«SONMEIGO» (JMMT)

CUANDO LA NOSTALGIA ME LLAMA

Nunca sé señalar el instante exacto en el que la nostalgia por Galicia empieza a habitarme. Quizá, el día de mi bautizo en Santa María Salomé. No llega como llegan las desgracias, con estruendo y polvo levantado, sino como llegan las cosas que no quieren asustar: en silencio, sin anunciarse, ocupando un lugar que llevaba tiempo aguardándola. Tardo mucho en entenderlo, pero al final sé que no viene a herirme. Viene a llamarme. Es una llamada en voz baja, casi respetuosa, de esas que no exigen respuesta inmediata porque conocen bien su destino: tarde o temprano, responderás.

Durante mucho tiempo creo que escribir sobre el pasado es solo una costumbre, una forma de ordenar los años vividos, una disciplina íntima que me sostiene. Hoy sé que no es eso. Es una forma de vigilia. Escribo para no escuchar lo que más temo oír, para no caer de lleno en las imágenes que me miran desde la memoria: la lluvia golpeando los tejados, el tañido de las campanas en la tarde, los bosques que huelen a musgo y a leña. Porque cuando dejo de escribir, Galicia encuentra grietas por donde colarse y me inunda sin compasión. Hay recuerdos que no toleran el silencio: no se conforman con ser evocaciones, quieren volver a vivir, reclamar su sitio. Esperan con paciencia a que la mente se fatigue, a que la razón baje la guardia, a que uno deje de perseguir lo nuevo y empiece, sin darse cuenta, a ser habitado por sombras antiguas que no obedecen.

A mis años ya no me persiguen las promesas —se cansaron de mí, por desleal e informal, hace tiempo—, sino los nombres. Los nombres de las aldeas que ahora son pequeñas urbes, de los ríos que siguen cantando bajo la lluvia, de las personas que me recuerdan quién fui antes de aprender a nombrarlas. Madrid nunca sabe ser para mí un refugio: no acalla nada, no disuelve el murmullo interior. Compostela, en cambio, sí. Tal vez porque no vivo en ella. Tal vez porque la distancia afina la herida. Allí, cada paso remueve lo que creía dormido. La humedad no solo vive en las piedras; se instala en mi pecho. Cuando intento mirar atrás, es ella la que mira por mí, y en ese gesto me concede una paz antigua, casi vegetal.

Esta noche la nostalgia vuelve con una fuerza inesperada, como un ave de presa que reconoce a su objetivo desde lo alto y se lanza a por ella sin titubeos. No deja espacio a lo que estaba ocurriendo: lo arrasa. No reproduce el pasado tal como fue, sino como quedó suspendido. Afectos inconclusos, palabras que no se dijeron porque el aire parecía escuchar y decisiones aplazadas que se convirtieron en costumbres. Sombras que jamás se fueron y que ahora regresan sin violencia, con una ternura que desarma. No vienen a exigir, sino a comprobar que sigo aquí, que aún marcan el ritmo de mi respiración.

Desde la primera línea escrita entiendo que no se trata de comprender —comprender es cerrar—, sino de trazar límites: saber qué pertenece al ayer y qué aún respira en el presente. Las palabras no me encarcelan, pero me señalan. Me muestran mis errores, mis fantasmas, mis pudores. Siempre me dicen que quien vive entre fronteras acaba cruzándolas. Y es cierto: la duda no se va, se sienta conmigo, me observa, se refleja en el espejo cuando paso y se queda un instante más, solo para recordarme que sigue ahí.

Escribo porque hay palabras que persisten incluso cuando nadie las pronuncia. Palabras que saben guardar silencio sin desaparecer. En ellas el silencio no es vacío, es contención. No es calma, es densidad. Cuando empiezo a escribir creo que enciendo una luz, pero esa luz no limpia: revela. Revela lo que no fue, lo que no pudo ser, lo que aún duele. Y hay imágenes que, una vez recuperadas, ya no se retiran. No esperan una segunda oportunidad. Permanecen con los ojos abiertos, mirándome, mientras yo intento sostenerlas con torpeza.

La nostalgia no asusta. Acompaña. Es reconocer un umbral que nunca estuvo delante, sino dentro. Es comprender que a cierta edad uno no despierta: vigila. Y mientras vigila, recuerda. Y mientras recuerda, escribe. Porque empezar de nuevo no consiste en encender otra luz, sino en aceptar que el umbral siempre estuvo ahí, a mi lado, esperando a que por fin me atreviera a mirarlo. 

SIN RESPUESTA

Me has acariciado como a un niño. Lo que en un principio consideré un cándido piropo, a los pocos minutos lo vi como un hiriente menosprecio. Estábamos en nuestro destartalado pub de la calle Hermosilla. Sí. Aquel. Sí. El del olor, según tú, a prurito de vulgaridad sucia y pordiosera. ¿Sabes? Eres letal con las comparaciones. Quise mi mejor versión para tu fragante y balsámica piel. Y tú que si un niño mimado. ¡Dios! Y yo, ológrafo de un extrañado y vencido hombre, muerto antes de reconocer cada poro de tu piel. Y tú que qué exudación de ordinariez. Y yo que si un susurro, que si una caricia, que si una invitación. Y tú, palabras sin compromiso. Y yo, que es nuestro recóndito espacio para nuestras confesiones. Y tú que si tus medias de cristal valen más que las consumiciones de este garito. Y yo, escuchimizado y raquítico a tu lado, le pedí al hombre del piano que tocara nuestra canción. Y tú, que ya no es mía…dijiste. 

CUANDO LA NOCHE CALLA

Escribir en Galicia de noche es como abrir una ventana al silencio. La saudade, tan nuestra, respira con calma cuando el mundo duerme. Cada palabra es una luz pequeña que se enciende en la oscuridad, una estrella que dibuja constelaciones de identidad. Escribir en Galicia es abrazar la memoria, sembrar futuro con raíces profundas. En la noche, las voces ajenas callan y solo queda el latido del pensamiento. Entonces las ideas se vuelven más nítidas, como si la oscuridad fuera un lienzo puro donde pintar emociones. La noche regala tiempo sin prisas, y Galicia añade calor, esa música suave que nos une a la tierra y al mar.

Pero aquella noche no escribía para celebrar Galicia, sino para huir del dolor. La lluvia lavaba mi pecho mientras los ecos de risas y brindis resonaban en las tabernas. Nadie sabía por qué brindaban, solo querían ahogar las penas. Yo también. Salí muy tocado de una de ellas, buscando armonía entre las piedras benditas de Santiago, con su aroma a madera y sus tardes doradas en la Alameda. Sin embargo, mis ojos ya no te alcanzaban a ver, y nadie podía imaginar cuánto duelen las ausencias. Un fado y dos espíritus, y en mi pecho cien heridas. Así lo siente un gallego cuando marcha de su tierra… o cuando pierde el amor.

Ahora habito, por mi culpa siempre, una isla desierta y hambrienta. Los restos de un naufragio son testigos de un pasado glorioso que empezó a desvanecerse cuando tú me convertiste en una dorna sin ribera. Entonces, cuando aún creí reír, quise besar tus pechos para comprobar que no te habías ido, pero mis labios, llagas de sufrimiento, hicieron del beso un fantasma de orgasmos. Y así, entre sombras, la tierra florece… pero nosotros no. Porque escribir en Galicia es resistir y celebrar, y yo solo escribo para sobrevivir a tu memoria.

Entonces te busqué en cada palabra, en cada verso que la noche me regalaba. Creí que la escritura podía salvarnos, que la tinta era un puente sobre el abismo que nos separaba. Pero las palabras, esas luces pequeñas, no bastaron para iluminar tu silencio. Tú callabas, y yo gritaba en secreto, confiando en que el eco llegara a tu piel. No llegó. El tiempo, cruel y paciente, fue borrando tus huellas como la marea borra siempre las pisadas en la arena. Y yo, náufrago de tu ausencia, aprendí que hay abrazos que se rompen antes de nacer, que hay besos que se pudren en la memoria.

Hoy escribo para no morir del todo. Escribo porque cada frase es una raíz que se aferra al tiempo y a Galicia, aunque el futuro sea un horizonte vacío. Escribo porque la noche me ofrece un refugio, y Galicia, esa música suave, me recuerda que aún pertenezco a alguien, aunque ya no te pertenezca a ti. Escribo porque amar fue mi quimera, y perderte, mi condena. Y mientras las estrellas guardan su secreto, yo confieso el mío: que cada palabra que nace pensando en esta tierra es un intento desesperado de reconstruir la constelación rota que fuimos. 

PASEO MISTERIOSO POR EL BOSQUE

El tiempo avanza como una sombra que no pide permiso. Va dejando huellas invisibles en los muros, en los rostros, en los campos que un día fueron verdes y ahora respiran con dificultad. Camino entre las hierbas altas, ya quemadas por el sol y por el olvido, y siento que cada paso es una conversación antigua entre el viento y la tierra. El viento habla, la tierra calla, y yo quedo en medio, intentando comprender un lenguaje que se deshace entre los dedos.

Hay días en los que el mundo parece hecho de agua: todo fluye, todo escapa, todo se transforma. El agua arrastra consigo las historias que nadie contó, los nombres que ya no recordamos, los sueños que quedaron a medio abrir. Y me pregunto si la poesía no será también eso: una corriente que lleva lo que fuimos y lo que seremos, un espejo donde el hombre se mira y no reconoce su propio rostro.

El bosque, que antes era un libro abierto, va perdiendo páginas. Los árboles, cansados de esperar, dejan caer hojas que ya no son mensajes, sino advertencias. El hombre pasa a su lado sin detenerse, como quien atraviesa una estancia ajena, y no escucha el rumor de las raíces pidiendo un poco de silencio, un poco de memoria. La destrucción no llega de repente: es una lluvia fina que cae durante años, hasta que un día descubrimos que ya no queda nada que pueda crecer.

Y aun así, el viento insiste. El viento siempre insiste. Se cuela por las rendijas de las casas abandonadas, levanta el polvo de las eras, empuja las nubes como quien empuja un destino. El viento es el único que recuerda el camino de regreso, el único que sabe que la vida es una sucesión de puertas que se abren y se cierran sin aviso. La poesía nace ahí, en ese instante en que el viento toca la piel y nos obliga a escuchar lo que no queríamos oír.

La vida, a veces, es solo una pregunta que nadie responde. Otras veces es una herida que no duele, pero tampoco cura. El hombre avanza, siempre avanza, como si tuviera miedo de detenerse y descubrir que el mundo sigue girando sin él. Pero hay momentos —raros, frágiles, luminosos— en los que todo se detiene: el viento suspende su canto, el agua deja de correr, el tiempo respira hondo. Y en ese silencio, el hombre comprende que no es dueño de nada, que solo es un caminante más entre miles de caminantes que pasaron antes y pasarán después.

Quizás por eso escribo. Para dejar constancia de lo que desaparece, para nombrar lo que ya no tiene nombre, para levantar una pequeña casa de palabras donde el viento y el agua puedan descansar un instante. La poesía es el único territorio que no puede ser destruido, porque vive en la memoria de quien la lee y de quien la escribe. Es un sendero que no se ve, pero que siempre está ahí, esperando.

Y mientras escribo, siento que el tiempo se abre como una flor tardía. El bosque, pese a todo, respira. El agua continúa su curso. El viento trae nuevas voces. Y yo sigo caminando, sabiendo que cada palabra es una piedra más en este sendero que no lleva a ninguna parte y, al mismo tiempo, me conduce a todas. 

MI VOZ EN SILENCIO

No quiero ser un grito, ni un canto, y mucho menos un murmullo que apenas se atreve a romper el aire. Quiero ser presencia callada, sombra que se ofrece sin imponerse, como quien abre una herida y deja que otro se acerque a contemplarla. Así nace este texto, no como un libro, sino como una historia que se desliza entre las paredes de una casa antigua, donde cada habitación guarda un secreto.

El protagonista, un hombre marcado por la soledad, ama sin retorno. En los ojos de una mujer fascinante busca respuestas que nunca llegan. La mirada que se cruza y luego se aparta, el silencio que pesa más que cualquier palabra, la ausencia que se instala como sombra permanente: todo eso se convierte en su vida, en su misterio.

Cada noche recorre las estancias de su casa como si fueran poemas cerrados. En cada rincón se acumulan los restos de un amor imposible: un encuentro truncado, una esperanza apagada sin ruido. El eco de sus pasos es la única voz que responde, y sin embargo, esa voz callada sigue vibrando, reclamando un espacio.

El silencio no es vacío. Es resistencia, es memoria, es dolor. En él se esconde la dignidad de quien se niega a desaparecer. Porque escribir —o narrar— sobre el desamor es su forma de sobrevivir, de afirmar que la herida merece ser contada.

Mientras la lluvia golpea los cristales, cree escuchar un susurro en la habitación más oscura. No es un ruido cualquiera: es como si una mujer ausente deja allí su sombra, un eco de palabras nunca dichas. El misterio se vuelve palpable. ¿Es la memoria la que habla, o acaso la ausencia tiene rostro y voz propia?

El hombre comprende entonces que el silencio puede ser compartido. Que su dolor no es solo suyo, sino universal, porque todos alguna vez amamos sin retorno, esperamos un gesto que nunca llega. Y en esa revelación, la soledad se transforma en compañía inesperada: la certeza de que no está solo en su vacío.

La casa, con sus habitaciones cerradas, se convierte en un espejo. Cada puerta que abre es un poema, cada sombra un recuerdo, cada silencio un latido contra el muro de la indiferencia. Y, aunque nunca obtiene respuesta de la mujer que lo marca a diario, aprende que el misterio del amor no correspondido es también el misterio de la vida: un secreto que nos iguala, que nos hace vulnerables, que nos obliga a mirar hacia dentro.

Al final, mi voz en silencio no es un título, sino una declaración. Una historia necesaria, porque da nombre a lo que tantas veces se calla, porque transforma la ausencia en literatura y la herida en relato. Y quien la escucha —o la lee— se reconoce en ella, como si ese silencio compartido fuera también suyo.