«SONMEIGO» (JMMT)

CAPÍTULO XXXVIII DE ‘HATROZ’.- LA SERVILLETA

Rafo llegó tarde, como casi siempre. No pidió perdón ni dio explicaciones. Se sentó, dejó el tabaco sobre la mesa, después el móvil y me miró como si la conversación hubiera empezado el día anterior y no hiciera falta ningún saludo. Rafo, desde que nació, siempre quiso ser el centro de atención. La realidad es muy distinta y lo ha ido colocando en su sitio.

—¿Qué has escrito esta vez? —preguntó mientras hacía una seña al camarero como queriendo decir «lo de siempre».

—Lo de Galicia. Y lo de Ana, que me ha sorprendido muchísimo.

Rafo hizo un gesto ambiguo, entre la aprobación y el fastidio, entre el aburrimiento ―¡otra vez lo mismo!― y la falta de novedades.

—Siempre escribes lo que te conviene. Lo que queda bien. Lo que parece literatura. Lo que a ti te gusta. Además, lo haces como a ti te da la gana.

—Yo escribo lo que tú me cuentas, dije muy sorprendido.

—No. Tú escribes lo que quieres que yo haya vivido. Y mi vida tiene muchos claroscuros que te los «has fumado».

El camarero dejó dos cervezas y un cuenco pequeño con aceitunas. Rafo cogió una, la miró como si fuera un objeto filosófico y se la llevó a la boca con parsimonia. Puso mala cara y la escupió al plato que soportaba el cuenco.

—Te estás quedando con mi vida —dijo de repente—. Te estás quedando con mis recuerdos. Y además los estás ordenando. Eso es lo peor. Te dije desde el principio que no quería orden.

—Alguien tendrá que ordenarlos. Me lo ha dicho mil veces tu editora.

—Mi vida no tuvo ―ni tiene― orden. Mi vida tiene un desorden aburrido y caprichoso y la editora no puede imponerme su criterio.

—El libro sí lo necesita.

Sufrí la mirada de Rafo que pasó de ser limpia y brillante a una expresión oscura, endurecida y casi demoníaca. Luego sonrió con una ironía que yo ya conocía muy bien. Guardó silencio unos segundos, carraspeó y no se frenó en nada.

—Ahí está el problema. Que quieres que mi vida tenga sentido porque te sale de las narices. Como tú eres muy ordenado, me quieres ordenar a mí y eso no se lo aguanto a nadie.

Se hizo un silencio breve, pero incómodo. De esos silencios que no son descanso, sino espera.

—Has quitado cosas —continuó Rafo—. Cosas importantes. Momentos oscuros de mi vida que quería que contaras. Y tú los has desechado como cuando antes se tiraba una colilla por la ventanilla del coche, hubiera campo o no.

—También he quitado cosas que no le importan a nadie. Lo tengo clarísimo.

—A ti no te importan. A mí sí. Y te debería bastar. El que te dio un anticipo fui yo.

—Otra vez la maldita pasta, joder. Si contáramos todo, el libro tendría tres mil páginas.

—Pues tres mil páginas.

—La editora te mata y no te leería nadie.

—Eso me importa un carajo porque sería mi libro.

—Pero ten en cuenta que, aunque no te guste, la editorial pone un dinero del que le gustaría recuperar algo.

Rafo salió sin decir nada, como siempre, a fumar un cigarro en la calle. Le importó un carajo que yo me quedara con la palabra en la boca. Él quería que ese cigarro estuviera marcando el ritmo de la discusión.

—Siempre la editora, siempre los lectores, siempre el mercado, siempre la estructura. ¿Y yo? ¿Dónde quedo yo?

—Tú estás en todo el libro.

—No. Estoy en tu versión de mí.

Bebí un trago largo de cerveza. Sabía que aquella conversación ya la habíamos tenido otras veces, pero nunca con ese tono. Esta vez Rafo parecía más cansado que enfadado.

—Te voy a decir una cosa —continuó Rafo—. Yo no quería escribir un libro. Yo quería recordar. Los libros, después de los fracasos que he tenido con la poesía, no me importan nada. Quería uno que fuera mío.

—Pues eso estamos haciendo.

—No. Recordar es desordenado. Es injusto. Es caprichoso. Son verdades a medias. Es repetir siempre las mismas historias y olvidar las importantes. Lo que tú haces es otra cosa.

—¿El qué?

—Ponerme un final. Tú quieres liquidarme. Y antes, desaparezco.

Yo no respondí a tal sentencia. Rafo con un gesto lento volvió a coger una aceituna y en esta ocasión la masticó y se la tragó.

—Ves, eso hago yo contigo como me sigas tocando las narices.

—No te comprendo. Hoy estás dispuesto a decir lo que te dé la gana cueste lo que cueste.

—No quiero final —dijo—. Mi vida no tiene final. Tiene interrupciones. Tiene desgracias. Tiene unas comeduras de coco terribles. Tiene mis obsesiones, mis crisis emocionales y mis fracasos.

En ese momento apareció Carmen, la editora, como si alguien la hubiera invocado sin querer. Luego me enteré de que la había citado Rafo. Llegó con una carpeta debajo del brazo y cara de persona que ha tomado una decisión.

—Buenas tardes —dijo—. Veo que ya habéis empezado sin mí.

Se sentó sin pedir permiso, dejó la carpeta sobre la mesa y me miró primero a mí y luego a Rafo.

—Tenemos un problema, Houston.

Rafo levantó las cejas, divertido. Le hizo gracia la forma de entrar en la conversación.

—Siempre hay problemas cuando aparece un editor. El editor es símbolo de problemón. Son expertos en acrecentarlos para arrimar la ascua a su sardina.

—El libro se está pasando de extensión. Y mucho. Habíamos acordado una cosa y tú estás haciendo otra.

—Yo no he acordado nada —respondió enfadado Rafo—. Yo solo cuento mi vida. Mientras decía esto, Carmen sacó un papel firmado por ambos con las condiciones acordadas. Se lo entregó. Rafo ni lo leyó. Su actitud habitual cuando algo le puede sacar los colores.

—Rafo, tienes que entenderlo, tu vida no cabe en ochocientas páginas.

—Pues quitamos páginas.

—Eso es exactamente lo que hay que hacer.

—No. Quitamos páginas en blanco.

Lo único que pude hacer yo fue sonreír ante tal estupidez. Carmen no. Carmen frunció el ceño porque no entendía que hubiera un conflicto en lo ya acordado.

—Además —continuó Rafo—, quiero que el papel no sea reciclado.

—¿Cómo?

—Papel bueno, de gramaje en condiciones. De ese que huele a libro de antes.

—Eso encarece la edición.

—También quiero ilustraciones. Unas quince.

—Esto no es un libro infantil.

—No. Es mi vida. Y mi vida tiene dibujos. Y no me toquéis las narices, que si no me las hace esta persona ―les entregó un papel con un nombre― os jodo el libro.

Carmen cerró la carpeta despacio, como quien se arma de paciencia.

—Rafo, no puedes cambiar todo ahora. Hay un presupuesto, un número de páginas, un calendario…

—Yo llevo toda mi vida sin decidir nada y ahora, que puedo hacerlo, queréis decidir también cómo la cuento.

La frase cayó sobre la mesa como un objeto pesado. Carmen y yo nos miramos sin decir nada.

—Siempre ha sido así —continuó Rafo—. Mis colegios, mis estudios, mis novias, mis horarios… Todo lo decidían otros. Y ahora resulta que tampoco puedo decidir cómo termina mi vida en un libro.

—No es tu vida —dije yo en voz más alta—. Es una novela.

Rafo me miró fijamente.

—Ese es el problema. Que tú crees que es una novela y yo sé que es mi vida. Me estáis jodiendo la tarde.

Nadie habló durante unos segundos. El bar seguía con su ruido normal: vasos, conversaciones, una máquina de café, una cucharilla golpeando un plato. Pero en aquella mesa parecía que todo se había detenido.

Rafo se levantó despacio, cogió el tabaco y el mechero.

—Estoy cansado —dijo—. Muy cansado.

—¿De qué? —le pregunté yo.

—De empezar siempre otra vez. De cambiar de colegio, de amigos, de vida. De empezar siempre otra vez.

Se levantó. Pagó en la barra sin mirar atrás. Carmen y yo seguimos sentados en silencio.

—Se enfadará, pero volverá —dijo Carmen.

Yo no respondí porque me temía lo peor. No había visto a Rafo de ese modo nunca. Pasaron unos minutos. El camarero se acercó con una servilleta doblada.

—Esto lo ha dejado su amigo. Dice que es para usted.

Abrí la servilleta. Había una frase escrita con bolígrafo, con una letra irregular, como si hubiera sido escrita deprisa o con la mano temblando.

La leí despacio. Me quedé quieto. Carmen me miraba sin hablar.

—¿Qué pone? —preguntó al final.

Doblé la servilleta, la guardé en el bolsillo y pedí otra cerveza.

Tardé unos segundos en responder.

—Nada —dije—. No pone nada importante. Pero no era verdad.

En la servilleta Rafo había escrito:

«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».

Miré la puerta del bar por la que Rafo había salido unos minutos antes. Pensé en llamarlo. Pensé en salir a buscarlo. Pensé en llamarlo por teléfono, pero me di cuenta de que había dejado el móvil en la mesa. Lo desbloqueé y vi que había borrado absolutamente todo y que sólo estaba en la lista de teléfonos el mío. Deduje, lleno de perplejidad, que, en esta ocasión, no era lo mismo que en anteriores arrebatos. Pero no hice nada. Estaba bloqueado.

Mientras, Carmen, sin comprender la situación, se marchó después de dejar sobre la mesa los papeles del acuerdo rotos en mil pedazos.

Me quedé sentado, con la cerveza delante, aturdido por el ruido del bar, mientras pensaba que, después de dos años escribiendo su vida, quizá nunca había llegado a conocerlo del todo.

Saqué la servilleta del bolsillo y la volví a leer. Luego abrí el ordenador. Y empecé sin él a escribir el final. 

MI POESÍA Y OLALLA

En 1995, cuando publiqué el libro de poemas De donde nace mi voz, de tono muy personal, era un no tan joven aprendiz de poeta. Tan desconocido como en la actualidad. El poeta José Félix Olalla tuvo la generosidad de escribir el prólogo de mi libro. Yo era entonces otra persona, o quizá la misma con muchos menos años, menos lecturas y menos conciencia del tiempo, pero igual de tímido y reservado. Él ya era por entonces un poeta con voz propia y con un camino recorrido. Autor de varios poemarios como Ciudad pasajera, que fue reconocido por su calidad nada más ser publicado en 1981.  Luego vinieron, entre otros, Los pies del mensajero, Después de nosotros o, el último creo, Más amor si más hubiera. Aun así, aceptó acompañar aquellos poemas míos con sus palabras, como quien se detiene un momento a iluminar el comienzo del camino de otro.

Con los años he comprendido mejor lo que significa ese gesto. Un prólogo no es solo un texto que abre un libro: es también una forma de confianza, una manera de prestar la propia voz para que otro empiece a encontrar la suya en la intemperie de la página.

Ahora, mientras reviso, ordeno y rehago muchos años de mi propia poesía, vuelvo también a aquellas palabras suyas. Y desde esta distancia, que ya no es solo de tiempo sino también de vida y de escritura, todo adquiere un significado más hondo. Hay gestos cuya verdadera dimensión solo aparece cuando los años han pasado y uno mira hacia atrás con otra luz.

Quiero dejar aquí ese prólogo como quien abre una puerta antigua, con respeto, con memoria y con una gratitud que el tiempo no ha hecho sino agrandar.

ANTES DE CRUZAR EL PÓRTICO (JOSÉ FÉLIX OLALLA)

Si tomáramos la vieja comparación de la vida humana con el curso de los ríos, el mero título de este libro haría referencia a las fuentes, a la roca madre a partir de la cual brota el manantial y por eso, igual que ocurre en los hontanares, los poemas aquí se acortan y los versos adelgazan bruscamente en la agilidad de las torrenteras. Lo que se quiere decir se dirá en adelante sólo con pinceladas, con los trazos esenciales que no se vierten en otros cauces más anchos, propios de un estado anímico diferente.

De donde nace mi voz es el segundo eslabón en la cadena literaria de José María Máiz Togores, maestro y licenciado en Filología Hispánica, que tiene el privilegio de poder trabajar en una tarea vinculada directamente a su pasión por las letras. Hace un año apareció en Madrid su primer libro Ya no es duda en un registro diverso de1 actual como si pretendiera antes que nada liberar las urgencias de un corazón abatido y como si ahora se retomase tranquilamente los pasos por el principio.

Así, antes de empezar hay que atravesar un pórtico, una poética que Máiz escribe como aviso para caminantes, innecesario quizá para los más atentos, pero esclarecedor para los que no leyeron su obra anterior.

Con leves y significativas diferencias, el asunto de este pórtico se repetirá en el poema La historia de mi vida y mediante una superposición comprenderemos que el anhelo por un texto perfecto (vida literaria) es equivalente al anhelo por una mirada (vida real) y que la necesidad de escribir lo es al llanto o tal vez a la devoción, pues la naturaleza del artista participa seguramente de los dos materiales. Del valor simbólico de la mirada, como pequeño vestigio de «eros» volverá a hablarse en el poema Pasado y presente y de los otros atributos por los que también se da a conocer el amor (la voz, el nombre, la piel) se dará cuenta en otros lugares.

Ahí, en la página de arranque, están las que Máiz denomina sus tres ideas básicas: la existencia, el amor y la soledad, que, en el retiro de su habitación, a través de la tarea del orfebre, irán encontrando su síntesis. Pero como ya ocurría en su libro anterior, será la noche el asunto recurrente. La noche porque quizá en ella, liberado ya del trabajo y de las tareas que diariamente le reclaman, José María encuentra la soledad para reflexionar, el amor para soñar y la existencia para poder ser. Si los sentidos permanecen abiertos y se sobreponen al cansancio, Máiz sabe que es en la noche por dentro donde podrá buscar la plenitud de sus tres dimensiones.

Por consiguiente, nos encontramos con una colección de poemas cortos que a veces se aproximan al haiku constituidos acaso por una sola frase ―véanse los poemas Invitación o Si la rosa― o por dos oraciones brillantes, contrapuestas, con la rima apuntada, como sucede en los poemas titulados Incienso o Declaración. Todos ellos están escritos con un mismo tono emocional que da unidad al libro y que sin duda es testimonio de un período concreto, con perfiles notablemente marcados, en la evolución de Máiz Togores.

Educadamente, yo diría que tímidamente, restalla a veces un tono delicado de queja, como un corto lamento, un poco a la manera de la malograda poetisa italiana Antonia Pozzi: Estoy en desventaja con el mundo ―dirá Máiz― y en otro lugar, cuando el amanecer no haya resuelto la carga pesada del insomnio, se escribirá en voz alta: Todo es confuso. Sin embargo, también se afirmará en tono de proclama quiero ser feliz en este lado de la tierra, pero su optimismo será circunstancial.

Porque en este libro no se quiere ocultar al yo personal, sino transparentarlo, medirme cara a cara con la pluma que escribe mi historia, en un combate sin refugios, aunque estos sean legítimos y hasta convenientes en la creación literaria. Fue Gerardo Diego quien explicó que la función social del poeta consistía precisamente en interpretar para los demás el ser profundo, el núcleo medular de la existencia. Fueron muchos los que hablaron entonces de la generosidad y hasta de la desnudez del artista y otros los que acentuaron la necesidad de escribir para atenuar el curso del tiempo.

Aunque Máiz ha pretendido siempre elaborar una poesía pura, ajena a modos literarios y desprovista de referencias culturales, en este libro se incluyen ―lo que es novedad― dos poemas de asunto mitológico dedicados a dos conspicuas ninfas perseguidas por Apolo; Dafne, metamorfoseada en Laurel, y Castalia, ahogada en la fuente a la que dio nombre. Ninguno de estos dos poemas escapará no obstante de la referencia personal. Y en el caso del segundo no lo será por la búsqueda de inspiración (a la fuente del Parnaso iban los poetas a beber) sino más bien por la pulsión primitiva del hijo de Zeus.

En fin, terminada esta frugal refección, atadas las sandalias y prieto el bordón del peregrino, dispongámonos a atravesar ya el pórtico de donde nace la voz clara de este poeta compostelano. (José Félix Olalla) 

CAPÍTULO XXXVII DE ‘HATROZ’.- LOS CATORCE Y ALGO MÁS

El gran acontecimiento de aquellos meses fue el primer guateque. Para Rafo y sus amigos del Calderilla aquello tenía la importancia de una ceremonia de iniciación. No era una simple fiesta: era la confirmación de que estaban dejando atrás la infancia.

Durante los días previos apenas pudo estudiar. Iba del quinto al primero (pisos de la vivienda y la consulta de su padre, respectivamente) con la excusa de consultar una enciclopedia en el despacho de su padre, subiendo y bajando escaleras para alargar un trabajo escolar que le importaba muy poco y una espera que le importaba muchísimo. Su madre creía ver en aquel ir y venir una aplicación desconocida en su hijo. Rafo, en cambio, solo pensaba en la fiesta, en Maite, en cómo moverse, en cómo hablar, en cómo no quedar en ridículo.

Porque esa era una de sus condenas: siempre se sentía el peor vestido, el menos atractivo y el más torpe del grupo. Lo pensaba al ir a una fiesta, al entrar en una clase, al ponerse frente a una chica. Aquella mezcla de vergüenza y deseo lo acompañaba a todas partes.

El guateque se celebró en casa de Juan Carlos, en la calle Daimiel. Era un piso modesto, pequeño, pero abierto siempre a todo el mundo. Rafo nunca olvidó la generosidad de aquella casa ni la simpatía de la madre de su amigo, capaz de improvisar una merienda para seis adolescentes hambrientos.

El salón estaba despejado para bailar y el comediscos presidía la habitación como si fuera un altar. Los singles se amontonaban y la música fue marcando la noche. Pero para Rafo hubo tres canciones que quedaron unidas para siempre al nombre de Maite: Samba pa ti de Santana, Sellado con un beso de Bobby Vinton y El gato que está triste y azul de Roberto Carlos.

La fiesta fue una eternidad y un suspiro. Eternidad cuando Maite reía con otros o bailaba lejos de él. Suspiro cuando la tenía cerca.

Bailaron varias veces. Hubo incluso besos, torpes y nuevos, que Rafo no supo colocar en ningún sitio conocido de su vida. Durante semanas se hizo la misma pregunta sin encontrar respuesta: ¿Estoy realmente saliendo con Maite?

Ella nunca daba una respuesta clara. Cuando él intentaba concretar algo, ella se escabullía con frases ligeras, como si todo aquello perteneciera a un territorio donde las palabras estorbaran.

El guateque terminó con un sabor agridulce. Un chico invitado por uno de la pandilla robó dinero en la casa y aquello acabó con los guateques para siempre. Aquel primer y último guateque quedó así fijado en la memoria de Rafo: felicidad y final al mismo tiempo.

Con el paso de los meses, el grupo empezó a cambiar. Las reuniones perdieron verdad. Cada uno empezó a interpretar un papel. Ya no había confidencias como antes. Las tardes se reducían a jugar al fútbol, sentarse en un banco o escuchar canciones.

Rafo, que siempre había tenido facilidad para desligarse cuando algo le dolía o dejaba de encajarle, empezó a apartarse poco a poco.

La despedida definitiva llegó cuando terminó aquella etapa y sus amigos dieron por hecho que él seguiría con ellos en el Calderón grande. No fue así. En su casa, las decisiones importantes no las tomaba él. Llegaban ya pensadas por los mayores. A Rafo se le comunicó que estudiaría en el Cardenal Cisneros.

Juan Carlos intentó convencerlo para que no se separara del grupo. Maite, mucho más dura, se lo reprochó abiertamente. Entre ellos había quedado una mezcla de malentendidos, orgullo y cobardía que ninguno supo deshacer.

Y así, un día cualquiera del verano, Rafo dejó de verlos. Como le había ocurrido con colegios anteriores, amistades anteriores y etapas anteriores, cortó el hilo y siguió adelante.

El verano en Galicia le sirvió de refugio. Madrid parecía muy lejos. Pero en septiembre, cuando se acercaba el nuevo curso, todavía esperaba una llamada del pasado. No llegó.

El teléfono sonaba para su padre, para su madre, para su hermana, para su primo. Para él, no. El número que Maite había anotado quedó en nada. El grupo se deshizo en silencio.

Entonces empezó el curso en el Cardenal Cisneros.

Lo primero que lo impresionó fue la lista de apellidos en el tablón. Había nombres sonoros, familias importantes, historias de dinero y prestigio. Un compañero le fue explicando quién era hijo de quién. Rafo escuchaba con una mezcla de asombro y complejo antiguo, aunque pronto descubriría que también había chicos normales y familias trabajadoras.

Y allí, en el primer curso, de manera inesperada, conoció a una chica de nombre Ana. Imposible, inaccesible e inabordable. Un sueño. Una ilusión. Machacó, noche tras noche, los versos del maldito Bécquer.

La vio el primer día de clase y tuvo la sensación absurda de haberla visto ya alguna vez. Se acercó a preguntarle una tontería del comienzo de curso y ella sonrió:

—Tú espera y verás.

Aquella frase lo dejó temblando.

Días después, Ana lo llamó por teléfono para preguntarle una duda del curso. Bastó eso para que no durmiera en toda la noche. Al día siguiente la buscó con la mirada, pero no se atrevió a acercarse. Una vez más, quiso avanzar y no avanzó. Quiso hablar y no habló. La has cagado, amigo, le dijo Luis, su compañero desde el primer día. No está hecha la miel para la boca del asno, le sentenció.

Se dio cuenta entonces de que su vida empezaba a llenarse de momentos en los que no hacía lo que quería hacer. Y esa sensación, sin saberlo todavía, lo acompañaría durante muchos años. 

CAPÍTULO XXXVI DE ‘HATROZ’.- LOS CATORCE

Rafo llevaba días pensando en mandar a paseo al narrador. Es decir, a mí. Decía que le corregía demasiado, que cambiaba sus palabras, que le quitaba la improvisación a sus recuerdos. Yo sostenía que solo intentaba poner orden en aquel caos para que los lectores no se perdieran. Discutíamos cada vez más a menudo, como si uno no pudiera existir sin el otro.

—Yo soy el que cuenta mi vida —decía Rafo—. Tú solo escribes.

—Yo escribo para que te entiendan —respondía yo—. Si fuera por ti, empezarías una historia por el final y la acabarías en la mitad.

Aquel día, después de fumar un cigarro en la calle y volver más tranquilo, Rafo anunció que iban a dar un salto en el tiempo.

—Vamos a los catorce años. Ahí empezó todo.

Y yo empecé a escribir.

Rafo tenía catorce años y estaba intranquilo. Sus padres esperaban que el nuevo instituto fuera el lugar donde por fin enderezara su rumbo. Aquella mañana desayunaba un tazón de leche con Cola Cao y unas magdalenas mientras pensaba en el nuevo centro, en los recreos, en los compañeros, en el miedo a volver a empezar otra vez.

Ya había pasado por varios colegios y en ninguno había encajado del todo. Recordaba especialmente el primero, donde los profesores le obligaban a escribir con la mano derecha porque la izquierda no era la correcta. Le sujetaban la mano izquierda en la espalda mientras escribía. Años después, cuando lo contaba Rafo, la gente no entendía esos métodos, pero en aquellos años era normal y nadie lo discutía.

En el otro colegio, el profesor de gimnasia, un excampeón de España, le llamaba siempre timorato, miedoso, infantil. Rafo buscó la primera palabra en el diccionario cuando llegó a casa y no le gustó nada. Él no se consideraba cobarde, simplemente no servía para subir cuerdas ni hacer proezas físicas. Pero aquella palabra se le quedó clavada durante años como una etiqueta injusta.

Al final también tuvo que dejar ese colegio. Oficialmente porque no encajaba académicamente; en realidad, también porque la subida de cuotas hacía imposible que su familia pudiera seguir pagándolo. Se fue sin amigos y con la sensación de ser siempre el que no encajaba en ningún sitio.

Por eso el nuevo centro, un instituto, era otra oportunidad.

Su padre lo llevó en un Seat 127 hasta el Calderilla ―así fue bautizado posteriormente―. El edificio era pequeño y modesto, pero el director los recibió en la puerta como si fueran importantes. Aquello le gustó mucho a su padre y tranquilizó a Rafo.

Entró en clase acompañado por el director y lo sentaron junto a un chico llamado Serafín. El día pasó sin sobresaltos. Respondió bien a un par de preguntas y nadie se metió con él. Para Rafo, aquello ya era un éxito.

Pero lo importante ocurrió al salir del instituto.

Cuando se dirigía a la parada del autobús, oyó que alguien gritaba su apellido. Un grupo de compañeros estaba sentado en un banco cerca del río Manzanares y le hicieron señas para que se acercara. Dudó. Había chicas. Eso lo puso todavía más nervioso.

—Quédate con nosotros, queremos conocerte —le dijeron.

Rafo se disculpó torpemente diciendo que tenía que irse, que otro día se quedaría, que tenía que pedir permiso a sus padres. Se fue al autobús pensando en qué excusa inventar para poder quedarse con ellos al día siguiente. Finalmente dijo en casa que querían jugar un partido en el patio del colegio y sus padres le dieron permiso, pero con advertencias muy claras: como incumpliera algo, se acababan «ciertas libertades».

Al día siguiente se quedó con el grupo en el banco. Allí cantaban canciones, alguno tocaba la guitarra, algunos fumaban y todos parecían moverse con una naturalidad que él no tenía. No hablaban de los coches de sus padres ni de casas en la sierra. El ambiente era distinto, más sencillo, más real.

En un momento, uno de ellos le ofreció un cigarro. Todas las miradas se clavaron en él. Sabía que aquello era una especie de prueba de entrada al grupo. Lo cogió con torpeza, temblando, y dio una calada que casi le hace toser. Pero aguantó. Había superado la prueba.

Miró el reloj. Tenía que irse. No sabía cómo despedirse. Entonces una chica llamada Maite le dijo que si quería lo acompañaba a la parada del autobús. La parada estaba a dos minutos, pero ese fue el paseo más largo y más corto de su vida al mismo tiempo.

Fue la primera vez que Rafo sintió algo distinto al mirar a una chica. Caminaban en silencio, rozándose las manos sin querer. Cada roce era como una descarga eléctrica. Ninguno decía nada porque no sabían qué decir, pero los dos querían que el camino no terminara nunca.

El autobús llegó demasiado pronto. Subió torpemente y apenas pudo despedirse. Desde dentro intentó verla otra vez, pero el autobús arrancó y desapareció.

Durante todo el trayecto, durante la merienda, durante la cena y durante la noche, Rafo no pudo dejar de pensar en la mirada de Maite. Algo había cambiado dentro de él.

Al llegar a casa dijo que iba a estudiar y se encerró en su habitación. Intentó abrir el libro que estaba leyendo, pero no podía concentrarse. Solo pensaba en lo que había pasado aquella tarde. En la mirada. En las manos. En el paseo. En el autobús.

Cogió un papel e intentó escribir algo. No sabía muy bien qué. Estaba nervioso, desordenado, lleno de ideas que no sabía cómo poner en palabras. Escribió unas frases, las tachó, volvió a empezar y al final lo dejó.

Guardó el papel en el doble fondo de un cajón de su escritorio, como había leído que hacía un personaje de una novela que escondía cartas de amor.

Apagó la luz, se tumbó en la cama y se quedó mirando al techo. No sabía exactamente qué le estaba pasando, pero tenía la sensación de que aquel día, sin que nadie se lo hubiera explicado, había empezado a hacerse mayor. 

VERSOS SILENTES

Hay versos que viven en la penumbra de mi garganta, como huéspedes tímidos que rehúyen la luz. No son cobardes, no. Son versos que aprendieron a respirar en silencio, que se tejieron con hilos de pudor y de miedo, con la tinta invisible de lo que nunca se atrevió a ser confesado.

Los escribí en márgenes de agendas olvidadas, en servilletas arrugadas, en el vaho de los espejos. Algunos hablaban de ti, otros de mí, y los más valientes hablaban de nosotros, de lo que fuimos sin ser. Pero nunca los pronuncié. Porque decirlos era invocar un temblor, una grieta, una verdad que no sabía si quería escuchar.

A veces los siento agitarse, como pájaros encerrados en el pecho. Me piden vuelo, me piden voz. Y yo los miro, los acaricio con el pensamiento, les prometo que algún día… algún día serán aire.

Pero hoy siguen siendo eso: versos que nunca dije en voz alta. Y sin embargo, me habitan.