«SONMEIGO» (JMMT)

ENTRE SOMBRAS Y SILENCIOS

A veces, en los momentos tranquilos del día, me sorprendo a mí mismo escondido detrás de una voz que no termina de salir. Siento un impulso interno que quiere hablar, asomarse, respirar… pero se detiene justo antes, como si le diera vergüenza mostrarse por completo. Me cubro con una especie de niebla suave que apaga mis gestos y mis palabras, mientras mi corazón late tranquilo, cuidándose, esperando su momento.

Las palabras vienen a mí, revolotean inquietas, pero no se animan a tomar vuelo. Mis ojos buscan refugio en el suelo, como si allí pudieran ocultarse del mundo. Y mis susurros, pequeños y frágiles, se quedan atrapados en mis dudas, navegando en ese mar interno que a veces me sobrepasa.

Aun así, dentro de ese silencio hay algo valioso. Un pequeño mundo íntimo, delicado y honesto, que florece en lo profundo. Allí guardo lo que soy, lo que todavía no muestro, lo que espera el instante justo para abrirse sin temor. Es un lugar donde mi aparente fragilidad se transforma en fuerza, donde mi sinceridad brilla sin necesidad de hacer ruido.

Entiendo que la timidez no es un muro: es una puerta. Y detrás de ella hay un corazón vibrante, que desea ser visto y abrazado tal como es. Aunque a veces me esconda entre sombras y silencios, sé que por dentro se está gestando un despertar. Llegará el día en que mis palabras dejen de temblar, en que mis ojos se levanten hacia el mundo, y en que mi voz fluya sin contenerse.

Porque en mí, detrás de esa bruma, vive una verdad que no se apaga: mi silencio también habla, y mi timidez no es más que el paso previo para mostrar un corazón que, cuando se atreve, ilumina sin esfuerzo. 

EL SUEÑO DE UNA NOCHE

Cada domingo, ya ocioso e improductivo, un profesor jubilado de buen porte ―eso creía él― se sentaba en el mismo banco de la calle Francisco Silvela, justo frente a una colonia de palomas que ya no lo reconocían ni lo temían cuando una mujer mayor las invitaba a diario a un suculento desayuno de migas de pan.

―Las palomas, él sólo veía su lado sombrío, son susurros grises del abandono, alas que ensucian el cielo con polvo urbano, miradas vacías que mendigan migas y sombras que devoran la pureza de las plazas.

Llevaba siempre consigo un smartphone con el que escuchaba música en la plataforma que explota económicamente a los artistas. Especialmente música de los ochenta. Porque los ochenta, según él, tienen ese rollo que engancha: canciones pegadizas y espontáneas, ritmos que te levantan el ánimo y letras que se sienten muy cercanas. Además, nos recuerdan tiempos más simples, fiestas con amigos y la sensación de libertad. Es música que nunca pasa de moda, como un viejo amigo que siempre te hace sonreír.

En una aplicación tenía anotados los nombres de viejos conocidos ―muchos de ellos tachados― que le habían asegurado un guasap para saber de él y de su júbilo o para enviarle una felicitación por Navidad. 

―Quiero que permanezcan en mi memoria y quiero que estos nombres sean como tatuajes de mi vida laboral ―decía―, porque mi memoria es un archivo oxidado en el que guardo piezas que chirrían al abrirse, algunas intactas, otras corroídas, pero todas muy apreciadas por mí. Y ahí quiero tener yo a mis conocidos, rechinen o no.

Esto se lo comentaba a otro jubilado que se sentaba a su lado con un respirador de oxígeno que le impedía hablar con normalidad. El buen hombre lo escuchaba con enorme devoción y el profesor jubilado se lo agradecía con desmesura. Era el tiempo de gloria de dos jubilados. Hasta que un día dejó de ir. El dueño de una ferretería le comunicó que estaba ingresado en la Princesa.

En su día a día el profesor jubilado comprobó que todo lo que se movía en su entorno se había vuelto silencio; y su voz, cada vez más herida, el único rescoldo que le había dejado la enseñanza, solo encontraba eco en un pasado cada vez más lejano. Sentía la jubilación como un reloj sin manecillas: el tiempo sigue, pero ya no marca rumbo, solo silencio y la sombra de lo que fue.

Debido a su mala memoria, un día se dejó ―o abandonó, todo cabía en él― en el banco su móvil abierto por la aplicación de notas. Así pasó la mañana. Por la tarde, un grupo de chicos que salían del colegio se sentaron en el banco a jugar con sus respectivos móviles. En un principio, no tocaron el smartphone abandonado, pero la curiosidad ―ese perro suelto que olfatea cada esquina, que corre sin mirar atrás y que muerde todo lo que desconoce― les pudo y el más listillo lo cogió y leyó lo que tenía escrito: «Si alguien me recuerda, que deje escrito aquí cómo era yo cuando aún me esperaban».

Los chicos se callaron durante unos segundos y el más listo sentenció: Ya tenemos tema para el trabajo de Educación en Valores Cívicos y Éticos.

Desde entonces, el banco de las notas, olvidado con tristeza por el profesor jubilado como un libro cerrado en una estantería polvorienta, tiene flores frescas todos los domingos. 

POR QUÉ ESCRIBO

Escribo porque me gusta escribir. No por oficio ni por necesidad pública, sino por placer íntimo. Escribo del mismo modo que leo: en silencio, sin prisas, como quien conversa consigo mismo sin esperar respuesta. La piel que también somos nace de ese lugar interior donde las emociones se guardan más de lo que se expresan, no por falta de intensidad, sino por exceso de cautela.

Siempre fui una persona tímida. No en el sentido de la inseguridad constante, sino de esa timidez que observa antes de hablar, que prefiere el rincón tranquilo a la voz alta, que siente más de lo que dice. Muchas de las palabras que habitan este libro no se marcharon porque no encontraron el momento adecuado. Se quedaron dentro por miedo a fracasar, a no ser comprendidas, a exponer lo que es profundamente personal: la soledad, el amor contenido, la frustración, la vergüenza, la desolación.

Este libro no nace de un dolor concreto, sino de una acumulación lenta de sentimientos. Son emociones pequeñas, cotidianas, a veces contradictorias, que se fueron instalando con el paso del tiempo. La soledad, aquí, no es abandono, sino elección parcial. Porque estar solo no significa estar vacío. Significa, muchas veces, estar acompañado de uno mismo, de los libros, de la memoria, de las palabras que aún no se han dicho.

La piel que también somos no pretende explicar nada. Es un espacio de sinceridad discreta. No hay grandes declaraciones ni gestos dramáticos. Hay silencios, dudas, miradas hacia dentro. Hay amor, pero no siempre correspondido. Hay deseos que no se cumplieron y otros que ni siquiera llegaron a formularse. Hay la sensación constante de que hablar demasiado puede romper algo frágil.

Escribo estas páginas sabiendo que no todo el mundo se reconocerá en ellas. Y está bien. Este no es un libro para multitudes, sino para lectores que entienden que la vida emocional también se construye desde la reserva, desde la contención, desde la palabra que decide quedarse. Porque a veces, lo más verdadero es lo que nunca se marchó. 

LA LLUVIA EN GALICIA

Dicen que en Galicia llueve más que en ningún otro lugar, pero quienes la conocen de verdad saben que la lluvia no es solo un fenómeno meteorológico: es un estado del alma. Galicia llueve por dentro, incluso en agosto, incluso cuando el sol se atreve a posar su luz sobre los hórreos y las playas de agua fría. Llueve en la memoria, en la forma de mirar, en la manera de caminar despacio, como si cada paso fuera una conversación con la tierra.

La lluvia interior gallega no empapa, pero cala. No moja la ropa, pero humedece los pensamientos. Es una lluvia que acompaña, que no interrumpe, que no exige paraguas. Es la lluvia que hace que uno se detenga a escuchar el rumor de un río aunque no tenga prisa, o que mire el horizonte del mar como quien busca una respuesta que no necesita encontrar.

En Galicia llueve por dentro porque el paisaje se cuela en las personas. Los bosques de eucaliptos que suspiran con el viento, las carballeiras que guardan secretos centenarios, los caminos de piedra que parecen haber sido puestos allí para que nadie olvide de dónde viene. Todo eso se filtra, sin pedir permiso, en el carácter de quienes nacen o se quedan. Y también en quienes pasan solo un verano y descubren que, sin saber cómo, ya no podrán marcharse del todo.

La lluvia interior es también una forma de resistencia suave. Galicia ha aprendido a convivir con la niebla, con la bruma que borra contornos y obliga a afinar los sentidos. Esa misma bruma se instala en el corazón y enseña a mirar más allá de lo evidente. Por eso los gallegos tienen fama de responder con otra pregunta: no es indecisión, es una manera de abrir posibilidades, de no cerrar caminos antes de tiempo. La lluvia, incluso la que no cae del cielo, enseña paciencia.

Pero no todo es melancolía. Galicia llueve por dentro porque también llueve alegría. Una alegría que no hace ruido, que no necesita grandes gestos. Es la alegría de una mesa compartida, de un plato de pulpo que humea sobre el mantel de papel, de una conversación que empieza hablando del tiempo y termina hablando de la vida. Es la alegría de una romería que se alarga hasta que el cuerpo dice basta, o de un paseo por la playa cuando el viento obliga a sujetarse la capucha con las dos manos.

La lluvia interior gallega tiene un ritmo propio. A veces cae fina, como un recuerdo que vuelve sin avisar. A veces arrecia, como un abrazo que uno no esperaba. Y otras veces se detiene, dejando un silencio que no es vacío, sino descanso. En ese silencio, Galicia respira. Y quien la escucha, también.

Quizá por eso tantos viajeros sienten que Galicia los mira. No con ojos humanos, sino con la mirada de sus montes, de sus rías, de sus aldeas que parecen resistir al tiempo. Galicia observa, reconoce, acoge. Y cuando uno se va, la lluvia interior se queda, como un pequeño faro encendido en algún rincón del pecho.

Porque Galicia llueve por dentro, sí. Llueve en forma de nostalgia, de ternura, de calma. Llueve en forma de historias que se cuentan al calor de una lareira, o de silencios que dicen más que cualquier discurso. Llueve en la manera de querer, de recordar, de volver siempre, aunque sea solo con el pensamiento.

Y quien ha sentido esa lluvia, aunque sea una vez, sabe que no se seca nunca del todo. 

ENTREVISTA A UN HOMBRE QUE SE CREE ESCRITOR EN ACTIVO, PERO QUE REALMENTE ES UN ESCRITOR EN DESCOMPOSICIÓN CREATIVA

FECHA DE LA ENTREVISTA:

DOMINGO 28 DE DICIEMBRE DE 2025 A LAS 02:18 DE LA MADRUGADA

LUGAR DE LA ENTREVISTA:

El nuevo despacho de José María ―más conocido como Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo o Tantometén― no es un despacho cualquiera. No tiene estanterías, ni plantas, ni una ventana con vistas inspiradoras. No. Su despacho es un ecosistema autónomo, un microclima, un santuario escatológico donde la creatividad se mezcla con el olor a ambientador barato y decisiones cuestionables.

El escritorio es una tabla improvisada apoyada sobre el bidé, el portátil descansa peligrosamente cerca del lavabo y la silla… bueno, la silla es la tapa del inodoro, que ha sido ascendida a «asiento ergonómico de alto rendimiento». El rollo de papel higiénico hace las veces de asistente personal, tomando apuntes invisibles mientras observa la escena con resignación. La cisterna, por su parte, actúa como supervisor creativo: cada vez que José María escribe algo mediocre, después de arrancárselos de las manos, descarga sola como un aplauso sarcástico hidráulico.

En una esquina, un ambientador con forma de pino lucha por su vida, intentando neutralizar el aroma existencial del lugar. En otra, un bote de gel mira fijamente a José María, como preguntándose en qué momento exacto su dueño perdió el rumbo, se le fue la olla o empezó a comportarse de modo irracional.

Este es el despacho donde ocurre la magia. O, más exactamente, donde la magia viene a morir.

RAZONES DE LA ENTREVISTA:

La entrevista se ha realizado por motivos estrictamente científicos, antropológicos y, sobre todo, por puro morbo, por atracción de lo prohibido. Los expertos del Instituto Internacional de Escritores en Crisis (una institución que no existe, pero que debería) han considerado que el caso de José María es tan extremo, tan fascinante y tan potencialmente contagioso, que merece ser documentado antes de que, dados los síntomas evidentes, él mismo se disuelva en una nube de frustración creativa.

Además, en huelga general indefinida, sus suscriptores —para los que el contenido de los textos de José María se convierte en un jardín secreto que pocos se atreven a explorar— exigieron una explicación oficial. No para volver a leerlos, claro, sino para tener material con el que alimentar sus piquetes imaginarios.

Y así, con un equipo de investigación equipado con mascarillas, guantes y una valentía cuestionable, el entrevistador se decidió a entrar en el baño―despacho de José María para registrar su testimonio. Lo que sigue es la transcripción íntegra de esa entrevista, realizada bajo condiciones extremas y con un riesgo para el transcriptor del 97%.

TRANSCRIPCIÓN COMPLETA DE LA ENTREVISTA:

ENTREVISTADOR.- José María, gracias por recibirnos. Aunque… debo decir que nunca había realizado una entrevista sentado en una de las múltiples tapas de inodoros que tiene en su baño. ¿Es este su nuevo despacho oficial?

JOSÉ MARÍA.- Hoy he alcanzado un nuevo hito en mi carrera literaria. He dejado de ser un escritor en crisis para convertirme oficialmente en un fósil creativo. Si alguien perforara mi cerebro ahora mismo, encontraría restos de ideas prehistóricas, un par de metáforas rotas y quizá un adverbio petrificado. Nada más. Ni rastro de vida inteligente.

ENTREVISTADOR.- ¿Y cómo se siente al intentar escribir desde este… entorno tan aromático?

JOSÉ MARÍA.- Me he sentado frente al ordenador con la esperanza de que, por algún milagro grotesco, una frase decente emergiera de entre los escombros. Pero lo único que ha emergido es un olor sospechoso, como si mi inspiración hubiera muerto hace días y nadie se hubiera molestado en avisarme. El cursor parpadea como un testigo del crimen, señalándome con su luz intermitente: «Fue él. Él mató la creatividad».

ENTREVISTADOR.- ¿Qué tipo de palabras le vienen a la mente en estos momentos de… iluminación intestinal?

JOSÉ MARÍA.- Las palabras que salen de mi cabeza parecen seleccionadas por un comité de criaturas subterráneas con muy mala leche: gibberish, lampoon, migrate… ¿Qué es esto? ¿Un texto o el menú degustación de un restaurante para diarreicos? Si sigo así, acabaré escribiendo en un idioma que solo entienden los insectos que viven dentro de mi monitor.

ENTREVISTADOR.- ¿Ha considerado cambiar de profesión? Algo menos… mental y odorífico.

JOSÉ MARÍA.- He llegado a ese punto glorioso en el que uno empieza a considerar profesiones alternativas que no requieran cerebro. Probador de colchones. Espantapájaros freelance. Modelo de radiografías… Cualquier cosa que no implique enfrentarse a un teclado que ya me mira como si fuera un experimento fallido. El universo, mientras tanto, me manda señales cada vez más claras: «José María, deja de escribir, por favor. Estás perturbando el equilibrio cósmico».

ENTREVISTADOR.- ¿Y qué hay de su autoestima como escritor? ¿Sigue viva?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡La hemos cagado con esa preguntita!!! Me siento como el último escritor de la fila, ese que llega cuando ya han repartido todas las musas y solo queda una criatura extraña, con tentáculos y olor a humedad, que te ofrece inspiración a cambio de tu cordura. Mientras que otros publican novelas brillantes, yo celebro si consigo juntar dos frases que no parezcan escritas por un calamar con migraña y piorrea en la dentadura.

ENTREVISTADOR.- Hablemos de su blog. ¿Cómo llevan sus suscriptores esta… caída libre en el descrédito?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡De descrédito nada de nada!!! Mis suscriptores —esos seres silenciosos, invisibles, que jamás comentan nada— han decidido convocarme una huelga general indefinida. No escriben comentarios, no leen, no reaccionan… Se han organizado en sindicatos imaginarios, han redactado manifiestos que yo jamás veré y han colocado piquetes metafóricos en la entrada del blog. ¡¡¡Claro que podrían darse de baja!!! Pero no. Prefieren quedarse ahí, observando mi caída libre, esperando… ¿a qué? Nadie lo sabe. Quizá a que me derrumbe del todo. Quizá a que publique algo tan desastroso que se convierta en arte involuntario.

ENTREVISTADOR.- Volvamos al baño. ¿De verdad cree que este lugar puede devolverle la inspiración?

JOSÉ MARÍA.- He trasladado mi despacho al baño. Sí, al baño. Lo he ampliado. Este templo de lo escatológico donde, según algunos gurús de internet, la inspiración fluye mejor porque uno está «más conectado con lo esencial». Pues bien: lo esencial huele fatal. Aquí estoy, escribiendo mientras la cisterna me juzga y el rollo de papel higiénico me observa con una mezcla de compasión y asco. Pienso, ante mi bloqueo creativo de cierta calidad, que mis ideas se han ido por el desagüe, literalmente.

ENTREVISTADOR.- ¿Cree que esta crisis pasará?

JOSÉ MARÍA.- Lo mío no es una crisis, es una descomposición. Un proceso biológico. Un festival de bacterias devorando mis neuronas literarias. Si mi talento fuera un edificio, ahora mismo estaría siendo demolido, a causa de la aluminosis, por un ejército de pitufos siniestros armados con mazos de goma.

ENTREVISTADOR.- Y aun así… sigue escribiendo. ¿Por qué?

JOSÉ MARÍA.- Usted está mal informado. No escribo. Aunque, reconozco, que en esta decadencia tan grotesca, en esta ruina creativa tan absurda, todavía puedo producir un lamento digno de un escritor que ya ha perdido la cabeza… y no creo que la recupere.

ENTREVISTADOR.- Última pregunta. ¿Qué le diría a quienes han llegado hasta el final de esta entrevista?

JOSÉ MARÍA.- Que acaban de leer el testimonio de un escritor que experimenta los estertores de este proceso de putrefacción creativa. El último de la fila. El que sigue escribiendo porque, sinceramente, ya es demasiado tarde para dedicarse a otra cosa.

PREGUNTAS ESPONTÁNEAS DE TRES JÓVENES ESPECTADORES QUE PASABAN POR ALLÍ:

ESPECTADOR 1.- Disculpe… ¿es usted estreñido a la hora de escribir?

JOSÉ MARÍA.- Me estriñe, perdón, extraña su pregunta. Ese proceso es muy íntimo y personal que nadie debería saber de él. Le contestaré. Sólo cuando intento sacar ideas. El resto fluye con más facilidad que mis metáforas.

ESPECTADOR 2.- ¿Y no teme que el portátil caiga al agua o se contamine?

JOSÉ MARÍA.- En absoluto. Le he puesto las vacunas pertinentes que la Dirección General de la Salud exige para hacer vida en un inodoro. A estas alturas, si el portátil decidiera independizarse, lo entendería perfectamente.

ESPECTADOR 3.- Corre el rumor entre los ocupantes de los inodoros públicos de que usted va a cerrar el blog. ¿Es cierto?

JOSÉ MARÍA.- Cerrar el blog sería un gesto demasiado digno para mi situación actual. ¡¡¡No puedo cerrarlo!!! Sería otorgarles a mis textos una calificación de Sobresaliente cum laude que no se merecen. Deben seguir dando la cara por mí. Además, los inodoros públicos, que forman un poderosísimo lobby, deberían saberlo mejor que nadie: lo mío no se cierra, lo mío se atasca. El blog no va a desaparecer. Eso pienso ahora mismo. ¿Mañana? No lo sé. Simplemente, según su médico de familia, está en un estado de fermentación creativa, como un queso olvidado en el fondo del frigorífico. Si algún día lo cierro, será porque la tapa del inodoro me lo pida formalmente por escrito o porque la cisterna convoque un referéndum. Hasta entonces, seguirá abierto, aunque huela raro y nadie quiera entrar.

MANIFIESTO OFICIAL DE LOS SUSCRIPTORES EN HUELGA:

«Nosotros, los suscriptores silenciosos, declaramos que no leeremos, no comentaremos y no reaccionaremos hasta que José María recupere la dignidad literaria o, en su defecto, nos proporcione un espectáculo aún más lamentable. Nos decantamos, por un 99%, por lo segundo. Ante esto, le exigimos: menos crisis creativas escribiendo textos de calidad, más caos y fomentar los textos que huelan, como las mofetas, a derrota». Firmado: El Sindicato de Lectores Fantasma

COMUNICADO OFICIAL DEL BAÑO:

«El baño, como espacio de trabajo, anuncia que ya no puede garantizar la estabilidad emocional del escritor. Se ruega no responsabilizar a la cisterna de los bloqueos creativos. Atentamente, La Dirección de Fontanería».

EPÍLOGO DELIRANTE ESCRITO POR EL PRIMER DISCÍPULO, ILOCALIZABLE POR EL ENTREVISTADOR, DE JOSÉ MARÍA:

Y así concluye la entrevista más escatológica, absurda y científicamente inútil jamás realizada. José María sigue en su despacho―baño, luchando contra el teclado, la humedad y su propia mente. Los suscriptores siguen en huelga. El baño sigue en pie. Y la creatividad… bueno, la creatividad está en paradero desconocido. Pero José continúa escribiendo nada. Y eso, aunque huela raro, es admirable.