Se esconde en los poros de mi piel, en los pliegues de la memoria, en la respiración lenta de las madrugadas, en los objetos que nadie se atreve a mover. Se queda viviendo en cosas pequeñas: una palabra que todavía pronuncio en silencio, una canción que ya no escucho, la forma exacta en que tu nombre se acomodaba dentro de mi boca. El nosotros, sin embargo, no sobrevivió. Quedan fragmentos. Restos diminutos como polvo sobre la piel. Pedazos de una historia que ahora caminan separados, como dos sombras que alguna vez fueron una sola. Y aquí estoy. Habitando este cuerpo que todavía sabe cómo quererte, aunque ya no tenga dónde hacerlo. A veces me pregunto si el amor termina realmente o si simplemente aprende otra manera de quedarse solo.
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
MI MANO
Mi memoria recuerda lo que el amor olvida. Por eso algunas noches me despierto con la sensación de que todavía estás aquí. No en la habitación de aquel sudado hotel que ya aprendió a pronunciar mi nombre sin testigos, sino en una parte más profunda, en ese lugar donde la piel guarda las antiguas costumbres. Hay gestos que sobreviven a la despedida. Mi mano sabe que el espacio que antes ocupabas se ha vuelto un territorio sin dueño. No entiende de finales. Solo avanza, con la paciencia ciega de quien ha amado demasiado tiempo. A veces pienso que el amor no desaparece. Simplemente cambia de lugar.
DESNUDO
Desnudo de todo me presento ante ti. Mejor dicho, ante tu recuerdo. Ese reptil venenoso que adula mi memoria con un jolgorio inhumano de lascivas soledades. Tiembla todo mi cuerpo en una obscena negligencia. Recorro de pensamiento toda tu epidermis y vuelvo a temblar, en esta ocasión con más intensidad. Cada poro de tu piel es un libertino dolor que me devora en esta soledad elegida por mí. ¿Lo ves? Recuerdo que me dijiste el primer día que nos vimos al demostrarme que tu cuerpo tenía una piel de seda. Y el último. La segunda vez quise, con la torpeza del niño que intenta montar su juguete el día de su cumpleaños, recuperarte sin apenas esfuerzo emocional. Y tú, en el umbral de la puerta, te diste media vuelta y hasta hoy. No. Hasta nunca, me sentenciaste.
HERIDA
Sorda. Sí. Así es. No se oye. No se ve. Pero se siente. Es profunda como una sima oceánica. El dolor rezuma como la lava de un volcán destruye cuanto inunda. Es intenso. Como una plaga castiga la inocencia y deambula por mi interior cual fantasma con esputos en el alma. Este salivazo emocional me prostituye los sentidos y me deja exhausto tras leer tus ojos. Sí, esos que se clavan en mi corazón indolente con la búsqueda de una mujer que me abrace con sangre de sinfónico placer.
QUINCE AÑOS
Durante mi primera adolescencia fui feliz y entonces no lo sabía. La culpa —o el milagro— fue de una chica que todavía recuerdo. No sé si ella llegó a entender el efecto que producía al acercarse, al reír, al mirarme como si el mundo fuera algo sencillo que se podía compartir. Fue ella quien me espabiló. Quien me sacó del rincón tímido donde los muchachos suelen esconderse cuando el cuerpo empieza a cambiar y todo parece demasiado nuevo. A su lado el miedo no tenía demasiado espacio. Las palabras salían con una naturalidad que después tardaría años en volver a encontrar. Yo hablaba, caminaba, incluso soñaba con una ligereza que ahora me parece casi irreal. No ocurrió nada extraordinario. No hubo grandes promesas ni gestos memorables. Solo la sensación limpia de que una chica podía mirarme y encontrar en mí algo suficiente. Y así descubrimos nuestros cuerpos, con una lentitud deliberada, desde los labios hasta la perdición. Y durante un tiempo, breve y luminoso, yo también lo creí.
