A veces camino sin saber por qué. Como si algo viejo, algo que no habla, pero insiste, me empujara a seguir. Estoy frente al mar. Siempre vuelvo aquí sin pensarlo. Me llama, me recoge, me borra. La sal se lleva mis huellas como si quisiera decirme que no soy tan importante, que todo pasa. Y en este ruido suave, en este olor que se queda en la piel, me nació una necesidad: escribir. No el poema, no las palabras exactas. Solo escribir. Porque hay cosas que no caben dentro para siempre. Y hay silencios que, si no los abro, me pesan más que el cuerpo.
«SONMEIGO» (JMMT)
SOMBRAS Y SILENCIOS
A veces, en los momentos tranquilos del día, me sorprendo a mí mismo escondido detrás de una voz que no termina de salir. Siento un impulso interno que quiere hablar, asomarse, respirar… pero se detiene justo antes, como si le diera vergüenza mostrarse por completo. Me cubro con una especie de niebla suave que apaga mis gestos y mis palabras, mientras mi corazón late tranquilo, cuidándose, esperando su momento.
Las palabras vienen a mí, revolotean inquietas, pero no se animan a volar. Mis ojos buscan refugio en el suelo, como si allí pudieran ocultarse del mundo. Y mis susurros, pequeños y frágiles, se quedan atrapados en mis dudas, navegando en ese mar interno que a veces me sobrepasa.
Aun así, dentro de ese silencio hay algo valioso. Un pequeño mundo íntimo, delicado y honesto, que florece en lo profundo. Allí guardo lo que soy, lo que todavía no muestro, lo que espera el instante justo para abrirse sin temor. Es un lugar donde mi aparente fragilidad se transforma en fuerza, donde mi sinceridad brilla sin necesidad de hacer ruido.
Entiendo que la timidez no es un muro: es una puerta. Y detrás de ella hay un corazón vibrante, que desea ser visto y abrazado tal como es. Aunque a veces me esconda entre sombras y silencios, sé que por dentro se está gestando un despertar. Llegará el día en que mis palabras dejen de temblar, en que mis ojos se levanten hacia el mundo, y en que mi voz fluya sin contenerse.
Porque en mí, detrás de esa bruma, vive una verdad que no se apaga: mi silencio también habla, y mi timidez no es más que el paso previo para mostrar un corazón que, cuando se atreve, ilumina sin esfuerzo.
TU VOZ
(A Compostela, esa mujer que entonces me hablaba muy bajito al oído cada vez que nos encontrábamos en las calles de mi ciudad.)
Deseo escuchar tu voz cada nueva mañana, cada despertar claro, como si mi sangre acariciara con impulso diáfano tu cuerpo mientras nuestros sexos se despedían a los pies de un manantial cálido.
Sumergido en una noche de desmayos e hipnosis, mis manos desnudas tocaban tu cuerpo en el placer de un sueño colmado de fantasmas y realidades falsas.
Me aguijonea desde hace tiempo el verdadero deseo de un posible regreso a tu lado.
Y mi alma, anegada y adornada por la larga ausencia de nuestro último beso, casi sin fuerza y despojada de vida carnal, comienza lentamente en el regazo de la soledad a imaginar.
EL PÁJARO
En una aldea muy pequeña y muy apartada de las más lejana Galicia moraba hace unos años un cura muy viejiño él, pero con el aspecto físico de un roble, decían quienes lo atendían en sus labores caseras. De este hombre han hablado, y hablarán mucho las lenguas de la comarca. Tenía una afición que los hombres de la aldea no envidiaban en absoluto. Esta afición de la que voy a hablar consistía en darse un baño diario en una curva que hacía el río en las afueras de la aldea. Las aguas están heladas, según los que lo intentaron como avezados nadadores. Una vez y nada más, sentenciaron al unísono. El cura seguía con su costumbre y no lo frenaba nada. Disfrutaba tanto que olvidaba siempre que muy cerca se encontraba el pilón de lavado de la ropa de uso público. Las primeras habladurías fueron las de una mujer que debía de tener el teleobjetivo de las águilas: cuando este hombre nada para atrás parece un reloj de sol. Otras, las que le arreglaban sus prendas sacerdotales se quejaban de que tuvieron que hacer unas sotanas de talla extragrande porque, si las ajustaban demasiado al talle, la feligresía perdía en un instante la devoción cuando hablaban con él en el atrio de la iglesia. El más osado era el cantinero, hombre irreverente y ateo, hablaba de un verdadero diablo entre las piernas.
Este sacerdote tenía como afición la ornitología. Salía todos los viernes, nevara, lloviera o hiciera un sol del carallo, a escuchar, en expresión de Fray Luis de León, la música no aprendida de los pájaros.
Una vez le regalaron un canario que decían que lo proclamaron campeón de España en una prueba que se celebró en Valencia con más de cien participantes. Lo cuidaba, perdón por la blasfemia, como si fuera un santo más de su capilla. En uno de estos cuidados, un día, al levantarse de la cama, notó que no estaba Severino, ya que el silencio reinaba en la casa y se podía escuchar muy bien el sonido de los ratones que caminaban por el fayado de su casa. La jaula, vacía, no volvió a ser la casa de Severino.
Su disgusto y su preocupación fueron tan grandes que decidió preguntar a sus feligreses cuando finalizó la misa mayor del domingo. No quería que «la cosa» cayera en el olvido y se puso a hacer preguntas tipo Hércules Poirot en cualquiera de sus interesantes investigaciones.
De primeras, preguntó que quién tenía pájaro. En este punto se levantaron todos los hombres y alguno de ellos de un modo muy jactancioso. No he hecho la pregunta correcta, comentó muy avergonzado para sus adentros el cura.
―A ver, amigos, a ver. Yo quiero saber si ustedes en estos últimos días han visto en la aldea mi canario, un pájaro muy llamativo y gracioso.
En este punto se levantaron de sus bancos casi todas las mujeres, unas con el rostro colorado por la vergüenza, otras, las que se quedaron en sus asientos, con cierta tristeza y resignación. Tampoco funcionó, y manifestando una aparente ingenuidad, preguntó:
―¿Quién ha visto mi pájaro?
Y como cohetes de bomba triple todas las monjas se pusieron de pie llenas de alegría.
El templo «estalló» en carcajadas.
LA PEREGRINA Y EL BURGO: RECUERDOS DE UNA VIDA
Cuando pienso en mi infancia y en mi adolescencia —la tardía también—, el corazón me lleva inevitablemente a dos aldeas que marcaron mi vida y la memoria de mi familia.
En Bertamiráns, en la finca de la familia de mi madre llamada La Peregrina, se alzaba una pequeña capilla que era mucho más que piedra y cal. Hoy sigue en pie, pero sin culto. Era nuestro rincón sagrado, el lugar donde la Virgen Peregrina nos acogía bajo su manto protector.
Cada agosto, la fiesta llenaba el aire de música, de risas y de devoción. Las campanas repicaban con alegría, y nosotros, niños y mayores, nos vestíamos de gala para honrar a nuestra Virgen. Aquel día era un encuentro de almas, un instante en el que la familia y los vecinos nos fundíamos en una misma emoción, entre el olor a rosquillas y el sonido de las gaitas que hacían vibrar el corazón.
Luego, en septiembre, el camino me llevaba a Vedra, a la finca de la familia de mi padre llamada El Burgo, donde la Virgen de las Ermitas era la protagonista. Allí la fiesta tenía otro sabor, distinto, pero igualmente entrañable. Era como si el calendario nos regalase dos citas imprescindibles, dos paradas obligadas en el camino de la vida. En Vedra, la devoción tenía un tono más desconocido para mí, pero también más íntimo. Recuerdo las procesiones, los cantos, y esa sensación de que cada piedra del lugar guardaba la huella de nuestros antepasados. Era como si el tiempo se detuviese, y nosotros, pequeños y grandes, nos sintiéramos parte de una tradición que nos trascendía.
Estas dos fiestas, la de Bertamiráns y la de Vedra, eran mucho más que celebraciones religiosas. Eran la expresión viva de nuestra identidad, de la unión familiar, de la alegría compartida y de la fe heredada. Cada vez que cierro los ojos, veo las luces de las fiestas, escucho las gaitas y siento el latido de las campanas. Y en el fondo de mi pecho, una gratitud inmensa crece, porque sé que esos recuerdos son el tesoro más valioso que me dejaron mis padres y mis abuelos.
Hoy, cuando regreso de vez en cuando a esos lugares, siento que las capillas siguen hablándome, aunque no tengan culto, que las Vírgenes siguen mirándome con esa ternura antigua, y que cada agosto y cada septiembre son un puente entre el pasado y el presente. Son la memoria viva de mi familia, el recuerdo que me hace sonreír con nostalgia y que me llena de orgullo. Porque allí, entre Bertamiráns y Vedra, aprendí que la fe y la fiesta, la tradición y la alegría, pueden convivir en un mismo latido, y que ese latido es el que nos mantiene unidos, generación tras generación.
Pero hoy, cuando vuelvo a esos lugares, me siento también atravesado por una herida silenciosa: sé que aquellos tiempos no se pueden recuperar, que las risas compartidas y el calor humano que llenaba cada rincón ya no regresarán. Ahora veo cómo la impersonalidad y la indiferencia crecen, cómo mucha gente, sobre todo en la segunda finca, parece ajena a mi presencia, como si la memoria que yo guardo con tanto amor no tuviese ya reflejo en sus ojos. Esa distancia duele, porque contrasta con la intensidad del recuerdo, y me deja con una profunda saudade, con una melancolía que me acompaña y que, al mismo tiempo, da sentido a mi fidelidad a esas raíces que nunca quiero olvidar.
ADDENDA.- El Burgo lo vendimos cuando yo tenía 22 años y, desde entonces, siempre estuvo en manos privadas, circunstancia que me dificultó mucho, teniendo en cuenta además mi gran timidez, su visita; mientras que La Peregrina la vendimos con 33 años y con la noticia de que fue el Ayuntamiento de Ames quien la compró y la convirtió en un espacio abierto a la gente de Bertamiráns para visitarla y realizar actos públicos. A cien metros se construyó una nueva capilla con la «vieja» Virgen Peregrina, que está siempre abierta y tiene culto diario.