El amor imaginado tiene algo de refugio. En ese abrigo puede ser intenso, profundo, incomprendido, solitario… Sobre todo, no corre el riesgo de ser rechazado por esa mujer que se dibuja en bucle en mi memoria. Y así, sin darme cuenta, he ido acumulando inviernos. Unos, heredados de un torbellino emocional; otros, elegidos por mí sin darme cuenta. Hasta que llegó un día en el que aprendí a quedarme solo, sin el asedio de la pasión y de la necesidad de un cuerpo… No escribo estos versos para acusar a nadie de mis culpas, ni siquiera al muchacho poco sazonado que fui. Los escribo porque, al fin, empiezo a sospechar que incluso el invierno más largo contiene una pequeña grieta. Y en ocasiones basta una grieta para que el hielo empiece a fundirse.
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
CERCA
Mientras mi necesidad de vida se anega en falsos «me quieres» que el viento repite sin convicción, la sensación de tenerte cerca sana lentamente las heridas que aún me duelen. No necesito promesas ni palabras grandes: basta la tibieza de tu presencia. Porque hay heridas que no se curan con explicaciones, sino con la sencilla certeza de que alguien permanece a nuestro lado.
SOMOS
Estos poemas son una forma de permanecer un momento en silencio frente a lo que somos cuando nadie nos mira. Un lugar donde la memoria respira sin prisa y deja aparecer aquello que el ruido de los días suele ocultar. Tal vez escribir sea solo eso: detenerse un instante ante uno mismo y escuchar lo que queda cuando todo alrededor calla.
OJOS
A veces regresan sin nombre ni voz. Solo unos ojos que me miraron una vez y dejaron en mí una claridad imposible de borrar. Desde entonces viven en un rincón secreto de la memoria, como una lámpara que nunca termina de apagarse. No sé de dónde vienen cuando aparecen ni por qué vuelven en las noches más calladas. Tal vez los recuerdos caminan por dentro de nosotros como sueños que no han terminado de irse.
EL PLACER
Lo hacemos con ahínco, con denuedo, con tesón. Desde tiempos inmemoriales. Somos dos colosos frente a una muchedumbre hambrienta de fracasos. Nos miran extrañados por ello, como si fuéramos dos objetos en el museo de la efervescencia. Dicen que nunca lo alcanzaremos, que es más fácil obtener el goce emocional que el placer físico. Ante mi extrañeza me muestran fotos de rostros placenteros en grado sumo contemplando un paisaje. Les espeto que eso es fugaz, que tal visión es inmutable y que no responderá jamás a mis caricias. Las necesito. ¿Y eso es importante? Yo preciso saborear el contacto con la piel para saber que estoy vivo. No te debe extrañar. Si no me extraña. Lo que te vaticino es un invierno cubierto de llagas por un intempestivo frío que congelará las huellas de tus dedos para que no sientas los hirvientes latidos de mi pulso. Entonces, estaré muerto definitivamente. Al final, resucitarás. Confía en mí. Yo no te dejaré morir. No sé quién me habla. ¿Me oyes?
