AMANECER EN A MAÍA

El día no nace de golpe en A Maía. Se insinúa. Se desliza como un suspiro entre las hojas, como una caricia sobre los tejados dormidos. El valle entero parece contener la respiración mientras la luz se abre paso, tímida y majestuosa, entre Santiago y Noia.

Desde la finca de La Peregrina, el mundo parece más lento, más antiguo. Las brumas se retiran con elegancia, como damas que ceden el paso. Los prados, aún empapados de rocío, brillan como si el mundo acabara de ser creado. Y los montes, guardianes silenciosos, se tiñen de oro y de azul, como si el cielo los estuviera bendiciendo.

La casa, aún en penumbra, huele a café y madera vieja. La bodega, firme y callada, parece saludar al sol con su geometría sagrada. Alguna campana lejana marca la hora sin apuro, como si supiera que aquí el tiempo no manda. Todo es quietud, pero nada está quieto. El aire huele a promesa, a pan recién hecho, a tierra que despierta.

La Peregrina no es solo finca: es altar. Es mirador de memorias, refugio de silencios, testigo de amaneceres que no se repiten. Allí, entre los muros de piedra y los castaños que aún sueñan, uno no sabe si está en Galicia o en el corazón de algo más antiguo. Porque el valle no es solo paisaje: es latido. Y el amanecer, allí, no es solo luz: es revelación. 

TORREIRA

Son las tres de la mañana y ya no puedo más. Llevo despierto una hora. Me levanto, camino por mi habitación insomne y creyendo que tengo una ducha abierta en la espalda. Miro el termómetro que tengo en el pretil de la ventana y me escupe treinta y dos grados, que crean en mi «celda» un ambiente opresivo y angustioso. El colchón, cual parrilla lorenzana, metafóricamente echa humo y mi cuerpo ya no aguanta más esta sauna de hornear. ¡Qué irrespirable ambiente, Dios santo! Me vuelvo a tumbar, pero imposible. No puedo más. Me yergo de nuevo, me visto y me marcho silencioso a la calle. Busco la solidaridad de los que no pueden dormir de noche. No hay nadie. Hay momentos en los que el paisaje nocturno se muestra lujuriante y placentero, como si el deseo carnal habitara dentro de nosotros de una manera concupiscente. Pero ahora no, ahora yo soy un lascivo del sudor que humedece mi cuerpo y me convierte en un ser antivoluptuoso. La humedad del cuerpo choca con la sequedad del ambiente y esa tórrida pelea desde hace varios días me deja el cuerpo para muy pocas andanzas. El vacío de la calle me invita a desnudarme, pero me falta la osadía y el aliento suficientes para deshacerme de mis prendas. Una plúmbea vacuidad vuela desnuda en esta madrugada a mi alrededor y no quiere dejarme respirar. Me descalzo. El asfalto y la acera destilan fuego y queman. Las pisadas son blandas, como si estuviera caminando por un alquitrán recién volcado y formatea mi pie cual plantilla hecha a medida. No sabe uno donde sentarse. ¡Brillante idea la de los bancos de hierro! El que pruebo me pega una severa y cálida patada en el culo. Hasta la luz de las farolas jeringa como un puñetazo de fuego. Dejemos correr el tiempo. Me siento en el suelo y me descalzo. Sólo queda eso: dejar que el tiempo discurra y que nadie me agobie con una boca pegajosa y maloliente. No pasan coches. Pensar en los viajes a Galicia de los años 60 me revuelca en otra parrilla mental y fatiga aún más mi vivir. Sigo sentado en la acera, ¡fuego en las nalgas! Al cabo de unos minutos, me yergo de prisa, como si las llamas del infierno dantesco tostaran mis posaderas. La tórrida noche sigue cayendo sobre mí. Noto la boca seca como si tuviera una ración de cecina enharinada en mi boca. Son las cuatro de la mañana y todo sigue igual. Me pregunta una amiga por el tiempo de Madrid y yo le escribo esta carta. No quiero fastidiar a mi querida amiga cuando lea este pequeño texto. Para finalizar le hago un resumen de mi último sueño a los pies del hospital de la Princesa: una hermosa sirena me ofrece una vez y otra un conocido refresco helado. Ahora bien… yo no tengo boca por donde beberlo… ni mano con que cogerlo… ¡Ay, si Freud levantara la cabeza! 

CAPÍTULO X DE ‘HATROZ’.- PISOS

Aquel fue un día muy especial. Tenía planificado desde hacía tiempo recorrer el barrio de su infancia y de su primera adolescencia. Hay diversas opiniones sobre la vuelta al lugar de la infancia. Desde la más ecuestre, que nos invita a galopar sin mirar atrás, sin escrutar el pasado, y saltando cuantos obstáculos se presenten en el camino, hasta la más porcina que dice que, como los gorrinos en la comida, en la cochiquera, hay que hozarse en el pasado con un placer casi solemne y pomposo. Rafo nunca dudó de que ese recorrido algún día tendría que hacerlo.

Salió del colegio donde trabajaba a las cinco en punto, cogió el metro y tras varias dudas y equivocaciones salió, por fin, en la Estación del Arte, nombre que lo confundió por unos minutos. Vio que donde había un banco vendía sus productos un Decathlon, que donde estaba el cine Infante rezaba una iglesia evangelista y que el ultramarinos que proveía a la zona estaba ocupado por una cafetería.

Tomó el paseo de las Delicias con paso decidido, a él daba la ventana de su habitación, y entró en el hotel Carlton, en cuyo restaurante comían los cuatro miembros de la familia frecuentemente los domingos y fiestas de guardar cuando el estado emocional de su madre estaba tocado por esa maldita depresión endógena. Lo vio absolutamente renovado y, de nuevo, un despiste, porque no era capaz de localizar la cafetería, aunque tenía un lugar prominente en la planta de la calle. Se sentó, pidió una copa y sacó el móvil para tomar nota de todo aquello que le causase una mezcla de alegría y tristeza.

Pensó en subir al quinto derecha del número 1 de Santa María de la Cabeza, pero no las tenía todas consigo. Otra vez la maldita timidez. Se tomó la copa con un sabor agridulce, pagó y giró por la calle Murcia para acceder al paseo donde él vivió sus primeros 17 años. No conocía nada. Todo era nuevo, hasta el garaje donde guardaba su padre el coche. Cómo no, abundaban también los locales vacíos e inhabitados desde tiempo atrás. Al ver mentalmente ese pasado le vino a la memoria la vivienda en la que residieron esos primeros años.

Al llegar al número 1 del Paseo de Santa María de la Cabeza, casa que de continuo le traía unos imborrables recuerdos, se detuvo frente a ella, la miró con una extraña resignación, mezcla de morriña y soledad, y se sentó en un banco que había a sus pies. Dudó si sacar un cigarro o no. De modo imprevisto, golpeó su memoria un sinfín de recuerdos: los juegos infantiles y las pillerías de Camay en el Jardín Botánico, el enorme bullicio de los disparatados sanjosés por el número de asistentes, en los cuales se mezclaban los canapés, las tartas, las bebidas y las risas de los numerosísimos familiares que allí se reunían, los partidos de fútbol en los pasillos y en mi habitación, donde el cristal del balcón superó la prueba de fortísimos pelotazos, las tabletas de chocolate que yo hacía desaparecer por las noches, los libros de Julio Verne debajo de los cuadernos de estudio, las llamadas furtivas desde la consulta de su padre jugándose casi la vida, el despertar con aquella Maite del «Calderilla» que hoy es ilocalizable, los retrasos en el regreso del colegio argumentando falazmente que había sufrido un mareo en el autobús 36, la mastodóntica construcción del scalextric de Atocha a los pies de nuestra casa, los cigarrillos a escondidas en las proximidades del colegio de los salesianos, las ansias por participar en los partidos de los domingos en los patios de ese colegio y que una rígida timidez le impedía decirlo, los recuerdos de unos veranos agotadores por un severo sol que «castigaba» durante todo el día, las tardes de los domingos de una duración casi imperecedera, los paseos por la cuesta de Moyano para comprar libros…

Rafo no subió a su antigua casa. Rafo hizo el amago en varias ocasiones, pero le imponía lo estrambótico de la idea. Se juramentó que de la próxima vez no pasaba. Tomó de nuevo el paseo de las Delicias, lo cruzó y esperó a coger un taxi que lo llevara a su actual domicilio. Mientras esperaba, sus recuerdos, viajaron a las interminables obras del corpulento scalextric, se inauguró en 1968 con la intención de que fuera el salvavidas del caótico tráfico de la zona, que fue un sufrimiento atroz para los vecinos. Un taxi libre le pitó reiteradas veces. «Se había dormido» comprobando ―ahora que estaba desmontado― todo el interés urbanístico de la glorieta que se había ocultado con el mencionado «pulpo circulatorio». La habitabilidad de la zona había ganado muchos enteros. El trayecto de regreso, cargado de recuerdos, lo realizó en un profundo silencio, a pesar de que el conductor quería hablar sobre la situación actual.

Posteriormente, en torno a 1975, y por un golpe de suerte en la lotería, la familia se pudo trasladar de casa. El doctor Máiz Bermejo abandonó el alquiler de su piso de soltero por una casa en propiedad. «Simpática y berlanguiana» ―surrealista, por lo difícil de imaginar hoy en día, pero absolutamente posible en la época― fue la escena en la que mi padre, rodeado de la familia, firmó un sinfín de letras mensuales a pagar durante veinticinco años. La vivienda estaba situada en la calle Hermanos Miralles 43, luego bautizada con el nombre de General Díaz Porlier.

En esta casa Rafo se hizo hombre. Fueron treinta años. Allí disfrutó de una imborrable postadolescencia y del trabajo en un colegio, el actual, que le hizo crecer como persona. En un piso de 180 metros cuadrados, que estaba diseñado sin los largos pasillos de Atocha, rio, gozó, lloró, creció, se enamoró, sufrió, golfeó, cantó, mintió, estudió, discutió, «noctivagueó», escribió y más cosas que no debo contar sin el permiso del protagonista. Según él, ocupará un capítulo más adelante. La familia había aumentado en un residente. La muerte de su tía María Rosa, por un terrible cáncer, hermana de su madre, soltera que compartía el piso con un hermano también soltero y con múltiples problemas de salud, ocasionó que este, por motivos de cercana atención médica, fuera a vivir con la familia del doctor Máiz Bermejo. Recordemos que su padre era médico.

Con estos recuerdos, durante la interminable carrera en taxi, empezó a pensar que cuál de las dos viviendas le evocaba más cariño. Llegó a la conclusión de que cada una tenía su aquel, su encanto, y que era imposible hacer un podio con ellas.

Con el agradable fluir del taxi por el Paseo del Prado pudo pasar página y se plantó en el momento en el que tomaron la decisión su hermana y él de vender el piso de Díaz Porlier e irse a una zona más económica y a una casa más pequeña. Fue una decisión muy dolorosa porque Díaz Porlier se había adherido a su piel cual tatuaje diseñado por todo el cuerpo. Se trasladaron a la calle Ferrer del Río en el año 2006 que, después de treinta años en la «almendrita de oro», según compañeros de trabajo, parecía que iba a ser el definitivo asentamiento, y que en esos 120 metros cuadrados ―cruzada la báscula económica de Francisco Silvela― envejecerían con dignidad y total tranquilidad. En este piso Rafo vivió años pletóricos de soledades, añoranzas, alegrías, penas… y gastos, como en Díaz Porlier. En este «piso guindaleriano» se tomó en serio escribir. Cierto es que en la «almendrita de oro» publicó varios libros y pasó muchas horas con bolígrafo y papel en mano, pero fue un naufragio literario peor que el del Titanic. Nadie quería leer sus libros. Nadie. Es duro decirlo, pero desde los inicios sintió una soledad literaria terrible. Y aún la siente. Compraron su libro algunas alumnas ―eternamente agradecido se ha mostrado siempre con ellas―, algunos amigos y algunos familiares. No ha negado jamás Rafo que su timidez social, que no en el aula, ha alimentado ese anegamiento literario. Solamente se comportó con él con una seriedad y una generosidad plausibles Lourdes, la dueña de la librería Pérgamo, en la calle General Oráa. Bendita mujer. Dejemos esto para otro capítulo, así como sus penurias blogueras. En Ferrer del río, en el espacio cómodo y creativo de su estudio, logró «cerrar» unos libros de prosa poética, en formato digital, tanto en castellano como en gallego. La estancia en este piso, al salir definitivamente de él, la calificó como grata, feliz y de una gran bonanza personal. Algunos vecinos y Jesús y Pilar dejaron una imborrable huella.

¿Último piso? No fue así. No. Circunstancias cíclicas de la vida que todo el mundo puede figurarse dieron paso, al cabo de 16 años, a un nuevo piso de 70 metros cuadrados en la misma zona.

La progresión espacial es significativa en todos los aspectos. En este piso han aumentado las incomodidades, pero, como Rafo y su hermana tienen buen conformar, los engorros los han convertido en holguras confortables. Eso dicen. Yo no me lo creo.

Hay que hacer un alto aquí. La importancia de los libros en la vida de Rafo. Yo le he dicho que este texto es un poco cursi, pero se ha empecinado en que lo incorpore en este capítulo y así lo hago.

Una librería en casa es mucho más que un mueble con libros: es un refugio, un mapa de lugares, pasiones, dudas y descubrimientos. En sus estantes se guardan no solo historias, sino fragmentos de quienes somos o soñamos ser. Tener una librería en casa es permitir que el tiempo se suspenda y las ideas respiren. Es rodearse de silencios elocuentes que nos esperan sin prisa. Es, quizás, una forma de resistencia: frente al ruido, el vértigo y el olvido, la presencia quieta y poderosa de los libros.

El escrutinio en el paso de Atocha a Díaz Porlier fue cruel: todos los libros que injustamente llamaron mis padres «infantiles» se quedaron, no se mudaron y ahí perdí definitivamente la inocencia literaria de la infancia y la primera adolescencia. No viajaron conmigo unos doscientos libros que tenía yo en mi habitación: Tintín y Milú, Astérix el Galo, Los cinco, Los siete secretos, Emilio Salgari, Julio Verne, Stevenson, Roald Dahl, Mark Twain, Marcelo Lafuente Estefanía…

El taxi perfilaba la calle Francisco Silvela y al ver Yago el café de sus recuerdos, le solicitó al taxista que parase en ese lugar. Era el café Molière. Algo destartalado y poco frecuentado, pero entrañable y acogedor para él. Se sentó, pidió una copa y empezó a valorar su excursión anímica por los aledaños de su primera casa. Rápidamente esto fue sustituido por el problema que le acuciaba en la actualidad: cómo gestionar algunas vivencias que había empezado a sufrir en el aula. No quería hablar con nadie de ciertos latigazos y bajones emocionales que sufría cuando algún alumno ―cada vez más― se manifestaba grosera y ofensivamente. Esto le ponía muy nervioso porque veía que era incapaz de controlarlo debidamente.

El paseo por la Glorieta de Carlos V tuvo, en un principio, un fin terapéutico, pues el enfado y la tristeza estaban refrenados por esa nostálgica que a él le encantaba. Era lucha encomiable la de un hombre que no quería que se aposentara en su interior un poso de amarguras, tormentos y aflicciones.

Se alternaban los pensamientos optimistas de un hombre satisfecho con su trabajo con otros que eran desesperanzados y agoreros de un futuro en nada atractivo. La enseñanza media, a su edad, era un camino de punzantes espinas. Unas, agradables y salvíficas como pétalos de aromáticas rosas; otras, de una aridez vivencial más dura que un lecho de ariscos cardos borriqueros.

El pulso lo tenía menos acelerado, pero, como una recidivante arcada, vuelve la frase con la que concluyó su última clase vespertina: son ustedes capaces de sacar mi peor yo y un genio amonestador que me encorajina no saben cómo.

El café era un lugar peculiar. Tenía una mezcla de abandono intencionado y de placer ochentero. Se llevaba lo usado, lo que proyectaba una imagen de desatención y dejadez.

Finalizo con las librerías de las diferentes casas de Rafo: abandono dañino de unos doscientos libros en Santa María de la Cabeza. En Díaz Porlier reunió unos tres mil libros de toda índole: poesía, teatro, narrativa, español, gallego… Además del despacho de su padre que estaba repleto de libros de medicina y alguno de carácter literario. El traslado a Ferrer del Río fue durísimo porque la reducción fue drástica, pero nada en comparación con la llegada a Béjar. En Ferrer del Río se quedaron muchas «joyas literarias» que le hicieron en su momento llorar lágrimas de tristeza. 

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS DE GTB

Los gozos y las sombras no es solo una novela sobre Galicia; es una novela sobre una forma de estar en el mundo. Y eso, para mí, es lo que la hace tan poderosa. Gonzalo Torrente Ballester no escribió únicamente la historia de un pueblo gallego en vísperas de la Guerra Civil: escribió una radiografía moral de España. Pero lo hizo desde Galicia, y eso importa. Porque en esta obra Galicia no es un decorado: es un personaje más, quizá el más complejo de todos. Gonzalo Torrente Ballester Los gozos y las sombras

La Galicia de Los gozos y las sombras no es la Galicia turística de la postal ni la Galicia romántica de la niebla y la gaita. Es una Galicia dura, húmeda, jerárquica, silenciosa. Una Galicia donde el mar da de comer, pero también condena; donde las casas grandes pesan más que las iglesias; donde la sangre, el apellido y el rumor importan tanto como el dinero. Pueblanueva del Conde —ese lugar inventado y, sin embargo, tan real— representa una Galicia atrapada entre dos tiempos: el mundo viejo de los señoritos y el mundo nuevo del dinero industrial. Y ahí está, precisamente, una de las grandes intuiciones de Torrente Ballester: entender que la modernidad no siempre trae justicia; a veces solo cambia de amo.

A mí me parece que esa es la verdadera tragedia de la novela: no asistimos al fin del poder, sino a su metamorfosis. El viejo cacique, con escudo nobiliario y maneras de señor, se extingue; pero enseguida aparece otro, más moderno, más eficaz y quizá más peligroso: el cacique que ya no manda por linaje, sino por dinero.

Y ahí entran los personajes, que son extraordinarios porque ninguno es solo una idea: todos son contradicción.

Carlos Deza, por ejemplo, me parece uno de los personajes más interesantes de la novela española del siglo XX. No es un héroe clásico ni un reformador limpio. Es un hombre culto, escéptico, moderno, formado fuera, con una inteligencia que lo separa de todos y una desgana que lo inutiliza casi para todo. Carlos ve con claridad, pero actuar le cuesta. Y eso lo vuelve profundamente moderno: no es el hombre de acción, sino el hombre de conciencia. Entiende el mundo, pero no logra salvarlo. Representa el librepensamiento, sí, pero un librepensamiento cansado, lúcido y melancólico. No cree en Dios, no cree en las verdades heredadas, no cree del todo en las estructuras del poder… pero tampoco cree demasiado en la capacidad del ser humano para cambiarlas. Y esa ambigüedad lo hace fascinante.

Carlos no es un revolucionario: es algo más incómodo. Es un hombre libre. Y en un mundo como Pueblanueva, pensar libremente ya es una forma de escándalo.

Frente a él está Cayetano Salgado, que me parece uno de los personajes más actuales de toda la novela. Cayetano no tiene abolengo, pero tiene dinero. No tiene refinamiento, pero tiene poder. No representa el viejo orden: representa el nuevo capitalismo brutal, sin épica y sin escrúpulos. Es el cacique moderno, el hombre que no necesita apellido ilustre porque le basta con controlar el trabajo, la economía y el miedo. Cayetano es la prueba de que el caciquismo no desaparece con el progreso; simplemente se actualiza.

Y esto, leído hoy, resulta casi incómodo por su vigencia. Porque Torrente Ballester entendió algo esencial: el caciquismo no es solo una forma política; es una cultura. Es una manera de organizar el poder desde la dependencia, el favor, el miedo y la deuda. El cacique no manda solo porque pueda castigar; manda porque ha conseguido que todos necesiten algo de él.

Por eso Los gozos y las sombras no habla solo del caciquismo rural gallego. Habla de una enfermedad española mucho más amplia: la costumbre de obedecer al que reparte, de callar ante el que protege, de inclinarse ante el que concede.

Y luego está doña Mariana, que probablemente sea el personaje más impresionante de todos. Ella encarna el viejo mundo con una dignidad feroz. No es buena, no es justa, no es amable; pero tiene una grandeza casi trágica. Es el poder antiguo consciente de su decadencia. Sabe que su mundo se acaba, y quizá por eso impone tanto. Hay en ella algo admirable y algo terrible. Como en los grandes personajes de verdad.

Y Clara… Clara me parece el personaje más doloroso de la novela. Porque en una obra atravesada por el poder, Clara representa el cuerpo sobre el que ese poder se escribe. Es deseo, es disputa, es libertad amenazada. En ella se cruzan el deseo masculino, la violencia social y la fragilidad de quien intenta vivir con un mínimo de dignidad en un mundo hecho por otros.

Lo más brillante de Torrente Ballester, en mi opinión, es que no convierte la novela en tesis. No pontifica. No sermonea. No reparte santos y villanos. Lo que hace es algo mucho más difícil: mostrar cómo funciona una sociedad. Mostrar sus engranajes. Mostrar cómo el poder circula, cómo se hereda, cómo se transforma, cómo seduce.

Y quizá por eso Los gozos y las sombras sigue siendo una novela tan viva. Porque habla de una Galicia concreta, sí, pero también de algo más profundo y más incómodo: de la persistencia del poder, de la dificultad de la libertad y de esa sospecha —tan española, tan amarga— de que a veces cambian los nombres, cambian los trajes, cambian los discursos… pero el amo sigue ahí. 

LA ESCALERA

Ayer acompañé a un amigo que había venido de Galicia a comprar unas camisas en unos grandes almacenes. Era la disculpa apropiada para darse una vuelta por Madrid. Y eso que, siempre que viene, a los diez minutos, está echando pestes de las prisas que tenemos los que vivimos en Madrid.

—Apresúrate, hombre, apresúrate, que así te equivocarás antes. Te lo digo a ti, sí, a ti. La prisa te queda muy bien, hace que veamos aún más claro que eres un incompetente con estilo.

Accedemos a los grandes almacenes. Se queda cinco minutos mirando el directorio de lo que hay en cada planta.

—Es la segunda, Manuel, que yo lo conozco muy bien.

—Por si acaso vamos a comprobarlo.

Y otro tanto leyendo planta por planta. Se forma un pequeño tapón porque siempre tiene la virtud de colocarse en el lugar que más obstruye el paso, ya sea un restaurante, el metro o la plaza de abastos. Le dan un pequeño empellón que le encorajina y sufre en silencio un arrebato de ira.

—Y a sabes que yo las escaleras eléctricas nada de nada y los ascensores menos aún.

En la escalera de piernas, así las llama él, su marcha es lenta y muy tranquila. Además, cada vez que quiere decir algo se para hablar. Como se cansa muchísimo con sólo cinco escalones, sube dando bandazos de barandilla a barandilla. Yo lo conozco y sé cómo acompañarlo en este vía crucis que supone subir dos plantas. Veo que detrás de nosotros viene un hombre que aparenta mucha prisa (¡Cómo no en Madrid!).

Mi amigo, en medio de la escalera, contándome el problema de la regulación de los semáforos en la aldea, se niega a llamarlo pueblo, no entendía nada.

—Vamos a ver, por favor, sube o baja. ¿Qué narices quiere hacer?, le dice el preseiro (así se llama irónicamente en Galicia al que tiene siempre prisa).

Mi amigo, sin perder las formas le contesta muy bajito y moi quietiño, como un don Tancredo en una plaza de toros:

—Depende. Me voy a explicar porque yo lo tengo muy claro. Pausa de tocanarices. Si subo es que subo, y si bajo es que bajo.