«SONMEIGO» (JMMT)

CAPÍTULO XXXI DE ‘HATROZ’.- VECINOS

En todas las comunidades de vecinos hay ovejas negras. Lo cierto es que en multitud de ocasiones no sabemos quién es el que bautiza por primera vez a determinado morador con ese calificativo. Es como una corriente comunal que amalgama a un buen número de residentes que proyectan una ira llena de prejuicios morales sobre una diana que en muchas ocasiones se percibe realmente de modo difuminado y poco transparente.

Uno de los vecinos más ignorados por mi familia en Madrid, y al cabo de pocos años me enteré que por casi toda la comunidad, era un hosco y ceñudo señor que vivía en el tercero C. Yo solo sabía tres cosas de él: que tenía una sombrerería, que fumaba como un carretero y que tenía muy malas pulgas. De lo primero tenía noticias por los comentarios del vecindario en tomo a los clientes que frecuentaban hipócritamente dicha tienda ―no le dirigían la palabra, pero compraban en su comercio―; en cuanto a lo segundo, porque siempre que coincidía con él en el ascensor ―yo no podía subir solo, pues era menor de 14 años― me hacía el enorme favor de acompañarme en el elevador mientras me atufaba con un humo asfixiante y con un aroma que me causaba auténticas náuseas; y en cuanto a lo tercero, en más de una ocasión nos había amagado a mi hermana y a mí con damos un coscorrón si no lo saludábamos con la debida preponderancia, como decía él. Hasta que un día mi hermana se rebeló y decidió no volverlo a saludar con tanto ringorrango y observancia. Acontecimiento que fue muy aplaudido y palmoteado por el portero de nuestro edificio.

Este hombre llamado Venancio Recasens era nacido en Reus, ciudad hermosísima, según sus palabras, de la provincia de Tarragona. Conoció a su mujer, una gallega de la Costa de la Muerte (de Corme, por más señas), en un viaje organizado por el ayuntamiento cormelán por la extensa geografía catalana. Lo suyo fue un flechazo, según contaba él a quien le quería escuchar, un amor a primera vista. Son los que otorgan categoría a los contrayentes, argumentaba él con sumo aplomo cuando justificaba una boda tan precipitada como fue la suya. Corrieron malas lenguas cuando contaron que se instalaban en Madrid porque era un lugar casi equidistante de sus lugares de nacimiento respectivos. Algo esconde esta parejita, murmuraba una vecina cada vez que se encontraba en la escalera con un vecino dispuesto a oír sus habladurías.

Los primeros meses estuvieron en boca de casi todos los vecinos. Mis padres, por el contrario, callaban. Cosa que a mí me mosqueaba muchísimo. Cada vez que salía su nombre, ya fuera en el desayuno, en la comida o en la cena, mis padres se miraban y guardaban silencio. Eso a mí me hacía sentirme protagonista del mayor caso que un detective debía resolver. Con mis pocos años, yo observaba, analizaba y escrutaba. Bueno, al menos lo intentaba, pues siempre me pillaban los mayores en el lugar inadecuado.

De pronto, cuando se pudo comprobar que no había sido un matrimonio precipitado ni llevado a cabo por el denominado familiarmente el sindicato de las prisas, la relación con la pareja se fue normalizando. Hasta algunos vecinos se paraban con ellos en el portal a hablar de asuntos de poca importancia. Cuando una mañana apareció una de las hojas del portal cerrada ―lo había hecho reverenciosamente el portero, Felipe― alguien explicó a los ignorantes con sumo gusto que eso significaba que había habido un fallecimiento en la casa. Indagaron los más céleres quién había sido el fenecido y estuvieron casi todos los vecinos en el velatorio como si fueran conocidos de la difunta de toda la vida. En estas situaciones hay que olvidar las rencillas vecinales, bisbiseó, cuando entraba en la casa de la extinta, la viuda del principal a doña Carmen, que fue una de las más beligerantes en la guerra contra el escándalo y a favor de una moral pública intachable.

Lo cierto es que yo me fijaba muy poco en don Venancio, como le gustaba que lo llamaran. Mi atención iba más bien dirigida a una vecinita que se llamaba Rosaura y con la que me hacía constantemente el encontradizo después de esperar minutos y minutos en la caseta del portero agachado y enroscado como un ovillo. Señora, este jovencito va a ser un galán cuando adolescente, le vaticinaba con inflexible orgullo Felipe a mi madre cuando salíamos para pasar la tarde en el Jardín Botánico.

El caso es que la mujer del vecino enfermó y murió súbitamente la víspera de Navidad de no recuerdo el año. Todo trastocó la vida que se habían prometido ambos en un gesto de generosidad mutua. Venancio cayó en el mayor de los aletargamientos anímicos jamás conocido. Y pasó a ser un hombre aún más huraño, ensimismado y receloso del trato social.

Tras la muerte de Carmen Carballido, su mujer, Venancio pasó una temporada larga encerrado en su tienda, no quería relacionarse con nadie. Hablaba con sus clientes lo justo, pues lo que sí tenía muy claro era que lo que le daba de comer (¡y bastante bien!) no se podía abandonar. Al poco tiempo, y por recomendación de su hermana Rosa, decidió contratar a una mujer para solucionar los asuntos caseros. Si das imagen de abandono, no te entrará nadie en la tienda, le justificó escuetamente. Otros, maledicentes en grado máximo, decían que esa fue una manera «muy raposeira» de solucionar un problema que se le vino encima cuando su mujer desapareció de este mundo.

Sabela Martínez era natural de Ortoño, aldea de la provincia de Coruña y muy próxima a Bertamiráns. Tanto que pertenecían al mismo ayuntamiento. Muy diligente en sus labores caseras, pero todos decían que era un tanto churrasca y lurpia (mujer de mal vivir, dirían en aquellos tiempos). De hecho, la mandaron a Madrid a ver si se corregía. Poseía una belleza natural, pero rústica. De carnes rellenas y prietas, tenía unos andares que encandilaron desde el primer momento al todavía joven viudo. Su piel tersa y nueva olía a un limpio que despertaba hasta la libido más adormilada.

Lo cierto es que en las aceras colindantes con nuestra casa empezó a corretear al cabo de varios meses un niño que era la viva imagen de Venancio. Este hijo natural dio mucho que hablar al no conocerse en ningún momento quién fue el agraciado varón que pudo acariciar el torso de Sabela y atemperarle la constante picazón que soezmente manifestaba sufrir.

―Hay que afinar muy bien en el cálculo, maliciaron algunos convecinos de la joven madre.

Lo cierto es que todos intuían algo, pero nadie osaba a decirlo públicamente.

―¿Qué se puede esperar de una mujer que tiene todo el día en la boca la frase ¡ay, señorito, cómo me pica!

―¿Se la oíste tú alguna vez?

―No, pero más de una clienta de la tienda de su señor dice y asegura que de la trastienda han salido mil veces estas palabras.

―Habladurías que crecen como la levadura.

―De habladurías, nada de nada, hombre de Dios; que al cabo de los nueve meses el verbo bien que se hizo carne.

Y entre comentarios como éste llenos de retranca irónica transcurrían muchas veladas en los conciliábulos que se organizaban en los diferentes rellanos de la escalera. Cierto es que en ese concurrido lugar pocos acontecimientos ocurrían en el devenir diario y los asiduos de las chanzas debían aprovechar al máximo cualquier nueva circunstancia. Y aquí la pobre Sabela se convirtió en el blanco de los dardos envenenados de los más asiduos del cotilleo matutino ―y vespertino― de mi querida casa. Cuando la joven pasaba por delante y daba los buenos días se hacía un mayestático silencio, que era encubridor de los más ácidos comentarios. Del interior de una casa salían con bastantes notas desafinadas algunas estrofas de una popular canción gallega: A saia de Carolina / ten un lagarto pintado, / cando Carolina baila / o lagarto move o rabo. / Co teu amor Carolina / non volvas a bailar, / que che levanta a saia / e é moi mala de baixar. / (La falda de Carolina/ tiene un lagarto pintado, / cuando Carolina baila / el lagarto mueve el rabo/. Con tu amor Carolina/ no vuelvas a bailar, / que te levanta la falda / y es muy mala de bajar).

Marcial, o filio ventureiro (hijo nacido fuera del matrimonio), ajeno a  los  comentarios de la vecindad, correteaba por las aceras golpeando, para abrirse paso, con tal contundencia a los viandantes que le iban saliendo al paso que su nombre evidenciaba una clara alusión a su fuerte estructura ósea.

―Cuspidiño (parecidísimo) a Venancio, decía don Froilán, el párroco de la iglesia de las Angustias, un hombre que tenía por costumbre ancestral desayunar pantagruélicamente en un bar que había lindando con su parroquia; y donde, de forma discreta, lo llamaban Carpanta, por su voracidad en la ingesta alimenticia. 

CAPÍTULO XXX DE ‘HATROZ’.- CHAPARRÓN

Rafo se levantó al alba, cuando la casa aún estaba envuelta en ese silencio espeso que sólo existe antes de que empiece el día. La luz gris del amanecer entraba con timidez por la ventana, lo justo para iluminar las páginas gastadas de Los miserables, de Víctor Hugo, que sostenía entre las manos con una especie de reverencia doméstica. Desde hacía tiempo tenía idealizado a Jean Valjean: su fuerza moral, su lucha por redimirse, esa dignidad obstinada que parecía más grande que la propia vida. Leía con los ojos todavía pesados de sueño. A veces parpadeaba largo, como si estuviera a punto de quedarse dormido otra vez, pero siempre regresaba a la línea donde había perdido el hilo. En ese momento temprano, mientras el mundo afuera apenas comenzaba a moverse, tenía la sensación de compartir algo íntimo con aquel personaje que admiraba tanto: la idea de que incluso las mañanas más humildes podían contener una forma silenciosa de esperanza.

—¡Rafo! —gritó su hermana desde la cocina—. ¡El desayuno!

Dejó el libro con cuidado y fue a la mesa. Se sentaron frente a frente con sendos cafés con leche.

—Esta mañana me tomé la tensión nada más levantarme —dijo Lola—. 13.2 y 8. No está mal.

—Yo ya ni sé cuándo medírmela —respondió Rafo—. Antes desayunaba y me iba a trabajar. Ahora parece que el desayuno es una consulta médica: la tensión, la glucosa, el colesterol…

—La glucosa hoy me dio hoy 106 —continuó ella—. El médico insiste mucho en eso de «vigilar», como si uno viviera permanentemente de guardia con su propio cuerpo.

—El jueves tengo analítica —dijo Rafo—. Y ya estoy pensando en el colesterol. Yo no creo que comamos tan mal, pero ahora cualquier cosa parece peligrosa. Uno mira la tostada como si fuera un dron cargado de bombas.

—Bueno, algo habrá que vigilar —concedió Lola—. En la última analítica yo bajé de 220 a 201. Hemos cambiado la mantequilla por esta margarina que no sabe a nada y la mermelada «con» por la mermelada «sin», que tampoco sabe a gran cosa.

Rafo sonrió e hizo un gesto con queriendo decir que en el pasado no había tanta «vigilancia médica».

—Antes el desayuno era simplemente desayuno. Y se disfrutaba. Ahora todo es una recolección de «alimentos paja».

Lola dio un sorbo al café y decidió poner orden al caos mental de su hermano.

—Bueno, vamos a organizarnos. Yo voy a hacer el pedido por internet. Tú, ponte las zapatillas y sal a dar tu paseo obligatorio, el del médico, el de «caminar con intención», no el de pasear viendo escaparates.

Rafo obedeció y farfulló un «si en este barrio ya no hay escaparates, sólo hay pisos turísticos y locales cerrados». Se duchó y luego se vistió con lo que, en su armario, pasaba por ropa deportiva: camiseta, vaqueros, una camisa sport y unas deportivas que fingían, con más voluntad que éxito, pertenecer al mundo del atletismo urbano.

Pensaba caminar a buen ritmo dos horas, aunque, como todos los días, se quedaba en abrir la aplicación del tiempo, ver que «parece que igual llueve», y decidir que mejor mañana, que hoy el sofá le necesitaba más que él a mí. De todos modos, animado por su hermana, a eso de las once de la mañana decidió pisar el asfalto.

Al salir a la calle notó que la luz había cambiado. El azul del cielo se había diluido y un gris espeso avanzaba desde el horizonte. Las nubes se amontonaban unas sobre otras como montañas de humo.

Aun así, y en contra de la opinión de su hermana, salió sin paraguas. Lola era incapaz de convencerlo en este tema. Era un santiagués de secano, pero se creía que podía callejear por Madrid como por los vetustos soportales de Compostela.

—En Santiago sólo hay dos estaciones —dijo con fanfarronería cuando su hermana volvió a insistir—: la de invierno y la del ferrocarril.

Aquella máxima, que él consideraba casi científica, bastó para reafirmarlo.

En el portal se encontró con tres vecinas que celebraron su repentina afición de caminante y le pidieron que, ya de paso, convenciera a sus respectivos maridos para que abandonaran el sillón.

—Me lo ha dicho mi médica —explicó Rafo con resignación.

La vecina más joven sonrió con ese encanto otoñal que todavía la hacía muy atractiva. Rafo se despidió de las tres y emprendió su aventura pedestre.

Tomó primero la calle Conde de Peñalver, después Goya, luego Génova, y recuperó algo de fuelle al comenzar Fuencarral. Allí tuvo que enfrentarse a uno de sus puntos débiles: los escaparates. Los contemplaba con deleite mientras bajaba la calle tarareando una vieja canción de Radio Futura: Zapatos nuevos, son de ocasión…

Avanzaba con la tentación permanente de detenerse en una zapatería ―su vicio― o en una camisería. Pero resistió. Cuando terminó de recorrer la calle hizo discretamente la uve de la victoria con los dedos. No había comprado nada. Para él, aquello ya era una pequeña victoria moral digna de Jean Valjean.

Entonces el cielo cambió de humor. El viento se detuvo. El aire quedó inmóvil y pesado. La luz adquirió un tono amarillento extraño. Un relámpago dibujó durante un instante el contorno gigantesco de las nubes. Luego llegó ese silencio previo al agua, ese momento en que todo parece contener la respiración. Y de pronto el aguacero en forma de un tambor de nubes descargando su furia líquida.

La lluvia cayó con una obstinación casi personal, como si el cielo hubiera decidido ensañarse con él. Parecía que alguien arriba estaba lavando Madrid en modo intensivo. En pocos segundos Rafo estaba empapado de arriba abajo: camisa, pantalón, zapatillas y todas las zonas intermedias y pudendas del territorio textil.

Buscó desesperadamente un portal y vio uno abierto. Corrió hacia él con la determinación de un atleta fondón. Era un hotel. El contraste entre el lujo del vestíbulo y su aspecto resultaba devastador: la ropa pegada al cuerpo como recién salido de una lavadora industrial, el pelo chorreando y formando una pasta repugnante según se iba mezclando el agua con el elegante gel fijador y la expresión de la cara entre heroica y derrotada.

Un empleado perfectamente trajeado le pidió que se identificara para evitar sorpresas.

Rafo permanecía en el umbral intentando sacudirse algo de agua, aunque sin darse cuenta de que estaba fregando el suelo del hotel con sus propios zapatos. Entonces una mujer se abalanzó sobre él.

—¿Rafo? ¿No me conoces? ¡Soy Maite! ¡Del Calderilla!

Rafo se quedó paralizado. No reaccionó y se quedó mirándola como una estatua del Icehotel de Suecia.

—¡Qué bien…estás! —dijo finalmente, cuidando de no pronunciar aquella frase terrible: «¡Qué bien te conservas!».

Maite seguía siendo muy guapa.

—¡Estás seca! —observó Rafo—. Yo estoy empapado como un pollo de una granja gallega en invierno y tú pareces recién salida de un salón de belleza. El nerviosismo le disparó la lengua.

—Mírame: sin afeitar, fatalmente vestido y empapado. Soy un desastre de los pies a la cabeza.

Le dio un beso en la mejilla y parte del maquillaje de Maite quedó transferido a su cara, que le produjo aún más vergüenza.

—Estás hecho un cuadro —dijo ella riéndose.

Decidieron ir a comer a un restaurante que estaba justo enfrente, diseñado como un vagón de tren. A la izquierda se extendía una barra llena de gente joven. Por cierto, Rafo se olvidó de llamar a su hermana.

—Son ofensivamente jóvenes —comentó Maite—. La juventud no debería existir cuando ya no disfrutas de ella.

Se sentaron en el único compartimento libre, pero Rafo apenas prestaba atención al entorno. Su problema era otro: los goterones seguían cayendo por su cuerpo como una pequeña red hidrográfica personal.

Uno especialmente decidido descendió por el cogote y terminó infiltrándose en el bóxer. Aquello era intolerable. Rafo tomó una decisión estratégica: ir al baño.

Se levantó con la mayor dignidad posible y avanzó dejando tras de sí una constelación de gotas que lo delataba como un caracol humano. Justo al pasar junto a la barra, una gota rebelde se liberó de la pernera del pantalón en el momento más inoportuno. El pie resbaló medio centímetro. Rafo ejecutó una pirueta involuntaria, mezcla de paso de baile y maniobra de equilibrista. Durante un segundo quedó suspendido con los brazos abiertos como si saludara a un público invisible.

Dos jóvenes levantaron sus copas en un brindis silencioso. Rojo como un semáforo, Rafo continuó hacia el baño. Diez minutos después volvió exactamente igual de mojado. El secador no funcionaba y tampoco había papel higiénico. Maite se seguía riendo sin piedad.

Hablaron de trabajos, de compañeros antiguos y de sus vidas actuales. Rafo estaba cabreadísimo porque había soñado con este reencuentro mil veces y lo había idealizado como en un atardecer otoñal perfecto y no convertido en una farola parpadeando bajo la lluvia. Intercambiaron números de teléfono. Rafo lo hizo prometiéndose a sí mismo una norma férrea: «él no escribiría primero».

—Me tengo que ir —dijo Maite de repente. La cara de desilusión de Rafo era un cromo, pero no tuvo más remedio que aceptarlo.

Recordaron entonces cómo, en sexto de Bachillerato, ella desapareció del instituto sin despedirse. Después vino aquella timidez adolescente que ninguno de los dos supo romper.

En ese momento una gota especialmente cruel cayó dentro del café que estaban compartiendo y Rafo, que tenía prohibido el café porque lo ponía nervioso, se lo bebió de un trago.

Intentó levantarse para pagar y calculó mal. El exceso de humedad convirtió el asiento en una pista de patinaje. Rafo perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo con un golpe seco que resonó en todo el local.

Un segundo de silencio. Luego estallaron las carcajadas como un aguacero repentino en pleno verano, de esos que empapan hasta los pensamientos y no piden permiso.

Intentó levantarse apoyando la mano en el suelo y notó inmediatamente que la palma se hundía en una sustancia grisácea cuya naturaleza era mejor no investigar demasiado.

Las risas aumentaron al mismo ritmo que el chaparrón que le había pillado en plena calle.

En ese momento chocó con la bandeja de un camarero. Los cafés describieron un breve vuelo parabólico y terminaron —de una forma que desafía cualquier explicación física— directamente sobre su cabeza. Las carcajadas se volvieron ensordecedoras cuando los asistentes comprobaron que estaba simulando sin querer a la figura del rey Baltasar el día de Reyes.

Pagó como pudo. Maite lo acompañó al baño y vació su bolso de pañuelos para secarle la cara y el pelo. El resto era imposible.

Mientras caminaban del baño a la puerta del establecimiento, muy despacio porque a Rafo le dolía mucho la rabadilla, los consumidores que estaban apoyados en la barra, en voz alta, salmodiaron sin gracia ninguna:

―No corras tanto, que Urgencias está abierto las veinticuatro horas.

―¡¡¡Santillana en el Bernabeu!!!

―¡¡¡Hugo Sánchez goleando al Atlético!!!

―¡¡¡Viva el Carnaval!!!

―¡¡¡Gento corriendo la banda!!!

―¡¡¡Pichichi, amigo, pichichi!!!

Se despidieron con un beso húmedo y nunca soñado por Rafo, que se dirigió lo más rápido que pudo a urgencias. La radiografía confirmó que no había fractura, sólo una buena magulladura en el coxis. Después de un exhaustivo reconocimiento, no faltó lo esperado.

—Tengo curiosidad —dijo la médica—. ¿Qué le ha pasado exactamente?

Rafo relató toda la aventura con pelos y señales. A medida que avanzaba la historia, la sonrisa de la médica crecía. Salió de la consulta con alivio. Cerró la puerta. Y desde dentro se escuchó una carcajada tan sonora que todos los pacientes de la sala de espera la oyeron.

Regresó a casa en metro, quería pasar inadvertido. Cuando abrió la puerta, su hermana, cabreada porque no le había avisado de que no comía en casa, lo miró durante varios segundos en silencio.

—¿Te has peleado con una tormenta o te ha atropellado un camión de estiércol?

—Ha sido un día muy complicado —dijo Rafo con dignidad fatigada.

—Complicado… Pareces un espantapájaros después de una noche de fiesta.

Rafo avanzó hacia el baño.

—No te acerques mucho —añadió ella retrocediendo—. No sé qué traes encima, pero estoy bastante segura de que no es perfume.

—Necesito una ducha.

—Necesitas una ducha, una lavadora industrial y posiblemente un exorcista. Diez minutos después, bajo el agua caliente, Rafo regresó al mundo de los seres humanos razonablemente secos. 

EL CUARTO VIRGEN

Escribo estas palabras como quien deja una luz encendida en un cuarto donde nadie ha entrado todavía, pero que yo sé que tú algún día llegarás. No sé si reconocerás la voz que te habla, ni sé si te resultará familiar este tono con mezcla de recuerdo y deseo, pero algo en mí insiste en que mis cartas no necesitan remitente para encontrar su destino. Hay nombres que abren puertas, y el tuyo siempre me ha sonado a llave antigua que entra en cerraduras que no recordaba tener. Hay días en los que pienso que el mundo se mueve demasiado rápido, y que sólo la escritura conserva la capacidad de detener el tiempo. Por eso te escribo: porque tú, sin saberlo, te has convertido en una especie de refugio, un lugar donde reposar el pensamiento cuando el ruido de fuera daña más de lo que debería. Quizá porque tu nombre lleva dentro esa resonancia antigua, esa raíz nórdica que habla de cosas sagradas, de fuerza silenciosa, de algo que permanece cuando todo lo demás pasa. Y hoy quiero dedicarte también un poema, no para que lo interpretes, no, sino para que lo lleves contigo, como quien lleva una piedra caliente en el bolsillo durante todo el invierno. 

SÍNDROME DEL AULA

Mi psicólogo online dice que sufro el «Síndrome del aula», aunque afirma que el nombre correcto es «Trastorno de Idealización Docente Retroactiva» (TIDR) y que es partidario de que aplique sin mediar un minuto el «Protocolo de Rehabilitación Reputacional del Profesor Jubilado» (PRRPJ). Me lo explica a través de una webcam colocada con tal precisión estratégica que detrás se ve una pared llena de títulos, diplomas y reconocimientos, todos alineados con suma perfección y todos muy solemnes. Sospecho que todos «muy online y muy competenciales». Me habla con una nitidez digital impecable y con un silencio de fondo tan absoluto que, en mi vida anterior, solo podía significar dos cosas: o el colegio había sido evacuado… o los de segundo de Bachillerato estaban tramando algo grave.

Tras 37 años «en el frente académico», me jubilé en junio del 25. Colgué la tiza, apagué el proyector y entregué las llaves del aula con la misma emoción con la que un cirujano entrega su material, después de un sinfín de operaciones, a su sustituto.

Y ahora, según este experto, tengo «mono». Según él, «Carencia Crónica de Interacción en el aula» (CCIA) o «Dependencia Pedagógica Residual» (DPR). Una patología curiosísima. Resulta que, en la tranquilidad casi monacal de mi casa, echo de menos los proyectos curriculares y la burocracia académica. Sí, sí, ya sé que suena raro. Pero extraño —con una intensidad casi literaria— rellenar «actas de evaluación» en plataformas digitales diseñadas, sin duda, por alguien que guarda un resentimiento muy profundo hacia los profesores y, posiblemente, hacia la humanidad en general. También echo de menos esos «planes de mejora de la convivencia» y los «informes de las entrevistas con padres» que ocupan cincuenta páginas para llegar a una conclusión pedagógica de gran calado: el alumno seguirá comportándose exactamente igual que antes, pero ahora el centro tiene un documento muy serio que lo certifica. ¿Y la novedad de las competencias? Lo siento, salgo huyendo.

¿Y las reuniones de tutores y de departamento? ¡¡¡Qué tiempos aquellos!!! Horas enteras discutiendo con gravedad académica si el examen de recuperación debía hacerse el martes a cuarta hora o el miércoles a quinta y si estaban reflejados en el examen todos los contenidos mínimos. Yo asentía con gesto profesional mientras por dentro realizaba cálculos más existenciales: cuántos trienios me faltaban para escapar dignamente de allí.

Pero el tiempo tiene muy mala fe y ha empezado a deformar mis recuerdos.

Lo que antes llamábamos «mala educación» ahora me parece «exuberancia vital del adolescente». Ya no recuerdo el agotamiento de pedir —por decimocuarta vez antes del recreo— que guarden el móvil, que se sienten, que bajen la voz o que dejen de discutir sobre quién le robó el bocadillo a quién.

Ahora recuerdo otras cosas. Por ejemplo, aquella ocasión en la que expliqué durante veinte minutos una idea bastante profunda del estilo de un escritor clásico y, cuando terminé, un alumno levantó la mano con entusiasmo.

—Profe, ¿esto entra en el examen?

Aquel día comprendí que la literatura clásica tiene límites muy claros.

O aquella vez en la que pedí silencio absoluto durante un minuto para que reflexionaran sobre un poema de Quevedo. Fue uno de los silencios más intensos de mi carrera… hasta que alguien preguntó en voz alta:

—¿Pero silencio normal o silencio de verdad?

Son momentos que, curiosamente, el cerebro archiva con una ternura sospechosa.

El silencio de mi casa, en cambio, es inquietante. A veces pienso seriamente en contratar a tres o cuatro adolescentes por horas para que recorran el pasillo gritando, discutan sobre cosas incomprensibles y dejen un rastro de migas de palmera de chocolate por el suelo. Solo para sentir que sigo en mi «hábitat natural».

El psicólogo insiste en que debo «soltar el lastre». O «Desacople del Entorno Educativo Reglado» (DEER). Pero me pregunto yo: ¿cómo «se suelta» un oficio que durante décadas me obligó a ser profesor, juez, mediador, psicólogo improvisado, árbitro de conflictos diplomáticos y experto en descifrar exámenes escritos a las ocho de la mañana con una caligrafía que recuerda sospechosamente a un electrocardiograma durante un terremoto?

Empiezo a sospechar que mi síndrome no es nostalgia. Puede que sea una variante pedagógica del «Síndrome de Estocolmo» o «Fenómeno de Alienamiento Afectivo con la Fuente de Coerción» (FAAFC). He pasado tanto tiempo «secuestrado» por el sistema educativo que ahora que me «han soltado»… me siento ligeramente desorientado. Sobre todo, porque nadie me pide informes, nadie me convoca a reuniones y, lo que es peor, nadie necesita que firme nada.

Dicen que la jubilación es el descanso del guerrero. Yo me siento más bien como un «viejo rockero» que ha dejado los escenarios. Es cierto que el público a veces protestaba, a veces abucheaba y a veces se dormía en primera fila. Pero también es verdad que, de vez en cuando, alguien escuchaba. Y eso, sospechosamente, se echa de menos.

La libertad es maravillosa, no me malinterpreten. Pero es que el silencio de mi casa… es demasiado educado. Y eso, para alguien que ha vivido rodeado de adolescentes durante casi cuatro décadas, resulta francamente inquietante. 

ESTREÑIMIENTO

Estado de absoluta sorpresa del ser humano ante los retortijones ocasionados por una ilegal huelga de heces fecales que puede alcanzar un tiempo indefinido si no actúa un interviniente con una placentera manipulación del esfínter anal para que se libere el extremo terminal del tubo digestivo. El estreñimiento es esa experiencia mística que te hace creer en el karma, porque claramente estás pagando por todos tus pecados, uno por cada día que el cuerpo decide rebelarse. Es una vergüenza tan universal como silenciosa: nadie lo admite, pero todos caminan por la vida con la misma mirada de sufrimiento zen, fingiendo serenidad mientras por dentro libran una guerra civil intestinal. De pronto, la fibra se convierte en religión, el baño en santuario y el papel higiénico en símbolo de esperanza. Y ahí estás tú, negociando con tu propio organismo como si fuera un político corrupto: prometes comer verduras, beber agua y dejar el queso, aunque los dos sabemos que en cuanto logres ‘el milagro’, volverás a abusar del pan blanco con la fe ciega de quien no aprende. Porque si algo enseña el estreñimiento es que el cuerpo tiene memoria, el orgullo no, y la vergüenza… se sienta contigo, literalmente.