«SONMEIGO» (JMMT)

IDEALIZACIÓN

No te idealizo. La idealización es una forma de cobardía. Te prefiero real. Con sombras. Con contradicciones. Con lugares donde no me dejas entrar. Hay alguna sombra en ti —o en lo que imagino de ti— que me mantiene alerta. Intranquilo. Despierto. Te escribo porque escribir es una forma de acercarme sin tocarte. Y la distancia, cuando hay deseo, también es una forma de erotismo. No todo deseo quiere cuerpos. Algunos solo quieren durar. Quieren imaginar tu cuerpo desnudo sin tocarlo. Quieren dejarte sin ropa dentro de la mente. No busco que me respondas. Ni siquiera que me leas con cariño. Me basta con que existas en un pensamiento mío y que quizá yo exista en uno tuyo. Aunque sea un segundo. Aunque sea con el cuerpo. Si alguna vez sientes que alguien te mira desde las palabras, sin manos, sin ojos, con paciencia, Imagina que soy yo. Puede que sea yo escribiendo otra vez, sin saber si estás donde te imagino. Esta es mi manera de decir: no te debo nada, no me debes nada, pero cuando mi mente te desnuda en silencio, el mundo se vuelve un lugar mucho más lento. Y mucho más peligroso.

‘PASORESERVADO’ O ‘RECUNCAR’

El Pataca hervía como pocos días. Allí estaban Víctor, Jorge, José María y su hermana Lola. Las voces, las risas, las canciones se sucedían entre cuncas de vino que viajaban de mano en mano como un tren de alta velocidad. Es uno de los bares más conocidos entre los compostelanos y la amenaza de cerrar cuelga sobre él como el péndulo del reloj de la Puerta del Sol. Sus famosas y deliciosas tapas de patata gallega asada son uno de los atractivos de este local situado en plena rúa del Villar de Santiago, una de las calles más visitadas y transitadas de la parte antigua de la ciudad, a sólo cinco minutos de la catedral.

―Non sei ti, pero encántanme as patacas preparadas en horno de leña, decía un paisano queriendo mantener la compostura después de unas cuantas tazas de ribeiro.

Están cocinadas al estilo de la casa: en su cocina de leña, cocidas a fuego lento en salsa de carne, lo que hace que tengan un color amarillo-dorado inusual y un sabor único.

Un buen amigo compostelano, que está montado en la parra todo el día, convocó a los tres amigos con unas palabras muy cariñosas con el fin de dilucidar el nombre definitivo del blog de José María que estaba bautizado provisionalmente con el nombre de pasoreservado.com. La cena de días atrás en la pulpería de Melide terminó con muchas canciones da terra, pero sin ninguna decisión clara.

―El viño enreda los pensamientos coma la niebla en las corredoiras, decía el bueno de Ignacio dando sorbos largos y densos a su taza mientras comía tres o cuatro trozos de pulpo con un palillo bastante usado ya.

―Un trago más y ya no sé si pienso o estoy pensando que pienso, apuntaba Víctor con los ojos encendidos.

―Mi padre afirma que el vino es viento caliente que despliega las velas de la locura, sentenciaba con sobrias palabra Jorge, el más dicharachero.

Y el simpático de José María, que no se enteraba de nada por el rebumbio que había en la tasca remató la faena:

―El vino no da respuestas, pero hace olvidar las preguntas.

Y los cuatro rompieron a reír como si no lo hubieran hecho en la vida. Las comisuras de los labios se pintaron de granate porque tuvieron la nefasta idea, no de ir a bañarse a la playa, no, sino de cambiar de vino: Barrantes. Vino denso, de color intenso, con alta acidez y textura consistente que teñía todo lo que mojaba.

Al Pataca no se va a beber una vez. Se va a recuncar. A repetir copa, verso, historia o suspiro. A volver al plato que emociona, al rincón que abriga, al idioma que canta.

El blog de José María que lleva cultivando desde hace meses es como una tasca con mesa de madera y vino de Ribeiro: entra quien quiere, se queda quien siente, y repite quien encuentra agradable sabor en sus textos. Hay poesía, hay retranca, hay bichos traviesos y verdades envueltas en pan. Y si alguna palabra te hace cosquillas en el corazón… sírvete otra taza. Porque aquí, como en el Pataca, lo bueno se repite. Y si tiene algo de gallego, mellor.

Ya sabemos que los tres amigos están en el Pataca en una noche de risas y vino de Ribeiro y Barrantes. Ignacio se marchó a una hora prudente porque al día siguiente tenía que ir al chollo.

Son tres amigos de toda la vida, tres copas más de las que pensaban, y una discusión que ya parece un debate parlamentario, pero con más migas de chorizo que corbatas.

Víctor, con la taza en alto, ya en modo filósofo de barra, proclama:

―¡Pero a ver, José María! pasoreservado.com suena misterioso, elegante, como si entrar al blog fuera como colarse en un reservado con cortinas de terciopelo. ¡Tiene marcha! ¡Te invita a entrar! La camisa blanca de José María tenía una minuciosa ducha de puntitos granates provocados por la efusividad de Víctor al hablar.

―Es mi obra de arte para tu blog, sácale una foto y la cuelgas. Tendrá un éxito cojonudo.

Jorge, que ya ha dicho «¡eso, eso!» tres veces sin saber a qué:

―Sí, pero oquintodotempo.com/ tiene alma, tío. Tiene Galicia. Tiene esa cosa que no se explica, pero que se siente. Es como cuando Pepa decía «recuncar» y tú sabías que ahí había algo escondido, algo tuyo, que era digno de repetir.

José María, con el Ribeiro haciendo efecto poético:

―Es que recuncar no es solo una palabra. Es como un suspiro con raíces. Es el rincón donde se guardan las historias que no se cuentan en voz alta. Es el perro que se mete debajo de la mesa cuando llueve. Es… es mi blog, carallo.

Jorge, emocionado porque ha elegido su nombre, aunque no sabe bien la razón:

―¡Pues entonces no hay más que hablar! oquintodotempo.com/ suena a verdad. A tierra. A tasca. A ti. A mí. A Las Pateiras. A San Ramón y a bebedeira en cualquier lugar de Galicia, a San Simón.

Víctor, sirviéndose otra taza:

―Y si algún día haces una sección de «pasoreservado», que sea para los secretos, los poemas escondidos, los recunchos del alma, esa segunda vida que dices tú tener. Pero el nombre… que sea gallego, que sea tuyo.

Y así, entre brindis y patacas, se decide que el blog no será solo una página, sino un recuncho donde caben todos los Jorge, los Víctor, y los José Marías del mundo. Con vino, con alma, y con nombre gallego.

El vino ya no se sirve, se canta. Jorge rasca la mesa como si fuera una zanfoña, Víctor marca el ritmo con el vaso, y José María, está a punto de protagonizar una escena de juramento cidiano. Los tres dispuestos a recuncar por enésima vez.

Jorge, entonando como si estuviera en un festival de cantautores de Lavapiés:

―¡pasoreservado.com! Suena a jazz, a club con cortinas rojas, a contraseña secreta, a puticlub. Es como decir: solo para los que saben mirar las cosas ocultas del autor. ¡Y yo me río de que las haya!

Víctor, que ya está improvisando palmas y versos:

―Pero oquintodotempo.com/… eso es tamboril, gaitas, y pan de millo. Es repetir porque está bueno, porque emociona. Es como cuando la canción termina y todos gritan: ¡Outra vez! ¡Outra vez! ¡Outra vez!

José María, con el alma en clave de fa y el Ribeiro haciendo de afinador:

Recuncar es volver al plato, sí, pero también al verso que te hizo cosquillas. Es repetir la historia del perro que se escapó con el jamón, porque cada vez que la cuentas, alguien se ríe distinto. Es Galicia en bucle, pero con ritmo.

Jorge, ya con la taza como micrófono:

―¡Pues que sea oquintodotempo.com/! Y que cada entrada del blog sea como una canción que pide un bis. Que tenga intro, estrofa, y final y que se quede en la boca como el vino.

Víctor, levantando el brazo como si fuera una batuta:

―Y que el blog empiece con una bienvenida que suene a brindis. Que diga:

entra, siéntate, y si te gusta… recunca.

Y el taberneiro, sirviendo tazas a destajo, que lleva la camisa abierta hasta el ombligo, el delantal con manchas que podrían contar la historia de Galicia entera, y los ojos como faros en niebla de Ribeiro, se apoya en la barra como quien se apoya en la historia, y con voz cazallera, ronca y ceremoniosa, recita un romance que tiene más versiones que el rostro de la Preysler:

No nace de nube nin nace de mar, / nace nun recuncho onde se pode recuncar… 

Y volvió a callarse como si sólo fuera capaz de recitar dos versos de un romance de carallo. La mujer lo aplaudía para que siguiera como si fuera un poema nuevo y le dio un beso de recién casados.

La mesa ya parece campo de batalla de migas, la gaita duerme apoyada en la pared, y el aire está tan cargado de risas que hasta las moscas se quedan escuchando.

Al fondo de la barra, donde nadie la veía, pero todos la respetaban como a una buena meiga, estaba Lola con lengua de corcho. Había entrado sigilosamente para observar la escena. Llevaba tiempo callada, bebiendo en taza como quien bebe recuerdos.

De pronto, se pone en pie. La silla cruje como si supiera que algo importante va a pasar. Se acomoda la voz, se limpia la comisura con el dorso de la mano, y con voz de gaiteira jubilada que aún canta en los entierros, sentencia:

¡oquintodotempo.com/!

¡Carallo!

¡oquintodotempo.com/!

Porque lo que es bueno, repítese. / Porque lo que emociona, vuelve. / Porque Galicia no se visita unha vez, / recúncase. / ¡oquintodotempo.com/, carallo, oquintodotempo.com/!

Silencio. Hasta Jorge deja de rascar la mesa. Víctor se queda con la taza en el aire. José María, sonríe como quien acaba de recibir el nombre de su primer hijo. Y Lola, satisfecha, se sienta. La tasca aplaude. La gaita se despierta. Y el blog, por fin, ya tiene nombre: oquintodotempo.com/.

LA PERRA DE SIETE VIDAS

Todo el mundo sabe que el perro simboliza la fidelidad y la lealtad y que en muy pocas ocasiones aparece con una significación malvada y envilecida.

―Alguna vez tenía que ser, dijo el tío Filoso. Además, eso es porque no conocieron a Milucha, ¡demonio de perra!

Cierto es que el tío Filoso no estaba muy de acuerdo con esa premisa. Contaba él que, cuando era más joven, en la casa de A Maía, había una perra pequerrechiña que tenía unas aviesas intenciones jamás conocidas en la aldea.

―Es una sinvergüenza, una desalmada. ¿Sabes lo que me hizo ayer? Se lanzó como una endemoniada desde el desván donde estaba escondida hacia mi tobillo izquierdo y me dio en él un mordisco del carajo. Todavía tengo la marca de sus dientes. La voy a matar un día. Lo juro.

Su sobrino mayor lo escuchaba sin apenas mudar el color, pues conocía muy bien sus artimañas.

―Eres peor que ella, Filoso. Como dice el rapsoda de A Maía, no es mala, es intensa. No muerde por odio, sino por exceso de entusiasmo. Su ladrido no es amenaza, es poesía en clave canina.

―No digas eso, Carlos; que yo sólo me defiendo de sus revirados acometimientos. Sin ir más lejos, aún recuerdo el día que metió su hocico entre mis piernas y casi me convierte en un eunuco, en un castrón.

―¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metiste en el culo un cigarro encendido?

―¡Como no lo voy a recordar! Ese día me reí a carcajadas. ¡Dios, cómo corría la astuta por la era! Semejaba un cohete de feria. Y gruñía como un dragón medieval.

―No la juzgues por sus gruñidos. Escúchalos como quien escucha una canción en una aldea con un mensaje oculto.

―Sí. El otro día mantuve una conversación con Maximino. ¡No sabes cómo bailaba de joven la muiñeira! Y me dijo que los perros no hacen gamberradas, que son un escudo contra todo aquello que no les gusta.

―Y tú, Filoso, reconoce que no la dejas en paz.

Milucha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la finca, pero nadie la compró. Apareció por allí como una peregrina sin destino y como había comprobado que allí había alimento de vez en cuando, una golosina, pues decidió quedarse. Pronto surgieron los problemas con los miembros más jóvenes de la familia. Al cabo de unos meses, tras mordiscos, arañazos en todos los tobillos, robo de calcetines y meadas en lugares intempestivos sólo se llevaba bien con doña María, la matriarca de la familia, que le daba siempre cobijo en su regazo como si fuera una niña.

Cuando veía a algún niño, salía a toda velocidad hacia un banco de piedra que había en la capilla y allí se escondía llena de miedo. Desde ese rincón, observaba con curiosidad a los niños y esperaba que llegara el momento justo en el que uno de esos niños se sentaba en el suelo a su lado, sin prisas, y le ofrecía una caricia sin exigencias. Porque incluso las perritas más gamberras como Milucha tienen su propio ritmo para confiar en los demás. Especialmente después de la última gamberrada.

Era una tarde tranquila, mientras la casa respiraba siesta y silencio después de comer. Milucha decidió que los cojines del sofá no estaban cumpliendo su función estética y con sigilo de ladrón de guante blanco y mirada de estratega, los arrastró hasta el pasillo. No contenta con eso, los desmenuzó como si estuviera limpiando una merluza: plumas por el aire, tela hecha jirones, y ella en medio del caos, con la lengua fuera y el pecho henchido de orgullo.

Cuando la familia se desperezó, ella se sentó sobre los restos como quien presentaba el último récor Guinness. Ni rastro de culpa. Solo la certeza de haber conseguido lo que ninguno de los pequeñajos del casero se había atrevido a hacer.

La tía María es la única que la defendió la «penúltima vez» cuando convirtió un jardín en círculo alrededor de la fuente de piedra de la era en una pateada plaza de toros.

―¡Pero, Cuca, que ha destrozado el jardín!

―¿Y qué? El jardín volverá. Pero esa chispa en los ojos… eso es vida. Y la tía María acariciaba a la perrita, que se escondía acobardada tras las cortinas del cuarto de estar.

―Yo también fui gamberra. Y mírame, aún me invitan a misa.

Una mañana bien temprano, cuando todavía la falta de luz no dejaba ver bien un cielo entoldado y que anunciaba que iba a llover «la de Dios es Cristo» el tío Filoso se apostó sin decir ni hacer nada de ruido, detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo poder ver todos sus movimientos y… ¡Ya veríamos entonces! Para estas cosas las pocas fuerzas que tenía se insuflaban de energía como un joven militroncho haciendo guardia.

Después de comer, se despidió y justificó un gran cansancio para dar una vuelta por la finca y luego dormir la siesta en su dormitorio. Todo fue como él había planeado. La perra, también cansada por todas las carreras que se había dado por la finca, apareció en su habitación muy modosa, como queriendo hacer las paces, pero Filoso se lanzó sobre ella y cuando la tuvo bien asida por el rabo, salió zumbando hacia el mirador que había en la parte alta de la finca sin que nadie lo viera.

Llegado al mirador, la volvió a trincar bien por el rabo y comenzó a darle vueltas y más vueltas en el aire, para tomar fuerza y así poder lanzarla lo más lejos posible. La perra gruñía cada vez más, por lo que decidió hacerlo lo antes posible no fueran a sorprenderlo en la más hiriente de sus venganzas. El vuelo libre de Milucha duró una eternidad, hasta que se escuchó un golpe seco, un tambullón, y acompañado de tres o cuatro descuidados gruñidos llenos de dolor.

Filoso pasó una tarde tranquila como pocas, ya que no había ni sombra del animal. Nadie preguntó por la perra. Feliz como un niño en su Primera Comunión cenó un buen plato de sopa y una muy bien hecha tortilla de patatas. Para sorpresa de todos, esa noche no hubo televisión ni nada. Todo el mundo en silencio. La perra no apareció por ningún lado. A la cama se fue Filoso, a seguir leyendo Los diez negritos. Subió las escaleras muy dinguilendeiro. Pero la alegría, como en la casa de los pobres, le duró muy poco. Al abrir la puerta se encontró, en medio de la cama, y con un olor repugnante, un hermosísimo y asqueroso cerollo de Milucha.

―¡Mierda! Ya lo dije yo, esta perra tiene siete vidas como los ghatos. ¡Carajo! La infravaloré. Bien, mañana vuelta a empezar. ¡Bueno es saber que sólo le quedan seis! ¡Qué mañana, esta misma noche! Y desde no se sabe qué escondite de la finca la perra Milucha parecía sonreír la muy festeiramente

ESPEJISMO O REALIDAD

Nadie me dijo que estabas ahí. De pronto, unas piernas enfundadas en unas vengativas medias cubrieron de heridas la tranquilidad de mi espera. Eras tú, claro. ¿Regalo del demonio o caricia de un ángel? Estuve dos minutos observándote y me parecieron dos siglos de largos caminos y crecientes heridas. ¿Espejismo o realidad? Por un momento soñé que volvías a mí con las manos bien abiertas y dispuesta a acunar mi soledad.

ENCUENTRO CON LA REINA LUPA EN EL PICO SACRO

Subí solo, como quien busca una respuesta que no se puede formular. El Pico Sacro me esperaba con su silueta de tierra antigua, su aliento de leyenda. El viento soplaba como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras. Yo tampoco.

La noche había caído sin ruido, envolviendo el monte en una penumbra azulada. Entonces la vi. No sé si apareció o si siempre estuvo allí, esperándome. La Reina Lupa, vestida con un manto de niebla, con los ojos encendidos como brasas que no se apagan. No era joven ni vieja. No era humana ni bestia. Era ella, la que traicionó a los discípulos, la que custodia secretos bajo tierra, la que conoce el lenguaje de los lobos.

No dijo mi nombre, pero lo pronunció con la mirada. Me acerqué como quien se acerca a un fuego que no quema. Su piel tenía el olor de la tierra mojada, del musgo antiguo, del deseo que no se atreve a decirse. Me tocó la cara con una mano que parecía hecha de viento. Y entonces habló, no con palabras, sino con memoria:

—Has venido a buscar lo que no se puede encontrar. Has venido a amar lo que no se puede poseer.

No respondí. No podía. Ella se acercó más, y el monte entero pareció inclinarse hacia nosotros. Nos besamos como si el tiempo no existiera. Como si el mundo fuera solo ese instante. Su boca sabía a leyenda, a traición, a redención. Me abrazó con la fuerza de quien ha esperado siglos. Y yo me dejé llevar, como quien se entrega a un destino que ya estaba escrito en las piedras.

El Pico Sacro nos envolvió. El viento dejó de soplar. Los lobos callaron. Solo nosotros, en medio del monte, éramos reales. O quizás no. Quizás fue sueño. Quizás fue delirio. Pero desde entonces, cada vez que subo al Pico, siento su presencia. Y cada vez que cierro los ojos, vuelvo a besarla.