«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

OTRA BARRIGA CERVECERA

En defensa de la barriga cervecera con un ataque a los que se burlan de mí.

Tengo barriga, sí, y no es ningún accidente ni descuido vergonzoso. Está ahí porque ha sido cultivada con constancia, con devoción casi artística, a base de brindar, repetir y celebrar. Nada de esa pereza que tanto os gusta imaginar ni de excesos grotescos; lo mío tiene más que ver con una fidelidad alegre a la espuma y al momento compartido. Mientras otros se empeñan en comprimirse en moldes estrechos, tensando el vientre como si la vida fuera una competición de sequedad, yo llevo esta curva con cierta dignidad, como quien acepta que la cebada también deja huella… y qué huella.

Porque no, no es una simple panza. Es más bien una especie de archivo viviente, un escudo dorado donde han quedado registradas las pequeñas victorias de cada ronda, cada charla larga, cada risa que se alargó más de la cuenta. Y ahí sigue, resistiendo al tiempo con una serenidad que ya quisieran muchos. Así que adelante, criticad si queréis, vosotros, los enjutos, los disciplinados hasta el bostezo. Contad vuestra historia de privaciones. Yo, mientras tanto, me permito el lujo de reír sin prisa, con amplitud… y de seguir brindando por esta gloriosa redondez.

MI POESÍA Y OLALLA

En 1995, cuando publiqué el libro de poemas De donde nace mi voz, de tono muy personal, era un no tan joven aprendiz de poeta. Tan desconocido como en la actualidad. El poeta José Félix Olalla tuvo la generosidad de escribir el prólogo de mi libro. Yo era entonces otra persona, o quizá la misma con muchos menos años, menos lecturas y menos conciencia del tiempo, pero igual de tímido y reservado. Él ya era por entonces un poeta con voz propia y con un camino recorrido. Autor de varios poemarios como Ciudad pasajera, que fue reconocido por su calidad nada más ser publicado en 1981.  Luego vinieron, entre otros, Los pies del mensajero, Después de nosotros o, el último creo, Más amor si más hubiera. Aun así, aceptó acompañar aquellos poemas míos con sus palabras, como quien se detiene un momento a iluminar el comienzo del camino de otro.

Con los años he comprendido mejor lo que significa ese gesto. Un prólogo no es solo un texto que abre un libro: es también una forma de confianza, una manera de prestar la propia voz para que otro empiece a encontrar la suya en la intemperie de la página.

Ahora, mientras reviso, ordeno y rehago muchos años de mi propia poesía, vuelvo también a aquellas palabras suyas. Y desde esta distancia, que ya no es solo de tiempo sino también de vida y de escritura, todo adquiere un significado más hondo. Hay gestos cuya verdadera dimensión solo aparece cuando los años han pasado y uno mira hacia atrás con otra luz.

Quiero dejar aquí ese prólogo como quien abre una puerta antigua, con respeto, con memoria y con una gratitud que el tiempo no ha hecho sino agrandar.

ANTES DE CRUZAR EL PÓRTICO (JOSÉ FÉLIX OLALLA)

Si tomáramos la vieja comparación de la vida humana con el curso de los ríos, el mero título de este libro haría referencia a las fuentes, a la roca madre a partir de la cual brota el manantial y por eso, igual que ocurre en los hontanares, los poemas aquí se acortan y los versos adelgazan bruscamente en la agilidad de las torrenteras. Lo que se quiere decir se dirá en adelante sólo con pinceladas, con los trazos esenciales que no se vierten en otros cauces más anchos, propios de un estado anímico diferente.

De donde nace mi voz es el segundo eslabón en la cadena literaria de José María Máiz Togores, maestro y licenciado en Filología Hispánica, que tiene el privilegio de poder trabajar en una tarea vinculada directamente a su pasión por las letras. Hace un año apareció en Madrid su primer libro Ya no es duda en un registro diverso de1 actual como si pretendiera antes que nada liberar las urgencias de un corazón abatido y como si ahora se retomase tranquilamente los pasos por el principio.

Así, antes de empezar hay que atravesar un pórtico, una poética que Máiz escribe como aviso para caminantes, innecesario quizá para los más atentos, pero esclarecedor para los que no leyeron su obra anterior.

Con leves y significativas diferencias, el asunto de este pórtico se repetirá en el poema La historia de mi vida y mediante una superposición comprenderemos que el anhelo por un texto perfecto (vida literaria) es equivalente al anhelo por una mirada (vida real) y que la necesidad de escribir lo es al llanto o tal vez a la devoción, pues la naturaleza del artista participa seguramente de los dos materiales. Del valor simbólico de la mirada, como pequeño vestigio de «eros» volverá a hablarse en el poema Pasado y presente y de los otros atributos por los que también se da a conocer el amor (la voz, el nombre, la piel) se dará cuenta en otros lugares.

Ahí, en la página de arranque, están las que Máiz denomina sus tres ideas básicas: la existencia, el amor y la soledad, que, en el retiro de su habitación, a través de la tarea del orfebre, irán encontrando su síntesis. Pero como ya ocurría en su libro anterior, será la noche el asunto recurrente. La noche porque quizá en ella, liberado ya del trabajo y de las tareas que diariamente le reclaman, José María encuentra la soledad para reflexionar, el amor para soñar y la existencia para poder ser. Si los sentidos permanecen abiertos y se sobreponen al cansancio, Máiz sabe que es en la noche por dentro donde podrá buscar la plenitud de sus tres dimensiones.

Por consiguiente, nos encontramos con una colección de poemas cortos que a veces se aproximan al haiku constituidos acaso por una sola frase ―véanse los poemas Invitación o Si la rosa― o por dos oraciones brillantes, contrapuestas, con la rima apuntada, como sucede en los poemas titulados Incienso o Declaración. Todos ellos están escritos con un mismo tono emocional que da unidad al libro y que sin duda es testimonio de un período concreto, con perfiles notablemente marcados, en la evolución de Máiz Togores.

Educadamente, yo diría que tímidamente, restalla a veces un tono delicado de queja, como un corto lamento, un poco a la manera de la malograda poetisa italiana Antonia Pozzi: Estoy en desventaja con el mundo ―dirá Máiz― y en otro lugar, cuando el amanecer no haya resuelto la carga pesada del insomnio, se escribirá en voz alta: Todo es confuso. Sin embargo, también se afirmará en tono de proclama quiero ser feliz en este lado de la tierra, pero su optimismo será circunstancial.

Porque en este libro no se quiere ocultar al yo personal, sino transparentarlo, medirme cara a cara con la pluma que escribe mi historia, en un combate sin refugios, aunque estos sean legítimos y hasta convenientes en la creación literaria. Fue Gerardo Diego quien explicó que la función social del poeta consistía precisamente en interpretar para los demás el ser profundo, el núcleo medular de la existencia. Fueron muchos los que hablaron entonces de la generosidad y hasta de la desnudez del artista y otros los que acentuaron la necesidad de escribir para atenuar el curso del tiempo.

Aunque Máiz ha pretendido siempre elaborar una poesía pura, ajena a modos literarios y desprovista de referencias culturales, en este libro se incluyen ―lo que es novedad― dos poemas de asunto mitológico dedicados a dos conspicuas ninfas perseguidas por Apolo; Dafne, metamorfoseada en Laurel, y Castalia, ahogada en la fuente a la que dio nombre. Ninguno de estos dos poemas escapará no obstante de la referencia personal. Y en el caso del segundo no lo será por la búsqueda de inspiración (a la fuente del Parnaso iban los poetas a beber) sino más bien por la pulsión primitiva del hijo de Zeus.

En fin, terminada esta frugal refección, atadas las sandalias y prieto el bordón del peregrino, dispongámonos a atravesar ya el pórtico de donde nace la voz clara de este poeta compostelano. (José Félix Olalla) 

VERSOS SILENTES

Hay versos que viven en la penumbra de mi garganta, como huéspedes tímidos que rehúyen la luz. No son cobardes, no. Son versos que aprendieron a respirar en silencio, que se tejieron con hilos de pudor y de miedo, con la tinta invisible de lo que nunca se atrevió a ser confesado.

Los escribí en márgenes de agendas olvidadas, en servilletas arrugadas, en el vaho de los espejos. Algunos hablaban de ti, otros de mí, y los más valientes hablaban de nosotros, de lo que fuimos sin ser. Pero nunca los pronuncié. Porque decirlos era invocar un temblor, una grieta, una verdad que no sabía si quería escuchar.

A veces los siento agitarse, como pájaros encerrados en el pecho. Me piden vuelo, me piden voz. Y yo los miro, los acaricio con el pensamiento, les prometo que algún día… algún día serán aire.

Pero hoy siguen siendo eso: versos que nunca dije en voz alta. Y sin embargo, me habitan. 

EL CUARTO VIRGEN

Escribo estas palabras como quien deja una luz encendida en un cuarto donde nadie ha entrado todavía, pero que yo sé que tú algún día llegarás. No sé si reconocerás la voz que te habla, ni sé si te resultará familiar este tono con mezcla de recuerdo y deseo, pero algo en mí insiste en que mis cartas no necesitan remitente para encontrar su destino. Hay nombres que abren puertas, y el tuyo siempre me ha sonado a llave antigua que entra en cerraduras que no recordaba tener. Hay días en los que pienso que el mundo se mueve demasiado rápido, y que sólo la escritura conserva la capacidad de detener el tiempo. Por eso te escribo: porque tú, sin saberlo, te has convertido en una especie de refugio, un lugar donde reposar el pensamiento cuando el ruido de fuera daña más de lo que debería. Quizá porque tu nombre lleva dentro esa resonancia antigua, esa raíz nórdica que habla de cosas sagradas, de fuerza silenciosa, de algo que permanece cuando todo lo demás pasa. Y hoy quiero dedicarte también un poema, no para que lo interpretes, no, sino para que lo lleves contigo, como quien lleva una piedra caliente en el bolsillo durante todo el invierno. 

CARBALLEIRA

Pienso en voz alta mientras avanzo por un camino de esta carballeira que echaba de menos. A veces lo que surge es prosa que busca un ritmo más que una conclusión; otras, preguntas que permanecen abiertas como claros en el bosque. No quiero enseñar nada, ni convencer a nadie. Quiero compartir este proceso mínimo: el gesto humilde de nombrar para que no desaparezca, de escribir para que lo vivido no se diluya sin dejar rastro. Y cuando llego al final del sendero —o quizá a su comienzo— siento que algo ha sido dicho, aunque no sepa exactamente qué. Me acompaña el olor de la tierra mojada, el crujir de las hojas bajo los pies, esa calma que no resuelve nada y, sin embargo, lo sostiene todo. Sé que mañana el tiempo volverá a apremiarme, que el ruido regresará con su insistencia habitual, pero también sé que esta carballeira permanece aquí, aguardándome.