«A LA SOMBRA DEL VERBO»

POÉTICA DE PIEL Y VERSO

En los latidos de mis versos defiendo mis creencias, confieso la fe de los míos, respiro el aroma de nuestra tierra y construyo con ellos una trinchera llena de astros y estrellas. Cada palabra es un fuego que arde sin permiso, una raíz que se hunde en lo más hondo de mi memoria.

En los latidos de mis versos siento tu pulso, libre de miedos y cadenas, sepultando mis cipreses en un tiempo de camelias blancas. Y trazo, con el golpe suave de mi muñeca, en una orilla siempre viva, el perfil de una letra desnuda que junto a ti comienza a tener vida.

Tu piel es territorio de luz y sombra, mapa secreto donde cada sílaba se posa como un suspiro. Escribo sobre ti como quien acaricia, como quien descubre en cada poro una palabra nueva. Tus hombros son estrofas que se abren al tacto, tus muslos, versos que se deslizan entre la bruma de mi deseo.

Cuando mi mano roza tu espalda, el poema se estremece. Cuando mi boca nombra tu cuello, la tinta se vuelve carne. Y en el temblor de tus pechos, encuentro la rima perfecta, esa que no se escribe, pero se siente.

No hay métrica que encierre tu cuerpo, ni estrofa que contenga tu aliento. Eres poema sin forma, sin límite, sin final. Eres la letra que se desnuda en mi mirada, la palabra que se humedece en mi lengua, el verso que se arquea cuando la noche nos cubre.

Y yo, poeta de tu piel, sigo escribiendo. Porque en cada latido, en cada roce, en cada silencio compartido, sé que la poesía no vive en los libros, sino en ti. En tu cuerpo. En tu voz. En el temblor sagrado de tu presencia. 

OBITUARIO

Hace cosa de pocas semanas recibí un correo electrónico con un encargo claro y diáfano: escribir, para una revista de difusión cultural, el obituario de José María Máiz Togores. Y yo, que sólo entiendo de enseñanza, libros y poco más, llevo desde entonces sin apenas dormir, pues tal circunstancia, creo, supera mis posibilidades. Sé que José María era un buen hombre. Pero de ahí a escribir un obituario va un abismo. Ante tal turbadora situación me puse inmediatamente a buscar información para poder solventar dicho compromiso. Así es como encontré en internet una serie de cartas escritas a una mujer de nombre desconocido por el fallecido.

Pero mantengamos un riguroso orden y dejemos eso para luego. Ahora toca su faceta laboral. José María también tenía como profesión la enseñanza. Era un vocacional profesor de Lengua y Literatura españolas y Literatura universal en un centro de Madrid. Llevaba muchos años en él y se había labrado cierto prestigio que no había variado en absoluto su carácter bonachón y afable, aunque algo cascarrabias.

Era un hombre tímido, reservado y ciertamente apacible. Un tanto asustadizo ante la enfermedad, como todos los hombres, diría una buena amiga. De apariencia serena y tranquila, por dentro era un auténtico ciclón. Algunos de sus «enemigos», que los tenía, decían de él que era pusilánime, blandengue y timorato. No supo resolver muchos de los problemas que se le fueron planteando a lo largo de su vida. Eso decían sus difamadores post mortem. Los dejaba estar, para que por sí solos desaparecieran. Hecho este que lo convirtió en más de una ocasión en el blanco de las críticas de sus «queridos compañeros». Otros, los buenos amigos, esos que se mantienen fieles en cualquier trance de la vida de uno, me contaron detenidamente las incontables cualidades que manifestó en vida. La principal, coincidieron la mayoría, junto a una proverbial educación, era que sabía escuchar, que tenía un temple para atender las penurias ajenas sin mostrar impaciencia o hartazgo. Era poco tal condición.

Además, siempre tenía una buena palabra para un mal momento. Solo con verlo por los pasillos del colegio era como un bálsamo del espíritu. Sí, el de fierabrás, apostilló un acerado compañero que estaba bastante harto de tanto opulento elogio. Era frío y glacial en algunas ocasiones. En una ocasión, a una compañera, donde todo el mundo esperaba unas palabras de afecto y cariño solo manifestó un gesto aséptico y de muy aterida cordialidad. Eso es falso, y el autor de dichas palabras lo sabe muy bien. Él lo único que hizo fue esperar a estar a solas para poder expresar en la intimidad todo ese caudal de simpatía y estima que sentía por esa persona. Creo que si entramos en un tira y afloja a la hora de hablar de José María mal vamos. Lo dicho ya es más que suficiente.

Toca cambio de tercio. Según muchas voces, lo que más llamó la atención en vida fue su nula disposición a hablar de su vida privada. Por eso me sorprendí tanto al descubrir unas cartas tan personales. He estado noches y noches leyendo las diferentes entradas que hacen referencia a sus vivencias amorosas y no he dejado de asombrarme con la proliferación de detalles tan íntimos. He llegado a pensar en un desdoblamiento de personalidad, en la recreación de un personaje por parte de él para de ese modo volcar todas las intimidades que le atormentaban. Es lo que más me importa en estos momentos. Es lo que quiero aclarar por encima de todo.

No sabes, amigo lector, lo que he buscado a esa desconocida amiga que tanto le hizo gozar y sufrir en vida. He llegado a poner innumerables anuncios en las principales cabeceras de este país para ver si, al leer el periódico, esta mujer decidía hacerse visible. Esfuerzo vano… ¡Pues vaya obituario entonces! Sí, tienes razón… Es un resumen biográfico inconcluso. Déjame terminar. Esfuerzo vano… hasta hace tres días exactamente.

El miércoles a eso de las diez de la noche recibí una sms que me alteró de tal manera que me fue imposible conciliar el sueño. «Soy la mujer que estás buscando. Cuando quieras tomamos un café y hablamos». En un desconfiado intercambio de mensajes, pues yo estaba temeroso de que saliera huyendo con un despiadado mutis por el foro, conseguimos acordar una entrevista en un viejo café de Bilbao. Cuando llegué a él, precipitado y ansioso, ella aún no estaba. Me senté a una mesa que me pareció adecuada por estar un poco apartada del resto. Pedí una consumición y un camarero con cierto aire de inspector trasnochado me la sirvió tras preguntarme si iba a estar solo. No entendí ese interés, pero le contesté desganado que estaba esperando a una persona. Pues tendrá que esperarla bastante tiempo, me respondió después de mirar su reloj. La mujer que se sienta a esta mesa no llega hasta las ocho de la tarde. Atónito y estupefacto me dispuse a leer el libro que me acababa de comprar. Incomprensiblemente estaba haciendo caso a la sugerencia del camarero. Ya imbuido en la lectura del poemario adquirido, no presté la más mínima atención a mi entorno hasta que una voz femenina sonó a mi lado.

―Hola, buenas tardes, perdona el retraso, pero es que un encargo de última hora no me ha permitido salir antes del trabajo.

Se acercó a mí, me dio dos besos y un sensual perfume invadió todo mi espacio. Inmediatamente se sentó en la silla que la esperaba junto a mí desde hace bastantes minutos. Había muy poco espacio en el destartalado café, pero fue capaz de quitarse el abrigo con una elegancia y una diligencia espectaculares. Llevaba una blusa blanca ceñida y escotada lo justo para marcar una «todavía» muy atractiva figura. La falda, negra, dejaba a la vista un par de piernas contorneadas y pulidas a cincel griego en un gimnasio. Terminaban en unos zapatos negros que dejaban deducir la necesidad de estar cómoda en un día de trabajo.

Tras hacer un gesto de asentimiento al camarero ─se notaba cierta familiaridad─ colocó su bolso en la tercera silla que miraba impasible la situación. Me cogió, airosa y delicada, el libro que estaba leyendo, me miró a los ojos ─leí en ellos: otro loco de la poesía─ y me soltó a la cara: yo soy la mujer de las cartas de José María. 

MI PRIMERA TARDE DE CINE

Fue en ese cine, te acuerdas, en una mañana al este del edén James Dean tiraba piedras a una casa blanca, entonces te besé. (Las cuatro y diez, Luis Eduardo Aute)

—José María, no notas que este chiquillo trae un olor peculiar, un olor, no sé… como a ambientador.

Esta frase la pronunció mi madre mientras yo me dirigía precipitadamente a mi cuarto. Después de dejar el abrigo sobre la cama, me senté en «mi sillón» a la espera de la reacción de mi padre. El corazón parecía no caberme en el pecho; sus latidos parecían violentos aldabonazos en mi conciencia, y todo por haber ido al cine esa tarde sin el permiso de mis padres. He ahí el «pecado», no haber comunicado a «mis jefes» que iba a ir al cine a ver una película que estaba clasificada para mayores de catorce años.

Habíamos quedado Ana, Jorge, Mayte y yo en la esquina de Conde de Peñalver y Hermosilla a las cuatro menos cuarto. Puntual y nervioso allí estaba yo. Era la primera vez que íbamos al cine a ver una «peli» para mayores, una vez cumplidos los catorce ese mismo verano. ¿Podré sentarme al lado de Mayte? Espero que sí, que Jorge cumpla lo pactado esta mañana. Después de comprar las entradas, accedimos al local «desafiando» al portero con una mirada de «persona mayor», o es que no se nota acaso, ¿eh? Como buenos caballeros que éramos, invitamos a nuestras acompañantes a una bolsa de palomitas y a otra de patatas fritas, ya que por la mañana habíamos estado haciendo cuentas y nos podíamos permitir ese lujo. Le dimos una generosa propina al acomodador para ver si nos colocaba no muy cerca de la pantalla, pero nada, se la embolsó y no nos hizo ni caso. Una vez sentados los cuatro «correctamente», bueno esto es un decir, nos dispusimos a «ver» la película. En posteriores tardes de cine nos percatamos de que lo mejor era aceptar con una sonrisa las butacas indicadas por el acomodador y, una vez comenzada la proyección, deslizarnos sagazmente por el pasillo hacia otras mejores posicionadas en la retaguardia.

Tras las siempre desafinadas primeras notas del NODO, permanecimos inmóviles ante aquella sucesión de noticias. El olor a ozonopino iba impregnándose en nuestras ropas. Mientras, Jorge y yo planeábamos cómo coger de la mano a Ana y a Mayte sin que el acomodador nos recriminase nuestro incorrecto comportamiento con un inmisericorde linternazo. Creo que la película era de Manolo Escobar, no puedo recordar el título. Sólo sé que la gente murmuraba y murmuraba cada vez que el acomodador se acercaba a nosotros y nos amenazaba con una «tremendísima sanción» si tenía que volver a reprendernos. Pues no venga, pensaba yo. La incomodidad de los asientos no facilitaba en absoluto permanecer en la misma posición viendo la película, y si a eso le añadimos los nervios de la situación, agradecí —letal paradoja— que por fin aquel niño, que había llorado tanto entre cancioncita y cancioncita, encontrara a un buena familia que lo tomara en adopción. Es curioso, todo el tiempo pensando en que la película iba a durar lo que un suspiro, y el «plasta» de Manolo Escobar se me estaba haciendo interminable e insoportable. Después de invitar a Ana y a Mayte a una cocacola en una cafetería próxima, las acompañamos a sus respectivas casas. Jorge y yo nos miramos con complicidad, estábamos convencidos de que la próxima vez saldría mejor. Para ser la primera no está mal, ¿eh?, pensamos los dos.

Sentado en «mi sillón» y esperando el más que seguro «interrogatorio del jefe», fui saboreando con verdadera fruición cada minuto, cada segundo de aquella mi primera tarde de cine, para mayores, claro está.

Mientras mi padre terminaba de cenar, mi madre le seguía dando vueltas al origen de aquel curioso olor que indiscretamente expelía mi ropa. (25 de marzo de 1996)

EDUARDO TEJERO, UN BUEN MAESTRO (IN MEMORIAM)

Un deber de gratitud me obliga a subrayar como uno de mis mejores profesores de mi época de estudiante universitario a Eduardo Tejero. Del mundo del verso yo no sé nada que él no supiera; ni sé, ciertamente, todo lo que él sabía. Una buena enseñanza de la literatura nos dice mucho sobre el profesor y nos funde con ella para siempre; una mala enseñanza nos aleja irremisiblemente de la lectura. Cuando comencé a estudiar Magisterio, yo estaba enteramente convencido de que “lo mío” era la enseñanza de los niños. Me agradaba la idea de ser un buen maestro, pues detestaba formar en el futuro charlatanes y no personas con pensamiento autónomo y juicio crítico.

Por eso hablo aquí de Eduardo Tejero. Desde el primer día nos dijo que la vida se hacía viviendo, y que nuestro camino en el campo de la enseñanza venía señalado por nuestra vocación de buenos caminantes. En aquel tiempo su aspecto era el de un hombre bueno y joven. Una mirada cálida y cordial, una barba muy cuidada, unas mejillas rojas y una voz sugerente y arrulladora. Aún recuerdo aquellos versos de Machado: “soy —es—, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

También recuerdo su primer día de clase en la escuela de Magisterio. El murmullo de la novedad se palpaba en el aula y la inquietud por la nueva “cara” nos tenía en un desasosiego tangible. Y por fin entró en clase.

Con escrutadora tranquilidad nos sentamos en las sillas formando un pequeño círculo alrededor de él. Después de unas acogedoras palabras de presentación nos habló del placer de la lectura y nos dijo “que la lectura es un acto creador casi tan importante como la propia escritura”. Entonces abrió un libro muy viejo que tenía en las manos desde que había entrado en el aula. Explicó que era una antología de poesía española que había comprado cuando era joven.

—¡Qué descuidado es! —dijo una compañera poco sensible.

Yo comenté que no, que un libro comprado en la adolescencia que había llegado a la madurez, aunque ya muy sobado, era símbolo de mucho trabajo y de un aprovechado uso por parte del dueño; era el espejo de un carácter lírico y cuidadosamente apasionado. Lentamente lo abrió y comenzó a recitar un poema de Don Denís, el rey del verso.

Todos quedamos sumergidos en un silencio y admiración evidentes. Hoy, en la distancia, pero no en el olvido, recuerdo que salí corriendo para comprar aquella antología. Aún la conservo.

Y cuando escribí mi primer poemario le pedí que me hiciera el prólogo, era lo justo.

Fueron unas palabras cordiales y muy acertadas, en un certero análisis de afecto y amistad.

Por eso mismo, querido Eduardo, en estos momentos en los que cuesta una enormidad levantarse cada mañana, y en los que el tren de la vida camina por una vía lenta y llena de obstáculos, quiero decirte aquellos versos míos que tú escogiste para el prólogo: que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía. Gracias, Eduardo.

LA FRUSTRACIÓN DE UN ESCRITOR

Un día de pérdida emocional paseando por un pueblo de la sierra madrileña me encontré a un hombre llamado Tomás, el cual habitaba una pequeña casa a los pies de una montaña y rodeado de un espeso bosque.

Desde que era un niño, Tomás experimentó una atracción especial por las historias, por las narraciones que podían capturar su alma y despertar sus emociones. Disfrutaba conversando con los habitantes del pueblo y escuchando sus historias, que él las convertía con suma precisión en cortos relatos con los que transmitir una amplia gama de emociones a sus futuros lectores. Una de las que más le emocionó fue la de un pastor analfabeto que quiso emular ―y lo logró― a Miguel Hernández cuando le contaron que desde un analfabetismo similar logró convertirse en uno de los poetas españoles de más renombre.

Sin embargo, cada vez que finalizaba una historia sentía una especie de pérdida: sentía que estaba perdiendo una parte de sí mismo. Al concluirla, como había invertido en ella tanto tiempo y esfuerzo parecía que desaparecía parte de su vida. Se sentía traicionado, se sentía un hombre abandonado porque cada historia terminada era un hijo perdido.

Tomás trabajaba en una fábrica, donde cientos de obreros producían en cadena millares de engranajes que se montaban del mismo modo cuando faltaba por enfermedad y era sustituido por otro trabajador. El resultado era exactamente el mismo. No se notaba su ausencia. Sus «sobresalientes» manipulaciones, imposibles de diferenciar formaban parte de una casi interminable cadena de ensamblajes de piezas perfectamente uniformadas.

Cada día que pasaba como un ser alienado, su alegría iba disminuyendo. Tomás anhelaba en lo profundo de su ser escribir un gran libro que le permitiera, con sus ganancias cruzar las montañas que le aprisionaban como si fuera Edmundo Dantes y viajar por todo el mundo.

Pero el libro no podía ser un libro cualquiera, no. Tenía que ser un libro con historias que pudieran reflejar la pasión, la integridad y la moderación del mundo que él soñaba gobernar. Aunque cada mañana se despertaba con la misma presión en el pecho, con la misma dosis de frustración como parte de su rutina diaria.

El día de su cumpleaños, que se sintió especialmente impulsado por un deseo más fuerte de cambio, decidió acercarse a un bosque cercano para caminar entre los árboles y escuchar la irrepetible música que componían las hojas secas cuando eran pisadas por sus aún vitales pies. Inesperadamente descubrió algo increíble: un diario olvidado en un lateral del camino que él recorría con tanta frecuencia. Lo cogió impulsivamente, como un niño las chuches en una tienda de caramelos. Las páginas, escritas con una letra del siglo pasado, contenían cuentos de viajeros y soñadores de principios del siglo XX. Movido por una exacerbada curiosidad, comenzó a leer el libro. Cada día, una historia. Todas diferentes.  

Experimentó tal emoción que, con una energía que no había sentido en años, tomó una decisión radical y tajante: dejaré mi fábrica, se dijo para sí.

Llenó la maleta de ropa vieja y sueños nuevos. Tomás viajó por todo el mundo. Conoció a gente de todas partes y de todos los colores: familias similares a la suya, personas solitarias, campesinos trabajadores, individuos violentos y algunos con los que fue imposible comunicarse.  

Entre ese variopinto mundo se encontró con una pintora que había abandonado su trabajo en la oficina y se había convertido en una brillantísima ilustradora. Conoció a un músico que interpretaba melodías en plazas de incontables ciudades y a un escritor de éxito que dejó también su trabajo después de mil dudas. Cientos de publicaciones vendidas. Cada historia que escribía mostraba una perspectiva diferente. Hablaban de la audacia, la longevidad, la persecución de los propios sueños o los arrebatos de una vida arruinada por la pereza.

Inspirado por todas esas experiencias, Tomás comenzó a escribir historias sobre su pasado. Fragmentos de su alma perdida, piezas que reflejaban las dudas que lo atormentaban desde hacía años, la envidia de una vida mejor, la soledad elegida pero tormentosa, sus conversaciones con la naturaleza y la posible inexistencia de Dios.

Cada vez que algo de su memoria lo impactaba, lo convertía en palabras.

Cuando Tomás, después de mucho tiempo, regresó a su pueblo, no era el mismo hombre confundido y vergonzoso. Se sintió realmente agradecido por todo, sabiendo que ese libro encontrado al azar en un camino perdido le dio las fuerzas suficientes para escuchar su propia voz.

Tomás, después de todo lo vivido, escribió un libro sobre la frustración humana. Escribió cómo la vida puede ser diferente. Nuestros sueños, decía, duermen en nuestro interior sin que los percibamos durante mucho tiempo, hasta que un desconocido detonante los despierta. Él encontró su mayor éxito en su dolor más íntimo: descubrió que la frustración a veces no es solo un muro insalvable, sino que también puede ser una inspiradora señal que ilumine ese camino que nunca nos atrevimos a transitar.