«SONMEIGO» (JMMT)

PEDANTE

Esta palabra designa a ese espécimen humano que confunde saber cosas con anunciarlo a gritos. El pedante no habla, dictamina. No conversa, imparte cátedra, aunque nadie la haya solicitado. Es el tipo de persona que, si mencionas que te duele la cabeza, te responde con una disertación sobre la historia del ibuprofeno desde Mesopotamia hasta hoy, rematada con un «pero claro, tú no lo sabías».

Un pedante es como un medidor de decibelios en una biblioteca. Siempre detecta y corrige el menor murmullo, sin reparar en el silencio que rompe.

Un pedante es un faro que ilumina cada granito de arena en la playa, pero pierde de vista el océano.

Un pedante es capaz de corregirte la pronunciación de una palabra que él mismo aprendió hace diez minutos, pero que ya considera parte de su identidad espiritual. Vive para ese momento glorioso en el que puede decir «en realidad…», seguido de un dato irrelevante que no mejora la conversación, pero sí su ego, que es lo único que le importa.

Ejemplo clásico es cuando tú comentas que te gusta el café. Entonces aparece uno diciendo: «Bueno, técnicamente lo que tú tomas no es café, es una infusión de baja extracción con notas terrosas mal apreciadas por paladares no entrenados». Otro cinéfilo ejemplo. Dices que viste una película y te responde: «Ah, sí, la versión comercial». Yo prefiero la edición del director que solo proyectaron en un sótano de Berlín durante tres días».

En resumen, el pedante no busca iluminarte, sino recordarte que él brilla más. O eso cree. 

CAPÍTULO XXII DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (I)

Rafo, cuando la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, según iba creciendo, se empezó a dar cuenta de ciertas realidades que chocaban con una visión idílica del vecindario. Él, en su ingenuidad infantil, pensaba que todos los vecinos tenían un «trabajo honrado y decente», creyendo con fe absoluta las palabras de su padre y de Felipe, el portero que velaba, desde su ilimitada bondad, por una comunidad bien avenida solventando todos los problemas que surgían día a día.

Pero un día, en el que la vecina del cuarto centroizquierda requirió la atención de su padre, los ojos de Rafo observaron unos movimientos extraños y los oídos, conversaciones en voz muy baja.

Rafo, curioso como todos los niños, se lo preguntó a su padre y este le contestó sin ningún tipo de remilgos con una sentencia que levantó más dudas que aclaraciones:

―Hijo, en medicina no debe haber ningún tipo de miramiento cuando hay que atender a un enfermo. Ninguno, hijo, ninguno.

La vecina de este piso, Marijuana, no tenía un oficio conocido. Eso decían. Como decía un vecino excombatiente, es una «roja». Sé positivamente que participó en todas las algaradas antirreligiosas de la República. Una elementa, Felipe, una elementa de aúpa. Y ya no hablemos del oficio actual.

Su padre, cuando lo consideró oportuno, subió andando con su hijo las seis plantas y le hizo una radiografía de cada vivienda. Cuando pasaron por delante del piso de la susodicha, su padre carraspeó y sólo le dijo su nombre. Esto abrió un interrogatorio por parte de Rafo que su padre bandeó con palabras y expresiones inconexas de muy difícil comprensión para él.

En una época en la que cada vecino vivía en su casa, pero a la vez en la de todos. El recato, palabra que era bandera de lustrosa visibilidad en la convivencia de los residentes de todas las comunidades de vecinos, debía brillar con total nitidez. Según los parámetros que regían el recato vecinal, esta mujer no los cumplía, y los inquilinos que decían ser modelos de decoro público la evitaban como si fuera portadora del más infecto comportamiento.

Para el padre de Rafo no existía esa pudibundez cuando era reclamado para realizar una revisión médica, como en este caso, porque se encontraba indispuesta con una fiebre muy alta.

Rafo se empezó a dar cuenta de que sus padres se habían obcecado desde bebé en protegerlo con unos intranspirables algodones para que su contacto con la calle en la adolescencia no perturbara su educación y su formación. Eran conscientes de que lo que se planteaba en los primeros años de la educación de sus hijos luego crecería recto y auténtico. Por eso nunca entendió, quizá fuera por desesperación, que en la crucial edad de los catorce años lo matricularan en un instituto de la ribera del Manzanares, donde los orígenes familiares eran de una clara diversidad ideológica y social y no tenía nada que ver con la homogeneidad del colegio anterior.

En el Calderilla «empezó a ver» situaciones familiares y a «escuchar» frases que le conectaron con la ocupante del cuarto centroizquierda de su casa. Hablo del primer quinquenio de los setenta, muy convulso en todos los sentidos. Las manifestaciones, las protestas, las huelgas y los registros empezaron a ser el pan nuestro de cada día en las zonas más populares de Madrid. El cabeza de familia, entonces el padre, era consciente de que en la capital había una serie de reivindicaciones que él ocultaba a sus hijos por un, llamémosle miedo, a que los «árboles crecieran torcidos y pútridos».

La desprendida y lenguaraz madre de un simpático compañero de clase llamado Serafín, cuando celebraron en su casa los quince años del joven, le preguntó a Rafo si su padre médico era un represaliado. Guardó silencio porque no sabía lo que significaba esa palabra. Era nueva para él. La madre, sin quererlo, estropeó la fiesta, que era el primer guateque al que asistía Rafo, porque la frescura de los quince años se vio ahogada por el peso de una mochila familiar que muchos creían tener a buen recaudo. Ese primer guateque será pieza primordial de otra entrada.

―Papá, ¿qué es un represaliado?

El padre de Rafo tragó con cierta dificultad el trozo de pescado que se había llevado a la boca. Guardó silencio durante unos interminables treinta segundos, y, después de mirar a su mujer, expuso, en un paradójico circunloquio, aquello que él consideraba que su hijo debía saber.

―Mira, hijo, hemos vividos unos esplendorosos años y ahora, en los setenta, vivimos una crisis económica brutal. Es la conocida como crisis del petróleo. Los empresarios seleccionan muy astutamente a los trabajadores que quieren contratar. Y no quieren problemas. Los conflictos, del tipo que sean, nadie los desea en su negocio y según este criterio los que aún no han aceptado la nueva realidad española tienen muchas dificultades para ser contratados. Te estoy hablando de republicanos y simpatizantes de la República, miembros del clero y laicos católicos perseguidos. Estos, según la legislación actual, deben ser juzgados y encarcelados y de este modo nunca serán contratados. Y punto.

―Entonces…don Fausto, el del sexto derecha, y los vecinos que se acercan a ti después de misa para pedirte ayuda porque su marido lleva muchos años sin trabajar…

―Aunque sea en silencio, pero el resentimiento arraigado que manifiestan los que tú mencionas en un claro impedimento para que puedan empezar una nueva vida.

―La madre de Serafín me comentó que haber pasado por el TOP era una cruz insalvable. ¿Qué es el TOP?

Los padres se dieron cuenta de que había sido un craso error la elección del centro escolar. Estaban comprobando que su hijo se adentraba en una poblada fraga, como la de Cecebre, residencia del generoso bandido Fendetestas, protagonista de El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.

―Un tribunal, hijo, un tribunal como otro cualquiera. Juzga delitos. Y punto. A la cama, y, como dice tu hermana, chimpún. Se acabó.

―Pero la madre dice que su marido no ha hecho nada malo. Y no lo entiendo. ¿Juzgarte por no hacer nada?

―Venga, me estás cansado. Tengo que estudiar un poco, que mañana tengo dos operaciones muy importantes.

El sintagma que titula esta entrada se hizo muy famoso en posteriores años, en el entorno universitario de Rafo.

Sus comienzos, en horario de tarde por las consabidas razones familiares, le ofrecieron una sucesión de imprevistas novedades. El primer paseo por la cafetería le mostró una fotografía viviente que le retrotrajo a los años del Calderón de la Barca.

Después de hablar con un grupo que estaba disfrutando de un bocata con un refresco, no quiso decir ni palabra, empezó a entender muchas circunstancias que él había vivido siempre bajo el prisma familiar. Las manifestaciones por el paseo de las Delicias, los comentarios airados de unos pocos feligreses en el atrio de María Auxiliadora, las críticas soterradas de alguna madre de sus compañeros de clase cuando lo invitaban a merendar, las visitas continuas de dos policías a un profesor del Instituto con apellido vasco…

Rafo estaba desconcertado y en ese lapso temporal de tres años de magisterio intentó desenmarañar un ovillo que estaba lleno de nudos. En esos tres años se sintió incapaz de procesar tanta novedad. La familia tenía todavía un peso decisivo en su formación y las valoraciones de sus diferentes integrantes, la mayoría, de modo compacto iban en una misma dirección. Hay que desmantelar tanta mentira, decía un tío suyo.

Aunque Rafo quería evitarlo, casi siempre coincidía en la barra de la cafetería de la universidad con un «agitador político y subversivo», según palabras de su padre cuando le comentaba las valoraciones de dicho compañero.

―Tío, y se envalentonaba el Sindiós, hiperactivo y metomentodo, parece que te han bautizado en el puto Vaticano, le decía con cierta frecuencia para poner sobre la mesa su ramalazo anticlerical cada vez que se quejaba del café, que a Rafo le parecía un exceso casi ofensivo decir que venía directamente de Colombia.

Nuestro protagonista en esa época era un aprendiz de hombre. Como dice ahora en tono humorístico, en esa época era un hombrín. Corazón y razón estaban enfrentados a sangre y fuego. Estaba muy confuso porque por entonces él entendía que simplemente escuchar ciertas ideas era traicionar a la familia. 

EXPLICACIÓN Y PRÓLOGO DE «YA NO ES DUDA»

En el año 1995, con fecha del 94, publiqué, en autoedición, un libro titulado Ya no es duda en una editorial que no cumplió dos acuerdos establecidos: una corrección de las galeras en condiciones y una distribución de los 300 ejemplares editados. Yo cumplí mi parte pagando una «no pacata» cantidad de pesetas. No hubo distribución por parte de la editorial y un buen día me encontré en mi casa, a la vuelta del trabajo, tres cajas con los 300 ejemplares. Quise distribuirlos yo, pero lo que hice fue una «cutredistribución» ―mi conocimiento de esta actividad era, y es, nulo― y logré vender 76 ejemplares. El resto, sí, el resto, los regalé a familiares, escritores, cantantes, concejales de cultura de una infinidad de ayuntamientos… Fue una «generosa inversión» la asumida por mí: sobres de gran calidad y sellos para los gastos de envío a casi todas las ciudades y pueblos de España. La cifra fue mareante. Especialmente me dolió muchísimo el mayoritario silencio que recibí.

Inciso: me recordó a Cruyff cuando, el 17 de febrero de 1974, nos calló «in situ» a todo el madridismo al meter el tercero gol, creo, en una de las más dolorosas derrotas del Madrid con el Barça.

Fue como una bofetada de realidad: a muy poca gente le interesa la poesía. ¿Tampoco a tu familia? Corramos un tupido velo. Aquí tengo que hacer mención a dos librerías que llevaron la medalla de oro y la de plata en agradecimiento a la labor publicitaria que ejercieron.

La librería Pérgamo, sita en la calle General Oraá 24, regentada por dos hermanas, especialmente la mayor, Lourdes. Esta mujer publicitó mi libro en el escaparate, lo aireó a voz en grito y lo vendió con una desaforada generosidad. Eternamente agradecido. Si algún día leyera esta entrada, querría que supiera que mi agradecimiento no conoce límites temporales.

En segundo lugar, la entrañable Rubiños 1860, sita en la calle Alcalá 98, donde el dueño me permitió tener en el escaparate quince días mi libro. Como es normal en esa zona, el «triángulo chupón» la devoró evaporando el ancestral y embaucador aroma de los libros que exudaba, por mucho que dijeran que mantendrían el espíritu de la librería en un lugar prominente del gigantesco edificio que poseen. No es el mismo. Sin estas dos librerías, ¿cuántos libros hubiera vendido? Ninguno. El libro Ya no es duda, incorporado ahora a Versos que no dije en voz alta (1995-2025), recopilación de todos mis poemas en prosa, fue prologado, es la parte más importante del libro, por el catedrático de la Complutense, y profesor mío, Eduardo Tejero, ya tristemente fallecido. Mi agradecimiento también es eterno.

A MODO DE PRÓLOGO.- «YA NO ES DUDA»

En José María, la dedicación poética es vocación sostenida, no pasatiempo efímero, y logos paliativo para la soledad de quien cree andar menesteroso de comunicación. Al margen del hedonismo al uso, ya que rinde de nuevo el malestar de la cultura, este joven inquiere, busca, golpea con la palabra y la imagen depurada para hallar caminos en la muda desesperanza. Como profesional de la literatura que ejerce y como poeta responsable, acumuló lecturas de clásicos siempre redivivos: Rubén, Aleixandre, Cernuda, Dámaso y otras muy respetables compañías. En ellos bebió el esencial poético, a saber, la interrogación retórica frente al mundo y la pregunta íntima, tan lacerante a veces, reservada a la vida cotidiana. Ítem más, el dominio de la forma, ya canalizada en la rima asonante o fluyendo rítmicamente en el verso libre. Así lo demuestra en tantos poemas de Ya no es duda y de varios inéditos que por generosa amistad llegué a conocer. Si los títulos son premonición y aviso de caminantes, puede verse una temática reiterada para quien se considera buscador de sombras y pasa la noche oscura del alma: Tiempo de silencio, La soledad amparada, El túnel del amor, Memorias nocturnas, Disfraz nocturno, Septiembre negro, Sondeos nocturnos, Peregrinación humana, Nocturno, otra vez. La poesía, que Juan Ramón deseaba para la inmensa minoría, es brisa y se catarsis en días de incertidumbre. Tengamos a los poetas temor reverencial, pues ellos escudriñan y alumbran el tenebroso laberinto que somos. José María, buen amigo, ojalá perseveres en tan firme y sincera escritura y recibas el asentimiento y la acogida cordial que en justicia mereces. Y allá va la despedida con el sablazo de tus versos más propicios y alentadores: Que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía.

Eduardo Tejero Robledo, Catedrático en la Universidad Complutense

EL VAGO

Distinguido amigo: Imagino, déjame que sueñe un poco, que «te habrás pateado» www.recuncar.com y habrás concluido que en mi blog hay una desmesura de ironía y sarcasmo. Por tal motivo, estás a punto de enviarme un sinfín de correos electrónicos para que yo los suscriba. ¿Verdad? Veo hilaridad en tu rostro. Te pido resignación. Déjame que siga con el sueño.

Hoy quiero hablar del más perseguido de los ciudadanos: el vago. Ese individuo que no se levanta, ni soñando, a las 6 de la mañana para trabajar 12 horas por un sueldo que apenas cubre el alquiler; no ese no. El vago convierte su vida en un escándalo porque osa dormir hasta las 11, las 12, las 13 horas, como pronto.

Creo que el vago no es el problema. Tal vez el problema es un sistema que mide el valor humano por la cantidad de horas que pasa uno frente a una pantalla y no acostado. ¿Por qué no se valora al que está repanchigado en su cama observando, si lo tuviere, el gotelé del techo? ¿Quitar el gotelé por antiguo? Ya volverá, ya volverá. Así me ahorro ese trabajo. Pero bueno… ¿quién soy yo para cuestionarlo? Eso sería trabajar.

El vago es el héroe tumbado, es el mártir del sofá, el incomprendido. Su última propuesta en el trabajo, fechada el 14 de febrero, no produjo nada, sólo el cabreo permanente del jefe. El vago propuso ahorrar el número de reuniones y constreñirlo todo en un correo enviado en vacaciones, y como los sindicatos prohíben trabajar en periodo vacacional, no hay desgaste ni físico ni emocional. Olvídate de que el vago es un ser improductivo.  El verdadero vago sabe que la cama, el sofá o el suelo son espacios de productividad emocional. ¿Trabajar sentado? ¡Qué anticuado! El vago trabaja tumbado… pensando en lo que podría hacer.

El vago practica el arte de mirar por la ventana como si estuviera resolviendo ecuaciones existenciales. El sistema tolera sus enfermedades, que se manifiestan de lunes a viernes, pero con enorme desconfianza. ¿Qué culpa tengo yo si el sábado y el domingo me encuentro bien?, se justifica.

Le encanta hacerse preguntas con respuestas evidentes para él. ¿Trabajar más? ¿Para qué? Si con lo mínimo se sobrevive, ¡el resto es vanidad!

¿Acaso no es él quien sostiene la economía de este país cuando nadie trabaja y él aún menos? ¿Quién mantiene viva la industria del café instantáneo y las series nefastas? ¿Quién, si no él, ha perfeccionado el arte de parecer ocupado sin hacer nada?

El vago no es que no haga nada, es que optimiza su esfuerzo al punto de la inactividad total. ¡Eficiencia pura! No produce estrés, no genera trabajadores quemados, no contribuye al descenso del PIB. ¿Qué más quieren? ¡Le sale barato al estado!

El vago es un filósofo del «mañana lo hago» porque vive bajo el noble lema de «¿para qué hoy, si puedo no hacerlo nunca?».

La vagancia no es un crimen, es una forma superior de existencia. Mientras los activos corren como hámsters en ruedas laborales, el vago contempla el universo desde su cama, preguntándose cosas profundas como: ¿Y si hoy tampoco hago nada?

La historia está llena de vagos ilustres. Sócrates no trabajaba. Diógenes vivía en un barril. Y todos los filósofos parecen haber tenido mucho tiempo libre. ¿Coincidencia? No lo creo.

¿Y si el príncipe de Dinamarca fuera un vago existencial? Piensa tanto que no actúa. Duda, reflexiona, se cuestiona. ¿Es eso vagancia o profundidad? En un mundo que exige decisiones rápidas, Hamlet es el incómodo espejo de la conciencia.

El vago no contamina, no congestiona el tráfico, y jamás interrumpe con ideas innecesarias. Es ecológico, silencioso y perfectamente inofensivo. Un monumento a la paz mundial.

Por eso, el vago propone que se le erija un monumento. Y te pide que colabores. No de pie, claro, sino acostado. Con una manta, un mando a distancia, y una expresión de sublime indiferencia. 

CAPÍTULO XXI DE ‘HATROZ’.- DESNUDO

Mientras tomábamos un café en Milford ―el paraíso de la juventud, según Rafo―, hablamos torpemente de nimiedades, especialmente porque Rafo salió del colegio indignado e incendiado por el comportamiento de un grupo de alumnos en la última clase de la tarde.

Bebió compulsivamente el café. No le salían las palabras y yo comprendí que no era un buen momento para una prolongada conversación. Me dijo que le dejara diez minutos, que le permitiera dar una vuelta a la manzana, que con eso le llegaba. Salió taquicárdico y cayó de nuevo en el tabaco. Dos caladas y al cenicero público. Se llamó mil veces imbécil y juró que no lo volvería a hacer.

Rafo entró con un rostro un poco más relajado. Estuve a punto de llevarlo a urgencias, preocupado por el estado de nerviosismo que reflejaba su aspecto. Al despedirnos, me dijo que yo me había comportado como un señor, porque lo había acompañado a su casa y me dijo que luego me mandaría un guasap para confirmar su mejoría. Así fue.

Una nueva cita, pero esta vez en el Penta de la calle de la Palma. Me planteó tres exigencias: no tomar nota de nada, no releer ni reescribir lo escrito y no matizar nada. Yo protesté con palabras gruesas y, animado por la cerveza, hice el ademán de irme, pero Rafo ni se inmutó, dio un trago a su cerveza y se puso a leer los guasaps que latían en su teléfono. Había uno, según él, que esperaba con acongojante zozobra.

―Te lo repito, me dijo, como lea algo matizado o reescrito por ti, te planto. Te dejo y que me escuche otro tío. Tú, no. No me cuesta nada cambiar de negro literario o escritor fantasma en cuanto te desvíes de mi camino. Peculiar e inexplorado, pero es el mío. En el caso de que no te lo creas, provócame y lo verás. Te planto sin decir adiós. Los anillos que nunca he tenido no se me caerán por ello.

―Pero… ¿Quién te crees que eres? Si nadie te conoce. Eres el genio anónimo detrás del bostezo literario o el autor favorito de nadie. Perteneces a la más vulgar de las intrahistorias de este país. Además, utilizas unos adjetivos trogloditas y altamente casposos. Si cierras el blog, piensa que yo tengo todas las contraseñas, ¿nadie pierde, nadie? ¿Y tú? El gran perdedor. Porque al final, como decía Freddie Mercury, eres el gran farsante, el gran simulador. Los grandes perjudicados somos tú y yo. Tú, porque te conocerán como el escritor fantasma que ni los fantasmas leen; y yo, seguiré con mis deudas. Nada. Piénsatelo bien. ¿Otro autor en la sombra? ¿No ves que el problema eres tú y tus descabelladas condiciones?

Rafo guardó silencio ante mi invectiva y sólo hizo un gesto de enfado, que se quedó en una ridícula mueca de fastidio.

―Dejando esto a un lado porque así no se avanza, te comento dos aspectos de mi vida literaria: lo que yo escribo lo leo, lo releo y corrijo mil veces. No me puedes pedir que no rehaga los errores porque puede ser caótico. Aún estoy reescribiendo poemas que escribí en los años 90. Ya sé muy bien tus principios, pero…también tienes que entender cómo soy yo. ¿Qué prefieres? ¿Lo caótico o lo perfectamente estructurado? Si me obligas a no retocar textos, nuestro blog se puede convertir en algo calamitoso y nada apetecible.

―Pues eso es lo que quiero, joder. Mi vida y mi cabeza son caóticas, pues que mayor constatación de ello que los relatos muestren una atractiva anarquía.

―De atractiva, nada de nada. Tú no lees los correos que me envían zascándome por el desorden. Sería un galimatías. Además, tengo muy mala memoria. Lo mismo confundo escenarios, frases o vivencias. Entonces… Si no me ajusto a lo dicho por ti… ¿Vas a creer que yo no he matizado nada y que todo ha sido fruto de mi incapacidad de plasmar en azul con exactitud absoluta lo narrado por ti? Me los vas a reprochar. Y te cabrearás. Por favor… ¡déjame tomar notas!

Me comenta que me tiene que dejar cinco minutos porque tiene que contestar una llamada importantísima para él. Vital, la califica. A los cinco minutos exactos vuelve y se sienta, en esta ocasión, frente a mí y no a un lado como elegí yo. Yo, a lo mío.

―Observo que eres feliz relatándome episodios superficiales y candorosos de tu vida, pero están tan deshilvanados que me resulta inexcusable no meter mi pluma. Me exiges objetividad, que me convierta en un componedor de textos ajenos y no en un narrador omnisciente que sabe todo de ti, el protagonista. Por tal razón, no me permites ver tus miserias, tus vergüenzas y tus debilidades. Las tengo que intuir y colegir de lo que tú me cuentas. Creo que es un grave error no permitirme hacerlas públicas.

―Tú, cuando escribas, no deduzcas, no; tú, escucha, teclea y cuelga en el blog. ¿Que me quieres decir algo de viva voz? Pues adelante, suéltalo. Si fuera boxeador, diría ―y lo dice muy convencido― que soy un encajador que se faja muy bien en las distancias cortas.

―Lo considero un trabajo hatroz, que si no fuera por mis necesidades económicas lo mandaría todo a pastar. Me desasosiega saber si mi visión de la realidad que tú me relatas y la que yo transcribo se compenetran como una pareja bailando un sensual tango.

Hacemos una pausa mientras guasapea con una lentitud que me relaja. Aún hay personas más torpes que yo.

―Por lo que voy conociendo de ti, y por lo que me cuenta tu entorno, puedo decir, en una espontánea lluvia de calificaciones, que eres noble, que no linajudo, generoso en las acciones, poseedor de un pronto muy dañino, sincero y raudo en la petición de perdón, muy buen escuchador, desubicado geográficamente ―son palabras tuyas―, parco en palabras, prolífico intermitente en la escritura ―también son palabras tuyas―, nada altanero, desinteresado en lo material, abatido por nimias preocupaciones, lleno de debilidades y dudas, disfrutador en la intimidad de tus pocas certezas, agradecido con los gestos ajenos y con una tendencia clara a la soledad. Y, por último, con un póker de complejos que nunca desvelas.

―¿Y todo lo has deducido de nuestras conversaciones? ¡Ah, perdón! Que hablaste con mi entorno. En contra de mi voluntad.

―No me lo prohibiste radicalmente.

―¿Y ahora qué hago contigo? ¿Me largo? ¡Eres un auténtico cabrón, tío! Y yo confiaba plenamente en ti.

―Tus certezas siempre se tambalean cuando vuelves los ojos a tu infancia y tu adolescencia, tanto la temprana como la tardía. No deberías caer, como muchos de nosotros, en valoraciones extremas cuando hablamos de aquellos años. Lo que ocurre es que te gusta la sangre emocional, te gusta exudar congojas y desdichas.

―Sigue, sigue. Estoy alucinando.

―No puedes hacer un juicio sumarísimo de la época en la que sufriste algunas experiencias impropias de un adolescente. Pero… ¡no te equivoques! No pierdas la perspectiva… ¡Mucha gente sufre como tú y muchísimo más!

Sé sincero y noble, ya te juzgará el lector. Creo que fuiste un niño feliz y, como dices tú, un tardoadolescente hipersensible con las afecciones, enfermedades y fallecimientos de tu familia. Hoy serías un PAS clarísimo.

―¿Cómo?

―Persona Altamente Sensible.

―¡¡¡Lo que me faltaba!!!

―Yo creo que tienes un miedo pavoroso a que se resquebraje esa imagen celestial que tú has cincelado a lo largo de los años. Pero tienes que entender que este paso que tú has dado va en esa dirección. Es absurdo que te quieras convertir en un segundo principito cuando tú eres realmente un hombre de carne y hueso, con tus virtudes y tus defectos. Una compañera tuya ―torció el gesto― me dijo hace unos días que te encantaba darle lustro a esa segunda vida que muchos creen que tienes.

―Cuando sale ese tema, se sonríe como un tuno en una rondalla y se le ponen unos ojillos de inocente libertino que me encantan, me susurró confidencialmente.

―Vamos a ver. Vamos a ver. Como soy un lector compulsivo de la literatura decimonónica y de las primeras décadas del XX, no soy ni un desahogado juanitosantacruz ni un disoluto baudelaire. Pero si me retas a elegir, te diré que tengo más del primero que del segundo, aunque… Estoy soltero y el buey suelto bien se lame. No tengo yugo alguno que me impida cualquier movimiento. Me encanta la palabra. Soy un crápula.

Nos despedimos con un fuerte abrazo y acordamos que nos guasapearíamos para concertar otra entrevista.

Tú, lector de este blog, o de un futuro libro, te habrá extrañado muchísimo mi silencio como narrador en algunas entradas anteriores. Como bien sabes, en un principio, mi única fuente de información era la voz de Rafo porque no me atrevía a fisgar en su entorno. Si llegara a sus oídos, la capitulación sin acuerdo posible sería inmediata.

Yo he puesto en duda algunas partes de su relato. Me parece increíble que tuviera dentro de su casa un comportamiento filial―paterno ejemplar que no se movía un ápice del ideario o credo familiar. Ahí empezó, en mi opinión, su pernicioso y famoso complace. No quería dar disgustos a su madre. Los académicos eran otra cosa. Ahí no había complace alguno. Y en la calle vivía lo mismo que la mayoría de los adolescentes del momento.

Luego, cuando decidí hablar con el entorno, lo tenía muy fácil realmente, porque algunas voces me dijeron enseguida que no era oro todo lo que relucía y que los años universitarios ―como hemos visto en entradas anteriores― los vivió, por muy diferentes motivos, que retomaré en otros momentos, anegados de emprendedoras juergas y temerarias francachelas con sus amigos de toda la vida. No sé el porqué de su empeño en ocultar unos largos años de descarado e imprudente desfase. 

En lo que se refiere a enfermedades, situaciones familiares difíciles de soportar y fallecimientos de parientes se atiene a la verdad más absoluta en su justa medida. Como dice él: con este tema no me gusta la fabulación. Todo ha sido y es como yo lo cuento.

Cuando habla conmigo, no miente; ya que está convencido plenamente de que lo que narra es la verdad absoluta. No es consciente de que a esos momentos de evocación les está poniendo un filtro de adulto. Era un joven incoherente en su grado máximo. Se creía adulto cuando era un adolescente o joven poseído por una inmadurez, que no le impedía sentir física y emocionalmente, como es lógico, los primeros latidos del crecimiento. Pero las responsabilidades académicas se perdían en innumerables promesas que se evaporaban en dos o tres días.

Yo sabía con quién hablar para confirmar expresiones, valoraciones o acontecimientos que me dejaban perplejo, pero que no los hago públicos por respeto a él. Mis artimañas han logrado romper su hornacina emocional y alguna perla ha soltado. Rafo no miente. Lo afirmo. Oculta, que es diferente. ¿Ocultar no es mentir? Rafo, en este punto, ha exteriorizado la misma inmadurez que ha regido sus actos a lo largo de su vida: un miedo hatroz a romper la imagen que tienen ahora los que lo conocen. En los temas familiares, ha esperado a que la mayoría de sus parientes de más edad fallecieran para ceibar (soltar) la lengua.

Lo poquito que he podido recabar en su entorno me confirma que fue un niño feliz y un adolescente lleno de pulsiones, inquietudes y obsesiones que habitan per sécula en una negra nube que no se ha separado de él desde entonces.

Otra de sus obsesiones era su madre. Él no quería que sufriera por su culpa, pero no lo logró. Sus juergas, su tío Filoso, su endeblez en los estudios no hicieron más que acrecentar el insomnio y las depresiones de Lola madre. No quiso, no pudo, no supo, no entendió que él era, en esos años, un puntal para su madre y el hacerle compañía no era suficiente.

Un psiquiatra con el que coincidí en una cena de amigos ―conocidos, mejor― me dijo, al consultarle mi miedo de tergiversar las palabras de Rafo, que la memoria siempre traiciona, ya sea la de un pez o la de un elefante.

―¿Uno recuerda el pasado tal como pasó? Imposible. La memoria tiene sus triquiñuelas que ponen en duda los hechos que uno relata con una certeza absoluta. Pero eso le pasa a todo el mundo, hasta a los que juran tener una magnífica memoria. Sólo con olvidar un dato, ya estamos tergiversando esa verdad.

Aprendí que la psiquiatría se mueve entre dos planos básicamente. Uno, la alomnesia o ilusión del recuerdo, que consiste en falsear el recuerdo provocando una rememoración errónea. Se recuerdan las situaciones de una forma equivocada. La persona no tiene conciencia de la alteración, mostrándose convencido de su recuerdo. Y, por otro lado, hablamos de amnesia anterógrada o de fijación, que manifiesta la incapacidad para la aprehensión o la fijación de nueva información. También se conoce como olvido a medida.

―Creo que, en tu actuación como narrador de la historia de Rafo, estás entre las dos situaciones, de ahí tu obsesión por tomar nota de todo aquello que te cuenta el protagonista.