REFLEXIÓN SOBRE LA DEPRESIÓN

A veces, quien no ha atravesado una depresión cree que se trata únicamente de tristeza, de una etapa pasajera o de una falta de voluntad. Esa mirada superficial duele más de lo que muchos imaginan, porque reduce una batalla silenciosa a un simple «anímate» o «todo está en tu cabeza». La depresión no siempre se manifiesta con lágrimas visibles; muchas veces se esconde detrás de una sonrisa cansada, de una rutina sostenida por puro agotamiento emocional. Hay personas que cumplen con sus obligaciones mientras por dentro sienten que todo pesa demasiado. Sin embargo, desde fuera, algunos interpretan ese sufrimiento como exageración, debilidad o dramatismo. La incomprensión nace, en gran medida, de la dificultad para aceptar que el dolor mental puede ser tan incapacitante como el físico. Nadie cuestionaría a alguien con una pierna rota por no correr, pero todavía se cuestiona a quien no puede levantarse de la cama porque su mente se ha convertido en un lugar hostil. Y esa falta de empatía termina aislando aún más a quien ya lucha contra una profunda sensación de soledad.

A esta incomprensión se suma una tendencia social que exige fortaleza constante, como si mostrar fragilidad fuera un fracaso personal. A las personas con depresión se les pide productividad, entusiasmo y normalidad incluso cuando apenas tienen energía para sostenerse emocionalmente. Con frecuencia escuchan frases hechas que, aunque parezcan bienintencionadas, terminan invalidando su experiencia: «hay gente peor», «todo depende de tu actitud» o «si quisieras, podrías salir adelante». Quien pronuncia esas palabras quizá desconoce que la depresión distorsiona la percepción de uno mismo y del mundo, apagando incluso las ganas de luchar. No se trata de falta de gratitud ni de ausencia de amor por la vida; se trata de una enfermedad que consume lentamente la esperanza. Lo más triste es que muchas personas deprimidas aprenden a callar para no sentirse juzgadas. Dejan de explicar cómo se sienten porque perciben cansancio o incomodidad en quienes las rodean. Y así, el silencio se convierte en refugio y prisión al mismo tiempo.

Por eso, comprender a alguien con depresión no exige tener todas las respuestas, sino desarrollar una sensibilidad auténtica hacia el sufrimiento ajeno. A veces basta con escuchar sin corregir, acompañar sin exigir y permanecer sin minimizar el dolor del otro. La empatía verdadera nace cuando dejamos de comparar heridas y empezamos a reconocer que cada persona libra combates invisibles que no siempre puede explicar. Quienes sufren depresión no necesitan ser salvados por discursos optimistas; necesitan sentirse humanos, válidos y queridos incluso en sus peores días. La sociedad habla mucho de salud mental, pero todavía cuesta aceptar sus consecuencias reales cuando afectan el ritmo, el ánimo o la manera de relacionarse de alguien cercano. Tal vez el gran desafío sea aprender a mirar más allá de las apariencias y entender que una persona deprimida no está eligiendo sufrir. Está intentando sobrevivir mientras carga un peso que otros no ven. Y en ese intento, una palabra comprensiva, una presencia sincera o un gesto de apoyo pueden significar mucho más de lo que imaginamos.

CAPÍTULO II DE ‘HATROZ’.- EL VIAJE DE RAFO

Rafo tenía 18 años y su vida era un caos organizado. Era un adolescente como muchos, pero con un enfoque peculiar: la diversión era su única prioridad. Los estudios los tomaba como una obligación que no podían enturbiar el deseo de pasárselo bien. Las fiestas, las copas, la música estruendosa y las luces parpadeantes de algunos pubs eran su refugio. Como he dicho, no le importaba el estudio. Las clases eran solo un trámite, una mera pasarela por la que debía pasar para seguir con su vida de esmorga, como decía Eduardo Blanco Amor en un libro homónimo en el que narraba una noche de excesos, alcohol y deriva de tres hombres en Ourense, con un tono muy crudo, humano y decadente.

Tenía esa despreocupación insolente de quien nunca ha sentido de verdad el peso de las consecuencias. Con dieciocho años vivía convencido de que la vida era una sucesión interminable de noches, música y amigos, y de que siempre habría alguien detrás resolviéndole el futuro. Estudiar le parecía un trámite aburrido y lejano, casi una molestia injusta frente a todo lo que él consideraba urgente: salir, reírse, gustar, desaparecer de casa durante horas y sentirse libre sin preguntarse demasiado de qué. Había en él una inmadurez cómoda, propia de quien confundía privilegio con independencia y diversión con vivir.

Sus padres estaban preocupadísimos porque no veían que fuera capaz de encauzar su vida académica: el sueño paterno de que estudiara medicina se había evaporado como un azucarillo en un vaso de café caliente. En una conversación nocturna y telefónica le dijo a su hermano Ramón, que vivía en Coruña:

―Bueno, Ramón, pues hasta aquí llegó mi fantasía. Supongo que una ilusión no puede sostenerse sola cuando la realidad insiste en mostrar otra cosa. Se lo decía ayer a Lola: Idealizar algo funciona hasta que los hechos empiezan a hablar más alto que las ganas.

―No es que me dé igual todo. Es que estoy cansado de sentir que cada cosa que hago está mal. Llega un punto en que desconecto porque discutir, explicarte o intentar hacerlo bien tampoco cambia nada. Paso de estudiar porque estoy agotado de tener que justificarme todo el tiempo. A veces es más fácil desconectar que seguir peleando por cualquier cosa.

José María, el padre, le contó por teléfono a su hermano Ramón los argumentos que empleaba Rafo para no estudiar lo que la familia esperaba y el «gallego», como llamaba Rafo a su padrino, no pudo refrenarse.

―Entiendo que Rafo esté cansado, pero crecer no consiste en desconectar de todo lo que no le gusta. En tu casa, José María, como en la mía, hay responsabilidades, normas y respeto, incluso cuando uno está enfadado. Que se sienta en nada comprendido no significa que pueda actuar como si nada importara. La vida no funciona solo según lo que le apetece en cada momento. Tú no estás aquí para caerle bien todo el tiempo; estás para educarlo. Y educar también implica poner límites, aunque no le gusten.

La conversación del padre de Rafo se convirtió en un desahogo, pues los esfuerzos durante meses fueron ímprobos y el resultado nulo.

Una noche de viernes, Rafo se preparaba para salir. Su habitación era un verdadero desastre: ropa tirada por todas partes, música a todo volumen y un cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo con tres o cuatro versos escritos. Abrió la ventana y con la seguridad de que sus padres no entrarían encendió un cigarrillo que apagó a toda velocidad ante un ruido extraño en la puerta. Se miró en el espejo infinitas veces para comprobar qué tal le había quedado el pelo impregnado con una fina capa de fijador Patrico. Su reflejo le devolvió una sonrisa confiada, un aire de despreocupación que le gustaba.

―¡Vamos, Rafo! ―gritó su amigo y compañero de COU Luis desde la sala, sin respetar a los padres de Rafo que alucinaban con la escena―. ¡La fiesta empieza en una hora!

Rafo cerró la ventana después de airear la habitación, se puso una camisa azul y unos vaqueros ya muy usados, que no le gustaban nada a su madre. Se sentía listo para conquistar el mundo, o al menos, la noche. Salió de su habitación y se dirigió a la sala donde Luis les comentaba a sus padres asuntos familiares, pues, por lo visto, había alguna relación familiar lejana. Luis lo esperaba con una mochila llena de botellas.

―¿Listo para divertirnos? ―preguntó Luis, mientras, insisto, el padre de Rafo observaba la escena con una cara de alucinante sorpresa. El desparpajo de su amigo, familiar lejano, que no le valió para nada, dejó sin habla a los padres de Rafo.

―Siempre ―respondió Rafo, mientras les daba un beso a sus padres y les farfullaba que llegaría pronto.

Su hermana Lola, harta del mal ambiente que había en casa en ocasiones por culpa del mimado de su madre, le soltó a la cara lo que pensaba. Él la miró con indiferencia.

―Tú llamas libertad a ir de fiesta y olvidarte de todo. Yo lo veo como una forma de no querer mirar la realidad. No sé cómo hablar contigo ya. Cada vez que intento entenderte siento que te alejas más.

Fue cerrar la puerta y Lola, su madre, rompió a llorar con un llanto pausado, silencioso y sobrecogedor. Sumida en una profunda depresión, hablaba desde una mezcla de dolor, agotamiento, culpa y desconexión. Sus argumentos sonaban más emocionales, vulnerables y a veces contradictorios.

―No entiendo cómo puede vivir como si nada, mientras yo siento que todo se me cae encima. Me duele verlo tomarse la vida como una broma cuando yo apenas puedo levantarme cada día. Me siento muy sola viéndolo vivir como si no necesitara ya a nadie.

La música sonaba a todo volumen en la casa de un amigo de Luis, un chico que apenas conocían, pero que siempre organizaba las mejores fiestas. Aprovechaba que la casa se quedaba sin sus padres cuando estos se iban de viaje a Barcelona a un concierto del Palau. La verdad es que a Rafo no le importaba tanto conocer a gente, él creía que tenía muy bien cubierta la parcela de los amigos. De lo que realmente disfrutaba era del ambiente: las risas, las copas, las chicas y la sensación plena de estar vivo, de no sentirse ninguneado. Anímicamente lo dejaban a ras del suelo los éxitos académicos de algunos de sus primos.

Al llegar, la casa estaba llena de gente. Luis pasó a su amigo la mochila de las bebidas. Había un fondo común. Chicos y chicas bailaban al ritmo de la ELO (Electric Light Orchestra), los Rolling Stones, Rod Stewart, Bee Gees, Village People o Queen. Los movimientos de los bailones eran cada vez más exagerados y descoordinados, fruto del alcohol que corría por sus venas. Mientras, otros se agrupaban en la cocina y en otros lugares de la amplia casa, riendo y compartiendo historias. Rafo se adentró sin ninguna intención de bailar, a no ser que fuera lento, lo tenía muy claro. Por eso le insinuó al que ponía la música que pinchara a Eric Clapton, Elton John o Commodores, en cuanto buscaba a alguna chica que lo hiciera sentir aún más vivo.

En la terraza estaban los modernos, los sofisticados, los cosmopolitas, los rebeldes con elegancia o los que querían aparentar libertad y madurez compartiendo porros de hachís. Era un consumo nada callejero y bastante mezclado con un postureo intelectual o estético.

―¡Rafo! ―lo saludó una chica de cabello rubio y ojos azules, a la que apenas recordaba de una fiesta anterior—. ¡No te había visto desde la última vez!

―¡Hola! ―respondió él, tratando de recordar su nombre. Pero eso a él le importaba una mierda. Lo que quería era vivir con intensidad el momento.

Se acercaron a la barra improvisada y la chica le ofreció un trago de su cubata. Rafo aceptó con gusto. La noche avanzaba y la música se hacía más intensa. La chica, que se llamaba Susana, lo llevó a la pista de baile. Allí, rodeados de cuerpos en movimiento, Rafo se olvidó de todo cuando empezó a sonar Angie de los Rolling Stones.

―Bailas muy bien lento ―le dijo Susana, mientras se movía al ritmo de la música.

Rafo se enteró de que tenía el mejor expediente de su colegio en COU y era una clara candidata a hacer una excelente Selectividad. Se dio cuenta, pero hizo oídos sordos, de que se puede estudiar y pasárselo muy bien.

―Y tú eres una excelente compañera de baile ―replicó él, riendo.

Los vasos iban y venían, y el tiempo parecía dilatarse. Rafo se sentía invencible, como si nada pudiera detenerlo. Sin embargo, en el fondo había algo que le daba vueltas; un leve susurro que le decía que había más en la vida que solo fiestas y copas. Pero Rafo ignoró esa voz, sumido en la música y el alcohol.

En un momento de la noche, mientras se alejaba un poco de la multitud para tomar aire, se encontró con un grupo de chicos que se ponían a prueba con un juego de cartas.

―¿Quieres unirte? ―le preguntó uno de ellos, con una sonrisa desafiante.

―Claro, ¿a qué jugáis? ―respondió Rafo, sintiéndose intrigado.

El juego era una mezcla de verdad o reto con apuestas. Rafo se sentó, emocionado. Las primeras rondas fueron simples: algunos secretos divertidos y retos ridículos. Pero luego, la cosa se puso más seria.

―Rafo, te toca ―dijo uno de los chicos―. Tienes que buscar a una chica que no conozcas y decirle lo que sientes por ella.

Rafo se rio, pensando que era una broma. Pero, al mirar a su alrededor, sus ojos se encontraron con los de Susana, que lo observaba desde la distancia. Sin pensarlo dos veces, se acercó a ella de nuevo.

―No vale, a esa tía la conoces.

―¡De un baile! ―lo justificó Luis con intención de exculparlo.

―Voy a hacerlo ―dijo Rafo, decidido.

Cuando Susana contestó a lo lejos, Rafo se sintió más vergonzoso que nunca.

―¡Hola! ―dijo ella, levantando la voz por el ruido que había.

―Hola, Susana. Solo quería decirte que… realmente me gustas, que me vuelves loco. Las palabras salieron de su boca como un torrente. Nada de naturalidad. Todo, efusión verbal por las copas.

Hubo un silencio. Luego, ella se rio.

―¿De verdad? Has bebido, Rafo.

―Sí, pero eso no cambia lo que siento —respondió él, riendo, tratando de restarle importancia.

Al final de la conversación, Susana le prometió que lo pensaría. Rafo se alejó, sintiéndose un poco más ligero. Había hecho algo fuera de lo común, algo que no encajaba con su exacerbada timidez en estas fiestas de excesos.

La noche continuó, pero Rafo ya no estaba tan concentrado con las copas. Empezó a observar a su alrededor, notando las dinámicas de la gente. Algunos se reían, otros discutían, y otros simplemente estaban perdidos en sus pensamientos.

Finalmente, la fiesta comenzó a desmoronarse. La música se apagó, y la gente empezó a irse. Rafo y Luis se sentaron en el suelo, cansados pero satisfechos.

―¿Te das cuenta de lo que has hecho? ― le preguntó Luis―. Le dijiste a Susana que te gusta.

―Sí, y no sé si eso es bueno o malo —respondió Rafo, pensativo.

―A veces, hay que arriesgarse. La vida no es solo juerga; también hay que vivir otras experiencias, ¿sabes?

Rafo asintió. En ese momento, sintió que la noche había sido más que una simple fiesta. Había tomado un paso hacia algo nuevo, algo que no podía ignorar.

Los días pasaron, y Rafo continuó con su vida habitual. Sin embargo, algo había cambiado en él. Se dio cuenta de que las fiestas eran divertidas, pero había un vacío que no podía llenar con alcohol y música. Decidió comenzar a estudiar un poco más, a explorar sus intereses, pero tenía el convencimiento de que ese curso ya era tarde.

Un día, mientras caminaba por el jardín de Maldonado, vio a Susana sentada en un banco, leyendo un libro: El guardián entre el centeno, el gran libro del adolescente inconforme, según su profesor de Filosofía. Se acercó, lleno de vergüenza y con un enrojecimiento facial hatroz, pero decidido, porque, si el lunes, en clase, le comentaba a Luis que había pasado de largo, la bronca podía ser monumental.

―Hola ―dijo, y ella levantó la vista, sonriendo.

―Hola, Rafo. ¿Cómo estás?

―Quería hablar contigo sobre lo que te dije la otra noche…

Susana sonrió, y Rafo sintió que, por primera vez, estaba haciendo algo más que solo salir de fiesta. Estaba empezando a descubrir quién era realmente.

Y así, Rafo les contó a sus padres que había comenzado un viaje, no solo hacia el crecimiento personal, sino también hacia nuevas formas de conexión y significado en su vida. Las fiestas seguirían siendo parte de su vida, pero ahora, sabía que había más allá de la juerga, un mundo lleno de posibilidades que lo esperaba. El padre, después de escucharlo, se lamentó de las mil y una promesas.

―Quevedo dijo: Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres, le comentó su padre. Es decir, hijo, cambiar de ciudad, ambiente o circunstancias no sirve de mucho si uno sigue arrastrando los mismos hábitos, errores o forma de vivir. Tú nos has prometido mil cambios y luego nada de nada. Entenderás que hasta que no veamos tu madre y yo los resultados de ese cambio no podemos fiarnos.

Y Rafo experimentó que, por su única culpa, su padre estaba harto de las promesas incumplidas del pasado y de la endeblez del equipaje que había preparado para un viaje que no tenía ningún destino claro.

LA FRUSTRACIÓN HUMANA

Si alguna vez la lluvia aprendiera a evocar recuerdos, seguiría cada recoveco de mi memoria con una delicadeza galaica. Cada gota parecería encontrar con una ternura genuina, aunque fingida, la ventana donde reposan mis añoranzas. Y, por un instante, como un pecado original tácitamente acordado, limpiaría el cristal empañado, delicado y efímero dibujado por mí.

Y esos fragmentos danzarían y se desvanecerían en mi mente una y otra vez, así como cuando yo desecho ideas y propuestas que alguien desconocido me propone anónimamente. Caerían disimuladamente en la orilla de una noche que me elige como compañero de penurias.

Las calles, de madrugada, olerían a pan recién horneado, los cines estarían llenos de asientos vacíos y las charlas de solitarios enamorados se perderían tras el perfil de anónimas farolas.

Hablaría de puentes construidos en mi vida con la solemne ingeniosidad de aquellos que creen en los milagros de la inspiración.

Me diría que no me atemorizara con el paso del tiempo, que todos los días son una pequeña despedida y que no esperara descansar en el lecho del tiempo del mundo. Sería una mentira elaborada por ese dios pagano que me provoca sensaciones inexistentes.

En mi deseo de escribir habría una herida que ya no sangraría y un triunfo que justificaría años de mi desconsuelo creador. Esas heridas custodiarían mi ideario emocional y me fracturarían la muñeca de mis impulsos.   

Entonces me atrevería a llamarla y su voz resultaría una revelación que liquidaría mi desidia y me impulsaría a describir con la otra mano la calidez salvaje de tu rostro y la amabilidad de tu tierna verdad.

Y algún día caminaría por los parques que tú creaste para mí y gozaría con la silueta de la mujer que lleva llorando años por mí. Su corazón se posaría como un pájaro cantarín en la ventana de mis sueños y yo renacería, empañado por la lluvia, con una carta que ella leería hasta la última línea, sonriendo con la certeza de haber comprendido mis palabras: amar no es una cuestión de conformarse con lo que hay; a veces es guardar con ternura lo que no se puede tener. 

CAPÍTULO I DE ‘HATROZ’.- INTRODUCCIÓN

Cuando en 2025 decidí relatar la vida de un hombre «muy conocido» por mí, y por querer ser original en Hatroz tejí una embarullada maraña de personajes, autores y heterónimos. Y la montaña parió un ratón, diría mi profesor de Literatura del siglo XVI para calificar como una piltrafa aquello que aparentaba ser un valiosísimo tesoro. Quise crear una historia atractiva en grado sumo y, por hacerla diferente, los parámetros de la narración se alejaron tanto de la lógica habitual que sucumbí ―creo que me casi ahogué― en un monumental caos.

Nunca recibo correos o guasaps, y eso que los deseo con fervor. Cuando colgué varias entradas, allá por enero de 2025, en unos tambaleantes blogs, me llegaron a las pocas semanas tres anónimos manifestándome una gran desesperación: ¡¡¡Para ya, por Dios!!! ¡¡¡Vuelve al sentido común!!! ¡¡¡Una historia y un blog, nada de múltiples autores y protagonistas!!!

Este último comentario me hizo reflexionar durante días sobre cómo enfocar la vida de Rafo, heterónimo mío cuyo nombre me subyugó desde que se lo escuché a un grupo de adolescentes en la plaza de Colón. Mi imaginación, que se había decantado por Camay o Yago, se instaló en una estática nube creativa que me frenó toda posibilidad de retomar la historia con clara determinación. ¡Qué breve, pero qué diestro y certero fue ese último comentario! Ahora entiendo con perfecta nitidez que un compañero, mientras nos tomábamos un café en el recreo, me manifestara hace unos meses «hasta aquí he llegado, piérdete y déjame en paz».

En diferentes blogs empecé tres historias referidas a una misma persona: José María Máiz Togores, yo. A lo largo de mi proceso de creación y escritura me autoimpuse una creatividad tan descontrolada que bauticé con varios nombres, repito, a un protagonista que era yo: Camay, Rafo y Yago. Todo lo demás es pura anécdota. Un amigo muy cercano y muy fiable literariamente me soltó una buena reprimenda, mientras tomábamos unas cañitas con gambas en Santa Bárbara:

―Estás perdido. No te entiendo nada. No sé cuándo eres Camay (¿Existió alguna vez este nombre tan imbécil que además hace casi publicidad de un producto?), cuándo Rafo (¿Has matado a Camay? ¿Ha muerto Rafo, el único nombre que me gustaba, que me ocultaba algo, o se ha fugado a la playa?) y, por último, cuándo Yago (¿De dónde sale este idiota con nombre de cine santiagués?). Y ya la lías con el nombre de Hatroz, para una novela. Luego especificas el origen de este nombre. Eso me vale. José María, esto necesita una aclaración, una sincera y diáfana aclaración, si quieres mantener a los cinco o seis seguidores que tienes. Déjate de alias y sé tú mismo, cuenta tu vida, con tu nombre, con tus sombras y con tus luces. O utiliza un pseudónimo. Uno. Siempre el mismo. Los demás tienen que desaparecer. Y creo que como yo piensa mucha gente. No infantilices tu historia con ese Camay, que no me lo he tomado en serio en ningún momento.

Tras esta filípica, se marchó a trabajar y me dejó solo ante el peligro. ¿Muerte o vida? Lucharé hasta la muerte por lo segundo, me quise convencer.

Estas palabras fueron un aldabonazo en mi fase de narrador. Yo creía que había utilizado un certero recurso literario que pondría en vilo al lector. Resulta que no, que los pocos que me leían se sentían tan desorientados como si habitaran los laberintos de los Jardines de Villa Pisani, en Venecia, que cuentan que el propio Napoleón se perdió en ellos, y que cuando Hitler y Mussolini mantuvieron en Venecia algunas de sus oscuras conversaciones en 1934, ni intentaron descifrarlos. Los jardines del amor, como se les conoce popularmente, tienen el poder de doblegar a los más grandes estrategas.

Yo soy José María Máiz Togores. Soy el escritor, compositor y creador de mi vida. Toda la información viene de mí, soy el origen y el protagonista de los acontecimientos narrados. Yo soy el que se sienta al ordenador a poner negro ―bueno, azul― sobre blanco. Todo lo contado me pertenece, aunque haya algo fabulado, está fabulado por mí y para mí.

Apareceré bajo el nombre de Rafo (descubrirlo leyendo) que es el remoquete que me puso una amiga cuando leyó algunos de mis versos en la plaza de Colón, alborotada la lectura por un grupo de adolescentes que practicaban a ver quién nos molestaba más. En absoluto Camay o Yago, puramente fabulados por mí.

Yo, José María Máiz Togores, me desdoblo en dos personajes: Rafo, que es el protagonista de Hatroz, y un amanuense que es contratado para que transcriba lo contado por mí. Yo soy los dos. En algunas ocasiones, compartimos los dos el capítulo; en otras, dejo el protagonismo total a Rafo.

Si hay un desorden temporal, que lo hay, yo soy el responsable. Según vayas leyendo, irás conociendo mi carácter y la anarquía vital en la que en ocasiones estoy sumergido cuando me siento ante el ordenador. Desde el principio, en esta introducción, dejo muy claro cuál es mi trabajo y en qué condiciones lo voy a realizar: no esperes una novela ad hoc (adecuada o apropiada al concepto actual de ese género), porque el interés verdadero de Hatroz está en una nutrida sucesión de anécdotas o vivencias desordenadas temporalmente que pueden extenderse en uno, dos o tres capítulos cada una de ellas.

Cuento mi vida, mis anécdotas más simpáticas, las más horrendas y, tal vez, las nada recomendables. Todas ellas se rigen por la verdad, aunque en ocasiones la memoria distorsiona un poco lo vivido. ¿Recordamos la realidad vivida o recordamos el recuerdo de esa realidad?

En Hatroz, con todas las facilidades y alguna dificultad que entraña este desdoblamiento, porque yo quiero ser el responsable de lo narrado, yo y el protagonista, Rafo. Soy la fuente creativa y el narrador de mi historia. No te olvides de este nombre y no hagas caso a nadie. Exclusivamente fíate de los capítulos de Hatroz. Es lo único verdadero.

Gracias por todo. 

CONEÍÑO

En una aldea pequeña, donde los nombres tenían más peso que los apellidos y los curas más tozudez que los padrinos, llegó el día del bautizo del pequeño de la casa. La familia estaba emocionada: era el primer nieto, el hijo de Maruxa y Xosé, y todos querían que el nombre fuera especial.

En la iglesia, el cura don Ramón, de buen humor, pero de oído fino, preguntó solemne:
—¿Nombre?

El padrino, que ya tenía el discurso preparado, respondió con voz firme:

—Avaristo.

El cura frunció el ceño, miró el libro y dijo:

—Con e.

—Avaristo —repitió el padrino, sin entender—. Porque es tradición que el nombre proteja a la familia de los truenos en las noches de tormenta.

—Con e, hombre, que se escribe Evaristo —insistió el cura, ya algo picado.

—Pero nosotros queremos Avaristo, que suena más dulce, más nuestro, máis da casa —dijo la abuela, que ya tenía bordado el nombre en un pañuelo—.

Cada generación tiene un Avaristo que trae suerte en las cosechas de maíz.

La discusión fue creciendo, como crecen los tojos en el monte, sin pedir permiso. El cura, firme en la gramática y en la tradición, no cedía. El padrino, fiel a su idea, tampoco. La abuela ya empezaba a rezar para que no se cancelara el bautizo.

Entonces, entre murmullos y suspiros, se levantó don Manuel, el vecino de al lado de la casa de Maruxa, que había ido solo por la empanada y ya llevaba media hora aguantando la batallita:

—¡Carajo, ya está bien! ¿Cómo tengo que llamar a tu nieto? ¿Qué nombre le ponemos, que ya está todo mojado y el pan está frío?

La familia se miró, el cura cruzó los brazos y firmó Evaristo en los papeles oficiales, y el padrino, con una sonrisa resignada, soltó:

—Pues, como el cura no cedió y dice que es con e… le llamamos Coneíño.

Y así quedó. El niño creció feliz, con nombre de cuento y una historia que contar en cada fiesta. Porque en Galicia, a veces, los nombres nacen de la retranca.