Quiero que me invites a un placer sin nombre, clandestino, de esos que no dejan huellas, pero abren mil puertas para que nuestros cuerpos pierdan el norte y suban, cegados, a una cima de goces invisibles. Y tú me repites que la delicia de esa gloria solo la conoceré contigo, que será un goce secreto, un pacto de piel y saliva. Mi fidelidad a la soledad es tan feroz, tan limpia, que no veo nunca el sol, que para mí siempre llueve. Y yo sigo aquí, empapado de espera.
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
NOCHE CERRADA
Es noche cerrada y no veo, como siempre, el camino que me lleva a ti. Siempre es de noche, siempre sin luz para que mis ojos se pierdan en un laberinto de soledades y no puedan mis labios besarte con la fuerza de mi sangre. Despierta, mujer, despierta, que la lluvia que estás viendo servirá de lecho cuando tú y yo seamos uno.
LLOVIENDO
Hoy la oscuridad es absoluta, como si el mundo se cerrase sobre sí mismo y solo quedase el ruido de la lluvia interior. Llueve en los recuerdos, en las preguntas sin respuesta, en las palabras que no encuentran salida. Pero, aun así, algo permanece encendido, pequeño y terco, como una luz que no sabe apagarse. La esperanza no hace ruido: aprende a quedarse, a respirar hondo, a esperar su momento. Sé que el día existe incluso cuando no se ve, porque ya ha vuelto otras veces. Cada nube lleva dentro el cansancio de tanta agua y también la promesa del cielo abierto. No es debilidad esperar, es una forma de valentía silenciosa. Sigo avanzando a paso lento, sosteniendo el corazón con las dos manos. La lluvia no dura para siempre, por más convincente que parezca hoy. Y cuando menos lo espere, me dicen, la luz encontrará el camino y el día despejará.
LA TIERRA
La tierra es recuerdo, es cuerpo, es lugar del que se viene y al que siempre se vuelve, aunque sea solo con la cabeza. Se mofan de mí porque hablo de las aldeas del pasado, de las aldeas que ya no existen, de las que quedaron a medio camino entre la memoria y el abandono. Hablo con cariño, pero también con dolor, porque querer algo no implica cegarse. Y yo estoy ciego.
LOS SILENCIOS
Me duelen los silencios que no sé romper y me duele el alma, cansada de querer a medias. Camino por su interior con cuidado, como quien pisa un suelo frágil para no volver a caer. No es que falte amor, es que sobra desgaste y ya no queda fuerza para fingir. A veces, sentir pesa más que callar, y el «no» se vuelve un acto de honestidad. Descansar también es una forma de seguir vivo por dentro. Hoy me quedo aquí, en calma, cuidando lo poco que aún siento.
