INCAPACIDAD PARA AMAR

Hay en mí una grieta que no se ve, una fisura silenciosa que impide que el amor se instale. No es desdén, ni miedo, ni olvido. Es otra cosa. Algo más hondo. Como si la ternura se me hubiera quedado a medio camino, como si el deseo supiera llegar, pero no quedarse.

He mirado a mujeres con admiración, con respeto, con deseo incluso. He sentido el temblor de la piel ajena rozando la mía, el vértigo de una mirada que se posa donde duele. Pero nunca he sabido amar. No como ellas merecen. No como yo quisiera.

Me falta algo. O me sobra. Tal vez es esta soledad que se ha vuelto costumbre, este silencio que me acompaña como un animal fiel. Tal vez es el miedo a romper lo que no sé cuidar, a herir con gestos torpes, a prometer lo que no sé cumplir.

He escrito versos que parecen amor, pero son espejos. He acariciado cuerpos que parecen ternura, pero son distancia. Y cada vez que una mujer se acerca, siento que algo en mí se repliega, se esconde, se protege. No por ella. Por mí. Porque no sé abrirme sin desbordarme.

No es que no quiera amar. Es que no sé cómo. Como si el amor fuera un idioma que nunca aprendí del todo, una música que escucho, pero no sé interpretar. Y mientras tanto, ellas pasan, se quedan un rato, se van. Y yo sigo aquí, con las manos llenas de palabras y el corazón lleno de sombras.

Quizás algún día aprenda. Quizás no. Pero mientras tanto, escribo. Porque si no puedo amar con el cuerpo, al menos que el alma diga lo que calla. 

SOLEDAD EN LA PRAZA DO TOURAL

Estoy solo en la Praza do Toural, entre piedras que guardan secretos y pasos que ya no son míos. El reloj de la iglesia marca un tiempo que no avanza, como si todo Santiago se hubiera detenido para mirar cómo espero, sin suerte, por ella.

El viento baja por la rúa do Vilar y juega con las hojas caídas, mientras los balcones observan en silencio mi espera. Cada minuto es un lamento, cada sombra que pasa es un engaño, un reflejo de ella que nunca llega. La ciudad murmura, pero yo solo escucho el bullicio de la ausencia.

Las luces de los faroles dibujan en el suelo el perfil de mi soledad, y mis ojos, tercos, buscan entre la gente una mirada que ya no me pertenece. Ella prometió venir, y yo prometí creer. Ahora solo me queda esta plaza, esta noche, este frío que no es del cuerpo, sino del alma.

Santiago, sé testigo de mi espera, de mi herida quieta, de mi amor que se desvanece entre los arcos y los pasos ajenos.

Aquí estoy, como quien aguarda un milagro, como quien ama sin retorno, como quien escribe con el corazón abierto en un banco mojado de recuerdos. 

CARLOS AZCÁRRAGA TOGORES

Quien puede olvidar de viejo / los tiempos de feliz chaval, / fumando de noche a escondidas, / sabiendo que eso estaba mal, / tirando la colilla, / mi madre que me pilla, / mi padre me castigará; / y mi primera trompa / sisando de la compra / y a casa sin poder cenar.

(Primera estrofa de la canción Quien puede olvidar de viejo del solista Carlos Azcárraga Togores. Este artista también era componente del grupo musical Mahía, que en los años setenta tuvieron varios éxitos como Carnaval, Carnaval; Meu cabalo e meu can, Non penses que vou y Todos me queren. Los otros integrantes del grupo eran Juan Azcárraga Togores y Álvaro Pita Da Veiga).

Los cuentos que publico en este libro, ilustrados por la habilidosa mano de Carlos Azcárraga Togores, fueron saliendo semanalmente en un jornal de Santiago de Compostela íntegramente en gallego: O Correo Galego, después rebautizado como Galicia-Hoxe. Por tal motivo, no puedo olvidarme de dos personas que me permitieron durante cinco años asomarme a esa ventana de papel con absoluta libertad: Charo Barba y Miguel Seoane. Por causas ajenas, los traduje al castellano y los retoqué mínimamente, pero sin perder su intención original. Para finalizar, decirte que en estos relatos se mezclan libremente la tradición familiar, las lecturas complementarias y algo de imaginación.

Cuando decido echarles un vistazo a esos años de la infancia y de la adolescencia siempre me atenaza el riesgo de caer en una subjetiva distorsión de los hechos rememorados o alcanzar unos límites insospechados de melindres. Por un exceso de afecto, muchas veces, mostramos de esa época una imagen artificial, por antojadiza, melindrosa e iluminada. Cuando me encuentro en una avanzadilla estación de mi trayecto vital, siento la necesidad de reescribir aquellos años que fueron, desde la perspectiva actual, los más dichosos para mí. El problema es que en más de una ocasión la nostalgia se empapa de una tristeza que distorsiona la realidad. Intentaré no caer en eso. Pero el recuerdo del valle de A Maía, esa pequeña Galicia en grandiosa síntesis, me convulsiona de tal forma que refrenar la fuerza centrífuga que nace en mi interior es tarea harto difícil. Repito, lo intentaré. ¿Cuáles son los primeros recuerdos de la finca que poseía nuestra familia ―La Peregrina― en el lugar de Bertamiráns, capital, entonces aldea de no más de 300 habitantes, del ayuntamiento de Ames? Innumerables. Cometería una injusticia si yo me pusiera a hacer un listado de todos ellos, pues más de uno, de una carga afectiva ilimitada, permanecería enterrado en lo más profundo de mi aciaga memoria y no vería nunca la luz. Por este motivo, en este umbral no quiero hablar de los grandes recuerdos ni de las singulares ocasiones. Esos que salen en todas las fotos, esos que relatamos en innumerables ocasiones cuando alguno de nosotros se pone nostálgico y habla de los tiempos huidos o esos que fueron inmortalizados por unos inquietísimos tomavistas que nos hacían mascullar numerosos tacos cada vez que queríamos grabar sin movimiento alguna escena familiar. Quiero recordar simplemente esa primera tarde que supuso para mí descubrir que en mi familia había unos verdaderos artistas, creadores con un talento inmenso que navegaba en las procelosas aguas del mundo de la canción. En la habitación que había justo encima de la cocina dormían mis dos primos mayores. Carlos y Juan. Desde pequeño me sentí especialmente seducido por todo lo suyo. No me cuesta nada reconocerlo, aunque siempre intentaron resguardar su cuarto de cualquier injerencia familiar. Era su santuario personal, donde se gestaban desde sus bromas y juergas hasta sus creaciones artísticas más o menos exitosas. Uno de esos días lluviosos de finales de julio, cuando parecía que el verano estaba llegando a su fin, en los que el tiempo se dilata primorosamente y las tardes se hacen interminables, nosotros, los primos pequeños, intentábamos distraernos jugando al «escondite inglés» por las diferentes estancias de la Casa Vieja. Era muy difícil esconderse con cierto éxito porque siempre teníamos una voz adulta que nos daba un buen tirón de orejas y aireaba, junto al nombre, el lugar recóndito de nuestro escondite. En uno de esos intentos, escogí el fayado (desván) cuya entrada se encontraba situada justo en el techo de la puerta de su habitación. Yo los vi subir en alguna ocasión al fayado para fumarse sin ser sorprendidos un cigarro. Después de esconderme en un rincón, atemorizado por el ruido que yo creía de ratones, empecé a oír el sonido de unas guitarras. Parecía que mis primos las estaban afinando. Al poco tiempo, una voz empezó a cantar la estrofa de una simpática canción que, según nuestros amantes padres, no era apta para niños, la popular Todos me queren. Unha vella máis un vello / fixeron unha empanada, / a vella comeuna toda / e o vello quedou sin nada. Durante no sé cuanto tiempo estuvieron dándoles vueltas y más vueltas a diferentes estrofas para evitar las más ofensivas y que las seleccionadas estuvieran cargadas de gracia y de un doble sentido picarón. Ahí estaba la problemática tarea. Por eso, había que tener mucho cuidado. Yo, callado como un buen alumno, no perdí ni un detalle e intenté imaginarme una película de la escena. De pronto, sonó una nueva estrofa: O cura de Biduido / tiene la mala costumbre / de rascarse los cojones / con los hierros de la lumbre. Pienso que la intención de mis primos era seleccionar primero y posteriormente establecer el orden, ardua tarea, de las estrofas para la versión que su grupo musical (Mahía) iba a grabar en Madrid en ese mismo otoño. Su voz sonaba limpia, diáfana y muy bien afinada. Hoy recuerdo lleno de vergüenza cómo, años más tarde, cuando yo le pedí a Carlos que me hiciera para la materia de Música de Magisterio una mala melodía, para no ser descubierto en el engaño, y que me pusieran la cara colorada. Tras escuchar el seminario de Música fui acusado, justamente, de poner mi nombre a una composición ajena.

―José María, me dijo la profesora alzando poco a poco el volumen de la voz, esta mala melodía no la pudiste hacer tú. Tiene un fondo de calidad que ni de broma lo has podido hacer tú. Tu oído es cerril. Alguien te intentó ayudar haciendo mal una buena sintonía. Yo callado y humillado bajé la cabeza lleno de vergüenza. Farfullé por lo bajo una serie de tacos que me sirvieron exclusivamente como un pueril desahogo.

Disfruté tanto del concierto personal, y a veces furtivo, que el tiempo dejó de existir para mí. Escuché todo tipo de canciones, aunque todas ellas propias de la juerga más caralluda. Disfruté más que el sacristán de Coímbra. En aquella época no entendía bien esta expresión que repetía cansinamente el enjuto electricista que venía a casa. Con el tiempo, descubrí que pertenecía a una canción popular gallega muy conocida que se cantaba siempre en las fiestas populares o en las reuniones de amigos. Cuando salieron de la habitación, yo me introduje en ella sigilosamente para ver si encontraba en algún lugar las letras de las dichas canciones, pero nada, mi gozo en un pozo, pues no vi ni un minúsculo fragmento de papel escrito. Todo lo más, un bosquejo del que iba a ser el decorado del palco de la fiesta que el segundo domingo de agosto se celebraría en el campo de Las Pateiras. Todo él era un dibujo alusivo al acontecimiento que durante ese invierno convulsionara al mundo: la llegada del hombre a la luna. Con una perfecta adaptación a la idiosincrasia del lugar, aquello era una divertidísima recreación de tal evento. Salí frustrado y sorprendido. Frustrado, por no encontrar ni una letra de las canciones que sonaban aún en mi memoria; y sorprendido, porque, al tiempo que aquellos jóvenes nos incitaban a mi primo Jorge y a mí a que practicáramos otro tipo de música, en absoluto recomendable, eran dos hombres capaces de realizar cualquier proyecto que se les presentara delante. Mi admiración por los artistas polifacéticos de la familia tenía una base muy sólida. Base que con el tiempo se fue acrecentando y que, ustedes, generosos lectores, podrán comprobar al disfrutar de las ilustraciones que acompañan a mis textos literarios, todas ellas realizadas por la mano diestra y competente de Carlos Azcárraga Togores. 

SAN ANDRÉS DE TEIXIDO

San Andrés de Teixido no es solo un lugar al que se llega; es un lugar que, de alguna manera extraña y silenciosa, te alcanza a ti.

Cada vez que pienso en él, no recuerdo primero la iglesia ni la leyenda. Recuerdo el camino. Ese descenso entre montes y acantilados donde el mar parece estar siempre un poco más cerca de lo normal, como si quisiera escuchar los pensamientos de quien llega. Hay lugares bonitos, y luego están esos rincones que parecen guardar algo antiguo, algo que no se puede explicar del todo. Para mí, San Andrés de Teixido pertenece a los segundos.

Dicen que «a San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo». Yo nunca he sabido si creer en la leyenda, pero sí creo en la emoción que despierta. Hay algo profundamente humano en esa mezcla de fe, tradición y respeto por quienes caminaron antes que nosotros. Allí uno siente que forma parte de una historia mucho más grande que su propia vida.

Lo que más me conmueve es su sencillez. No impresiona por grandiosidad, sino por autenticidad. Las casas blancas, el viento constante, el olor a salitre y a hierba húmeda, las conversaciones tranquilas de la gente del lugar… Todo parece recordarte que la belleza no necesita hacer ruido.

Cuando estuve allí sentí una paz difícil de describir. No era alegría ni tristeza; era una especie de calma agradecida. Como cuando encuentras un lugar que no intenta impresionarte y, precisamente por eso, termina quedándose contigo para siempre.

San Andrés de Teixido es, para mí, uno de esos sitios que se guardan en el corazón más que en las fotografías. Un rincón donde Galicia muestra su lado más íntimo, más misterioso y más tierno. Y cada vez que lo recuerdo, siento que una pequeña parte de mí sigue caminando por aquellos senderos, escuchando el viento y mirando un mar que parece no tener fin.

CAPÍTULO XI DE ‘HATROZ’.- EL TUGURIO

El Tugurio estaba resucitando, o eso creía Rafo, después de unas décadas en las que los clientes se podían contar con los dedos de una mano. El local soportaba con enorme dificultad el paso del tiempo. Nela pensaba, era muy testaruda en su idea, que había que mantener un modelo clásico ―viejo y trasnochado para algunos―, porque siempre habría una minoría que lo eligiera como lugar para tomar copas. Pero su idea había fracasado estrepitosamente. Con el nuevo siglo, locales que parecían incombustibles tras unos duros noventa cayeron en el olvido más absoluto.

―Lo viejo, si no se cuida, se hace más viejo y se deteriora enseguida, sentenciaba la dueña con una voz de resignación carmelita.

Hace unos meses tuvo que echar al pianista porque ya nadie le daba propinas ―cuando eran generosas, podía vivir con cierta holgura porque el borracho «propina» con mucha generosidad― y la caja pasaba más hambre de monedas y billetes que el escudero del Lazarillo. Encontró una razón muy ajustada en los desperfectos que sufría el piano. Sonaba muy triste porque las notas estaban fuera de tono, algunas teclas no respondían al presionarlas y tenía un timbre extraño, digamos que más bien era un chirrido.

Rafo se sentía muy cómodo en ese local y eso que en la última temporada vislumbraba día a día un posible cierre, dado el desencanto y cansancio que proyectaban los ojos de Nela, la dueña. Esta mujer conocía muy bien a Rafo y observaba en silencio su ritual: mirada de gran angular para localizar una mesa, espera de unos decisivos segundos y ocupación de la que estaba más apartada. Sacaba ceremoniosamente el smartphone, miraba con la fijeza de un inspector de aduanas la puerta y las otras mesas, luego le hacía un gesto mínimo de aprobación a Nela y, por último, comenzaba su ritual creativo anotando en primer lugar la fecha del día en la aplicación descargada unos meses antes por recomendación de una compañera.

―Será el recipiente de tu mundología imaginativa. Y si algún día me quieres enseñar lo que escribes antes de colgarlo en tu blog, estoy a tu entera disposición. Soy una gran lectora, le decía con cierto aire engatusador.

Un compañero que sólo respiraba por su órgano testicular pensaba que llevaba varias semanas tirándole los tejos.

―Desde luego, eres imbécil si todavía no te has dado cuenta. Joder, Rafo, queda un día con ella y que surja lo que surja, si tiene que surgir algo. Los dos sois libres. Pero no había mentado en ningún la diferencia de edad. Rafo le tenía un «respeto papal» a las mujeres de treinta años, las veía empoderadas y con una cristalina clarividencia a la hora de cenar con alguien.

Rafo lo escuchaba con parsimonia, pero tenía muy claro que el trabajo y el ocio deberían tomar caminos paralelos, nunca cruzados. Era consciente de que algo sentía cuando la recién llegada lo miraba, pero él se escudaba en una simple admiración nunca en reverdecimiento de pasiones que sentía alcanforadas. En su pesimista carácter tenía una idea muy clara: no quería construir un hermoso castillo de arena porque estaba muy cerca del mar. El amor a mi edad es una distorsión patética de la realidad, pensaba. Se había aficionado a las sentencias y con eso se conformaba.

Le encantaba el sonido de reúma articular que producían las viejas sillas de El Tugurio. Asientos que habían soportado el peso de grandes actores y cantantes, según Nela, frecuentes consumidores durante años de unos combinados que en la década de los ochenta y casi noventa poca gente conocía en Madrid, pero que ahora, en los comienzos de la segunda década del siglo XXI, habían pasado de moda y la infidelidad clientelar le dio un sablazo mortal. Se había convertido el garito de Rafo en un club de viejas glorias taciturnas e individuos que no buscaban nada más que degustar una buena copa en un silencio solamente violentado por una tenue música de fondo, que podía ir desde un caduco Jim Morrison a una llorona Chavela Vargas, pasando por el bourbon de Tom Waits o la entrañable tristeza de Enrique Urquijo.

Se rompió la monotonía ambiental con la entrada de dos bulliciosos adolescentes, siempre ruidosos ―Rafo bien lo sabía―, despreocupados por el entorno y ansiosos de tomar un refresco y hablar. Esto le recordaba a Rafo que debían de ser menores de edad. Él, a su edad, intentaba engañar como podía al camarero. Nunca tuvo éxito, cierto, su cara le traicionaba, pero lo intentó infinitas veces. Dejaron la pesada mochila de los libros en el suelo. Les daba igual que este tuviera mil manchas de diferentes consumiciones resecas y adheridas con «Loctite». Los chicos se sentaron entre continuas carcajadas recordando, casi todo el mundo los podía oír de modo intermitente, la última ocurrencia del profesor de Lengua cuando les planteó un debate literario sobre un tema que Rafo no llegó a oír, pues en ese momento hablaban en voz baja, pero con latigazos de pequeños aullidos. Se empujaban continuamente, porque él quería intimar más de lo que ella permitía. Esa mano masculina que intentaba traspasar una frontera que parecía estar muy bien delimitada.

―Hazte de rogar, hija, hazte de rogar, eran las sabias palabras de la madre. Lo fácil el joven de hoy lo detesta. La hija las escuchaba con mucha paciencia y con el convencimiento de que era un postureo maternal, ya que tenían muy poca vigencia en la actualidad.

Él la intentaba besar con gran torpeza, como si acabara de aprender una nueva lección que quería poner en práctica lo antes posible. De pronto, ella le recordó el examen del día siguiente:

―Cinco temas de historia. Y mi padre me los preguntará a las doce de la noche. Como falle, otra semana sin móvil. Tú tienes suerte porque como pasas de todo, no tienes el agobio que tengo yo.

Pidieron dos batidos de chocolate. Bebida nada frecuente en el lugar que le hicieron recordar a Nela los escarceos amorosos de su adolescencia. Mientras llegaba la consumición, ella le soltó de improviso:

―¿Hablaste con tus padres del verano?

El silencio del joven era revelador de un respeto ancestral a sus padres en ese terreno, que era incapaz de superar. A escondidas, todo; a la cara, nada.

―Tu familia será aburrida, a veces un dramón… pero no puedes dejar de cumplir sus deseos. Como me cuentas tú mil veces de tu querido Antonio Flores, que no había roto el cordón umbilical con su madre y por eso la palmó quince días después. Pues tú estás igual, joder, igualito.

―Multa. Sabes que tengo que buscar el momento oportuno para plantear situaciones rupturistas, como decía su profesor de Lengua cuando les hablaba de las vanguardias.

―Otra vez lo mismo, joder, le dice ella. Tú te irás a Galicia y yo a Gandía y en dos meses te olvidas de mí seguro. Te tengo calado.

El silencio se hizo espeso. Eran como dos estatuas que estaban en diferentes museos. Como si alguien hubiera pulsado el «freeze» de un proyector.

―Es decir… ¿No les has planteado que yo quiero ir a pasar quince días a tu casa? Silencio monacal. Pues sabes lo que te digo, que te vayas a tomar por culo.

Habían acordado una lista de multas por cada taco que dijeran. Se acordaron de la obra Los ochenta son nuestros de Ana Diosdado, que habían leído en clase de Literatura.

―No te aguanto más. Conmigo tienes el corazón tan inflado como un globo, pero cuando te plantas delante de tus padres te desinflas como si te hubieran pinchado los huevos. Dices que es por culpa de tu timidez, pero, joder, cuando me quieres meter mano, poca timidez veo.

La chica se levantó, cogió sus libros y se fue llorando a la velocidad del 5G. Él no hizo ademán de seguirla. Su pusilanimidad era evidente. Era la viva imagen de la desolación del niño que se ha perdido en la tómbola. Se sentía derrotado, se sentía tan infantil que le vino a la memoria aquella Primera Comunión en la que se cortó el flequillo a hurtadillas y del posterior castigo que cayó sobre él. Alguien le había dicho que primero la familia y él no supo comprender el verdadero significado de esas palabras.

Rafo cerró la aplicación del móvil. Pensó que lo que había escrito tenía visos de ser leído con cierto interés. Con esmero y muchísimo cuidado lo colgará en su blog y planeó hacer lo mismo en la cuenta de Instagram, pero recordó que estaba a punto de cerrarla. Bebió de un trago el culín aguado de la copa y pagó automáticamente con el móvil. Con ella acordó hace meses, incluida una buena propina, un precio fijo. Le quedaban treinta exámenes por corregir.

―Pues a por ellos, que son pocos y cobardes, le dijo Nela rememorando a un inolvidable Loquillo.

Se levantó y el dolor articular que experimentó era el suyo y no el de la silla. Salió a la calle Francisco Silvela con la mente limpia de malos recuerdos y memorizando la Generación del 98, que era el tema que le esperaba sobre la mesa que había habilitado para corregir en su nueva casa. Se encaminó a ella con el infortunio del que sabía que la infelicidad era quien gobernaba sus pasos. Una pareja de jóvenes embriagados, como diría su padre, lo abordaron pidiéndole un cigarro y fuego a la vez. Ante la manifestación del tópico no fumo, el más alto le soltó a la cara con palabras espesas, parsimoniosas y ocurrentes:

―¡Joder, otro ecologista!

Multa, pensó Rafo. Sin nada más remarcable, los tres prosiguieron sus respectivos caminos, uno muy seguro de cuál era el suyo, otros con paso trastabillante hacia un lugar que nadie sabía su nombre ni su ubicación.