«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

MI VOZ EN SILENCIO

No quiero ser un grito ni un canto. Quiero ser sombra tranquila, presencia que permanece cuando todos se han ido. Escribo sin retorno, como quien guarda una carta que nunca será enviada. Por la noche camino por mi casa como por un libro cerrado, y cada habitación es un recuerdo que respira. El silencio no está vacío, está lleno de nombres, de pasos que ya no vuelven, de palabras que no llegaron a decirse. Mi voz en silencio es solo esto: convertir la ausencia en algo que permanezca. 

Y DALE

Circunloquio de la necedad. Me dices que soy una auténtica mentira. Que he reconstruido un pasado sobre unos cimientos inexistentes. Me dices que yo no tengo ninguna credibilidad, que soy un despojo de un residuo de hemética pasividad. ¿Recuerdas cuando te pedía un compromiso, un simple compromiso? Y tú lo convertiste, influido por esa «magna familia» que presidía todos tus actos, en una exigencia de altar y alianza. ¿Cuántas veces te dije, sincera como el cristalino, que eso era una patraña? ¿Cuántas veces te escribí ríos de tinta argumentando que toda relación debía avanzar para no pudrirse como un charco de aguas estancadas? Y tú, dale que dale, que no te querías comprometer lo más mínimo, que tu libertad era intocable. ¿Recuerdas tus últimas palabras? Las relaciones precipitadas mueren sin remisión. ¿Quién dijo eso?, te espeté. Y tú guardaste silencio. No. Perdón. Repetiste lo de siempre. Y dale, te dije. 

LA PRIMERA NOCHE

Aún recuerdo el dolor que sentí la primera noche sin ti. El vacío existencial y emotivo que ardió en mi interior ha dejado en mis labios secuelas de las que me ha sido imposible reponerme. Fue a traición. ¿Y hablas tú de traición? Una tarde en la que no había nubarrones entre los dos. Una tarde en la que el sosiego presidía mis actos. Una tarde en la que experimenté por primera vez lo que era decirte llanamente la verdad. Una tarde en la que no había influencias perversas y nocivas en mi entorno. Una tarde en la que no había palabras de terceros. Una… Y llegó la noche. Y yo vulnerable. Enquistado en tu recuerdo. Con sangre en lugar de lágrimas. Y un rosario de reproches en mi conciencia. Y un cilicio de verdades en la memoria. Y, por tu parte, eres un mentiroso. 

EL SEXO

El sexo, cuando arde despacio y se deja crecer, no es solo un encuentro: es una tensión que se estira entre dos cuerpos que ya se han elegido antes de tocarse. Hay algo eléctrico en esa cercanía, en la forma en que la piel anticipa lo que vendrá, en cómo una mirada puede recorrer más que unas manos. Y cuando por fin sucede, no estalla, sino que se desliza, se enrosca, se construye como un fuego que sabe durar.

Acercarse a la mujer en ese territorio es entrar en un ritmo que no se domina, que se sigue. Es aprender a leer sus pausas, la forma en que su cuerpo responde, cómo se abre y se repliega como una respiración viva. No hay prisa, porque el placer se espesa cuando se alarga, cuando se roza lo suficiente para que cada instante pese más. Y en ese juego, uno deja de ser uno mismo para convertirse en parte de un pulso compartido.

Todo tiene música ahí dentro: el movimiento, la tensión, la forma en que el deseo sube y baja como una marea cálida. El sexo no es solo placer, es una especie de vértigo suave que conecta con algo antiguo, algo que empuja desde dentro con insistencia. Y cuando termina —si es que realmente termina— queda esa sensación suspendida, como si el tiempo hubiera respirado más hondo, como si por un instante la vida hubiera marcado su ritmo con el cuerpo. 

EL DÍA QUE OLVIDE TU NOMBRE

El día que olvide tu nombre me tendré que empezar a preocupar. Habita en mí desde mi adolescencia. Se fundió con mi piel en una unión que parecía, por entonces, imperecedera, pero mi inmadurez y mi pusilanimidad la redujeron a cenizas. Yo me empeño en hablar de adolescencia, pero que un «significativo» profesor de Filosofía habló muy claro aquel día en el que, nefasta coincidencia, tú me dijiste que lo nuestro era todo pasado y que no tenía, por mi culpa, nada de futuro. Los jóvenes de hoy en día vivís en una continua tardoinfancia. ¡Cuánta razón en esta pequeña frase! Podré olvidar mi lugar de trabajo, mi libro favorito, las canciones de Enrique Urquijo, el pulso de mi sombría vida, hablar de pacatos sentimientos, explicar determinado tema en un aula, el sangrado anímico de todas las noches y esa trasnochadora y diaria embriaguez con una foto que guardo como oro en paño. Podré… pero el día que olvide tu nombre dejaré de tener una razón para vivir.