«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

AMAR LA SOMBRA

Me censuraron hace unas semanas con muy mal gusto lo que escribí en un texto semejante a este. Me dijeron ―te escupo mi opinión, es lo que te mereces― que un hombre no habla o escribe de los senos de su amada ni en público ni en privado. Y muchas cosas más muy ofensivas. Me quedé pensativo y atribulado en un rincón de mi habitación. Me sentí culpable y afloró en mis manos el impulso bloguicida. Una lectora desconocida me comentó que hay personas que no entienden la creación literaria en forma de poema en prosa. Confunden al creador del texto ―tú― con el dueño/lector ―todos nosotros―. Tú escribes literatura, tú escribes literatura y punto. Al cerrar el correo, de pronto, una sombra se irguió delante de mí y me habló con voz sincera y sensual: No hagas caso a nadie. Mi cuerpo es para ti. Y cuando digo eso es para que tú hagas con él lo que quieras: amarlo, acariciarlo, describirlo o rechazarlo. Y se sentó en la cama con una sonrisa tan generosa que brotó como un milagro de la naturaleza en mi cuerpo un placer incombustible. Luego, cogí tu sombra de la mano, te sentaste primero en la cama, luego te acostaste e hicimos el amor de una manera que jamás había soñado. Cuando desperté, tenía una nota en el suelo que decía lo siguiente: la próxima vez que quieras experimentar lo que es el verdadero amor solamente tienes que llamarme. Y no fui capaz de encontrar la sombra que me había poseído en mis sueños. 

POR QUÉ ESCRIBO POEMAS EN PROSA

Escribo en poemas en prosa porque es en lo que mejor me escucho. No lo hago por compromiso ni por necesidad pública, sino por un placer íntimo, por esa sensación de reconocimiento que solo aparece cuando las palabras nacen en el formato en el que una parte de mí piensa, siente y recuerda. Escribo del mismo modo que leo: en silencio, sin prisas, como quien conversa consigo mismo sin esperar respuesta. La lengua me acompaña en ese espacio interior donde las emociones se guardan más de lo que se expresan, no por falta de intensidad, sino por exceso de cautela.

Siempre he sido una persona tímida. No una timidez de inseguridad constante, sino esa que observa antes de hablar, que prefiere el rincón tranquilo a la voz alta, que siente más de lo que dice. Y el poema en prosa, para mí, es ese rincón: un lugar donde las palabras pueden quedarse, reposar, no marcharse antes de tiempo. Muchas de las que escribo no han encontrado el momento adecuado para salir en otras formas. Se quedaron dentro por miedo a fracasar, a no ser comprendidas, a exponer lo que es profundamente personal: la soledad, el amor contenido, la frustración, la vergüenza, la desolación. En castellano, en cambio, se sienten a salvo.

Lo que escribo no nace de un dolor concreto, sino de una acumulación lenta de sentimientos. Son emociones pequeñas, cotidianas, a veces contradictorias, que se han ido instalando con el paso del tiempo. Y el poema en prosa me permite nombrarlas sin romper su delicado equilibrio. La soledad, aquí, no es abandono, sino elección parcial. Porque estar solo no significa estar vacío. Significa, muchas veces, estar acompañado de uno mismo, de los libros, de la memoria, de las palabras que aún no se han dicho. Y el poema en prosa es una de esas compañías silenciosas.

No pretendo explicar nada. Solo crear un espacio de sinceridad discreta. No hay grandes declaraciones ni gestos dramáticos. Hay silencios, dudas, miradas hacia dentro. Hay amor, pero no siempre correspondido. Hay deseos que no se cumplieron y otros que ni siquiera llegaron a formularse. Y siempre esa sensación de que hablar demasiado puede romper algo frágil. El poema en prosa me permite esa contención, esa manera de decir sin gritar.

Escribo poemas en prosa sabiendo que no todo el mundo se reconocerá en esta forma. Y está bien. No busco multitudes, sino lectores que entiendan que la vida emocional también se construye desde la reserva, desde la palabra que decide quedarse. Porque a veces, lo más verdadero es lo que nunca se fue. Y en mi caso, lo que nunca se fue el poema: la forma que me sostiene cuando escribo y que me devuelve, siempre, al lugar donde realmente estoy. 

NO HAY PAZ PARA MÍ

Lo que habita en mí no descansa. Es un vaciamiento lento del alma, un cansancio del espíritu que adopta formas grotescas y crueles. La angustia se disfraza, se burla, se arremolina como miedo persistente. Todo es congoja comprimida, inquietud repetida como cuentas de un rosario que no concede fe. Naufrago en un dulzor falso, en un desasosiego clínico, en una tristeza medida en dosis mínimas que no curan nada. Me hablan de descanso eterno, de paz, pero esa palabra no figura en mi vocabulario íntimo. Nunca supe cómo pronunciarla. 

POEMA EN PROSA INTRODUCTORIO

La noche que llevo dentro no llega con estrellas ni con luna: llega en silencio, con el peso frío de un abrigo que no encuentro. Es un cuarto sin ventanas donde mis pensamientos se vuelven faroles apagados; es la paciencia de un reloj que ha olvidado su tic, el rumor lento de la sangre que conoce atajos en la sombra.

Camina por mis venas como quien recita un poema en idioma ajeno: sabe de horarios, de despedidas, de nombres que ya no encajan en la boca. A veces se sienta en la orilla de mi lengua y me sopla las preguntas que nunca aprendí a responder; otras, se acuesta en mi pecho y me enseña a escuchar el latido como si fuese un mapa.

Hay en esa noche un país de pequeñas certezas: la lámpara que rehúso encender, la silla que siempre queda vacía, el olor a libro cerrado. Pero también hay feroces escondites: risas escondidas en un pliegue, una música que aparece al azar y me devuelve un instante que pensé perdido. No pretende destruirme: apenas ordena mis pensamientos en fila, les pide que se miren la cara y, si quieren, que se abracen.

Cuando aparece la mañana ―y a veces no aparece― la noche que llevo dentro no se va del todo; se queda como un huésped prudente que guarda mi abrigo y me deja salir con la promesa de volver. Y yo camino con ella, enseñándole las aceras, mostrándole la luz que conozco, aprendiendo a nombrarla sin pedir permiso para dormir.

ANSIEDAD

Estoy asfixiado por la ansiedad y mi viejo deseo de ti se ahoga en el mar con una mano vacía y otra llena de perversa fortaleza. Quiero que no me perforen los nervios, esos buriles de hierro que habitan en mi alma desde tiempos inmemoriales y que me clavan los sentidos en una romería de cuerpos desnudos y camas yermas que de nuevo se ahoga en el mar.