He tenido un mal sueño. Rompía todas tus fotos, todas tus cartas, todas tus canciones, todos tus recuerdos. Y me despertaba vacío de memoria, como un pobre anciano, tras decenas de años vividos en ausencia de ti, con las manos llenas de lágrimas. Era incapaz de incorporarme en la cama. Tu ausencia pesaba como un cuerpo muerto. Pero lo intenté de nuevo. Por ti lucho hasta la extenuación, gritaba en mi soledad desesperada. En mis sueños, tu rostro mostraba una sonrisa amarilla, de tiempos remotos, aquellos tiempos en los que tú y yo fuimos felices. Te equivocas, José María, te equivocas. Nunca fuimos felices. Nunca estuviste a mi lado. Vivimos una hermosa historia, pero desde el minuto uno sabía que lo nuestro era imposible. ¿Y me lo dices ahora? Nunca quisiste afrontar la verdad. Esa ha sido tu vida: una huida constante. Y sigues huyendo. ¡Cómo me conoces! Y no te veo desde hace…
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
DESDE QUE NO HABLAMOS
se han tornado en bisiestos todos los años.
Desde que no hablamos se han entumecido mis sentimientos como si hubiera ejecutado una pirueta emocional alardeando de una seguridad que no habita en mí desde que me dejaste.
Desde que no hablamos los subterfugios de la inmisericordia me escupen culpas y responsabilidades que, por mi carácter pusilánime, ya no sé cómo asumir.
Desde que no hablamos un ángel caído nocturno me invita a una ceremonia de placeres solitarios que hieren como alimañas, y que me enredan en un egoísmo onírico que coloca mi alborozo en una añoranza tan punzante que me impide actuar con generosidad.
Entonces, en mi circunstancia ególatra, volátil y nada elegante, tú sonríes, arropas mi mano y me cubres de besos inexistentes. Y me duermo acunado por una lacerante ingratitud.
MIL DERROTAS Y UN TRIUNFO
Con la voz vencida por mil pretéritas leyendas con moldes de derrota y el aliento quebrado por esta enésima ilusión, he alzado la vista ante ti, y la unción con tu estrella ha esculpido en mi nueva primavera un sinfín de ilusiones, un sinfín de nuevas letras, que espero algún día los dos fundamos en una faz sin tinieblas y con los cuerpos desnudos.
LA INSPIRACIÓN
Nuestro escritor se despertó en una realidad metaliteraria. Estaba enmarañado en una red de ficción y verdad. Palpó el lado derecho de su cama y notó que estaba caliente y que conservaba la forma de un cuerpo humano. Acercó su nariz y percibió un aroma a cuerpo femenino que le embaucó por unos segundos en un alumbramiento casi salvaje. Le volvió su inherente concepto de la culpa, pero su frágil voluntad hizo que se enredara en un bucle de recuerdos y soledades. Se levantó estimulado por un hechicero olor a café. ¿Quién lo ha preparado?, se preguntó entre la sorpresa y el temor. Lleno de curiosidad se acercó a la cocina y allí vio dos tazas: una sucia por un uso reciente y otra limpia y preparada para él. Imaginó que todo había sido obra de la mujer que lo visitó ayer. Con lo cual tengo razón y esa mujer existe, dedujo abducido por el aroma del café. Se sirvió tres cuartas partes de la taza y dos dedos de leche. Un primero sorbo prolongado le supo a gloria, cerró los ojos y experimentó placenteramente el despertar de sus neuronas. Tuvo la tentación de encender un cigarro. No puedo caer en el vicio que tanto me costó dejar. Aquí sí obtuvo un rotundo éxito. Está concienzudamente convencido de que sigue siendo un fumador que no consume tabaco. Se tomó el pulso. Lo tenía extrañamente acelerado. Mil proyectos en la mente y un documento en blanco. Tornó a su estudio y se sentó frente al ordenador, su potro de tortura. Una mirada a la pantalla y otra historia más evaporada. ¿Cuándo se acabará esta deshidratación creativa enquistada? De nuevo el acechante ordenador se abre ante él. ¿Qué hacer?, pensó. Volver al camino, aunque sangren las yemas de los dedos. Y se puso en disposición de darle vida al deshabitado documento en blanco. Alguien, en una ensoñación real, le susurró una palabra al oído y no supo seguir.
UNA BARRIGA CERVECERA
Defensa de la barriga cervecera atacando a los que teniéndola se burlan de mí.
Decís muchas cosas de mi barriga, con esa facilidad que da hablar de lo ajeno cuando el juicio va justo de equipaje. Os recreáis señalando, ampliando el defecto como si fuera una hazaña, y sin embargo pasáis de largo ante lo evidente: lo vuestro también está ahí, bien alimentado, cuidadosamente disimulado bajo capas de excusas y posturas estudiadas. Tenéis el espejo delante, pero preferís usarlo como decoración. Cada cual se vende como delgado por convicción, mientras esconde su pequeño tonel con una dignidad bastante frágil.
La diferencia es sencilla y, a estas alturas, casi elegante: la mía no se esconde. Se presenta sin rodeos, sin esa hipocresía tan trabajada que os gusta cultivar. Es redonda, sí, pero también honesta; fruto de momentos disfrutados y no de negaciones impostadas. En cambio, la vuestra vive en ese terreno incómodo entre la envidia y la negación: ni se permite el placer ni tiene el valor de admitirlo. Una especie de virtud fantasma que se desvanece en cuanto aparece una copa y deja al descubierto todo el teatro.
Así que quizá convendría bajar un poco el tono. Porque al final, expuesta al sol y sin disfraces, mi barriga tiene algo que la vuestra no alcanza: coherencia. Y, sobre todo, una tranquilidad que no depende de fingir hambre para parecer mejor.
