SANTIAGO

En esta madrugada Santiago huele muy bien. Huele a mariposas nocturnas en un camino de estrellas y a primavera de aguas singulares; huele al bautismo del sagrado incienso que recorre las calles y a un viento fresco lleno de aguas calmas. Como un artesano diestro, la mano de este viento pule el silencio de las calles cubiertas de rocío, y su tela invisible de lino aromatiza el aire con cenizas casi santificadas. ¡Vetustas campanas del cielo doblan sinfonías de piedra!

Santiago, te llevo siempre en mi pensamiento, te llevo en la memoria herida que sana continuamente el dolor de mi sangrar. Santiago, soy como un mendigo perdido de nostalgia que recoge en este lugar santo un manojo de gardenias y una armadura de viva paz. Siempre Santiago en mi pesar. 

POÉTICA DE PIEL Y VERSO

En los latidos de mis versos defiendo mis creencias, confieso la fe de los míos, respiro el aroma de nuestra tierra y construyo con ellos una trinchera llena de astros y estrellas. Cada palabra es un fuego que arde sin permiso, una raíz que se hunde en lo más hondo de mi memoria.

En los latidos de mis versos siento tu pulso, libre de miedos y cadenas, sepultando mis cipreses en un tiempo de camelias blancas. Y trazo, con el golpe suave de mi muñeca, en una orilla siempre viva, el perfil de una letra desnuda que junto a ti comienza a tener vida.

Tu piel es territorio de luz y sombra, mapa secreto donde cada sílaba se posa como un suspiro. Escribo sobre ti como quien acaricia, como quien descubre en cada poro una palabra nueva. Tus hombros son estrofas que se abren al tacto, tus muslos, versos que se deslizan entre la bruma de mi deseo.

Cuando mi mano roza tu espalda, el poema se estremece. Cuando mi boca nombra tu cuello, la tinta se vuelve carne. Y en el temblor de tus pechos, encuentro la rima perfecta, esa que no se escribe, pero se siente.

No hay métrica que encierre tu cuerpo, ni estrofa que contenga tu aliento. Eres poema sin forma, sin límite, sin final. Eres la letra que se desnuda en mi mirada, la palabra que se humedece en mi lengua, el verso que se arquea cuando la noche nos cubre.

Y yo, poeta de tu piel, sigo escribiendo. Porque en cada latido, en cada roce, en cada silencio compartido, sé que la poesía no vive en los libros, sino en ti. En tu cuerpo. En tu voz. En el temblor sagrado de tu presencia. 

CAPÍTULO IX DE ‘HATROZ’.- SUS PRIMERAS PALABRAS

Los primeros meses de vida de Rafo fueron tranquilos, plácidos y bonancibles. Alteraciones nocturnas propias de un bebé que tenía en perfecto estado los esfínteres. Se liberaba con una precisión y una regularidad británicas de las aromatizantes cacas cuando su padre estaba profundamente dormido. El proceso siempre era el mismo: el olor se apoderaba del olfato de su madre, que se lo comunicaba con un cariñoso golpe a su padre. La madre avisaba a Chon que asumía la tarea de limpiarlo con gran diligencia. Los ronquidos del padre se oían en toda la casa, hecho que encorajinaba a su madre, que tenía un dormir, digámoslo así, «muy muy muy superficial».

Salvo las características fiebres, las propias mucosidades y las nada edificantes pataletas, podemos entender que los tres adjetivos aplicados en el inicio se refieren a un permanente descubrimiento de objetos, sensaciones y sentimientos.

―Tienes un mundo a tus pies, hijo, un mundo que, si actúas con rectitud, te ofrecerá más luces que sombras. Y el pequeño Rafo le hacía a su padre unas pedorretas bucales que significaban que le importaban un bledo sus «profundas palabras».

Los recuerdos son nulos ―y eso que el día que hablamos de esta época Rafo hizo unos esfuerzos titánicos, casi sobrehumanos, para «reencontrarse» con algún episodio vivido― y lo que sus padres le comentaron posteriormente ―su padre era médico― no va más allá de lo que Piaget estableció los dos primeros años como periodo sensoriomotor y de dos a siete años como periodo preoperatorio. Y aquí me paro. Me niego a seguir con Piaget porque sería un verdadero ladrillo. Para ti, lector, motivo suficiente para «colgar» este libro. Cuando Rafo estudió sus teorías evolutivas, le vino la misma sensación de aburrida matraca que cuando se propuso leer el Ulises de Joyce tras perder una apuesta en el bar de la escuela con el mejor jugar del «póquer de los garbanzos».

―Esto me retrotraería a mi etapa universitaria, se dijo en alto Rafo. Y como decimos en gallego inda é cedo (aún es pronto).

Me importa mucho más el momento en el que pronunció sus primeras palabras. Cuando empezó a hablar. Debe ser inolvidable y casi taumatúrgico el momento en el que los padres logran establecer una conexión verbal con su hijo. El lenguaje es el milagro humano. Los seres humanos nos comunicamos a través de un maravilloso vehículo lingüístico que es el lenguaje. Cierto es que hay otros vehículos de comunicación. Genéticamente, dicen los especialistas, nos vienen dadas unas capacidades lingüísticas que no se desarrollan hasta la plenitud de la vida, lo cual sucede alrededor de los 5 años. Neurológicamente hablando, según los entendidos, un niño de 5 años es un hablante adulto. Hasta esa edad, el cerebro madura a través de unas etapas poco flexibles, siendo el periodo de los 2 a 4 años el que tiene los puntos más críticos de la formación de las vías lingüísticas neurológicas. Las combinaciones de palabras aparecen alrededor de los 2 años. Pero hay niños que comienzan antes de los 2 años a hablar. Y en la familia de Rafo hay testimonios de ello.

En esta época quiero situar a nuestro protagonista.

En los primeros inviernos madrileños ―estos periodos del año siempre los ha vivido en Madrid― fue descubriendo poco a poco su entorno. De un modo muy primitivo claro está. No era consciente de los logros según los iba consiguiendo. Tranquilidad, que no voy a hacer una exposición de la evolución de Rafo como bebé, pues podríamos encontrarnos con un abanico amplio de experiencias de todo tipo, pero especialmente escatológicas. Sus padres, él no lo recuerda, celebraron con gran algarabía cuando consiguió controlar los esfínteres y mostró por primera vez un continuado y avezado interés por sentarse en el inodoro. Su abuelo, en Santiago, lo celebró con una oración de gratitud ante el apóstol Santiago.

Por más que se empeñe, no son recuerdos lo que tiene de este periodo de su vida sino más bien memorización de situaciones mil veces narradas en los años posteriores por sus padres o por las personas que se encargaron en esos años de su atención y cuidado. Según ellos, la frase más repetida desde que comenzó a caminar era: no toques eso.

Quiso demostrar su arte pictórico cuando, en una pared recién pintada, plasmó con «pintura marrón» una recreación gráfica de la finca de Bertamiráns.

―Ayé, ayé. Y le mostró a su padre su «picassiana obra».

―Tranquilo, hijo, tranquilo, le dijo su padre mientras reprimía una verdadera regañina «mordiéndose las muelas». Su padre le quiso explicar que las deposiciones no deberían salir del inodoro. Hijo, para pintar están los cuadernos que te hemos comprado y que no los usas.

Rafo se empezó a reír con una energía que exasperó a su padre. Lo sentó de nuevo frente a él y, mientras intentaba aclararle dónde debía pintar, Rafo lo celebró con una batería de pedorretas bucales que le dejaron la cara repleta de húmedos salivazos. 

Por lo demás, hay un categórico vacío. Lo que sugiere una normalidad absoluta en su progresión como niño. Habrá quien piense que de esos años sólo se recuerdan las experiencias traumáticas, que las placenteras ―si por placentera se puede entender el destete o la salida de los dientes― caen en el olvido más absoluto. Cada vez que, ya con la madurez del adulto, hizo sus pesquisas sobre esos primeros años las repuestas siempre fueron las mismas: sin novedad. Todo transcurrió con la normalidad de un niño que empieza a descubrir un mundo nuevo para él. Nada de acciones heroicas, de comportamientos intrépidos y mucho menos de acontecimientos homéricos.

La primera vez que escuchó estas palabras sintió una enorme frustración, pues todos pensamos que, como vemos en ciertas películas, nuestros primeros años son un cúmulo de patrioterismos hogareños y caseros.

―Comías, dormías y crecías, le dijeron una multitud de veces.

―¿Tantos meses reducidos a tres simples verbos? ¡Qué frustración! Yo que, cuando por primera vez escuché de los mayores mis experiencias infantiles, había imaginado que no habría horas suficientes en un día para hablar de mis epopeyas. Mi proceder entonces sería un cúmulo de espeluznantes aventuras, intrépidos lances y arriesgadísimas andanzas. ¡Cómo mi hermana me había salvado de morir cuasi electrocutado por meter los dedos en los enchufes!

―Nada, hijo, había unos inventos magníficos que se metían en los enchufes y que impedían que los niños hurgaran en ellos.

¡O cómo fui capaz de poner en funcionamiento la olla exprés para preparar leche merengada al baño María!

―Nada, hijo, si la olla estaba siempre fuera del alcance de los niños.

Cuando fue consciente de mayor de que en esos primeros años no tuvo empresas peligrosas, quizá comprendió un poco, la venganza se sirve fría, por qué en su edad escolar fue tan proclive a recibir toques de atención por parte del profesor por ciertos escarceos en el aula utilizando los rotuladores como perfectas y dañinas espadas.

Según me cuentan, el invierno de sus tres años fue variopinto en su aprendizaje. Días graciosos por ser el causante de muecas y gestos candorosos, y días, llamémoslos inapropiados, por ser una constante lucha contra el dolor de dientes, incisivos y muelas y por una balsámica muda de pañales. En los periodos del invierno que su abuelo paterno pasaba en Madrid no había otro objetivo por su parte que el niño se soltara a hablar. Y todo era una sempiterna frustración, pues lo solucionaba todo con un ayé mayestático.

¿Quieres un vaso de leche? Ayé. ¿Vamos al Jardín Botánico? Ayé. Hay que irse a dormir. Ayé. Llegó un momento en el que la preocupación empezó a invadir la mente de los mayores. Veían cómo niños de su edad y menores ya pronunciaban frases con cierta coherencia mientras Rafo se mantenía en un solitario y convulso ayé. Su abuelo, farmacéutico militar con una profundísima formación humanística, desdramatizaba la situación con un sentido del humor a la vez bullicioso y calmante de ánimos.

―Todos buscamos aprender idiomas porque consideramos imprescindible el dominio de dos lenguas por lo menos para podernos manejar por el mundo. Y este rapaz, egregia criatura del futuro más inmediato, lo soluciona todo con una palabra. Es la reducción del esperanto a su mínima expresión. Pura practicidad. Y soltaba una pequeña carcajada.

Y llegó el verano. Viaje inconmensurable por la magnitud de los bultos. Casi tan numeroso como los trofeos del Cid después de una victoria: incontable el botín. Pues aquí incalculable el número de paquetes y maletas. Ocupaban medio vagón del tren rápido ―ja, casi diez horas de viaje― con destino a Santiago de Compostela. La travesía era una auténtica odisea para los adultos. Sólo basta mencionar que eran diez individuos ―entre adolescentes y niños― y 5 ó 6 personas mayores. Digo individuos porque era como se dirigía a nosotros un tío nuestro cuando nos quería regañar: individuo, venga usted aquí. Su comportamiento deja mucho que desear y… a continuación venía una entrañable reprimenda. Inútil de todo. Duraba el efecto cinco minutos. Algarabía, carreras, caídas, risas y juegos. Cuando no regañinas por parte del revisor, que en aquella época nos parecía, por su uniforme, un comandante de la Marina.

La llegada a Santiago y el posterior traslado a Bertamiráns en diversos taxis era una auténtica liberación para los adultos. La llamada nocturna a los «padres de familia», que trabajaban en Madrid, informando del éxito de la misión era poner una pica en Flandes. Y ese verano fue absorbente, cautivador y ameno hasta lo inimaginable. Pasar casi dos meses con toda la familia materna en pleno campo no tiene precio hoy en día. La naturaleza alimentaba una vivificante ansia de vida campestre.

El dormitorio lo compartía con un primo suyo al que le lleva once meses llamado Jorge. De su hijo mayor Rafo es el padrino en la actualidad. Ya hablaremos en otro momento de las aventuras que pasaron los dos en Galicia. Hoy me remito sólo a ese periodo de tiempo. Escuchar a Jorge era un orgullo, pues hablaba casi con absoluta perfección. Una mujer de allí le llamaba humorísticamente el Académico. Mientras Rafo, que era mayor, seguía con su famoso ayé. Lo curioso es que después de unas intensas y vividas vacaciones, se produjo un sonado trasvase. Llegó el mes de septiembre cuando se trasladaron a Vedra sus padres, su hermana y él, para pasar el mes de septiembre con la familia paterna y la situación cambió radicalmente: Jorge se apoderó del solemne ayé y Rafo se convirtió en un incipiente Castelar. La situación causó cierta gracia en algunos y algo de hilaridad en otros. El ayé de Jorge fue efímero como una huella en la arena o una tarjeta de felicitación. Rápidamente retomó su buen hablar.

La llegada a Vedra fue un rotundo éxito, pues su abuelo Luis, que los esperaba lleno de ansiedad, pudo comprobar que su nieto se había convertido en un competente, a la par que inagotable, disertador. Hablaba, hablaba y hablaba. En algunos momentos no era consciente de lo que decía y en otros erraba más que una escopeta de feria. Pero las frases salían con fluidez de su antaño balbuceante y rácano aparato fonador. Varias veces en situaciones embarazosas y reservadas para los mayores, fue reprendido con una frase que se hizo desde entonces muy familiar: cala, fillo, cala un pouco (Calla, hijo, calla un poco).

A moito falar, moito errar (Quien mucho habla, mucho yerra), le decía, después de ponerlo firme delante de ella su abuela María, poseedora de un colosal genio. Rafo salía corriendo y repitiendo una palabra que le había oído en Bertamiráns a su tío Filoso:

Tururú, tururú, tururú, tururú…

OBITUARIO

Hace cosa de pocas semanas recibí un correo electrónico con un encargo claro y diáfano: escribir, para una revista de difusión cultural, el obituario de José María Máiz Togores. Y yo, que sólo entiendo de enseñanza, libros y poco más, llevo desde entonces sin apenas dormir, pues tal circunstancia, creo, supera mis posibilidades. Sé que José María era un buen hombre. Pero de ahí a escribir un obituario va un abismo. Ante tal turbadora situación me puse inmediatamente a buscar información para poder solventar dicho compromiso. Así es como encontré en internet una serie de cartas escritas a una mujer de nombre desconocido por el fallecido.

Pero mantengamos un riguroso orden y dejemos eso para luego. Ahora toca su faceta laboral. José María también tenía como profesión la enseñanza. Era un vocacional profesor de Lengua y Literatura españolas y Literatura universal en un centro de Madrid. Llevaba muchos años en él y se había labrado cierto prestigio que no había variado en absoluto su carácter bonachón y afable, aunque algo cascarrabias.

Era un hombre tímido, reservado y ciertamente apacible. Un tanto asustadizo ante la enfermedad, como todos los hombres, diría una buena amiga. De apariencia serena y tranquila, por dentro era un auténtico ciclón. Algunos de sus «enemigos», que los tenía, decían de él que era pusilánime, blandengue y timorato. No supo resolver muchos de los problemas que se le fueron planteando a lo largo de su vida. Eso decían sus difamadores post mortem. Los dejaba estar, para que por sí solos desaparecieran. Hecho este que lo convirtió en más de una ocasión en el blanco de las críticas de sus «queridos compañeros». Otros, los buenos amigos, esos que se mantienen fieles en cualquier trance de la vida de uno, me contaron detenidamente las incontables cualidades que manifestó en vida. La principal, coincidieron la mayoría, junto a una proverbial educación, era que sabía escuchar, que tenía un temple para atender las penurias ajenas sin mostrar impaciencia o hartazgo. Era poco tal condición.

Además, siempre tenía una buena palabra para un mal momento. Solo con verlo por los pasillos del colegio era como un bálsamo del espíritu. Sí, el de fierabrás, apostilló un acerado compañero que estaba bastante harto de tanto opulento elogio. Era frío y glacial en algunas ocasiones. En una ocasión, a una compañera, donde todo el mundo esperaba unas palabras de afecto y cariño solo manifestó un gesto aséptico y de muy aterida cordialidad. Eso es falso, y el autor de dichas palabras lo sabe muy bien. Él lo único que hizo fue esperar a estar a solas para poder expresar en la intimidad todo ese caudal de simpatía y estima que sentía por esa persona. Creo que si entramos en un tira y afloja a la hora de hablar de José María mal vamos. Lo dicho ya es más que suficiente.

Toca cambio de tercio. Según muchas voces, lo que más llamó la atención en vida fue su nula disposición a hablar de su vida privada. Por eso me sorprendí tanto al descubrir unas cartas tan personales. He estado noches y noches leyendo las diferentes entradas que hacen referencia a sus vivencias amorosas y no he dejado de asombrarme con la proliferación de detalles tan íntimos. He llegado a pensar en un desdoblamiento de personalidad, en la recreación de un personaje por parte de él para de ese modo volcar todas las intimidades que le atormentaban. Es lo que más me importa en estos momentos. Es lo que quiero aclarar por encima de todo.

No sabes, amigo lector, lo que he buscado a esa desconocida amiga que tanto le hizo gozar y sufrir en vida. He llegado a poner innumerables anuncios en las principales cabeceras de este país para ver si, al leer el periódico, esta mujer decidía hacerse visible. Esfuerzo vano… ¡Pues vaya obituario entonces! Sí, tienes razón… Es un resumen biográfico inconcluso. Déjame terminar. Esfuerzo vano… hasta hace tres días exactamente.

El miércoles a eso de las diez de la noche recibí una sms que me alteró de tal manera que me fue imposible conciliar el sueño. «Soy la mujer que estás buscando. Cuando quieras tomamos un café y hablamos». En un desconfiado intercambio de mensajes, pues yo estaba temeroso de que saliera huyendo con un despiadado mutis por el foro, conseguimos acordar una entrevista en un viejo café de Bilbao. Cuando llegué a él, precipitado y ansioso, ella aún no estaba. Me senté a una mesa que me pareció adecuada por estar un poco apartada del resto. Pedí una consumición y un camarero con cierto aire de inspector trasnochado me la sirvió tras preguntarme si iba a estar solo. No entendí ese interés, pero le contesté desganado que estaba esperando a una persona. Pues tendrá que esperarla bastante tiempo, me respondió después de mirar su reloj. La mujer que se sienta a esta mesa no llega hasta las ocho de la tarde. Atónito y estupefacto me dispuse a leer el libro que me acababa de comprar. Incomprensiblemente estaba haciendo caso a la sugerencia del camarero. Ya imbuido en la lectura del poemario adquirido, no presté la más mínima atención a mi entorno hasta que una voz femenina sonó a mi lado.

―Hola, buenas tardes, perdona el retraso, pero es que un encargo de última hora no me ha permitido salir antes del trabajo.

Se acercó a mí, me dio dos besos y un sensual perfume invadió todo mi espacio. Inmediatamente se sentó en la silla que la esperaba junto a mí desde hace bastantes minutos. Había muy poco espacio en el destartalado café, pero fue capaz de quitarse el abrigo con una elegancia y una diligencia espectaculares. Llevaba una blusa blanca ceñida y escotada lo justo para marcar una «todavía» muy atractiva figura. La falda, negra, dejaba a la vista un par de piernas contorneadas y pulidas a cincel griego en un gimnasio. Terminaban en unos zapatos negros que dejaban deducir la necesidad de estar cómoda en un día de trabajo.

Tras hacer un gesto de asentimiento al camarero ─se notaba cierta familiaridad─ colocó su bolso en la tercera silla que miraba impasible la situación. Me cogió, airosa y delicada, el libro que estaba leyendo, me miró a los ojos ─leí en ellos: otro loco de la poesía─ y me soltó a la cara: yo soy la mujer de las cartas de José María. 

LA MATANZA

Entré en silencio, como quien pisa un templo. La piedra de la Casa da Matanza me recibió fría, pero digna, como si guardara siglos de palabras no dichas. No era una casa cualquiera. Era el último refugio de Rosalía. Aquí vivió, aquí soñó, aquí sufrió, aquí murió.

El aire tenía un peso distinto. No era solo la humedad de Padrón, era memoria. Cada rincón murmuraba versos, cada sombra parecía guardar un trozo de alma. Pasé la mano por una pared y sentí un estremecimiento. Pensar que ella, con su voz de fuego y bruma, tal vez apoyó esa misma mano en ese mismo lugar.

En la cocina, imaginé el olor del caldo, los pasos quedos, los ojos cansados. En la sala, el silencio era tan profundo que parecía que la casa respiraba. Y en el cuarto donde murió… allí el tiempo se detuvo. No fui capaz de entrar de golpe. Tuve que pedir permiso, como si la propia Rosalía aún estuviera allí, tendida, mirando hacia fuera, escuchando el río Sar.

Las lágrimas me vinieron sin aviso. No eran de tristeza, eran de reverencia. Porque allí, entre aquellas paredes humildes, nació una eternidad. Porque Rosalía no murió en A Matanza: echó raíces. Y hoy, al pisar esa tierra, sentí que yo también era parte de ese poema infinito.

Para tocar la cama en la que murió pedí permiso. No en voz alta, sino con el corazón encogido, como quien se acerca a un altar donde reposa el misterio. Me acerqué despacio, sintiendo que cada paso era una confesión. Aquella cama, humilde y sagrada, guardaba el último suspiro de una mujer que fue voz de todo un pueblo. La miré como se mira una herida abierta en el tiempo, y sentí que algo dentro de mí se quebraba y se hacía luz. No era solo la muerte lo que allí se recordaba, era la dignidad de vivir con verdad, de escribir con entrañas, de amar la tierra hasta el último aliento.

En aquel cuarto donde la muerte se posó con manos suaves, ella pidió que le abrieran la ventana. Quería ver el mar. No el mar físico, que en Padrón no se ve, sino ese mar que llevaba dentro, hecho de recuerdos, saudades y versos. Fue su último deseo: que entrara la luz, que el aire le trajera ecos de libertad, que la vida se asomara una vez más antes de partir.

Salí de la estancia sin mirar atrás, porque sabía que aquella imagen quedaría conmigo para siempre.

Desde entonces, en esa cama donde Rosalía cerró los ojos por última vez, se coloca una rosa de Getsemaní. No es solo una flor. Es símbolo de lucha, de dolor, de belleza que resiste. Es la memoria viva de una mujer que hizo de la palabra un acto de amor y rebeldía. La rosa permanece, como permanece ella, entre nosotros, en la tierra, en el idioma, en el latido.

Y yo, frente a esa cama, frente a esa rosa, sentí que el tiempo se detenía. Que el mar, ese mar que ella buscaba, estaba allí, dentro de mí.

Salí de la casa sin hablar. Solo miré hacia atrás, y la casa me pareció sonreírme, como quien sabe que ha sido comprendida.