«SONMEIGO» (JMMT)

CAPÍTULO XXIV DE ‘HATROZ’.- LA GUISANDEIRA

Falan que as guisandeiras son as mellores cociñeiras, falan todos moi ben delas como si aínda as houbera.

(Cuentan que las guisandeiras son las mejores cocineras, todos hablan muy bien de ellas como si aún las hubiera).

―La comida casera es una parte esencial en el desarrollo de los jóvenes y no esas porquerías que comen en los bares a los que van.

Así hablaban los queridos ascendientes de los pequeños cuando sesteaban delante de la casa vieja de La Peregrina después de un buen elaborado almuerzo en una vella cocina de leña.

Lo cierto es que en verano todos engordaban unos cuantos kilos. Mil argumentos varios para una realidad gallega: las patatas gallegas, el pan, los huevos de corral… ¡Hasta algunos decían que el aire puro del valle de Amaía engordaba más que el contaminado de Madrid!

Rafo, cuando era pequeño, escuchó reiteradas veces un elogio un tanto desmesurado de las patatas gallegas y los tres pequeños iban a la cocina con la misma frase. 

―Pepa, no hay nada como as patacas da terra.

La buena guisandeira miraba a Rafo, a Jorge y a Rosa con cierto gesto de incredulidad campesina y paciencia quincuagenaria, se frotaba las manos y les soltaba con profundo acento gallego:

Da terra son todas.

Y volvía a sus tareas culinarias.

Jorge aclaró que la frase era respuesta de Maruxa, una mujer que trabajó en su casa durante muchos años.

―Nunca conseguiréis que acepte el doble significado de esa expresión. Sois muy tercos. Cada verano le decís lo mismo con el afán vuestro de que en esa oportunidad se vaya a reír con vosotros. Ni lo soñéis. Pepa es de una simpleza argumentaría que no buscará nunca el doble sentido de esa palabra. ¡Ojo que lo digo como elogio y no como descalificativo!

Así hablaba el tío Filoso cada vez que veía que se multiplicaban las visitas de los pequeños a la cocina.

En realidad, las incursiones al «territorio de Pepa» tenían en muchas ocasiones una razón muy diferente. Eran las «requetefamosas galletas de nata» las responsables.

Pepa las elaboraba con la nata de la leche de las vacas recién ordeñadas cada noche en una granja vecina. Cuando los quehaceres de la cocina de leña le permitían otros cometidos, los pequeños lo celebraban con gritos de alegría que querían imitar al linajudo e inconfundible aturuxo (grito agudo, fuerte y prolongado que se emite en señal de alegría en las fiestas mientras se realizan algunas labores agrícolas).

Anhelaban que entre esos otros cometidos estuviera la elaboración de las inimitables y singulares galletas de nata. Todo dependía de la inexistencia de algún encargo familiar.

Hacía muy pocas galletas para la cantidad de comensales que estaban dispuestos a saborearlas. En algunas ocasiones protestaba polo miúdo (en voz baja) cuando podía comprobar que esa noche se había pertrechado el más escandaloso de los ataques. El placer, con el recuerdo actual, no se sabe si estaba en la galleta, que seguro que sí, o en la sensación de exención de culpa cada vez que, en la fría y húmeda oscuridad de la noche, se abalanzaban casi obscenamente sobre el bote que las albergaba.

Pepa se levantaba muy pronto. A las seis de la mañana ya había ruido de cacerolas en la cocina. Así lo aseveraban los primos mayores de la casa que, como habían llegado de madrugada, se quejaban de tal alboroto organizado. Su cuarto se encontraba justo encima de la cocina. Los suelos de madera de entonces no aislaban lo suficiente para amortiguar los golpes protagonizados por la guisandeira cuando preparaba todo para la comida del día. Mientras reposaban en los mullidos colchones de lana, oían con absoluta nitidez el vetusto ritual de Pepa, en forma de sintonía culinaria. Únicamente se mitigaba cuando el aroma inconfundible de un caldo gallego se colaba por las rendijas que tanta madera vieja ofrecía. Hoy, con el dolor de la nostalgia que destroza realidades pasadas, recuerdan todos aquel exquisito caldo elaborado a fuego lento y en cocina de leña. El crepitar de la leña era música de un galán que cortejaba a los ingredientes del caldo gallego.

Su afán era tener todo dispuesto a media mañana, para poder dedicar algún tiempo al tratamiento de sus variados achaques médicos. Las varices, la tensión… y cuantas dolencias habitaban en su pequeño cuerpo.

Como tenía muy cerca de la cocina el baño que ella utilizaba para sus abluciones matinales y otros menesteres, no había que ser muy lince para imaginar que, cuando la comida reposaba a medio elaborar en las diferentes mesas de la cocina, y la «circunstancia física» lo requería, las visitas al excusado eran reiteradísimas.

No le gustaba nada que hubiera fisgones mientras ella cocinaba. Los expulsaba de su pequeño reino como el más déspota y despiadado monarca. A la familia, los espectadores, siempre les dirigía unas palabras que hoy nadie es capaz de recordar. He buceado en la memoria de los familiares que aún viven con saña inquisitorial, pero nada. Todo ha sido baldío. Esas palabras les hacían salir a toda velocidad de la cocina y disimular ante ella que cumplirían a rajatabla tal indicación.

Duraba el precepto unos cinco minutos. La curiosidad infantil, en muchas ocasiones, era superior a la de los adultos cuando eran expulsados y amagaban con marcharse para dar vueltas continuas con el único afán de seguir fisgando en la «propiedad de Pepa».

Célebre fue la reacción de esta buena mujer cuando visitó a su médico de toda la vida y le recetó unos supositorios. La cara de ella era todo un poema, cada vez más impactante, según iba escuchando al doctor lo que le había recetado para atenuar ciertos dolores que tenía en la zona baja del vientre.

―Lo que le receto en esta ocasión es algo novedoso para usted, pero que es muy efectivo si se utiliza debidamente. Los supositorios son muy positivos para aliviar el dolor de modo casi inmediato. ¿Me entiende usted? ¿Lo ve? Y le mostraba uno como referencia visual. Es un medicamento sólido de forma alargada y acabado en punta que usted debe introducir por el ano con una presión continua hacia el interior hasta que usted se percate de que no va a salir. Puede ser que haya experimentado en ocasiones otros tratamientos también exitosos que se utilizan introduciéndolos por la vagina. Cuando lo introduzca por el ano debe cerciorarse de que lo retiene perfectamente en su interior para que el supositorio libere su ingrediente activo cuando se funda con la temperatura del cuerpo.

La cara de Pepa iba de susto en susto. Lo único que le apaciguó el pudor que invadió su rostro fue la contundencia de las palabras del médico cuando le aseguró su efectividad. Sus palabras fueron persuasivas y concluyentes.

―Lo tiene que hacer usted. No tenga reparo alguno. Esto es una práctica muy frecuente hoy en día. Es evidente que no es un tema para una conversación, pero si usted indaga un poco, muchas mujeres le corroborarán mis explicaciones.

La salida de la consulta fue todo un concierto sin preludio. La ansiedad le había producido una gasificación que no fue capaz de reprimir y hubo una liberación absoluta de música de viento.

Su enrojecido rostro subió de tono al recibir el frío de la mañana y el camino hacia el taxi lo hizo cabizbaja y consternada.

No abrió la boca en todo el recorrido de la consulta a La Peregrina. Se bajó aturullada y torpe por los nervios, y se tropezó con el patinete que había en la era. Rogó a lo más alto que ningún hombre de la casa le preguntara por la visita al médico.

―Por poco la tengo que llevar a urgencias, le dijo el taxista. Algo muy grave le ha tenido que comentar el médico para postrarla en ese azorado atontamiento. Espabile, mujer, espabile, que seguro que no es nada grave.

Pepa, haciendo caso omiso a cualquier comentario que llegaba a sus oídos, se introdujo en la casa vieja mirando fijamente al suelo y con el rostro aún encendido de vergüenza. No veía el momento en el que pudiera descansar en su dormitorio a solas. Era su mayor deseo en ese instante. El movimiento de la llave se oyó con nitidez en la acera de la casa vieja. Golpe seco y firme con el siguiente significado: no me molesten.

―Algo peliagudo ha tenido que ocurrir, comentó el tío Filoso, mientras saboreaba un cigarrillo perfectamente liado con mano habilidosa y ducha en esta labor desde la adolescencia.

Como la comida estaba hecha, Pepa no salió de su habitación hasta el atardecer. De hecho, varios miembros de la familia golpearon con los nudillos en la puerta de su dormitorio y no encontraron respuesta alguna. La preocupación era evidente. Empezaron a barajar la posibilidad de que lo hablado en la consulta del médico fuera más allá de una simple dispensación de recetas.

―Ningún médico sensato se lanza a hacer un diagnóstico sin pruebas previas. Tiene que ser algo muy molesto, pero nada grave. Es lo mínimo. A no ser que fuera, que no lo es porque lo conozco yo muy bien, o carniceiro de Reboredo, cerca de San Andrés de Teixido que sajaba los granos de la cara haciendo tres grandes cortes en distintas direcciones para así garantizar la extracción de todas las impurezas.

―Ninguén o fai mellor ca eu. E, cando me reclaman anestesia, doulles un augardente de oruxo blanco de 50º, o mesmo que utilizo después para limpiar a pel, que os deita na cama como si recibiran un puñetazo en seco de Mujamá de Alí.

Los pequeños, a lo suyo como es evidente, entraron reiteradas veces en la cocina con la esperanza de que estuviera elaborando galletas de nata. Estos «tres elementos» ―Rafo, Jorge y Rosita― no podían calibrar la gravedad de la posible enfermedad de Pepa. En la niñez no se conocen nítidamente los imponderables que se van presentando en la vida adulta. Ninguno de los tres valoró los achaques que sufría la buena de Pepa y que la postraron de aquel modo tan significativo.

En el silencio del atardecer, y entre ronquidos indignantes, parecidos a una motosierra, de algún familiar, se oyó de pronto el chirrido de las bisagras de una puerta. La madre de Rafo levantó la vista del punto que estaba calcetando y, en un silencio casi nocturno, se puso en pie y se dirigió con rapidez a la cocina. Después apareció la madre de Jorge. La de Rosa no estaba presente porque se había a dar con su marido el paseo de todos los días.

Allí estaba Pepa, en el umbral de la puerta que daba acceso a su territorio con la caja de los supositorios en la mano derecha en plan de afrenta medieval.

Las hermanas se interesaron y le preguntaron si precisaba algún tipo de ayuda con las croquetas de la noche.

―Ustedes tranquilas. La masa ya está hecha y sólo me falta envolverlas en pan rallado y huevo. Ahora voy al baño, ya saben ustedes, y luego las envuelvo.

Lo curioso de la noche es que todos se sorprendieron muchísimo cuando las madres de Rafo y Jorge decidieron no tomar croquetas esa noche. Si es vuestro plato preferido, les bombardearon todos mientras se iban sirviendo ritualmente.

Nadie supo la razón. Bueno, sí, dos personas. 

CHIPICHOSPIS

(Esta anécdota es verídica cien por cien. Lo novedoso es que la he adornado con una lección moral más amplia. Creo que necesaria.)

Entré en el aula a las 8:10 de la mañana con una energía que causaba sorpresa y admiración en los alumnos de 2º de Secundaria. No entendían que, ellos, medio dormidos y con un bostezo continuo mientras preparaban el cuaderno y el libro de texto, yo pasaba lista con voz potente para hacer de despertador y así poner en la línea de salida espabilados y dispuestos para trabajar a todos los alumnos.

Había uno que estaba especialmente dormido. Creo que todavía le quedaban legañas en los ojos, pero, por el sueño, no era consciente de que tenía que quitárselas.

―A ver, usted, Jaime, dígame qué le ha ocurrido esta noche para estar en ese estado adormecido y somnoliento.

―Nada, de verdad que nada. He dormido muy bien.

―Entonces está relacionado con su desayuno. Dígame qué ha desayunado.

―Lo de siempre, profe, lo de siempre: un colacao con unas galletas.

―Claro, claro, ahí está el quid de la cuestión. Ahí está. Usted debería desayunar como yo, unos potentes Chipichospis.

―Eso no existe, seguro, dijo su compañero de sitio, que salió en defensa del adormilado.

―Usted me dirá, dije con la certeza de estar en posesión de la verdad, si los tomo todos los días. Todos. Chipichospis, se lo repito. Son una inyección de energía y vigor para toda la mañana.

El joven, un poco aturdido por mi vitalidad, se lo comentó a su madre y esta le dijo con voz tranquilizadora que mañana iría al ultramarinos a preguntárselo al dueño, al señor Daniel.

Jaime llegó al aula crecido porque el señor Daniel le había dicho a su madre que debería estar yo equivocado, que no existían esos cereales.

―Pues dígale, yo afiné lo más posible mi cascada voz, que los desayuno todos los días y que claro que existen, que son muy conocidos entre los trabajadores que vivimos de la voz. Yo creo que debe decirle a don Daniel que los encargue a su proveedor.

Jaime, más azorado de lo normal, fue esa misma tarde con su madre al ultramarinos del señor Daniel y le reprodujo letra por letra lo que le había dicho yo.

―Mire, doña Rosa, dígale a su hijo que se deje de tonterías y que desayune productos que todo el mundo conoce, nada de las invenciones de su profesor, por mucho crédito que tenga.

Jaime, testarudo y terco, al día siguiente, me volvió a decir que estaba muy equivocado y que yo le estaba mintiendo.

―Esa es la postura más cómoda, decir que yo estoy equivocado. ¿Me está llamando usted mentiroso? Mire que eso sí son palabras mayores. Yo nunca miento. Nunca. Terminemos con esta historia que me está cansando mucho. Venga, ¡¡¡olvídelo!!!

Pero Jaime se lo tomó casi como una promesa divina, el conseguir los famosos Chipichospis. Fue a un súper que había abierto a espaldas de su casa y le entregó al encargado un papel con el nombre escrito del producto y le «exigió» que, «sí o sí» ―como le decía su padre cuando lo mandaba a su cuarto a estudiar en lugar de ver la tele― los consiguiera.

El encargado del súper le dijo al día siguiente que no había ningún producto registrado con ese nombre, y que la respuesta por ello es muy sencilla: ¡¡¡no existen!!! Y hale, al colegio a estudiar. Y se puso a reponer unas magdalenas que tenían un éxito masivo.

Jaime pasó en vela esa noche. No sabía qué decirme, quería que fuera algo convincente. Estaba superado por la situación.

Al día siguiente, al observar un poco traspasado a Jaime, encaré la situación como si fuera un cuento del conde Don Juan Manuel.

―Señores, hoy no vamos a analizar oraciones en la pizarra. Hoy vamos a hablar de algo que pesa más que una mochila llena de libros: la mentira.

Miren, mentir es como meter una piedra en el zapato. Es lo que hice yo hace cinco días exactamente. Metí una piedra en el zapato de Jaime. Al principio no le molestaba mucho. Pero cuanto más caminaba su afanoso compañero, más le dolía la frustración de no encontrar los Chipichospis. Y yo le seguí metiendo piedras, día tras día, hasta el punto de ya no poder avanzar: las palabras del encargado del súper lo frenaron súpitamente. Esa era la verdad.

Luego debatiremos si he obrado bien o no.

Cuando uno miente, en este caso yo, no solo carga con el miedo de que lo descubran, sino también con la culpa de la acción, que es lo que yo llevo en mi mochila. Es como tener una alarma que me avisa, hora a hora, que me van a pillar.

Por eso intervengo yo ahora. Ya no «tenía más camino que recorrer mi mentira» y esta mañana, mientras desayunaba un café con leche con Choco Krispies, he decidido hablarles claramente. Ante todos ustedes, afirmo que lo de los Chipichospis es una mentira y que por ello le pido perdón a su compañero Jaime.

Además, cuando alguien nos pilla en una mentira, ustedes estaban a punto de lograrlo, lo que se rompe es la confianza en la persona que miente. Por eso yo, he intervenido, en esta clase, porque les faltaba a ustedes minutos para pronunciar la palabra «mentira podrida».

Es como romper un vaso de cristal. Puedes intentar pegarlo con el mejor loctite, pero ya no queda igual, se notan las uniones. Y recuperar la confianza cuesta más que sacar un diez en un examen sin estudiar.

Luego lo hablaremos en la tutoría y ustedes me juzgarán.

Yo he obrado bien porque he reconocido mi mentira y le he pedido disculpas a Jaime en el mismo espacio en el que había soltado el «trolón».

Les explico, delante de todos ustedes, que la finalidad de mi acción era muy clara: no deben confiar ciegamente en lo que les dice cualquier persona. Siempre hay que cerciorarse de que lo que les proponen o les piden sea cierto.

Así que antes de soltar una mentira, piénsenlo bien. A veces decir la verdad duele, sí, pero duele menos que vivir con el peso de haber engañado a alguien.

Y recuerden esto: la verdad puede tardar en salir, pero siempre llega. Les repito: por tal motivo yo he intervenido hoy. Quería que me oyeran a mí decirles que era una mentira. Quería que me oyeran pedirle disculpas a Jaime. Porque cuando llega, más vale que te pille con la conciencia limpia. 

REFLEXIÓN POÉTICA

A la lumbre del eco poético, mis versos encuentran su morada definitiva. No son palabras sueltas en el espacio, son incandescentes palabras que continúan ardiendo incluso cuando yo, poeta, he sucumbido al silencio. El fuego nunca es estático, él se mueve, se transforma, consume y alimenta; y así es la poesía que en mí crece. Cada verso no es un mero reflejo, es un nuevo nacimiento, una pulsación que sigue viva y que, distorsionada por el paso del tiempo, no pierde su esencia. El eco, como guardián de mis versos, me protege del fuego, permitiendo que sus llamas sólo iluminen otros caminos, quizá otros corazones, quizá nuevos sueños. Cuando termina, no hay silencio absoluto, solo la continuidad de la palabra que se entrega al viento y se deja llevar por el fuego y por el eco, fundiéndose con el universo y tornándose parte del infinito. La poesía es la lumbre de ese eco y jamás se apaga. Ella trasciende a la muerte en cualquier tiempo, resiste a la oscuridad y encuentra siempre una nueva forma de existir. 

LA SANTA COMPAÑA DE COÑA

Dicen que La Santa Compaña recorre los caminos gallegos en silencio, portando velas, cruz y penitencia. Pero eso era antes. Hoy, la procesión espectral ha evolucionado. Ya no busca almas: busca la cobertura del móvil, un café de puchero y alguien que sepa usar Google Maps.

A la cabeza va el alma en pena, víctima no del pecado, sino del estrés laboral. Lleva una tableta encendida, buscando señal entre los eucaliptos. Le sigue una comitiva de vecinos que se apuntaron por error, creyendo que era una excursión del Imserso con merienda incluida. El portador de la cruz ya no arrastra madera: lleva una cruz de LED con bluetooth y altavoz incorporado, reproduciendo cantigas de Amancio Prada en bucle. El perro negro, antaño símbolo del más allá, ahora se llama Chipichospis y lleva un abrigo impermeable con estampado de grelos.

La ruta oficial va del cementerio al bar de Manolo, pasando por la taberna de Maruxa. Se detienen cada 300 metros para pedir fuego, aunque todos son incorpóreos. Si llueve, se suspende. La Santa Compaña no sale sin paraguas ni chubasquero, aunque esté homologado por la Xunta. En caso de niebla, se activa el protocolo de emergencia: todos en fila, agarrados a una cuerda fluorescente, como excursión escolar.

Las normas son claras: no se aceptan vivos sin sentido del humor. Se recomienda llevar empanada para compartir y evitar cruzarse con la procesión si estás en pijama. Si te los encuentras, no huyas: probablemente te pidan la contraseña del WiFi o te ofrezcan un folleto de propaganda de su nuevo canal de TikTok: @CompañaFantasma.

Y si sobrevives al encuentro, no te conviertes en el nuevo guía. Te conviertes en el CEO de la Santa Compaña, encargado de actualizar su perfil, responder comentarios tipo «¿Dónde estáis esta noche?» y subir selfis espectrales con filtro de niebla.

Porque en Galicia, incluso los muertos tienen agenda. Y sentido del humor. 

PRINGAO

Espécimen urbano que, por exceso de buena fe o déficit de malicia, acaba siendo el voluntario no solicitado en todas las faenas, el blanco fácil de bromas, y el último en enterarse de que el juego ya empezó… sin él. El pringao no nace, se hace: normalmente tras decir «yo me encargo» en una reunión o confiar en que «esta vez sí me van a valorar».  

Se le reconoce por su mirada de esperanza eterna, su agenda llena de favores ajenos, y su habilidad innata para caer en todas las trampas sociales con la gracia de un pato en patines.  Sin el pringao, el mundo sería menos eficiente… pero también menos divertido.

El pringao es el que presta dinero y se queda esperando el Bizum como si fuera una promesa electoral. Es el que ayuda a su ex a mudarse… con el nuevo novio. Es el que se prepara hasta la extenuación las reuniones con el jefe y nunca toman en serio sus comentarios y propuestas. Cuando habla él, inmediatamente el jefe dice: el siguiente. Es el que se estudia todo el temario y luego pasa los apuntes al que aprueba copiando. Es el que lleva tres meses haciendo horas extra sin cobrar y aún espera que se las paguen. Es el que sigue, después de meses, sin entender que el «necesito tiempo» de ella es un calabazón. Es el que en el trabajo organiza los cumpleaños, recoge dinero y compra los regalos del Amigo Invisible y nadie se lo reconoce. Es el que se presenta voluntario a presidente de la comunidad de vecinos el año que hay mil obras que hacer. Es el que paga en un bar y cuando le dan mal las vueltas, para no aparentar ser un tacaño, las convierte en propina. Es el que siempre llega el primero a la oficina, hace el trabajo de todos, y cuando hay que quedarse hasta tarde, él nunca dice que no. Pero cuando reparten los méritos o los ascensos, nadie se acuerda de él.