«SONMEIGO» (JMMT)

RETRANCA

Difícil de entender para una persona que no conoce en profundidad Galicia. Podemos decir que es la puñetera habilidad para hablar con segundas pretensiones, en especial cuando se procura una ironía intencionada en lo que se dice y sale revestida de cierto valor creativo y gracioso. Para entender perfectamente la retranca transcribo una viñeta de Castelao en la que el tabernero le pregunta al cliente: «¿Qué te parece mi vino?». El vino era ruin, pero el paisano salió del apuro diciendo: «Por donde va, moja, y como refrescar, refresca». Otros ejemplos: «¿Lloverá?» «Si tiene que llover, que llueva, pero por encima de nosotros». «Éche o que hai» (Es lo que hay). Se dice para justificar la nota de un examen o para dejar claro que no está invitada a la fiesta. 

UN SUEÑO «ACADÉMICO»

Me jubilé hace poco ―aún sufro el «resacón» de la enseñanza― después de treinta y siete años enseñando Lengua y Literatura españolas, que son, dicho sea de paso, dos materias que tienen la mala costumbre de metérsete en la sangre como el café: aunque no tomes, sigue temblando por dentro.

Son las seis de la mañana. Argumentan los expertos que es el momento óptimo para despertar y que, en su significado figurado, levantarse a esa hora suele simbolizar responsabilidad, constancia y sacrificio. Es el umbral entre la quietud de la noche y la actividad del día, y que es la hora ideal para levantarse de las personas exitosas.

―Media hora de retraso, José María, media hora de retraso, me dice mi alter ego con una sorna crispante. Tienes que ponerte en marcha. No te va dar tiempo a nada, siempre igual.

Resulta que esta noche he tenido un sueño de los que vienen con argumento, reparto y banda sonora. Un sueño de esos que me atan a la cama al amanecer, pero cuya pérdida duele infinitamente más que despertar.

―¿Banda sonora? Tú, que tienes los oídos enfrentados y que cada vez que cantas no se sabe bien qué canción interpretas. Tú, que tienes el oído lleno de silencios donde deberían nacer las notas.

Curioso es que un 8 de enero, a bajo cero, me haya despertado sudoroso y con una sensación de profe novato, ese que aprende a nadar a marchas forzadas en un océano repleto de las escrutadoras miradas de los alumnos.

―Lamentable. Lamentable. A tu edad, pensar que eres un profesor novato suena rocambolesco y embustero. Tanto como aquella noche que, con compañía femenina, te empeñaste en cantar, en el karaoke, la canción de Quique González Aunque tú no lo sepas y dejaste el espacio acotado para ese espectáculo más vacío que nuestros bolsillos en el mes de enero.

Pronto me di cuenta de que nada era realidad, de que todo había sido una fantasmagoría digna de llevar a un escenario de público juvenil, ese que come palomitas, atiende al móvil y habla en alto con el compañero de butaca después de mil conminaciones a guardar silencio.

En mi sueño no daba clase, claro. No corregía. No evaluaba. No miraba el reloj con esa mirada de «Dios mío, aún quedan treinta y ocho minutos». Yo simplemente «aparecía», abría la puerta, cruzaba el aula en silencio solemne —ese silencio que solo se consigue cuando nadie entiende qué está pasando— y empezaba:

—«Oh!, mesa escolar de pata coja, / altar de la goma y la fotocopia, / monstruo sibarita de la hora, / no juzgues con dureza mi poema…»

Y los alumnos, que en la vida real me habrían pedido ir al baño «con urgencia existencial», allí permanecían hipnotizados. Hasta los del fondo, los que viven detrás de una cortina de palabras, cerraban la boca como quien recibe una severa reprensión de la directora. Solo se oían suspiros juveniles. Alguna lloraba. En primera fila una chica murmuró sarcástica: «¿Esto es… arte?». El alumno que estaba a su lado preguntó si podía «repetir curso» para seguir oyéndome.

El éxito fue atronador. El claustro me miraba con suspicacia y admiración, esa mezcla típica del gremio: «no lo entiendo, pero me ofende que se gasten el presupuesto en un payaso de la poesía». La jefa de estudios, que en mis tiempos se recorría las tutorías con el horario de permanencias, me sonreía como si yo fuese un proyecto europeo. Y la directora —esa mujer que siempre estaba firmando documentos y reprendiendo las ausencias con una buena mano izquierda— me llamó a su despacho para decirme, con voz grave:

—Esto es lo que necesita el centro: poesía sin temario. Hueles a Keating, dicen tus compañeros, pero, tranquilo, si de mi depende, quizá te renovemos el contrato en junio.

Y entonces ocurrió lo inevitable: los padres. Aunque no lo creamos, los alumnos siguen contando en casa lo que ocurre, de forma anómala, en el colegio. Los deberes y notas, no; los cotilleos, sí.

En el sueño, la noticia corrió como si yo fuese un «conocido influencer de la metáfora». Los padres, sorprendidos por el éxito, me abordaron un día a la salida.

—Profesor —me dijo una madre compuesta para la ocasión, queremos asistir a sus sesiones de poesía. Lo hemos hablado en el grupo y somos mayoría los que queremos que nos dé un recital.

—¿Dónde? —pregunté, ingenuo y nada receptivo.

—En el Retiro —dijo otro—. Esta misma noche. A cinco bajo cero. Que así se aprecia mejor.

Yo, camino de casa, pensaba que el Retiro era ese lugar donde los poetas se congelan con dignidad y las ánades, si todavía hay, te juzgan con una «patosa» severidad.

Al final, acepté, porque en los sueños uno siempre asume retos incomprensibles con la naturalidad con la que en la vida real uno acepta ser presidente de la comunidad de vecinos sin resistirse lo más mínimo o ser el estúpido encargado del amigo invisible en el trabajo.

Y allí estaba yo, bajo una farola temblorosa, con bufanda hasta las orejas y el alma ligeramente escarchada, recitando versos mientras el público —padres envueltos en plumas, termos de chocolate por doquier, niños medio dormidos y con la comisura de los labios congelada como si fueran estalactitas o estalagmitas, que no sé la diferencia— asentía con un refrigerado fervor.

Cuando recité un soneto sobre la tilde diacrítica como tragedia griega, hubo clamor de satisfacción. Cuando improvisé una oda a la «hache», esa letra fantasma que nadie respeta, alguien gritó: «¡Bravo!» y otro pidió «otra» como si estuviera en un concierto de «Los Secretos».

Y al final, movido por una intuición ancestral —porque la poesía es gratis, pero el frío no—, saqué un cestillo, ese mismo que cuando tenía doce años pasaba por entre los bancos de mi querida María Auxiliadora. Lo pasé con elegancia, como hacen los músicos del metro, con cara de «si no paga, no pasa nada, pero, al final, sí pasa».

El cestillo volvió a mi lugar, un montículo que habían ideado algunos padres y alumnos con la tierra que había acumulada de una reforestación parcial como si fuera un Ágora con un promontorio para los sabios, «vacío» como el sonido de mi guasap. Ni una moneda. Ni un euro perdido por casualidad. Ni un céntimo sentimental. Nada. El silencio fue un poema en sí mismo.

Con ojos entumecidos por el frío de la madrugada, yo miré sorprendido a mis espectadores, y estos se metieron las manos, guantes incluidos, en sus bolsillos, los termos, manoseados con reiteración, liberaban los nervios de sus dueños y la generosidad, como la merluza de Pescanova en altamar, congelada. Y entendí, con una claridad glacial, que el arte se aplaude con entusiasmo… siempre que no implique abrir la cartera.

Así que dije para mí:

—Bien. Entonces, el último poema lo improvisaré, como si fuera un mal sucedáneo del chocolate, sobre la racanería y el misterioso poco valor del arte literario. Me salió lleno de ripios, lugares comunes y alguna que otra chabacanería: «Que viva el poeta, que viva el cantar, / pero que no nos hagan a nosotros pagar…

Los versos eran dardos, sí, pero con punta roma y sonriente. Me despedí con una reverencia que tenía más de ironía que de humildad. Algunos sonrieron nerviosos, otros me miraron con admiración y desde el fondo se oyeron piropos y olés como si estuviéramos en pleno San Isidro.

Y entonces me desperté sudoroso, con el corazón acelerado y la garganta seca, como si hubiera recitado cien endecasílabos dentro de un congelador. Tardé unos segundos en recordar lo esencial: que no había padres, que no estaba en el Retiro y que mi cestillo por las nubes voló.

Solo estaba yo, jubilado de verdad, tumbado en la cama con la pierna cruzada y pensando en cómo hilar el sueño que había tenido.

De pronto, mi hermana se asomó a mi habitación con la prisa de quien necesita un desayuno en vena.

—Venga, que hay que ir a la frutería y a la farmacia.

Me levanté con ritmo cansino. De pie, ante el flanco izquierdo de mi librería, ahí estaban mis poetas predilectos, me miré las manos y las contemplé sin tiza, sin cestillo, sin textos: sólo el vacío de la nada. Y pensé, con una ternura un poco sarcástica, que la vida tiene su propia métrica. Preparé el café y nos sentamos mi hermana y yo a desayunar.

—He soñado, mi hermana me escuchaba en el desayuno con gesto de resignación por la batallita que se avecinaba, que volvía a ser profesor, sí, pero no de esos que entran, pasan lista, explican la subordinada adjetiva, ponen notas y rellenan partes. No. No. Yo era una especie de «trovador colegial» y me dedicaba, de modo completamente improvisado, a pasearme por las clases como un alma en pena con tiza en el bolsillo y un chorretón de café con churros en la corbata, a recitar poemas y textos literarios escritos por mí.

El sueño me devolvió al aula como un héroe lírico… y la realidad, para que no se me subieran los versos a la cabeza, me devolvió al kilo de naranjas, a las patatas gallegas y a la rodillera.   

Y, fíjate tú, Lola, en un iglú, con aplausos y a cinco bajo cero, eso sí que es literatura de verdad. 

«EL SITIO DE MI RECREO» DE ANTONIO VEGA

La historia de «El sitio de mi recreo» está muy ligada a la sensibilidad de su autor, Antonio Vega. Fue publicada en 1992 dentro del álbum No me iré mañana. Con el tiempo se ha convertido en una de las canciones más emblemáticas de la música española por su poesía, su tono íntimo y la forma en que habla de un lugar de refugio emocional, más espiritual que físico.

La letra no describe un sitio concreto. Más bien evoca un espacio interior, un locus amoenus, donde la persona encuentra calma, libertad, recuerdos, amor o incluso una conexión consigo misma. Precisamente esa ambigüedad es una de las razones por las que tantas personas se identifican con ella.

Comentario muy personal

Para mí, El sitio de mi recreo transmite algo que pocas canciones consiguen: la sensación de haber encontrado un rincón del mundo donde el ruido desaparece. No parece una canción sobre un lugar, sino sobre un estado del alma. Da la impresión de que Antonio Vega intenta atrapar un momento de paz que sabe que es frágil y pasajero. Cuando la escucho, me sugiere nostalgia, pero no una nostalgia triste; más bien la gratitud por haber vivido algo tan hermoso que merece ser recordado. Es una canción que invita a detenerse, mirar hacia dentro y recordar cuál es ese «sitio de recreo» que cada persona guarda en su memoria.

Por eso sigue emocionando décadas después: cada oyente termina convirtiendo esa canción en una historia propia. Es lo que pocos consiguen con su canción.

Aquí tienes el enlace para verla y escucharla

BREOGÁN

Cuando pienso en Galicia, no pienso solo en un lugar del mapa. Pienso en una manera de mirar el mundo.

Galicia es niebla y es luz. Es el rumor constante del Atlántico, el verde profundo de los montes, la piedra antigua de las aldeas y el silencio que habita en los caminos. Es también memoria: memoria de quienes vivieron antes, de quienes partieron y de quienes, generación tras generación, siguieron nombrando la tierra como algo propio. Este texto nace de esa memoria, aunque hay conocidos míos que se empeñan en recordarme que yo no tengo nada de gallego.

Breogán evoca una figura mítica que, más allá de la leyenda, representa una raíz profunda de la cultura gallega. Breogán es símbolo de origen, de identidad y de esa antigua conciencia atlántica que conecta Galicia con historias y pueblos que miraron siempre hacia el mar.

Pero este texto no pretende hablar desde la historia erudita ni desde la leyenda lejana. Pretende hablar desde la experiencia, desde el recuerdo, desde las pequeñas escenas que forman la vida de una tierra. Porque Galicia vive en los grandes relatos, sí, pero también en los detalles: en una conversación al atardecer, en el olor de la lluvia sobre la tierra, en el sonido de una campana que marca el paso del tiempo o en la lejanía que duele cuando se palpa en esta tierra de secano y calor asfixiante.

Estas palabras son, en cierto modo, un intento de escuchar. Escuchar lo que me dicen los lugares, lo que me dicen las personas, lo que me dice la memoria. Y convertir esa escucha en palabras.

Quizá por eso el título sugiere palabras. No son solo palabras escritas: son palabras heredadas, palabras escuchadas en la infancia, palabras que han viajado con quienes emigraron y palabras que regresan siempre, como regresa el mar a la costa.

Si Breogán simboliza el origen, este texto quiere ser un eco contemporáneo de ese origen: un pequeño testimonio de lo que Galicia ha sido, es y seguirá siendo para quienes sienten su presencia más allá de la distancia.

Porque Galicia no es únicamente un territorio. Es una forma de pertenencia.

Y tal vez, al final, estas palabras no sean solo de Breogán, sino también de todos aquellos que, de una u otra manera, seguimos sintiéndonos hijos de esta tierra atlántica. 

CAPÍTULO XXV DE ‘HATROZ’.- LA INOCENCIA

Bendita sea la inocencia, / mi abuelo siempre rezó, / mientras yo abría los regalos / que el Rey Mago en mi portal dejó.

Rafo, ya lo vas conociendo, es muy terco y tozudo. Me argumenta, cuando me propone saltar a la infancia, que ya me había advertido que no quería linealidad narrativa. Soy así y, otra vez, como la carta que escribe mil veces, pero nunca envía, sale a la luz la amenaza de deshacerse de mí como narrador. Terco y tozudo como ese espejo que solo refleja lo que uno quiere ver o como ese muro que crece en altura cada vez que alguien ―yo, por ejemplo― intenta escalarlo.

Rafo se debía levantar de forma sigilosa, en una acción clandestina y oculta como el asesino de la hermosa mujer del doctor Kimble en El fugitivo. Nadie sabía sus intenciones. Si alguien las hubiera descubierto, seguro que lo hubieran reprendido en extremo con una advertencia severísima de que, ante un comportamiento tan desmandado, los Reyes Magos pasarían de largo y no dejarían ninguna de las peticiones que había plasmado en la ya tradicional carta.

Durante la cena se esmeró en bostezar ruidosa y estridentemente repetidas veces. Varias advertencias paternas sobre la educación y los malos hábitos cuando estaban sentados a la mesa salpicaron una espera que temía que se le fuera de las manos. Nada más terminar el postre, fue conminado a abandonar el comedor y a meterse en la cama nun chiscar de ollos e nun airiño de Deus. Dos expresiones gallegas muy conocidas por su padre que, así sumadas, le invitaban al receptor del dictado a hacer diligentemente lo que se le indicaba.

Embozado hasta las cejas, el corazón se le desbocaba y sonaba con gran estruendo en el silencio de su habitación. Había tenido una infinita paciencia fingiendo que ya estaba inmerso en uno de sus fantasiosos sueños infantiles. Escenificó acertadamente la estrategia que había tramado con esmerado detallismo, pues la última vez que entró su padre en el cuarto se cercioró de que no estaba despierto. Reprodujo el sonido gutural que profería el dormido con tanta perfección que su padre le confirmó a su madre que estaba descansando. Como buen gallego, dijo: parece que duerme.

Calculó cuánto tiempo tardarían sus padres en conciliar el sueño. Son unos pesados, dijo para sí, porque no paraban de recorrer el pasillo una y otra vez. ¡Hasta han salido a la calle! ¡Esto es como una canción desafinada que no deja de sonar!, dijo para sí reproduciendo las palabras del párroco de Ortoño cuando lo escuchó en las pruebas de canto para el coro.

Por aquel tiempo Rafo no era consciente de las dificultades de su madre para conciliar el sueño. Le oía comentar que el insomnio es como un teatro donde la mente no baja el telón o como un laberinto sin salida. No sabía aún que su lucha contra el desvelo con un silencio forzado le producía un nudo en la garganta que apretaba más con cada palabra no pronunciada. Rafo no sabía a esa edad de la lucha de su madre desde tiempos lejanísimos.

―En esa edad temprana todo me parecía tan sencillo que, cuando llegué a la preadolescencia, y me enteré con todo detalle de la realidad, me sentí un poco culpable por no haberme percatado de ciertas experiencias vividas, me comentó el día que estuvimos hablando de este capítulo.

De pronto, explotó el silencio en la casa. Ni vecinos ni camiones por el paseo. O eso creía Rafo en su fingido sueño, porque la noche del 5 al 6, en aquella época, era una auténtica locura con la compra de los regalos descolgados que los niños habían solicitado en la carta a los Reyes Magos.

De vez en cuando, lo que retrasó voluntariamente la puesta en pie de Rafo, un viento gélido golpeaba el cristal del balcón y se colaba por las rendijas de la montura de madera que no asentaba bien. Esto era una cancioncilla que en tiempos pasados habría sido la causa de una apresurada y meteórica incursión en la cama de sus padres.

El miedo era extraordinario como un abismo que empezaba en la almohada y el crujir de la madera era como un invitado no deseado que no se quería ir. Ni aún con la promesa del vellocino de oro se hubiera quedado en su dormitorio otra noche cualquiera. El objetivo que se había planteado para esa noche era tan importante que el éxito de dicha expedición vencía el miedo a cualquier incursión de elementos extraños en su habitación.

Metido en la cama con tres mantas zamoranas, y tapado hasta la nariz, se sentía muy orgulloso por no escapar de la musiquilla maléfica de la puerta del balcón, aunque al otro lado estuviera la señora Danvers, el ama de llaves de Rebeca. No le castañeaban las muelas por más que sintiera en el estómago el aleteo de inquietas mariposas.

Pensó que ya debería levantarse, pero no era capaz de destaparse, paso previo para ponerse en pie y comenzar de este modo sus indagaciones reales. Hacía mucho frío en la habitación y añoraba Rafo la lucecita que sus padres enchufaban de noche para que no cayera en el pavor nocturno, ese miedo que se convertía en un huésped que no veía pero que sabía que estaba a su vera. Lo de la lucecita no lo sabían en el colegio para no ser pasto de las burlas de los compañeros, que siempre presumían de dormir en la más absoluta oscuridad. Hasta su compañero Pedro, cuando hablaban del miedo decía como un fanfarrón: Si viene a asustarme, que traiga algo nuevo, porque los fantasmas ya me aburren. Yo no tiemblo, yo hago temblar al miedo.

Por fin se puso en pie, tanteó la pared y esquivó con suma habilidad la ruidosa baldosa que estaba suelta, mil veces sellada, pero que mis «tranquilos juegos» hacían que se desprendiera reiteradamente. A causa del desasosiego que me generaba la situación llevaba el pijama pegado a la espalda. Hacía un frío invernal, pero sudaba. La zozobra de la situación lo mantenía en vilo, atacado por los nervios y con la mente neblinosa. Estaba convencido de que iba a descubrir uno de los mayores secretos de la humanidad: el mapa del tesoro estaba dibujado con la letra de mamá.

Avanzó por el pasillo como un niño que camina entre dos mundos: el de la fantasía que quiere conservar y el de la verdad que está a punto de descubrir. Olía la presa. Aspiraba un ligero aroma a licor. Era incapaz de distinguir el tipo de bebida que descansaba en la mesa del comedor. Allí estaban las tres copitas llenas con sus respectivos dulces y servilletas. Ajajá, esta noche los pillo seguro, pensó mientras le subía a la boca una regurgitación estomacal. El maldito pudin que se empeñó en cenar ―había sobrado de la comida― haciendo caso omiso a las «advertencias profesionales» que su padre le había hecho sobre los inconvenientes nocturnos de dicha ingesta. Ahí la terquedad infantil es un grado, además de la cierta permisividad que habita en los progenitores en épocas navideñas.

Rafo tenía ocho años y una misión, repetida mil veces en su mente, muy clara: descubrir de una vez por todas quiénes eran los verdaderos Reyes Magos. Le había dicho Mateo, un compañero de clase con la rotundidad de un niño envalentonado:

―Los Reyes no existen. Son los padres los que compran los regalos. Ayer, mientras rebuscaba en el armario de mis padres, encontré una bolsa llena de juguetes con etiquetas que decían «Para Leo», «Para Clara» y «Para Mateo». Y claro descubrí la mentira: los Reyes Magos no son quienes traen los regalos… ¡son los padres!

La profesora, al enterarse, habló con Mateo. Le explicó que la magia de los Reyes no está en saber si son reales o no, sino en compartir ilusión, esperanza y alegría.

Mateo, avergonzado, comprendió que había roto algo más que un secreto: había chafado la ilusión de sus amigos.

Esa noche, escribió cartas a cada uno de ellos, pidiéndoles perdón y prometiendo que, aunque supiera la verdad, nunca volvería a apagar la magia de los demás.

Los padres de Rafo, cada año, le hablaban de Melchor, Gaspar y Baltasar, pero él, después de escuchar a Mateo, sospechaba que algo no cuadraba. Así que esa noche, la noche mágica del 5 de enero, había decidido ejecutar la operación secreta que había urdido sin decir nada a nadie.

Colocó una manta en el sofá del salón, justo frente al portal de Belén que presidía el salón. Tenía una linterna, una libreta para tomar notas, y hasta un reloj con alarma. Dejó los zapatos bien limpios bajo el portal, junto a los dulces para los Reyes y el agua para los camellos. Todo estaba listo.

—Esta vez no se me escapan —susurró, mientras se acomodaba en el sofá. Pero los nervios y el cansancio, compinchados con sus padres, lograron el milagro: se quedó profundamente dormido. Había luchaba contra el sueño como un titán, pero sus párpados pesaban como piedras y no pudo más. A las cuatro de la madrugada, la alarma sonó… pero él no la oyó. Dormía profundamente, abrazado a su linterna.

A las siete de la mañana, sintió una mano suave en el hombro.

—¡Feliz Día de Reyes, campeón! —le dijo su padre.

Rafo abrió los ojos y vio el salón lleno de regalos, los zapatos rebosando de sorpresas, y los dulces mordisqueados.

—¡No puede ser! ¡Me dormí! —exclamó, frustrado.

Su padre sonrió, cómplice.

—Los Reyes son muy rápidos. Quizás el año que viene tengas más suerte. Tal vez los Reyes solo se dejan ver cuando uno no los espera. Quizás la magia está en no verlos.

Rafo miró su libreta vacía y suspiró. Pero en el fondo, sabía que la magia no estaba en descubrir el secreto… sino en que realmente existían los Reyes Magos.