pero también con la emoción de llevarme tanto afecto. Ese aplauso fue un regalo inmenso que me acompañará allá donde vaya y que permanecerá grabado en mi memoria como uno de los momentos más hermosos de mi vida profesional.

Gracias por vuestra generosidad, por vuestra energía, por vuestra confianza. Y, sobre todo, gracias por permitirme formar parte de vuestra historia. Yo soy un pequeñísimo engranaje en vuestra educación, porque vosotros realizaréis con ilusión, curiosidad, compañerismo, esfuerzo y compromiso un segundo de bachillerato que cerrará, estoy seguro de que con éxito pleno, vuestra etapa educativa en el colegio. Creed en vosotros, apoyad a los demás, y no dejéis nunca de aprender.

Escuchad estas cuatro canciones que seguro, o quizá, las conocéis:

1.- Melocos.- Cuando me vaya. Con Natalia Jiménez. Del año 2007. Puso los pelos de punto a la promoción que salió ese año del colegio cuando la escucharon en la despedida.

https://www.youtube.com/watch?v=TjK8m4XhcOs&list=LL&index=40

2.- Miley Cyrus.- I’ll always remember you. La canción destaca la importancia de recordar los buenos momentos y las amistades que se han formado a lo largo del camino, a pesar de los cambios y las despedidas. La promoción de 2011, creo, la disfrutó en el acto de despedida del colegio.

https://www.youtube.com/watch?v=f-Vqn4TGngI&list=LL&index=203

3.- Los Secretos.- Pero a tu lado. De 1995. Canción emblemática para mí desde que la oí por primera vez en ese año. Quiero que os quedéis todos con el espíritu de la letra. Proyectada en mi despedida del colegio en junio del 2025.

https://www.youtube.com/watch?v=K5PoEObhv_Y&list=RDK5PoEObhv_Y&start_radio=1

4.- Carlos Núñez y The Chieftains.- Alborada de Veiga y Muiñeira de Chantada. Versión del año 2004, cuando publicó un disco de colaboraciones. Son dos canciones simbólicas para los gallegos. Especialmente la segunda. Hay que destacar el ritmo que impone en estas versiones.

https://www.youtube.com/watch?v=uJ1ynTMUj0c&list=LL&index=356

Y termino con unas palabras que no son mías, pero que las hago como tal: A veces no nos damos cuenta del valor de un momento hasta que se convierte en recuerdo. Mis correos personales son: maiztogores@gmail.com y jmmaiz@telefonica.net.

Por si quieres, ver el vídeo que me hicieron en el colegio, lo tienes a continuación:

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INCAPACIDAD PARA AMAR

Hay en mí una grieta que no se ve, una fisura silenciosa que impide que el amor se instale. No es desdén, ni miedo, ni olvido. Es otra cosa. Algo más hondo. Como si la ternura se me hubiera quedado a medio camino, como si el deseo supiera llegar, pero no quedarse.

He mirado a mujeres con admiración, con respeto, con deseo incluso. He sentido el temblor de la piel ajena rozando la mía, el vértigo de una mirada que se posa donde duele. Pero nunca he sabido amar. No como ellas merecen. No como yo quisiera.

Me falta algo. O me sobra. Tal vez es esta soledad que se ha vuelto costumbre, este silencio que me acompaña como un animal fiel. Tal vez es el miedo a romper lo que no sé cuidar, a herir con gestos torpes, a prometer lo que no sé cumplir.

He escrito versos que parecen amor, pero son espejos. He acariciado cuerpos que parecen ternura, pero son distancia. Y cada vez que una mujer se acerca, siento que algo en mí se repliega, se esconde, se protege. No por ella. Por mí. Porque no sé abrirme sin desbordarme.

No es que no quiera amar. Es que no sé cómo. Como si el amor fuera un idioma que nunca aprendí del todo, una música que escucho, pero no sé interpretar. Y mientras tanto, ellas pasan, se quedan un rato, se van. Y yo sigo aquí, con las manos llenas de palabras y el corazón lleno de sombras.

Quizás algún día aprenda. Quizás no. Pero mientras tanto, escribo. Porque si no puedo amar con el cuerpo, al menos que el alma diga lo que calla. 

TORREIRA

Son las tres de la mañana y ya no puedo más. Llevo despierto una hora. Me levanto, camino por mi habitación insomne y creyendo que tengo una ducha abierta en la espalda. Miro el termómetro que tengo en el pretil de la ventana y me escupe treinta y dos grados, que crean en mi «celda» un ambiente opresivo y angustioso. El colchón, cual parrilla lorenzana, metafóricamente echa humo y mi cuerpo ya no aguanta más esta sauna de hornear. ¡Qué irrespirable ambiente, Dios santo! Me vuelvo a tumbar, pero imposible. No puedo más. Me yergo de nuevo, me visto y me marcho silencioso a la calle. Busco la solidaridad de los que no pueden dormir de noche. No hay nadie. Hay momentos en los que el paisaje nocturno se muestra lujuriante y placentero, como si el deseo carnal habitara dentro de nosotros de una manera concupiscente. Pero ahora no, ahora yo soy un lascivo del sudor que humedece mi cuerpo y me convierte en un ser antivoluptuoso. La humedad del cuerpo choca con la sequedad del ambiente y esa tórrida pelea desde hace varios días me deja el cuerpo para muy pocas andanzas. El vacío de la calle me invita a desnudarme, pero me falta la osadía y el aliento suficientes para deshacerme de mis prendas. Una plúmbea vacuidad vuela desnuda en esta madrugada a mi alrededor y no quiere dejarme respirar. Me descalzo. El asfalto y la acera destilan fuego y queman. Las pisadas son blandas, como si estuviera caminando por un alquitrán recién volcado y formatea mi pie cual plantilla hecha a medida. No sabe uno donde sentarse. ¡Brillante idea la de los bancos de hierro! El que pruebo me pega una severa y cálida patada en el culo. Hasta la luz de las farolas jeringa como un puñetazo de fuego. Dejemos correr el tiempo. Me siento en el suelo y me descalzo. Sólo queda eso: dejar que el tiempo discurra y que nadie me agobie con una boca pegajosa y maloliente. No pasan coches. Pensar en los viajes a Galicia de los años 60 me revuelca en otra parrilla mental y fatiga aún más mi vivir. Sigo sentado en la acera, ¡fuego en las nalgas! Al cabo de unos minutos, me yergo de prisa, como si las llamas del infierno dantesco tostaran mis posaderas. La tórrida noche sigue cayendo sobre mí. Noto la boca seca como si tuviera una ración de cecina enharinada en mi boca. Son las cuatro de la mañana y todo sigue igual. Me pregunta una amiga por el tiempo de Madrid y yo le escribo esta carta. No quiero fastidiar a mi querida amiga cuando lea este pequeño texto. Para finalizar le hago un resumen de mi último sueño a los pies del hospital de la Princesa: una hermosa sirena me ofrece una vez y otra un conocido refresco helado. Ahora bien… yo no tengo boca por donde beberlo… ni mano con que cogerlo… ¡Ay, si Freud levantara la cabeza! 

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS DE GTB

Los gozos y las sombras no es solo una novela sobre Galicia; es una novela sobre una forma de estar en el mundo. Y eso, para mí, es lo que la hace tan poderosa. Gonzalo Torrente Ballester no escribió únicamente la historia de un pueblo gallego en vísperas de la Guerra Civil: escribió una radiografía moral de España. Pero lo hizo desde Galicia, y eso importa. Porque en esta obra Galicia no es un decorado: es un personaje más, quizá el más complejo de todos. Gonzalo Torrente Ballester Los gozos y las sombras

La Galicia de Los gozos y las sombras no es la Galicia turística de la postal ni la Galicia romántica de la niebla y la gaita. Es una Galicia dura, húmeda, jerárquica, silenciosa. Una Galicia donde el mar da de comer, pero también condena; donde las casas grandes pesan más que las iglesias; donde la sangre, el apellido y el rumor importan tanto como el dinero. Pueblanueva del Conde —ese lugar inventado y, sin embargo, tan real— representa una Galicia atrapada entre dos tiempos: el mundo viejo de los señoritos y el mundo nuevo del dinero industrial. Y ahí está, precisamente, una de las grandes intuiciones de Torrente Ballester: entender que la modernidad no siempre trae justicia; a veces solo cambia de amo.

A mí me parece que esa es la verdadera tragedia de la novela: no asistimos al fin del poder, sino a su metamorfosis. El viejo cacique, con escudo nobiliario y maneras de señor, se extingue; pero enseguida aparece otro, más moderno, más eficaz y quizá más peligroso: el cacique que ya no manda por linaje, sino por dinero.

Y ahí entran los personajes, que son extraordinarios porque ninguno es solo una idea: todos son contradicción.

Carlos Deza, por ejemplo, me parece uno de los personajes más interesantes de la novela española del siglo XX. No es un héroe clásico ni un reformador limpio. Es un hombre culto, escéptico, moderno, formado fuera, con una inteligencia que lo separa de todos y una desgana que lo inutiliza casi para todo. Carlos ve con claridad, pero actuar le cuesta. Y eso lo vuelve profundamente moderno: no es el hombre de acción, sino el hombre de conciencia. Entiende el mundo, pero no logra salvarlo. Representa el librepensamiento, sí, pero un librepensamiento cansado, lúcido y melancólico. No cree en Dios, no cree en las verdades heredadas, no cree del todo en las estructuras del poder… pero tampoco cree demasiado en la capacidad del ser humano para cambiarlas. Y esa ambigüedad lo hace fascinante.

Carlos no es un revolucionario: es algo más incómodo. Es un hombre libre. Y en un mundo como Pueblanueva, pensar libremente ya es una forma de escándalo.

Frente a él está Cayetano Salgado, que me parece uno de los personajes más actuales de toda la novela. Cayetano no tiene abolengo, pero tiene dinero. No tiene refinamiento, pero tiene poder. No representa el viejo orden: representa el nuevo capitalismo brutal, sin épica y sin escrúpulos. Es el cacique moderno, el hombre que no necesita apellido ilustre porque le basta con controlar el trabajo, la economía y el miedo. Cayetano es la prueba de que el caciquismo no desaparece con el progreso; simplemente se actualiza.

Y esto, leído hoy, resulta casi incómodo por su vigencia. Porque Torrente Ballester entendió algo esencial: el caciquismo no es solo una forma política; es una cultura. Es una manera de organizar el poder desde la dependencia, el favor, el miedo y la deuda. El cacique no manda solo porque pueda castigar; manda porque ha conseguido que todos necesiten algo de él.

Por eso Los gozos y las sombras no habla solo del caciquismo rural gallego. Habla de una enfermedad española mucho más amplia: la costumbre de obedecer al que reparte, de callar ante el que protege, de inclinarse ante el que concede.

Y luego está doña Mariana, que probablemente sea el personaje más impresionante de todos. Ella encarna el viejo mundo con una dignidad feroz. No es buena, no es justa, no es amable; pero tiene una grandeza casi trágica. Es el poder antiguo consciente de su decadencia. Sabe que su mundo se acaba, y quizá por eso impone tanto. Hay en ella algo admirable y algo terrible. Como en los grandes personajes de verdad.

Y Clara… Clara me parece el personaje más doloroso de la novela. Porque en una obra atravesada por el poder, Clara representa el cuerpo sobre el que ese poder se escribe. Es deseo, es disputa, es libertad amenazada. En ella se cruzan el deseo masculino, la violencia social y la fragilidad de quien intenta vivir con un mínimo de dignidad en un mundo hecho por otros.

Lo más brillante de Torrente Ballester, en mi opinión, es que no convierte la novela en tesis. No pontifica. No sermonea. No reparte santos y villanos. Lo que hace es algo mucho más difícil: mostrar cómo funciona una sociedad. Mostrar sus engranajes. Mostrar cómo el poder circula, cómo se hereda, cómo se transforma, cómo seduce.

Y quizá por eso Los gozos y las sombras sigue siendo una novela tan viva. Porque habla de una Galicia concreta, sí, pero también de algo más profundo y más incómodo: de la persistencia del poder, de la dificultad de la libertad y de esa sospecha —tan española, tan amarga— de que a veces cambian los nombres, cambian los trajes, cambian los discursos… pero el amo sigue ahí. 

LA ESCALERA

Ayer acompañé a un amigo que había venido de Galicia a comprar unas camisas en unos grandes almacenes. Era la disculpa apropiada para darse una vuelta por Madrid. Y eso que, siempre que viene, a los diez minutos, está echando pestes de las prisas que tenemos los que vivimos en Madrid.

—Apresúrate, hombre, apresúrate, que así te equivocarás antes. Te lo digo a ti, sí, a ti. La prisa te queda muy bien, hace que veamos aún más claro que eres un incompetente con estilo.

Accedemos a los grandes almacenes. Se queda cinco minutos mirando el directorio de lo que hay en cada planta.

—Es la segunda, Manuel, que yo lo conozco muy bien.

—Por si acaso vamos a comprobarlo.

Y otro tanto leyendo planta por planta. Se forma un pequeño tapón porque siempre tiene la virtud de colocarse en el lugar que más obstruye el paso, ya sea un restaurante, el metro o la plaza de abastos. Le dan un pequeño empellón que le encorajina y sufre en silencio un arrebato de ira.

—Y a sabes que yo las escaleras eléctricas nada de nada y los ascensores menos aún.

En la escalera de piernas, así las llama él, su marcha es lenta y muy tranquila. Además, cada vez que quiere decir algo se para hablar. Como se cansa muchísimo con sólo cinco escalones, sube dando bandazos de barandilla a barandilla. Yo lo conozco y sé cómo acompañarlo en este vía crucis que supone subir dos plantas. Veo que detrás de nosotros viene un hombre que aparenta mucha prisa (¡Cómo no en Madrid!).

Mi amigo, en medio de la escalera, contándome el problema de la regulación de los semáforos en la aldea, se niega a llamarlo pueblo, no entendía nada.

—Vamos a ver, por favor, sube o baja. ¿Qué narices quiere hacer?, le dice el preseiro (así se llama irónicamente en Galicia al que tiene siempre prisa).

Mi amigo, sin perder las formas le contesta muy bajito y moi quietiño, como un don Tancredo en una plaza de toros:

—Depende. Me voy a explicar porque yo lo tengo muy claro. Pausa de tocanarices. Si subo es que subo, y si bajo es que bajo.