Como una promesa que se deshace en el aire, entré en el bosque de los cuerpos sin nombre, donde los árboles latían como venas abiertas y los pájaros cantaban en idiomas que solo la piel entiende. La noche mojaba mis hombros con una lengua de niebla y sal, y cada estrella era un ojo que me desnudaba sin juicio, sin tiempo, sin moral. Caminaba por un río de espejos, donde cada reflejo era una versión distinta de mí: una mujer de fuego, un hombre hecho de arena, un animal que respira por entre los dedos. Las manos que me tocaban no tenían dueña, eran viento, eran deseo, eran recuerdos de otros cuerpos que nunca viví. Y yo me dejaba llevar, como quien se entrega a un sueño que sabe que es mentira, pero que sabe mejor que verdad. La piel, desnuda, era un altar donde se ofrecían los silencios, los latidos, los escalofríos que nacen entre la clavícula y el abismo. Una boca sin rostro murmuraba versos en mi oído izquierdo, mientras el derecho escuchaba al mar hacer el amor con las rocas. Y yo, desnudo, sin nombre, sin historia, era solo carne que piensa, pensamiento que arden, ardor que se expande como tinta en un lienzo húmedo. En el centro del mundo había un corazón hecho de fuego y miel, y allí, entre sus latidos, descubrí que el placer es también una forma de oración, que el cuerpo es templo, y que la piel, desnuda, es la única verdad que nunca miente. (Enviado a una revista literaria (Rechazada su publicación)
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
NOCHE DE MANOS ABIERTAS
En una noche de manos abiertas te pedí que regresara nuestro tiempo, aquel de aguas calientes, cuerpos desnudos y hermosos sueños. Entonces palpé como un ciego nuestro último invierno, y como piedras que lapidaban una vieja historia tuve que recoger del suelo una cantidad ingente de dañadas estrellas.
ESTOY PERDIDO
Estoy perdido. Me dicen que siga escribiendo, pero mi anhelo bucea por un océano repleto de pirámides y de lechos mortuorios. En uno de ellos leo que ha desparecido mi literatura, que la ha devorado un gran tiburón blanco que está recubriendo el fondo marino con poemas firmados por mí, un tal José María Máiz Togores.
Estoy perdido. Despierto del sueño y no me encuentro. Sigo perdido. No en un bosque de palabras, ni en una ciudad extranjera, ni en una despoblada aldea gallega, sino en el pasillo sin paredes donde mis palabras se desvanecen antes de tocar el papel. Me dicen los maledicentes, que son mayoría, que ya no soy capaz de asentarlas en un poema.
Estoy perdido. Escribo como quien lanza piedras al agua esperando que alguna flote. Imposible. Son tan densas que el volumen de agua que desplazan por su interior no pesa lo suficiente para contrarrestar mi propio peso, y por eso se hunden, por eso me hunden.
Esto es lo que te ocurre a ti cuando escribes, sentencia una meiga a la que he acudido menesteroso y angustiado. Cada línea pesa más que tu propia vida y sucumbes con una sonrisa en los labios que se ha bebido toda el agua del planeta.
Estoy perdido. No hay mapa, ni brújula, ni voz que me indique por dónde se llega a mí, por dónde empezar a escribir. A veces, en sueños, creo que lo hago para encontrarme. Otras, para no desaparecer del todo.
Pero hay días en que la tinta se vuelve niebla, y cada frase es un eco que no me reconoce. Entonces, lloro porque me ha traicionado mi espacio, porque ya nadie me puede localizar.
Estoy perdido. Me pregunto si la causa de mi fracaso literario está en el acto mismo de no escribir. Me produce un placer a veces incalificable el simple acto de sostener una pluma sin usarla, porque es una manera de estar presente y disfrutar de un momento sin una exigencia literaria.
Estoy perdido porque en el temblor de la mano, en el suspiro que se cuela entre dos versos, en el intento de nombrar lo innombrable encuentro un paisaje desértico en el que habito desde hace un tiempo.
Estoy perdido. Quizás escribir no sea llegar, sino quedarse. Quedarse en el borde de la vida, en el umbral, en ese lugar donde el sentido aún no ha nacido, pero ya respira.
Estoy perdido, sí. Pero en esta pérdida hay una música que no cesa. Una melodía que me empuja a seguir escribiendo, aunque no sepa para quién, aunque no sepa por qué, aunque no sepa si alguna vez podré enlazar dos frases seguidas porque no sé si este hilo es mío, porque no sé si a ti te interesa lo que escribo. Sí. Estoy perdido.
MI ANSIEDAD
Vivo estrangulado por la ansiedad, como si el aire se negara a entrar del todo. Dentro de mí, el deseo se contradice: una parte se marcha con las manos vacías, la otra se queda aferrada a una fuerza aprendida a base de resistencia. Solo pido que cesen los punzones, esos nervios afilados que desde hace siglos se alojan en mi alma y atraviesan mis sentidos sin pedir permiso. Me recorren como una procesión errante de cuerpos sin abrigo, de camas abandonadas, de espacios donde ya no existe la palabra hogar.
UNA CALLE DE MADRID
Camino por una calle que no existe en este Madrid mojado. Es mi forma de pensar en ella sin romperme. Cada paso trae una pregunta que no sé contestar. La tristeza siempre llega primero, como una sombra que se adelanta. Es la tristeza de lo que no fue, de lo que callé, de lo que ya no tendrá lugar. Pero luego, sin avisar, aparece una alegría pequeña: imaginar su sonrisa, recordar un gesto que quizá inventé, una mirada que tal vez nunca ocurrió. Y esa chispa mínima, esa luz que dura un instante, me basta para seguir caminando.
