ZURDO E IMBERBE

Existo. Escribo. Imagino. Y, sin embargo, escritores como yo, seguimos siendo en gran medida invisible en la mitología visual de la literatura.

Abro cualquier libro sobre «escritores del mundo», hojeo revistas literarias o me desplazo por ilustraciones de autores anónimos generadas por IA. ¿Qué veo? Un desfile de hombres barbudos, con plumas en la mano derecha, mirando solemnemente a lo lejos, como si la sabiduría fuera un derecho innato otorgado por el vello facial y las manos dominantes de creación diestra.

Pero ¿qué hay de nosotros, los zurdos, los de mejillas lisas, aquellos cuyas manchas de tinta florecen en el borde de nuestras palmas siniestras? ¿Acaso no somos también escritores?

Yo escribo con la mano izquierda. Mi rostro carece de la solemnidad musgosa que parece definir al escritor «serio». Y, sin embargo, mis palabras tienen peso. Mis historias palpitando vida. He pasado, y pasaré, noches en vela luchando con las frases, persiguiendo metáforas y dando forma al silencio para convertirlo en significado. Aun así, cuando asisto a lecturas o envío fotos de autor, me preguntan, en un correo, con una simpatía vestida de confianza, si soy el becario. El asistente. El estudiante. Y cuando manifiesto mi edad, me dicen entre líneas que no tengo ningún atractivo físico y que hoy en día la imagen es imprescindible. No se llevan los hombres con cara de niño bueno.

Hay una tiranía silenciosa en la forma en que se ilustra la literatura actual en internet o en IA. El arquetipo está tan profundamente arraigado que cualquier cosa fuera de él se percibe como un error. ¿Un escritor sin barba? Debe de ser un principiante. ¿Un poeta zurdo? Una curiosa anomalía. ¿Una mujer con el pelo corto y sin pipa? Quizás sea la editora.

Dicen que los escritores zurdos somos genios creativos. Quizás sea porque los lectores pasan la mitad del tiempo descifrando lo que acabamos de escribir: al revés, boca abajo y manchado hasta quedar ilegible. Cada cuaderno es un campo de batalla de tinta manchada y espirales dobladas, como si el universo conspirara contra nuestras ambiciones literarias.

Los bolígrafos tiemblan de miedo en mi mano. Los escritorios crujen bajo el peso de los incómodos ángulos de los codos. Y, sin embargo, de alguna manera, algunos zurdos siguen consiguiendo escribir obras maestras… solo que con un poco más de caos.

Los zurdos no solo escribimos, sino que luchamos por cada palabra. Yo soy una muestra. Después de mil correcciones, consigo un resultado óptimo. Estoy contento con el texto. Sonrío. Estoy satisfecho, pero falta una cosa.  Quiero una caricatura mía escribiendo como ilustración. Mi foto la tengo localizada en mi ordenador. Busco en internet una IA que caricaturice fotografías personales. La mía es muy corrientita: estoy en el estudio de mi antigua casa escribiendo con la mano izquierda un texto, ¡cómo es lógico! Llego a una IA que dicen que es la mejor. Subo la foto, clico una vez en escanear y a esperar. Ansiedad y tensión por el resultado. ¡Oh, sorpresa! Me la devuelve conmigo escribiendo con la diestra. ¡Maldita sea! Le ruego, le imploro que lo cambie, que soy zurdo. Pero a la quinta petición, lo dejo. Desanimado y engañado.

No se trata de una llamada a borrar a los barbudos o a los diestros. No. Es una petición para ampliar el marco. Así de sencillo. 

RAMÓN

Ramón vivía solo en una casa de piedra, al pie de un monte que olía a eucalipto y a saudade. Cada mañana encendía la radio, no para escucharla, sino para no sentirse tan solo.

Había amado una vez, y había perdido. Desde entonces, escribía cartas que nunca enviaba, poemas que escondía entre los sacos de patatas.
Su vida era sencilla: ordeñar la vaca, regar los grelos, discutir con el gato. Pero en su cabeza, el mundo era otro: lleno de palabras, recuerdos y canciones que nadie más escuchaba.

Los vecinos decían que estaba un poco tocado, pero lo saludaban con respeto. Sabían que Ramón guardaba historias que no cabían en ningún libro.
Una tarde de lluvia, bajó al bar del pueblo con un cuaderno bajo el brazo. Lo dejó sobre la mesa y pidió un café.

Cuando se fue, el camarero lo abrió por curiosidad. Dentro había poemas en prosa, cuentos de meigas, definiciones canallas y una biografía que parecía escrita por alguien que nunca había existido.

Desde entonces, el cuaderno pasó de mano en mano. Nadie volvió a ver a Ramón, pero todos hablaban de él como si fuera una leyenda.

Dicen que su alma se hizo blog, y que quien lo lee, lo escucha respirar entre líneas. 

DECÁLOGO DE LAS SENSACIONES QUE EXPERIMENTARÁS AL LEER ESTE BLOG

1.- Detener el ruido que te persigue desde el alba hasta la noche, y concederte un instante de tregua. Entre notificaciones, titulares apresurados y conversaciones que se superponen, la mente rara vez encuentra silencio. Leer aquí es una invitación a bajar el volumen del mundo por unos minutos. No se trata de escapar, sino de suspender el vértigo cotidiano para respirar con calma, como quien se sienta junto a una ventana abierta y deja que el tiempo recupere su ritmo natural.🛌

2.- Ensanchar el pensamiento hasta que respire mejor… y quizás, sin darte cuenta, sonríe. Cada texto aspira a abrir un pequeño espacio interior donde las ideas puedan moverse con libertad. A veces una reflexión ilumina algo que estaba difuso; otras, simplemente acompaña. Y en ese proceso, casi sin advertirlo, aparece una sonrisa leve: la señal de que pensar también puede ser un gesto amable con uno mismo.☺️

3.- Encontrarte con preguntas que incomodan, que rozan, que permanecen. No todas las preguntas buscan respuestas inmediatas. Algunas se instalan en la conciencia como una piedra en el bolsillo: discreta, pero imposible de ignorar. Este blog no pretende resolverlo todo, sino ofrecer interrogantes que inviten a mirar desde otro ángulo, a revisar certezas y a permitir que la duda haga su trabajo silencioso.🤔

4.- Descubrir historias que no quieren seducirte, sino caminar a tu lado. Aquí las palabras no se disfrazan de espectáculo. Las historias no pretenden deslumbrar ni persuadir con artificios, sino acompañar. Como esas conversaciones que se sostienen mientras se camina sin prisa, donde lo importante no es impresionar, sino compartir el trayecto.👫

5.- Sostener, con tu lectura, esta escritura sin focos ni vitrinas, hecha solo de palabras y constancia. Todo blog vive gracias a la mirada de quien lo lee. Cada visita, cada pausa frente a un párrafo, sostiene este ejercicio discreto de escritura: un trabajo paciente, sin estridencias, construido únicamente con lenguaje, tiempo y la voluntad de seguir diciendo algo que merezca ser pensado.🖋️

6.- Encender en otros la curiosidad por este pequeño faro donde aún arde el lenguaje. Si alguna línea resuena contigo, quizá nazca el deseo de compartirla. Así, de lector en lector, este espacio puede convertirse en un faro modesto pero persistente: un lugar donde el lenguaje continúa brillando, aunque el ruido del mundo intente eclipsarlo.🚨

7.- Recordar que la literatura no es moda ni consigna, sino un camino que nos lleva a analizar nuestro interior. La literatura no pertenece al instante fugaz ni al aplauso rápido. Es una travesía lenta que nos devuelve a nosotros mismos. Leer —y escribir— es, en última instancia, una forma de exploración interior: un modo de comprender quiénes somos, qué sentimos y qué pensamos realmente.🛣️

8.- Afilar tu criterio como quien pule una herramienta imprescindible. Cada lectura es también un ejercicio de discernimiento. A través de ideas, matices y contrastes, el lector afina su mirada sobre el mundo. Poco a poco, el pensamiento se vuelve más preciso, más atento, como una herramienta bien cuidada que permite distinguir entre lo superficial y lo esencial.🕵️

9.- Habitar un espacio donde disentir es una forma de atención y no de ruptura. Aquí la discrepancia no se entiende como confrontación, sino como diálogo. Pensar distinto no separa: amplía. Cuando se escucha con respeto y curiosidad, incluso la diferencia se convierte en una forma de cuidado intelectual.👁️

10.- Convertirte en un lector despierto, crítico, capaz de mirar la realidad con otros ojos. Quizá el mayor propósito de este blog sea ese: acompañar el despertar de una mirada más lúcida. Un lector atento no solo consume palabras; las transforma en reflexión, en preguntas, en una forma más consciente de observar la realidad. Y desde esa mirada renovada, el mundo —aunque sea el mismo— empieza a verse distinto.🦉

NO PIDO PERMISO (MI CREDO EN CASTELLANO)

He sido profesor de Lengua y Literatura, sí. He corregido exámenes, he explicado sintaxis, he hablado de Cervantes y de Machado. Con rigor absoluto. Con dedicación plena. Consagrado con un entusiasmo inigualable. Pero ahora escribo desde otro lugar. Desde la libertad. Desde la necesidad de mantener viva una voz que no quiere retirarse. Porque jubilarse no es callarse. Es tener tiempo para decir lo que antes no se podía.

Mi castellano bloguero no es perfecto, dicen, y no tiene por qué serlo. Lo he enseñado durante décadas, lo he vivido, lo he defendido en aulas, en libros, en conversaciones. Y ahora, desde este rincón digital que es oquintodotempo.com/, lo sigo haciendo. No con firmeza académica, sino como alguien que escribe con alma, con memoria, con convicción.

No estoy aquí para agradar a los puristas ni para coleccionar medallas de corrección gramatical. Estoy aquí para escribir como me nace, como lo siento, como lo vivo. Si te molesta, si te parece mal, pues cierra la pestaña y sigue con tu día. Pero no vengas a darme lecciones, que ya he dado muchas en mi vida.

No voy a cerrar este blog, ni a callarme, ni a esconder mi voz por miedo a equivocarme. Porque esta lengua también es mía, y la uso como me da la gana. Con errores, con mezclas, con todo lo que tú quieras criticar. Pero con orgullo, con pasión y sin pedir permiso. Así que, si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.

Escribo porque quiero. Porque el castellano también es mío, aunque no lo escriba siempre según la norma académica. Porque me representa, porque me importa, porque me acompaña desde siempre. No le debo explicaciones a nadie por usar mi lengua como la siento. Si alguien cree que no tengo derecho a escribir porque no domino cada regla, que mire para otro lado. Yo seguiré escribiendo y defendiendo lo que pueda en castellano, a mi manera. Porque la lengua es de quien la usa, no solo de quien la regula.

No aprendí a escribir para gustar, sino para comunicar. Y ahora escribo para resistir. Para que el castellano no se convierta en una lengua de élites, de filtros, de exclusiones. Lo aprendí en libros, sí, pero también en la calle, en la vida, en los silencios. ¿Cometo errores? ¿Y qué? No estoy aquí para agradar, estoy aquí para hacer ruido, para reivindicar que el castellano también es de quien lo vive, de quien lo lucha, de quien lo escribe con alma.

Alguien me dijo que no tocara el castellano si no lo escribía perfecto. Pues a mí, me da igual. Escribo en castellano porque me da la gana, porque es mío, porque me representa. No necesito permiso ni diploma para usar mi lengua. La aprendí como profesor, como lector, como ciudadano, y sigo aprendiendo cada día. El castellano no es solo para quien lo domina según la norma, es para quien lo siente, lo vive y lo defiende. Y yo lo hago con errores, sí, pero también con mucho amor y convicción.

Si tú sientes vergüenza por mi castellano, pues lo siento muchísimo. Mándame a paseo si quieres, pero no me quites la ilusión de escribir como me sale del corazón. Mi castellano no será académico, pero es real, es vivido, es sentido. No nací para agradar a los puristas, sino para mantener viva la lengua que me acompaña desde siempre. Prefiero mil veces un castellano imperfecto con alma que uno perfecto sin pasión.

Y tú, académico del castellano, déjame en paz. Olvídame. Mándame al carajo si te apetece, pero yo no voy a cerrar este blog. Porque este espacio es mío, y el castellano que aquí se escribe también. No será normativo, no será perfecto, pero es verdadero. Es el castellano que me nace, que me representa, y que defiendo con cada palabra. Si no te gusta, pasa página. Pero no vengas a darme lecciones, que mi voz también cuenta. 

PRESENTACIÓN PRIMERA DEL BLOG «OQUINTODOTEMPO.COM» (O EL ARTE DE CONVENCERTE PARA QUE ME LEAS)

Este blog no nació para que lo leyera mucha gente, o eso me gustaba decir en un tono nada asambleario cuando me preguntaban por mi «nulo éxito bloguero». Tampoco quiero empezar esta entrada con la repetición de un «craso embuste», que es en lo que se ha convertido ese amago de pedante mantra. Decir que escribo sólo para mí es más falso que un «te quiero» en una discoteca o un «para siempre» a los quince años. Cuando veo que alguien me lee, lo miro de reojo con una mirada picarona y me insufla unos ánimos que me dan «alma, corazón y vida». Más de lo que debería.

Empecé esto como algo personal, para ordenar mi cabeza ―tes que poñer orde nas túas tolemias, me dijo una vez un «mariñeiro contentillo y doblao» en O gato negro de Compostela, entre pulpo á feira y tazas de ribeiro― y guardar muchas ideas que no quería que se perdieran ―falacia más que evidente―, y sin embargo aquí estoy, publicando sentimientos en internet, como quien deja la puerta entreabierta esperando que alguien pase. Supongo que soy eso: una contradicción andante. No me importa que no me lean, pero ojalá me lean.

Lo que escribo aquí quizá no tenga apenas importancia para ti, sin embargo, a mí me causa enorme satisfacción lograr la conquista del orden ante el «caos literario» que habita en mí desde tiempos antediluvianos. Deseo que «escribir y reescribir» mil veces, de modo incasable y extenuante, los textos que conservo en mi ordenador, y los que voy escribiendo por mera inercia creativa, me ayuden, ¡por fin!, a entender y a regular el pulso de mi mano siniestra. Y si alguna vez alguien al otro lado se reconoce en algo de lo que pongo aquí, entonces este blog ya habrá servido para algo más que para hablar conmigo mismo.

Nació para tener tiempo. Tiempo para escribir sin prisa, para recordar sin permiso y para ordenar una vida a través de las palabras. Si has abierto esta entrada, no has entrado en una página: has entrado en mi casa literaria. Y las casas literarias no se visitan deprisa. Se recorren despacio, se miran las estanterías, se abren cajones, hasta el de la ropa interior, y, a veces, se encuentra algo que uno no sabía que estaba buscando.

Hace varios cursos académicos, una alumna de 16 años, en el penúltimo curso de su vida académica escolar, me preguntó en clase después de ver El club de los poetas muertos:

—¿Y para qué sirve la literatura, profe?

La pregunta, por su amplitud, me resultó difícil de contestar con una frase breve, pero contundente. Al final, uno recurre, sin mirar ningún libro, a una de esas reliquias que quedan en la memoria entre mil lecturas y le dije: 

—Para que no se te olvide la vida.

Se quedó callada. Yo, también. Y me sorprendió la situación, porque en este caso, dado a la batallita y a la paráfrasis, mi respuesta fue sucinta e irrebatible.

La imaginación morirá cuando todo tenga que ser útil, me dijo un taxista cuando me acercaba a Santa María de la Cabeza nº 1, donde viví hasta los 16 años y estaba obcecado en recordar cómo eran en ese momento mis lugares secretos y prohibidos de mis «despiertos» catorce años. En el asiento del copiloto tenía un ejemplar muy sobado de Los miserables de Víctor Hugo, que nos sirvió para hablar de uno de mis héroes literarios, Jean Valjean, el condenado que se negó a ser siempre lo que fue.

Después de la pregunta de mi alumna, seguimos con la estructura del comentario de texto, que es un tema que les apasionaba tanto como tomar un bombón helado en una sauna.

Este blog, en el fondo, sirve para eso: para que no se nos olvide la vida. En este caso, la mía. Ni la que hemos vivido ni la que hemos imaginado vivir. Muy triste es que cada vez haya más jóvenes que no sean capaces de imaginarse una vida futura. Convierten el mar en cemento y parece que no saben fantasear sobre su futuro, sino es como un millonario de cualquier disciplina. ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?, dijo Mafalda, una de las olvidadas de esta época.