«SONMEIGO» (JMMT)

PRESENTACIÓN DEFINITIVA (ALGUNOS DICEN QUE LA «FETÉN») DEL BLOG «RECUNCAR.COM»

Este blog no nació para que lo leyera mucha gente, o eso me gustaba decir en un tono nada asambleario cuando me preguntaban por mi «nulo éxito bloguero». Tampoco quiero empezar esta entrada con la repetición de un «craso embuste», que es en lo que se ha convertido ese amago de pedante mantra. Decir que escribo sólo para mí es más falso que un «te quiero» en una discoteca o un «para siempre» a los quince años. Cuando veo que alguien me lee, lo miro de reojo con una mirada picarona y me insufla unos ánimos que me dan «alma, corazón y vida». Más de lo que debería.

Empecé esto como algo personal, para ordenar mi cabeza ―tes que poñer orde nas túas tolemias, me dijo una vez un «mariñeiro contentillo y doblao»  en O gato negro de Compostela, entre pulpo á feira y tazas de ribeiro― y guardar muchas ideas que no quería que se perdieran ―falacia más que evidente―, y sin embargo aquí estoy, publicando sentimientos en internet, como quien deja la puerta entreabierta esperando que alguien pase. Supongo que soy eso: una contradicción andante. No me importa que no me lean, pero ojalá me lean.

Lo que escribo aquí quizá no tenga apenas importancia para ti, sin embargo, a mí me causa enorme satisfacción lograr la conquista del orden ante el «caos literario» que habita en mí desde tiempos antediluvianos. Deseo que «escribir y reescribir» mil veces, de modo incansable y extenuante, los textos que conservo en mi ordenador, y los que voy escribiendo por mera inercia creativa, me ayuden, ¡por fin!, a entender y a regular el pulso de mi mano siniestra. Y si alguna vez alguien al otro lado se reconoce en algo de lo que pongo aquí, entonces este blog ya habrá servido para algo más que para hablar conmigo mismo.

Nació para tener tiempo. Tiempo para escribir sin prisa, para recordar sin permiso y para ordenar una vida a través de las palabras. Si has abierto esta entrada, no has entrado en una página: has entrado en mi casa literaria. Y las casas literarias no se visitan deprisa. Se recorren despacio, se miran las estanterías, se abren cajones, hasta el de la ropa interior, y, a veces, se encuentra algo que uno no sabía que estaba buscando.

Hace varios cursos académicos, una alumna de 16 años, en el penúltimo curso de su vida académica escolar, me preguntó en clase después de ver El club de los poetas muertos:

—¿Y para qué sirve la literatura, profe?

La pregunta, por su amplitud, me resultó difícil de contestar con una frase breve, pero contundente. Al final, uno recurre, sin mirar ningún libro, a una de esas reliquias que quedan en la memoria entre mil lecturas y le dije: 

—Para que no se te olvide la vida.

Se quedó callada. Yo, también. Y me sorprendió la situación, porque en este caso, dado a la batallita y a la paráfrasis, mi respuesta fue sucinta e irrebatible.

La imaginación morirá cuando todo tenga que ser útil, me dijo un taxista cuando me acercaba a Santa María de la Cabeza nº 1, donde viví hasta los 16 años y estaba obcecado en recordar cómo eran en ese momento mis lugares secretos y prohibidos de mis «despiertos» catorce años. En el asiento del copiloto tenía un ejemplar muy sobado de Los miserables de Víctor Hugo, que nos sirvió para hablar de uno de mis héroes literarios, Jean Valjean, el condenado que se negó a ser siempre lo que fue.

Después de la pregunta de mi alumna, seguimos con la estructura del comentario de texto, que es un tema que les apasionaba tanto como tomar un bombón helado en una sauna.

Este blog, en el fondo, sirve para eso: para que no se nos olvide la vida. En este caso, la mía. Ni la que hemos vivido ni la que hemos imaginado vivir. Muy triste es que cada vez haya más jóvenes que no sean capaces de imaginarse una vida futura. Convierten el mar en cemento y parece que no saben fantasear sobre su futuro, sino es como un millonario de cualquier disciplina. ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?, dijo Mafalda, una de las olvidadas de esta época.

En este blog no hay un tema único. Hay memoria, Galicia, enseñanza, música, alegrías, gallego, verdades personales, poemas, amores, imprudencias, llantos, fotos, historias, fracasos, anhelos, envidias, artículos, novelas que intentan ser novelas y recuerdos que intentan entenderse. Este blog es un pequeño territorio dividido en «muchos lugares». Tú puedes entrar por donde quieras. ¡ADELANTE! 

RAÍCES

Aquel amanecer llegó despacio, como llegan las despedidas que nadie quiere nombrar. La niebla se levantaba del valle y el sol empezaba a colarse entre los castaños húmedos. Se oían perros a lo lejos y el silencio del campo tenía ese peso antiguo de las cosas que llevan siglos en el mismo sitio.

Domingo Troncoso estaba sentado en su sillón de hierro, frente a la casa. No miraba nada en concreto, pero lo estaba observando todo. La huerta, la capilla, el camino de tierra, la parra, los muros con verdín. Cada piedra tenía para él una historia, y aquella mañana le parecía que todas querían hablarle a la vez.

—Esta casa tiene los días contados —dijo en voz baja.

Lo decía muchas veces, pero aquella mañana sonó distinto, como si ya no fuera una queja sino una certeza.

La casa había sido durante años el centro del mundo. En verano se llenaba de hijos, de nueras, de nietos, de risas, de platos, de puertas que se abrían y se cerraban sin parar. Había ropa tendida, tomates en cajas, pan en la mesa grande, niños corriendo por la huerta y siestas largas después de comer.

Ahora todo eso parecía un sueño contado por otro.

Los hijos vivían en Madrid. Tenían trabajos importantes, reuniones, viajes, colegios, actividades, compromisos. Venían cada vez menos, y cuando venían, parecían estar de paso por un lugar que ya no era suyo.

Domingo había pasado la vida trabajando aquella tierra. Había plantado árboles que tardaban años en dar fruto, había levantado muros piedra a piedra, había arreglado tejados bajo la lluvia, había dormido en el establo esperando a que pariera una vaca. Nunca pensó que lo difícil sería eso: ver cómo todo quedaba atrás sin que nadie se diera cuenta.

Su mujer, Carmiña, salió de la casa con paso lento pero firme.

—Ya está el taxi al caer. Hay que acabar de bajar las maletas.

Domingo no se movió.

—Carmiña, dejamos definitivamente esta casa. Ya no volvemos.

—No digas tonterías —respondió ella—. Llevas toda la vida diciendo lo mismo.

Pero en el fondo sabía que aquella vez era diferente.

Carmiña había heredado la finca y siempre creyó que la familia volvería algún día, que los nietos crecerían y entenderían, que la sangre tira, que las raíces llaman. Lo creía con una fe casi religiosa, como si la tierra tuviera memoria.

Marica, la cocinera, iba y venía con las maletas.

—Señora, algún día volverán —dijo—. Cuando sean mayores. Siempre pasa.

Domingo sonrió sin alegría.

—Cuando quieran volver, esto ya no será nuestro.

Nadie respondió.

El taxi llegó puntual, como todos los años. Ramiro cargó las maletas mientras

Domingo miraba la casa por última vez. La capilla, la huerta, el castaño, el camino, la parra. Todo estaba exactamente igual que siempre, y sin embargo ya no era lo mismo.

Antes de subir al coche, Carmiña entró en la capilla. Rezó despacio, como hacía todos los años antes del viaje. Le pidió a la Virgen un buen camino, salud, y que el año siguiente pudieran volver.

Cuando salió, Domingo ya estaba sentado en el asiento trasero.

El coche arrancó y empezó a subir la cuesta que llevaba a la carretera principal. Domingo se giró para mirar la casa hasta que desapareció detrás de los árboles.

—Adiós, mi casa… meu lar —murmuró.

Carmiña no dijo nada. Sabía que hay despedidas que no se deben discutir.

Al llegar a Santiago, Domingo apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla. Las torres de la catedral se alejaban poco a poco. Cerró los ojos.

Pensó en los veranos con la casa llena. En los tomates con sal a la sombra de la parra. En los nietos corriendo. En las comidas largas. En las noches de vino y conversación. En la vida entera.

Y pensó que un hombre no es de donde nace, sino de donde entierra su vida.

Se quedó dormido.

Dormía tranquilo, con la respiración lenta, como si por fin hubiera dejado de luchar contra algo que llevaba años persiguiéndolo. Carmiña pensó que estaba descansando.

Pero no.

Domingo Troncoso murió en el coche, en silencio, sin molestar, como había vivido siempre. Se fue sin despedirse, llevándose con él la casa, la huerta, los veranos, la familia reunida y una forma de vivir que ya no iba a volver.

Cuando Carmiña se dio cuenta, le cogió la mano y se quedó mirando la carretera sin llorar, muy seria, como miran las mujeres de la tierra cuando entienden que la vida no pregunta, solo sigue.

Fuera, los campos pasaban uno tras otro, verdes, antiguos, indiferentes. La tierra permanece. Los hombres pasan. Y las raíces, aunque nadie las vea, siguen siempre enterradas en el mismo sitio. 

QUIÉN ESCRIBE AQUÍ o cómo te pido, por favor, lleno de vergüenza…

QUIÉN ESCRIBE AQUÍ o cómo te pido, por favor, lleno de vergüenza, que leas esta larga entrada porque, de todas las que he escrito, es una de las más importantes para mí.

Hoy no te voy a contar ninguna historia, ni una leyenda, ni un recuerdo, ni un poema. Hoy te voy a hablar del que escribe estas cosas, porque quizá después de más de doscientas entradas ya toca explicar por qué escribo y qué pretendo con este blog.

Después de un sucesivo bloguicidio por mi parte in illo tempore, empecé con este blog el 28 de octubre de 2024. Y con él sigo. Mi fidelidad ha superado, y superará, cualquier laberinto interminable o cualquier muro que se me ponga delante.

Al principio, te invité, con osadía y mucho descaro, a que me siguieras con la suscripción de tu correo electrónico. Así hice con más de 400 personas. Mi ilusión porque llegaran a ti mis textos nubló en gran parte mi raciocinio. Y si tengo que pedirte disculpas, lo hago sinceramente. Obré con muchísimo respeto y con el convencimiento de que mi nombre te iba a garantizar cierto interés por mis escritos literarios. Hablo con absoluta sinceridad: nunca pensé que te fuera a molestar. Nunca. Si lo hubiera intuido, te aseguro que no te hubiera suscrito en ningún momento. A todos nos gusta que nos lean, y el que diga que no, probablemente no dice la verdad.

Llegó el momento y lleno de ilusión, no lo voy a negar, comencé mi periplo como bloguero en oquintodotempo.com/. Estaba convencido de que ofrecía unos textos atractivos y bien escritos, además de entretenidos.  

Con el tiempo, los suscriptores van bajando poco a poco. No ha habido ninguna catástrofe ni un hundimiento tan marcado como la fosa de las Marianas. Simplemente, que no deja de preocuparme, es una bajada lenta y constante. La bajada de seguidores no es una tormenta repentina, no, es la marea retirándose despacio, llevándose las huellas de los que yo creía seguros lectores. Y eso, aunque uno intente hacerse el fuerte, afecta al ego. Sí, al ego. Es una lanzada en pleno ego. No pasa nada por decirlo.

Yo empecé este blog porque me gusta escribir. Con cierta conciencia, lo hago desde 1994. Eso creía, y eso sigo creyendo, pero con el tiempo he descubierto que no es tan sencillo. Cuando uno escribe y no le lee nadie, se desanima.

Cuando uno escribe y le lee gente, empieza a pensar en la gente que le lee. Y en ese momento empiezan los problemas, porque sin darme cuenta ya no escribo solo lo que quiero, sino también lo que creo que los demás esperan. Y eso es el principio del KO literario.

He descubierto también que hay dos tipos de lectores: los que me leen y los que me conocen. Los que me conocen no me leen solo por lo que escribo, me leen a mí dentro de lo que escribo. Y eso cambia mucho las cosas. Porque entonces he empezado a pensar: este no soporta el gallego, este pensará que hablar de sexo, aunque sea con discreción, es una barbaridad, este dirá que mencionar el vino como elemento de diversión en algunos personajes es incitar a beber, este creerá que decir que fui mal estudiante es dar mal ejemplo. Y así, sin darme cuenta, he creado un bucle temático irrompible. No sé si alguien piensa eso de verdad, pero yo empiezo a imaginar lectores, y el lector imaginado es peligrosísimo.

Yo he sido profesor durante casi cuarenta años y eso deja una manera de estar en el mundo. Durante este tiempo he procurado no influir en mis alumnos, no meterles mis ideas en sus cabezas, no decirles lo que tenían que pensar, sino intentar que fueran personas decentes, esforzadas, solidarias, honradas, libres y respetuosas. Ese era mi trabajo, junto a la enseñanza de la Lengua y la Literatura, y creo que hice un buen trabajo. Pero escribir no es lo mismo que dar clase. El profesor tiene una gran responsabilidad ante sus alumnos, sin embargo, cuando escribo en mi blog no tengo ningún compromiso creativo con mis lectores. Y eso todavía lo estoy aprendiendo.

Escribo en castellano. Me gustaría escribir en gallego, pero no me atrevo por tu reacción de posible rechazo. A veces escribo relatos, a veces recuerdos, a veces cosas que creo que hacen gracia, a veces poemas, a veces hago uso de la retranca gallega, a veces historias de taberna, a veces textos serios, a veces cosas que no sirven para nada y en más de una ocasión ideas deprimentes.

Mi blog no tiene tema, ni línea editorial, ni estrategia, ni nada de eso que ahora parece obligatorio tener. No quiero. Mi blog es simplemente un lugar donde escribo y evito tocar en serio, desde hace muchísimo tiempo, temas para mí conflictivos en la actualidad (política…religión…fútbol…) porque no quiero posicionarme públicamente en estos temas. Y estoy en mi derecho. Mi blog es un blog literario, y dentro de lo literario, libertad absoluta. Ese es mi credo. Es cierto que esto molesta.

Reconozco también otra cosa: me gusta que me lean. A mi carácter triste, depresivo, autoflagelante, tímido, apocado, asocial y de difícil comprensión le viene muy bien saberse leído y mínimamente reconocido. Pero cada vez tengo más claro que no quiero escribir para gustar a todo el mundo, porque entonces no podría escribir nada de verdad y sincero. Si yo escribo sin molestar a nadie, sin incomodar a nadie, sin que nadie piense que me he pasado, probablemente yo esté escribiendo textos carentes de cualquier interés. Y la literatura, aunque sea la de andar por casa, nunca ha sido del todo inofensiva. La literatura busca, de algún modo, la transgresión.

Voy a confesar también otra cosa. Tengo abiertos otros dos blogs: uno solo para poesía íntima y otro para textos en gallego. Los abrí, sin seguidores, hace unas pocas semanas porque pensé que de este modo no molestaría a nadie, que cada cosa estaría en su sitio y que así nadie tendría que leer lo que no le gustaba. Pero hoy, cuando estoy escribiendo este texto, me he dado cuenta de que eso no es organizar los textos, es organizar mis miedos, es priorizar mi obsesión por un «complace» que me está minando como escritor. Es separar lo que escribo para que no choque de lo que pueda jorobar para que no incomodara. Y me he dado cuenta de que eso es segmentar lectores y presentarme por fascículos independientes. Y lo rechazo visceralmente.

En el fondo, y en la superficie, no es sinceridad, es una manera muy sutil de mentir. Es esconderse con un descaro vergonzante para que tal suscriptor no lea la palabra orgasmo porque le disgusta y le contraría.

Así que he decidido cerrarlos ―lo haré en el momento que cuelgue esta entrada― e incorporar todo a oquintodotempo.com/, mi blog entre blogs. Todo junto y todo revuelto, como suele estar mi vida y como suele estar mi cabeza la mayor parte del día. Si sigues como suscriptor, o entras en mi blog vía web, quiero que sepas que un día te podrás encontrar un poema inabordable para ti; otro, un relato de caraduras y sinvergüenzas; otro, un texto en gallego; otro, un recuerdo de mi época de estudiante; otro, una historia inventada; otro, una reflexión; otro, una tontería o memez supinas; otro, un relato con tintes verdes y otro algo deprimente, como mi carácter. Y ese desorden, en el fondo, y en la superficie, es un claro reflejo de mí. Tengo fama de ser muy ordenado, pero soy muy ordenado porque sé que soy un caos insoportable.

Con el tiempo también he entendido otra cosa: no quiero solo suscriptores, quiero lectores. Y no quiero solo lectores, quiero interlocutores, gente que alguna vez diga «esto me ha gustado», «esto no lo entiendo», «esto es un disparate» o «siga usted por ahí». Acepto cualquier opinión porque el que se expone tiene que llevar en su mochila un depósito para aceptar, sin rechistar, opiniones ajenas diferentes. El silencio es lo más difícil de llevar cuando yo escribo, porque no sé si al otro lado hay alguien con criterio o solo números en una pantalla.

En realidad, este blog no pretende enseñar nada, ni dar ejemplo de nada, ni convencer a nadie de nada. Yo ya he pasado mi vida profesional intentando enseñar Lengua y Literatura y procurando que los chavales fueran buenas personas, entre otras cosas. Ahora ya no educo ni enseño las subordinadas a nadie. Ahora, simplemente, escribo.

Escribo porque me gusta juntar palabras, porque me gustan las historias, porque me gusta el gallego, porque me gusta el castellano, porque me gustan las tabernas literarias, porque me gusta la memoria que no tengo, porque me gusta inventar, exagerar, recordar y a veces hasta decir alguna verdad entre tanta trola.

Así que mi blog va a seguir siendo lo que es: un sitio donde un profesor jubilado escribe lo que le da la gana. Y el que quiera leerlo, que lo lea. Y el que no, que no lo lea. No pasa absolutamente nada.

Después de toda una vida trabajando, creo que uno se ha ganado el derecho a escribir sin pedir permiso. Mi blog no va a cambiar para agradar, no, va a seguir siendo un espacio de libertad creativa.

El gallego lo escribo porque hay recuerdos, personajes, conversaciones y maneras de contar que solo me salen en gallego. Traducirlas sería como cambiarles la voz. Como te he dicho, tengo abierto otro blog solo para los textos en gallego, pero me he dado cuenta de que eso también es una forma de separar sentimientos que en mi cabeza y en mi vida van juntos. Así que a partir de ahora el gallego y el castellano convivirán aquí, en oquintodotempo.com/, con total normalidad, como han convivido siempre en mi vida.

Y eso es todo. O casi todo. Si quieres contactar conmigo antes de darte de baja como suscriptor, si ahora sí te quieres suscribir, si me quieres cantar las cuarenta o si quieres simplemente insuflarme ánimos, escríbeme a jmmaiz@telefonica.net o maiztogores@gmail.com. Serás muy bien acogido.

En Madrid, a las 6:08 de la mañana, del 26 de marzo de 2026, día de San Braulio de Zaragoza y día mundial de la meteorología. El 26 de marzo de 1892 falleció Walt Whitman, autor de Hojas de hierba y uno de los más importantes poetas estadounidenses, pilar fundamental de toda la lírica contemporánea. 

CAPÍTULO XXXV DE ‘HATROZ’.- PAELLITA

Ahora que lo voy conociendo día a día, Rafo es un tipo peculiar. Como decía Lina Morgan, es un hombre de taitantos años tranquilo, pausado y moderado externamente; sin embargo, en su fuero interno, es un hombre lleno de titubeos, cavilaciones y firmes incertidumbres. Muy aseado en el aspecto externo, del todo preocupado por el vestir, pero muy inseguro a la hora de decidir qué estilo de ropa adoptar. Es generoso, testarudo y con un pronto arrebatado que le lleva a tener que pedir disculpas en numerosas ocasiones, hecho que no le cuesta lo más mínimo.

No quiere contarme sus complejos físicos y psíquicos, que los hay en abundancia, asegura. Sonriendo, me dice que, como las meigas en Galicia, que «habelos, hainos». Algunos se dejan ver con demasiada claridad ―hablaré de ellos con cabal libertad cuando los perciba nítidamente― y otros laten escondidos en su interior como el secreto del confesionario. Volcado en su trabajo de profesor y en su familia, es muy consciente de que la primera faceta está llegando a su fin y de que en la segunda estará hasta que Dios quiera, como decía su padre.

Desde muy joven, preocupado por el aspecto externo de su físico y de su indumentaria. Él, quizá por herencia materna, siempre tiene en la boca ―lo decía de continuo su madre― este dicho, no sé si conocido o no: los jóvenes se arreglan para gustar y los mayores para no asustar.

Su madre, cuando estaba poseída por esa nube negra de la depresión, decía que era una enfermedad que no mataba, pero que no dejaba vivir. Por tal motivo, no es que cayera en el desaliño, eso nunca, jamás, muy presumida fue hasta su final, pero esa alegría que proyectaba cuando se veía favorecida en el espejo sucumbía estrepitosamente y daba paso a un arreglo en el que se podía leer que su estado anímico estaba poseído por una total y destructiva postración y sin fuerza alguna para pensar en un mayor acicalamiento.

Rafo, por lo tanto, heredero directo de su madre en este aspecto, cuando iba a la universidad, siempre condicionada su ropa por el presupuesto familiar, intentaba no asustar y sí gustar. No podía tener queja alguna, pues le compraban todo lo que pedía, aunque en contadas ocasiones eran sucedáneos de las marcas originales.

No quedaba otra opción. Perfectamente aleccionado por su madre, la colonia de Agua Brava lo acompañaba en todo momento, ya fuera para ir a por el pan como para asistir a la cita de fin de semana más deseada. Fue sustituida años después por Hugo Boss, a quien guarda una fidelidad absoluta. Por ejemplo, cuando iba a una fiesta, siempre pensaba que iba mal vestido y que era el que peor aspecto físico tenía. Bromeaba con el Quasimodo de Nuestra Señora de París por los tubérculos que tenía este en la cara. Este afán de infravalorarse, según los demás, ha perdurado en los años. Lo retomaremos más adelante.

En este punto me contó, sonriendo con cierta vergüenza, cómo le tuvieron que convencer a los nueve años, cuando la realidad de los Reyes Magos aún no había aflorado en todo su esplendor, que para que su padre sacara dinero del banco primero tenía que haberlo depositado en la cuenta que tenía abierta a su nombre. Con una testaruda rotundidad, basada en la ignorancia más exacerbada y exasperante, afirmaba que no, que su padre entraba en el banco sin dinero y que salía con el que él quería. Pues esa generosidad bancaria en la que Rafo creía de niño, años más tarde, por su experiencia laboral, la convirtió en un «pirañeo» absoluto.

Pasados los veinte años habitaba con Rafo un repulsivo acné. Como decía Lope de Vega, quien lo probó lo sabe. No era un acné común. Eran como imponentes vesubios que, en el momento más inoportuno, culminaban en una ulcerante redondez que vomitaba sin contención un asqueroso y sanguinolento pus. No hay casi fotos de Rafo en esa etapa de su vida. O son unas pocas que lo mismo él no controlaba. No soportaba salir de ese modo. Sus amigos dicen hoy en día que no lo recuerdan así, que todo es fruto de un calenturiento recuerdo de cinco o seis granos.

―Algo tendrían mis vesubios que, cuando mi padre me llevó a un dermatólogo amigo y compañero de carrera, este me pidió permiso para hacerme unas fotos de mi rostro y de ese modo incorporarlas a un minucioso estudio que estaban realizando en el hospital donde él trabajaba. Esto me acomplejó durante años. Yo, como ejemplo acneico en un manual de dermatología, tremendo.

Lo normal del acné es que brote en la adolescencia, no cuando ya están bien entrados los veinte años. En ocasiones, evitaba ir por la tarde a clase a la universidad ―si a mí me asqueaban los granos, qué no sentirían los que estaban frente a ellos― y me iba, solo, al cine Ventas a una triple sesión de películas. Hoy en día me arrepiento muchísimo de aquellas pellas, pero me dolía enormemente la cara y no de ser tan guapo, como dice la canción, no.

Esta pequeña exposición requería un silencio absoluto y una fijación extrema en sus ojos que se clavaban en mí despiadadamente. Quería transmitirme la zozobra que sentía en aquellos tiempos, desazón que nadie de la familia entendía, pues cualquier tema relacionado con su acné era infravalorado despiadadamente.

―Mira, mira, mira mi cara. Yo no tengo granos. Yo tengo mil arrugas como surcos para sembrar. Lo tuyo es síntoma de juventud, lo mío de vejez decrépita y achacosa. ¡Divina juventud, te vas para no volver!, decía Rubén Darío. Pues eso, que disfrutes de los granos… ¡¡¡Eso es juventud!!!

Y se quedaba imperturbable mi tío saboreando un cigarro sin filtro. Yo sentía el acné como un estigma facial que me hacía deambular de dermatólogo en dermatólogo. Me sentía ninguneado, porque nadie hacía caso de las dagas psicológicas, junto con otros motivos personales, que se estaban clavando con dolor cenital en mi espíritu. El último, ya a la desesperada, al ver mi bajísima autoestima, me aconsejó que fuera a un psicólogo y me recetó el famoso Roacután, que me alivió en gran medida, al cabo de unos meses, aunque tuviera como efectos secundarios una permanente rojez de piel, una sequedad casi absoluta de las mucosas y una hipersensibilidad a los cambios de temperatura.

Los dos, sentados frente a frente, con dos cervezas a medio consumir, estábamos en el punto álgido del día. Rafo no permitía la más mínima interrupción, pues aún ahora recuerda con tristeza ese pesaroso episodio forunculero que se prolongó durante varios años, los vitales de la juventud y de la primera madurez.

Me cuenta que un día que iba andando desde Moncloa a la facultad de Filología ―prefería la soledad de la avenida de la Complutense al bullicio de los autobuses universitarios― se encontró de frente con Asunción, una compañera que lo llevaba observando con insistencia los últimos días en la asignatura de Literatura gallega. Él, tardo y convencido de que no era digno de su atención, evitaba siempre esa mirada, ya que algo había en esa mujer que le perturbaba notablemente y le hacía escribir de noche versos tórridos y desnudos.

―Hola, Rafo. ¿Ya no vas a Literatura gallega? Mira que es difícil verte. Te vendes caro, ¿eh? Y, según Rafo, mientras le decía esto le clavó los ojos en el lateral izquierdo de la nariz donde habitaba un grano similar al volcán Etna.

―Llevo unos días regular y no he salido de casa, decía cabizbajo mientras pisaba reiteradamente el suelo con unos botos camperos ya muy trillados, como le gustaban a él.

―Pero… ¿Qué te pasa, tío? Yo te veo muy bien. Estás de puta madre. Ya me contarás … No sé… ¡No hay quién te entienda!

A Rafo no le atrajo siquiera el libro que sobresalía de su bolso. Llevaba persiguiéndolo desde que Rosalía de Castro y aquel profesor de Lengua lo sumergieron en la lengua gallega.

―Creo que se ve a la legua cuál es mi problema. Silencio. Rafo sentía un palpitante latido en esa zona que le bloqueaba la capacidad de hablar.

―¿Te puedo dar un beso?

Rafo, aturdido, no sabía qué decir. Dudó. Bajó la mirada, sacó un cigarro y se lo ofreció a Asun. Esta lo rechazó con absoluta normalidad, le cogió la cara con las dos manos y le dio un beso… en el grano.

―No seas, imbécil, tía. Que me da un asco terrible. ¿No ves que es repugnante?

―¡Me importa un huevo! ¿Ha sido por esto por lo que no has salido de tu casa en estos días? ¡El imbécil eres tú! ¡Te crees el centro del mundo y la gente pasa de ti! ¿No ves que a mí me importan un huevo tus granos? Me gustas tú y punto. Pero ya veo que no es recíproco.

Rafo se machacaba los padrastros de las uñas. Era incapaz de decirle que lo volvía loco, que tenía una espontaneidad natural apasionante, que el tiempo se paraba a su lado y que haría lo que fuera con tal de que no se marchara y pudieran tomar un café. Rafo no hablaba. La desesperación de Asun fue en aumento. Recortó un trozo de papel de sus apuntes, escribió su teléfono y se lo entregó decidida.

―Toma, tío, cuando te apetezca y salgas de tu imbecilidad, me llamas. O si quieres, tira el papel por el váter de tu casa. Me trae sin cuidado. Le dio un beso en la mejilla y retomó su camino en dirección a Moncloa.

Rafo, inmóvil como una estatua, ni giró la cabeza. Se dio cuenta de que había tenido una oportunidad impagable. El papel con el teléfono en la mano derecha, húmedo por el sudor, lo guardó en el bolsillo del pantalón. (Luego me enteré de que el vaquero lo echó a lavar y allá se fue el teléfono).

En los días siguientes, en Literatura gallega, Rafo observaba con tanto detenimiento como tristeza a todos sus compañeros. Asun no aparecía. Parecía que se la había tragado la tierra. Cuando le preguntó por ella a la profesora de la asignatura, esta le dijo que no era alumna, que estaba terminando el doctorado y que iba camino de Lugo para culminar su tesis sobre Aquilino Iglesia Alvariño y su etapa de catedrático de Latín en un instituto de esa ciudad.

Y, en un principio, parece que allí terminó todo. Hay almas que tienen / azules luceros, / mañanas marchitas / entre hojas del tiempo, / y castos rincones / que guardan un viejo / rumor de nostalgias / y sueños. (Federico García Lorca). 

RAMIRO

En las húmedas tierras de Compostela, en la aldea de Outeiro dos Cachelos, donde la niebla se enreda con las campanas y los peregrinos confunden milagros con meriendas, dicen los beodos lenguaraces, esos que tienen la húmeda más suelta que una campana en día de fiesta, que «nació, echó alas y voló por toda la comarca» uno de los personajes más legendarios que la vella memoria popular ha podido inventar: Ramiro das Trompas. Dicen de él, sin crédito alguno, que era hijo de un delgaducho y faneco marinero que domaba las indomables y bramadoras olas de A Costa da Morte como quien doblega caballos desbocados y de una mujer de hueso ancho que recomponía el estómago a los que lo tenían caído con una mezcla de orujo y de plantas milagreiras que cultivaba en la huerta de su casa. El comentario que se le atribuye al maestro que nunca tuvo, fue que Ramiro quiso ser un gran escritor, y, para inspirarse, prefirió disciplinarse vaciando botellas de vino por todas las tabernas y furanchos que había en su contorna. Era un gran aficionado al vino de Barrantes, ese tinto espeso que tiñe la lengua y la conciencia.

Barrantes vermello vino,
alegra corpo e cabeza,
entra rindo pola boca
e sae cantando na mesa.

Según un vecino que emigró a América gracias al descarado calote (pufo) del cacique de la aldea que le compró por una insignificante cantidad de dinero el poblado bosque que habitaba a las espaldas de su vivienda, Ramiro bebía más que rezaba, rezaba más que trabajaba y trabajaba menos que bebía. Era capaz de superar al tabernero Suso da noite, un hombre que solo sabía beber vino en su propio negocio las veinticuatro horas del día, como si el mundo fuese una bodega infinita.

Si seguimos con la leyenda, en esta aldea también vivía un cura mayor, de sotana multicolor por lo desgastada que lucía y conocido por sus sermones interminables, en los que advertía siempre a los feligreses de los peligros del baile con una cita de un conocido catequista de la época: el baile vertical es la antesala de un deseo horizontal. Este cura se subía al púlpito y comenzaba, con medio cuerpo fuera, el sermón golpeando la madera con el anillo:

―¡Callaos, cona! Y carraspeaba fuertemente. Tened bien claro que el vino de Barrantes es tentación, y la tentación lleva al pecado. Pero toda la aldea sabía que el reverendo, en secreto, mojaba sus labios en la misma tentación, porque nadie se resistía a un Barrantes bien servido. El cura rezaba más fuerte cuanto más roja quedaba su lengua.

Mariquiña, mujer de 25 contundentes años, de ojos como faroles y sonrisa como cuchillo era el caldo de todas las miradas, pero solo el difuminado Ramiro se atrevía a cortejarla con trabalenguas imposibles:

Tres tintos tentaron a tres tristes tragadores, tres tristes tragadores tentaron otros tres tintos, y Ramiro sin tino, por tentar más que los tintos, tentó a María con tres tintos y tentó sin tino. Los tintos de la tentación fueron tentados por los tristes tragadores y Ramiro sin tino los tentó de nuevo con más tintos.

Mariquiña se reía porque no entendía nada, el cura se persignaba por si escondía un pecado mortal, y el tabernero seguía bebiendo al son de las «tes» de los trabalenguas. Cuentan que así pasaban las tardes compostelanas, entre chismes, frases enrevesadas y reiterados tientos a las tazas del vino tinto.

Un día posterior al de la fiesta mayor de Outeiro dos Cachelos, la taberna estaba repleta de resaqueiros y esmorgantes insomnes que intentaban despejar la mente con más vino. Ninguno y todos aprovecharon el gran auditorio para relatar que un fulano con la alegría embotellada ―al que según él, dado el altísimo nivel de la borrachera, las farolas le hacían reverencias―, alucinó cuando se enteró de que Ramiro había prometido a María que si lograba beberse tres jarras de Barrantes sin caerse al suelo, ella le daría un beso de tornillo en la plaza mayor. El cura, indignado, organizó una procesión para impedirlo, y el tabernero, emocionado, llenó las jarras como si fueran océanos.

Ramiro bebió la primera jarra y la lengua se le trabó. Bebió la segunda y los pies se le cruzaron. Bebió la tercera y entonces, milagro o borrachera, comenzó a recitar trabalenguas tan veloces que las campanas de la catedral se confundieron con su voz.

María mira a Sancho, Sancho sueña que María lo mira, si María mira a Sancho y Sancho sueña que la mira, ¿quién mira más, María que mira o Sancho que sueña que la mira?

Y volvió a darle besos de noche de bodas a la jarra. Animado, como todo borrachón, se envalentonó y soltó el más difícil todavía:

Besos besaban los besos de Ramiro, besos buscaban los besos de María, si los besos de Ramiro besaban los besos que María buscaba, ¿qué besos besaban más, los besos buscados o los besos besados?

María, divertida, no dudó lo más mínimo en cumplir su promesa. El beso fue tan sonoro y prolongado que los peregrinos lo confundieron con un milagro. El cura, resignado por no conseguir que respetaran las normas de urbanidad, declaró que aquel día Outeiro dos Cachelos, y por supuesto Compostela, habían sido bendecidas por el vino y por la risa, y añadió en su sermón:

―Si el Señor convierte el agua en vino, ¿por qué no ha de convertir el vino en amor?

El tabernero, fiel a su destino, siguió bebiendo como si el vino se fuera a escapar y con gran constancia, que es la forma seria de beber.

Y como toda leyenda que nace con la alegría embotellada necesita su música.  Los aldeanos, dicen que dirigidos por Ramiro, inventaron un canto que aún se escucha en las tabernas de Compostela cuando el vino de Barrantes corre como caballo desbocado:

Sancho bebió,
María besó,
la gente rio
y el cura rezó.
Tres jarras,
tres besos,
tres campanas
sonaron,
y en Compostela
los milagros
brindaron.
¡Barrantes bendito,
Barrantes tentado,
que el vino
y el beso jamás
se vean negados!

Así quedó escrita una de las leyendas más famosas de Ramiro das Trompas, el marinero que nunca navegó, pero que conquistó las tierras de Compostela con vino, picardía, trabalenguas, versos y un beso que aún resuena en las plazas. Desde entonces, incluso sabiendo que ningún aldeano conoció al tal Ramiro en persona, nadie fue capaz de dudar de la veracidad de dicho relato popular.

Y, desgraciadamente, en este punto tengo que intervenir como veraz narrador de este mito popular. Las mentiras tienen muy poco recorrido, sentenció un pobre que, gracias a las invitaciones, salía todas las noches de la taberna como si hubiera encontrado la solución a sus problemas en el fondo del vaso.   

Hace unos días, cuando alguien ―debo escudar su nombre― se enteró de que yo le iba a dar forma a esta leyenda en mi «afamado blog», se puso en contacto con Suso da noite para poner los puntos sobre las «íes griegas de tal historia» (sic).

Amigho Suso, un afamado afilador, que paseaba su rueda de afilar por las calles de Outeiro dos Cachelos ofreciendo su oficio, y originario de la Terra das chispas, se indignó sobremanera con la leyenda de Ramiro das Trompas y negó con la clarividencia de dos botellas de Barrantes engullidas que «fora ese carallo o protagonista».

Amigho Suso, quien te relató palabra por palabra la leyenda de un hombre sin nombre de Nogueira de Ramuín, la cuna de los afiladores, fui yo, pero como tú no distingues a ninguna hora del día tu casa de la de tu vecino ni el suelo del cielo, y por simpatía con ese etéreo Ramiro, se la adjudicaste a este como quien le cobra el vino al que no ha consumido ni una taza.

A mí, escritor de esta entrada, después de ser pillado en tal trola Suso da noite, me informó la mujer de este por carta que debía saber la verdad de todo. Mi marido, antes de la penúltima taza, mientras descansaba de no beber, juraba por la tumba de sus padres, que aún estaban vivos, que aquella leyenda no era del tal Ramiro das Trompas, sino que la trajo a Outeiro dos Cachelos el afilador antes mencionado natural de la cuna de las leyendas, Vilariño do Silencio.

El tabernero, seguía la mujer, con una cogorza tan descomunal que caminaba en plural y veía doble, pero pensaba la mitad, me juró por el Baco de turno que fue incapaz de distinguir a Ramiro del afilador, pero que el chiflo parecía darles más peso a las palabras del relojero de los cuchillos.

Sin embargo, Suso da noite fingió que seguía dudando porque descubrió que la disputa en la ubicación del protagonista le llenaba el bolsillo y cada noche que hacía caja su cabeza daba más vueltas que una rueda de bicicleta.

Desde entonces, cada vez que alguien menciona la leyenda, su taberna se puebla de «oficiales de la borrachera» para ver si el afamado misterio ve la luz.