CAPÍTULO VIII DE ‘HATROZ’.- EL DESEO

Rafo pasó unos años oscuros y un tanto descontrolados. Él no me quiere decir con exactitud los años en los que perdió el norte y se sumergió en un carrusel de bares nocturnos de mínima categoría. Él, que siempre se ha esmerado en aparentar una estética elegante y cuidada, durante esos años encontró una serie de pubs en los que las noches eran anárquicas y desmesuradas en todo momento.

El aire en el club es un denso cóctel de humo, sudor y perfume barato, pero Rafo solo percibía la presencia de Soledad. La había visto días antes, pero nunca se había atrevido a dirigirse a ella.

Está al otro lado de la pista, perfila una silueta que se mueve con la música, su vestido rojo es una segunda piel que promete más de lo que cubre. Rafo, se sorprende como si hubiera intercedido Zeus, porque acepta su invitación en forma de guiño de ojo prolongado. Se autoengaña y se justifica a sí mismo diciendo que es por pura curiosidad. Pero ahora, viéndola más cerca, el huroneo se transforma en algo más visceral. Su figura voluptuosa se realza con un elegante traje rojo entallado que abraza sus curvas con precisión y confianza. El escote sutil insinúa sin exagerar, mientras que la tela satinada resplandece bajo la luz, revelando un equilibrio entre vulgaridad y sensualidad. Ese escote del traje es pronunciado pero cuidado, mostrando lo justo con una clase chabacana y tosca. Las mangas ajustadas enmarcan sus brazos firmes, mientras que la cintura entallada resalta la forma de reloj de arena que define su figura. El vestido, de caída recta hasta la rodilla o quizá con una ligera abertura lateral, sugiere movimiento con cada paso que da, dejando entrever unas piernas torneadas que se elevan sobre unos tacones altos, desgastados y afilados.

Su cabello cae en cascada, largo y ondulado, oscuro como la noche o quizás teñido en tonos caoba que brillan bajo la luz. Se mueve con una mezcla de poder y sensualidad que no necesita exageración: basta su andar firme, el vaivén sutil de sus rudas caderas, la mirada segura con la que recorre el lugar. Sus ojos, intensos y ligeramente entrecerrados, parecen analizarlo todo, y sus labios, gruesos y perfectamente delineados en rojo profundo, se curvan en una sonrisa enigmática, cargada de intención.

Su presencia impone sin esfuerzo. No necesita levantar la voz ni hacer gestos exagerados para ser notada; de hecho, el silencio le sienta bien. Donde ella está, el ambiente cambia: las conversaciones bajan de volumen, las miradas se desvían hacia ella, y hay un aire de expectación, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.

Más que bella es poderosa y contundente. Hay una fuerza interna en su forma de estar que hace evidente que no busca agradar: se viste de rojo porque quiere, se muestra porque lo elige, y su estilo refleja una confianza que no se aprende, se conquista. Es el tipo de mujer que no se olvida fácilmente, no por lo que dice, sino por lo que transmite de impudicia.

Soledad se abrió paso entre los cuerpos. Cada paso, una provocación silenciosa. Cuando se detuvo frente a Rafo, el espacio entre ellos vibró con una electricidad palpable. Su voz, un susurro ronco apenas audible sobre el estruendo de la música, le llegó directamente al oído.

―Rafo, pensé que te acobardarías. Me he equivocado. Nos vimos el otro día en una situación semejante y estaba convencida de que no querías nada conmigo.

Una sonrisa ladeada y peligrosa apareció en el rostro de Rafo.

―Nunca me subestimes, Soledad. Especialmente cuando hay un desafío de por medio. Y menos si el desafío eres tú. ¿O ya no te acuerdas cómo te despediste? Hablaste de un desafío. Yo me escaqueé. Estoy arrepentido.

Ella soltó una risa baja y gutural, un sonido que se deslizó por su piel como el licor.

―Me gusta eso. La noche es larga, Rafo. Y mis ganas… insaciables. Se deslizó un poco más cerca, su muslo rozando el suyo a través de la tela. El calor que emanaba de ella era un fuego que amenazaba con consumirlo.

―¿Y qué tienes en mente, Soledad?, preguntó Rafo, con voz más grave, y una mirada fija en el leve temblor de sus pechos bajo el vestido.

Soledad inclinó la cabeza, su cabello oscuro y suelto le rozó el cuello, erizando los vellos de su nuca.

―Lo que te atrevas a imaginar. Pero primero, un pequeño juego. De su diminuto bolso sacó una flor de jazmín y, con una lentitud exasperante, la acercó a la solapa de la chaqueta de Rafo.

El aroma embriagador del jazmín llenó el espacio entre ellos, mezclándose con el de su propia piel. Sus dedos, finos y seguros, se demoraron en la solapa, la punta de uno de ellos rozando apenas la tela de su camisa, casi tocando su pecho. Rafo contuvo el aliento. La cercanía era una tortura para él porque su cuerpo no era la de un hombre fornido y vigoroso, como esperaba ella. La intensidad de sus ojos, una invitación descarada.

―Estas son las reglas del juego, susurró ella, con unos ojos anhelantes de romper la distancia. No podemos tocarnos con las manos. Solo con la intención. Con la mirada. Con el deseo que no podemos nombrar. Y veremos quién se rompe primero.

Rafo sonrió, una sonrisa lenta y oscura.

―Me parece un juego interesante. Pero te advierto, Soledad, que soy un animal cuando me provocan en… soledad.

Ella se echó un poco hacia atrás, sus ojos explorando cada rasgo de su rostro, deteniéndose en sus labios, luego en sus ojos.

―Eso lo veremos. El premio es… la rendición total.

La noche avanzó, y el juego se transformó en una danza cruel y excitante. Sus miradas se cruzaban a través de la pista de baile, se buscaban en los reflejos, en las sombras. Rafo la observaba y pudo comprobar que cada movimiento de Soledad era una afrenta directa a su autocontrol. Ella, por su parte, le devolvía la mirada con una intensidad que prometía cada fantasía. El baile de Rafo era tosco, rudimentario y patán.

En un momento, cerca de la barra, Soledad deslizó su mano abierta por la espalda de Rafo, a apenas un milímetro de su piel, sin llegar a tocarlo. El calor que emanaba de su palma, la promesa de su tacto, fue una agonía deliciosa. Rafo sintió un escalofrío que le erizó el cuerpo. Se inclinó, su aliento caliente rozando su oreja.

―Estás jugando con fuego, Soledad.

Ella rio, un sonido bajo y ronco, mientras la mano aún suspendida, prolongaba la tortura. ―¿Y tú, Rafo? ¿Estás listo para quemarte?

La atmósfera estaba hirviendo. Cada palabra, cada mirada, cada respiración se sentía como una caricia prohibida. El juego de la contención se volvía más salvaje a cada minuto. La línea entre el deseo puro y la prohibición se desdibujaba, dejándolos a ambos prisioneros de su propio desafío.

Los minutos se estiraban como horas, cada uno cargado de una tensión casi insoportable. Rafo vio a Soledad bailar, la tela roja del vestido tensándose con cada giro, revelando y ocultando. Sus caderas se movían con una cadencia hipnótica, una invitación silenciosa que él sentía en cada fibra de su ser. Él la siguió con la mirada, notando cómo su cabello oscuro se agitaba, revelando la curva de su cuello, una línea delicada que él anhelaba explorar.

En un instante, mientras la música cambiaba a un ritmo más lento y sensual, Soledad se acercó de nuevo. Esta vez, se detuvo tan cerca que Rafo pudo sentir el calor de su aliento en su cuello. No había espacio entre ellos para el aire, solo para la electricidad cruda.

―¿Sigues en pie, Rafo?, susurró, su voz como una seda enardecida y su aliento cosquilleando su piel.

Rafo se obligó a responder con una voz que parecía un ronquido bajo.

―Aún de pie, Soledad. ¿Y tú? Pareces… tentada. Veo que caes tú primero.

Una sonrisa maliciosa se extendió por sus labios.

―Siempre. Pero el juego es el juego.

Sus ojos, oscuros y brillantes, bajaron por su pecho, demorándose en el nudo de su corbata, húmedo por el sudor que los invadía. A Soledad le atraía ese aroma y la excitaba verle la camisa ligeramente desabrochada. Se inclinó un poco más, y Rafo juró que sintió la ligera presión de su pecho contra el suyo, una presión tan sutil que podría haberla imaginado.

Entonces, con un movimiento casi imperceptible, Soledad deslizó su pie. La punta de su zapato de tacón rozó el interior del muslo de Rafo, justo donde la tela del pantalón se hacía más delgada. Fue un roce fugaz, un destello, pero el efecto fue devastador. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y su pulso se aceleró.

Rafo cerró los ojos por un instante, saboreando la prohibición y la promesa de ese contacto. Cuando los abrió, Soledad lo miraba, sus labios curvados en una sonrisa triunfante, sus ojos una chispa de picardía. Ella había roto su propia regla, o al menos la había llevado al límite. Y él, Rafo, sintió una descarga de adrenalina que lo hizo anhelar más y la tocó, caliente y nada recatada.

―Tramposa, murmuró Rafo con una voz apenas audible.

Soledad se encogió de hombros, con una expresión inocente y diabólica a la vez.

―Son las reglas del juego, Rafo. Quien se rinde primero… pierde. Se alejó un paso, pero la huella de su roce, la promesa no cumplida, permanecía en el aire entre ellos, densa y casi insoportable.

La música del club pulsaba a su alrededor, pero Rafo solo escuchaba el eco de ese roce, el susurro de su voz, la promesa inaudita de lo que podría venir si el juego terminaba. El filo del deseo se había clavado hondo, y la noche, apenas comenzaba.

Ella, en el umbral de la puerta del club, lo miraba ansiosa y sin vergüenza alguna. Rafo dudó, pero se acercó a la barra, pagó las consumiciones y salió camino de la estela que había dejado Soledad. Por el aroma era muy fácil seguirla.

Al día siguiente, en el colegio, cuando lo vieron con una cara con unas gigantescas ojeras, sus compañeras le preguntaron reiteradas veces por la causa de dichos socavones. El, con una elegancia proverbial les dijo:

―Ha sido una noche muy personal. Lo que pasó (o no pasó) no tiene nada que ver con el colegio. A veces las cosas simplemente fluyen de una manera sorprendente, y no hay necesidad de hurgar en ello.

―Pero…¿la conocemos?

―¿A quién?

Y recogió sus libros para seguir con las clases que marcaba su horario. 

MUJER VIVA

Mujer viva, única, hecha de carne y viento, cuerpo de secreto y de nostalgia, llevas en el aliento palabras que solo los corazones heridos saben descifrar. Me acerco a ti con los ojos en alto, buscando en el cielo un jardín de rosales limpios, y traigo en los labios un canto nacido en el regazo de tu estrella.

El rumor de tu piel roza la mía, y un placer antiguo, profundo, recorre cada rincón de mi cuerpo. Sé que aún es pronto para hablarte de un buen guiso o de una fragua de penas bien trabajada. Pero mi pecho está lleno de quejas dulces, de sueños desnudos y de quimeras que apenas echan hoja.

Estoy frente a ti, desnudo de miedo, lleno de esperanza, con la certeza de que un día tomarás mis manos y reconocerás en ellas el fuego de la pasión que me habita. Por eso deseo que alguien —una mujer como tú— quiera escuchar, en el secreto de mi alcoba, el blanco rumor de una cantiga bien hecha, semilla viva de nuestra tierra.

Silencio de monasterio. Nadie me escucha. Nadie me habla. Solo el latido de tus pechos soñados, velados, que rozan mis labios como caricias de viento. 

CAPÍTULO VII DE ‘HATROZ’.- CONFORT

Rafo desconocía el concepto de zona de confort. En su adolescencia no se había planteado nunca que existiera otro mundo al margen del de su familia y su entorno más cercano. Cuando en la infancia visitó por motivos festivos la casa de algún compañero siempre daba la casualidad de que ese hogar respiraba el mismo ambiente que el suyo.

En los cursos del Instituto Calderón de la Barca sí que vio retales de otro mundo, el de los derrotados en la guerra civil, pero no llegó a conocer que eso afectara a un número considerable de españoles. En su casa siempre le hablaron de una minoría y la palabra maquis era sinónimo de guerrilleros antifranquistas que estaban fuera de la ley y que había que detenerlos para ser juzgados. Le hablaron de los que vivían escondidos en los montes de las provincias de León y Zamora y que atacaban esporádicamente organizados en partidas de combatientes. Pasados tres años de una “merendola” en casa de José Antonio ―curioso nombre que recordaba al fundador de la Falange― le vinieron a la mente una serie de palabras que escuchó en boca del padre y que su familia no pudo ―o no quiso― aclararle: justicia histórica, la construcción del Valle de los Caídos, republicano, dictadura, ley de vagos y maleantes, terror rojo y terror blanco…

En este ambiente transcurría el mes de noviembre y como un goteo permanente las noticias sobre la salud de Franco. Todas las conversaciones de mi padre giraban en torno a tres pilares básicos:  sus pacientes, el estado anímico de mi madre y la salud del Generalísimo. ¿Los estudios de Rafo? También eran una fuente de preocupaciones. Todas las mañanas José María se levantaba, ponía la radio, se afeitaba y se bañaba con agua fría. Y un día de esos que parecía otro más la noticia explotó:

Franco ha muerto.

La voz del locutor de Radio Nacional de España, de una gravedad inusitada, y tras un silencio muy significativo, a las 6:30 horas de la mañana del 20 de noviembre de 1975, retumbó, y no por no esperada, cual cohetería fallera en el día de la fiesta mayor, en la casa de la familia de Rafo. El padre de familia se quedó mirando la radio con una expresión de tristeza y preocupación. Terminó de lavarse los dientes y decidió que había que despertar a su mujer e hijos para rezar una breve oración en memoria del Jefe de Estado que les había proporcionado cuarenta años de paz.

Sentados frente al televisor, y a la espera de que hablara Arias Navarro, presidente del gobierno por entonces, los cuatro miembros de la familia miraban fijamente al suelo como queriendo asimilar tan luctuosa noticia.

Lola, la hija mayor, se tocaba constantemente el pelo en un ademán que manifestaba unos nervios a flor de piel. Era consciente, mucho más que el hermano, de que en esos instantes, hasta en lo más insignificante, debía hacer alarde de ese complace familiar que llevaba como una losa y que había empezado a trabajar sin resultado alguno por el momento. Sabía que no estaban en una realidad cómoda y la controversia generacional, junto a un desconocimiento más que notable de la situación, podía saltar a la mínima oportunidad. Miraba con cariño a su madre y escuchaba con atención filial las palabras que estaba pronunciando su padre con una solemnidad casi pontificia. Supo controlar, con muchísimo esfuerzo ese destemplado pronto que le caracterizaba y que había heredado de la abuela paterna. Todo el mundo decía que esta buena mujer daba auténticos botes cuando se enfadaba por cualquier motivo, circunstancia que era muy frecuente. Lola, físicamente, era menuda y delgada. Había estado en tratamiento por un reconocido endocrino nutricionista, que con un marcado acento andaluz le decía una y otra vez cuando veía que no engordaba: ere mi fracaso, ere un granito de arró.

Rafo, el hijo, tenía una mirada que expresaba cierta vergüenza por tener dos sentimientos diametralmente opuestos: por un lado, el de tristeza, porque se olía que se iban a fastidiar sus salidas vespertinas durante unos días; por otro, el de su incapacidad para entender como un adulto el alcance de la noticia que había bloqueado emocionalmente a sus padres. En situaciones como esta es cuando se perciben con más nitidez los saltos generacionales.

Lola y Rafo compartían por ósmosis la ideología de sus padres. Eso decían al menos. Lola, por ser mayor, asimilaba mucho mejor las profecías de su padre cuando comentó días posteriores al luctuoso acontecimiento que alguien de muy alta condición iba a traicionar al régimen. Nunca aclaró si él aceptaría esa felonía como mal menor para España.

―Lo aclararé cuando las circunstancias lo exijan, dijo mientras la televisión proyectaba a un Arias Navarro demacrado, compungido y emocionado.

Como hijos obedientes que eran, no escatimaron esfuerzos en ello y junto a los progenitores y la familia habían asistido a todas los actos y manifestaciones que en esos últimos años se habían celebrado en Madrid en apoyo de Franco. ¡Harto difícil no dejarse llevar por la patriótica marea familiar! Nunca dudaron de que la España real era la que ellos vivían, la España que se sentía humillada por una Europa descristianizada, marxista y masona. ¿Había otra España, como insinuaba Cecilia en su canción? Su padre, después de la breve alocución del presidente del gobierno, les dijo con una suntuosidad única:

―Nunca olvidéis a los enemigos de España, que los hay y muchos. Pausa emotiva que nunca entendió el bisoño de Rafo. Me acabáis de escuchar el vaticino de una magna traición. Lo veremos. Ahora los conoceréis ―a los enemigos de España― porque saldrán de sus cómodos y calientes hogares y se atribuirán una lucha antifranquista que nadie ha visto ni intuido en estos últimos años.

Con estas palabras Lola y Rafo tuvieron una visión retrospectiva compartida y recordaron varias populosas manifestaciones que habían visto asustados por algunas de las principales arterias que bordeaban su vivienda en el Paseo de Santa María de la cabeza nº 1. En ellas habían oído con toda claridad gritos contra Franco y en favor de la huelga general. Su padre achacó dichos movimientos populares a reclamaciones puramente económicas por una crisis que afectaba a toda Europa. Rafo, por entonces, no se cuestionaba nada y escuchaba ―es un decir―, junto a su hermana, las peroratas dominicales de su querido padre. Su madre, ante tal «exhibición marxista», los tranquilizaba diciéndoles que esa tarde era mejor que se quedaran en casa y que rezaran por la salvación de España. Su madre sonreía interiormente cuando veía que aún sus palabras tenían el efecto planificado. ¿Cuánto durarán? Sólo Dios lo sabe.

En ese mundo vivían Lola y Rafo. Con una naturalidad difícil de entender hoy en día. Habría que aclarar que en aquellos tiempos no había ni internet, ni smartphone, ni cadenas de televisión privadas y el teléfono del domicilio estaba perfectamente controlado por los padres. El envoltorio en forma de zona de confort era muy sencillo de diseñar y ofrecía, en este caso, una gran fortaleza. Además, la inmadurez de Rafo, natural o planificada, le hacía no cuestionarse el porqué de unas manifestaciones que rodeaban regularmente la vivienda familiar en el populoso barrio de Atocha. Los dos hermanos no tenían la menor sospecha de que lo hacían dentro de una burbuja que había sido diseñada sin ninguna intención por unos padres que, desde su perspectiva sociológica, querían ofrecerles a sus hijos lo que ellos no tuvieron por causa de la trágica Guerra Civil. Pensaban que ese era el hábitat patrio de todos los españoles. Lola no podía intuir nada, o eso decía, porque, aunque ya estaba estudiando en la universidad la acomodada y prestigiosa carrera de Farmacia, las explicaciones de casa en torno a las protestas de los universitarios nunca le hicieron ver que había otra realidad paralela a la suya. Su carácter enérgico salpicado de arrepentimientos inmediatos, además de una educación muy tradicional, la convertían en una complaciente, geniuda y muy familiar hija. Se había llevado un desmesurado disgusto cuando la familia (aquí se pueden incluir muchos nombres) se opuso con negativa innegociable a que estudiara Magisterio. Lo vivido el 20 de noviembre la convenció con una ligera rapidez que tenía que ejercer en casa el papel que habían diseñado sus padres con cariño y cierto sesgo carpetovetónico para los momentos trágicos. En este terreno a Rafo había que darle de comer aparte. Parecía que no vivían en la misma casa. Rafo estaba verde ―en todos los significados de la palabra, menos el fisiológico― como ese adulto que a escondidas se quedaba prendado sin comprensión alguna de Epi y Blas en Barrio Sésamo y de Fofó, el payaso favorito de la época.

José María, el padre, con la constancia del trabajador infatigable que era, les había explicado en varias ocasiones los motivos de la Guerra Civil y los posteriores y gratificantes cuarenta años de paz. Cierto es que «algo diferente» creían ver los domingos cuando iban a misa a la iglesia de los salesianos en la Ronda de Atocha y los conocidos de mis padres los abordaban con comentarios insidiosos, según él; a la par que le enseñaban radiografías o analíticas para que manifestara su certera opinión. Esto último, la imagen de José María analizando una radiografía en medio del atrio eclesial, lo hacía con verdadera devoción médica.

―Son pequeños reductos de insubordinación porque no todo el mundo puede estar contento, decía el padre al llegar a casa.

Los hijos miraban y escuchaban con interés el relato paterno, pero el progenitor no las tenía todas consigo porque veía mucha inquietud, especialmente, en el rostro de Rafo. No podía imaginar que tal desazón estuviera motivada por causas muy diferentes.

―Lo mismo están influyendo en él algunos desafortunadísimos comentarios que algunos feligreses sueltan sin ningún miramiento al final de la misa en el pórtico de la parroquia, le decía a su mujer.

La realidad era que, a los diecisiete años, cuando las hormonas ya estaban en acción, era complicadísimo mantener viva la atención por mucho que el tema fuera trascendental para el suelo patrio, como le gustaba decir a un vecino que con toda seguridad estaba por el cuarto o quinto rosario de los misterios dolorosos.

José María era médico de profesión. Un médico de vocación filantrópica. Desde las 7 de la mañana hasta la hora que fuera, incluidos los sábados por la mañana, siempre en el quirófano, y los domingos por la mañana, ocupados en un inacabable rosario de visitas de pacientes suyos o de familiares y allegados. Siempre fue un modelo para sus hijos, que veían en él a una persona que no pensaba nunca en la remuneración de sus intervenciones y sí en la sanación de los enfermos. Veían en él la filantropía en estado puro. Palabra que buscó con ansia en el diccionario cuando la oyó por primera vez Rafo. La consulta que tenía todas las tardes de 4 a 6 en su casa era gratuita y era muy frecuente en él, cuando el paciente no tenía recursos económicos, realizar sin sus honorarios la necesaria operación con el único coste del anestesista y del sanatorio por parte del enfermo. Siempre se rigió por un nunca dejes de atender a un paciente por dinero. Jamás pensó en la remuneración económica. Muchos amigos y colegas le decían abiertamente que era «tonto», pero él tenía muy claro que su verdadera vocación arruinaba cualquier embrujo económico. Cuando falleció y publicitaron la necesidad urgente de un sustituto en la Mutualidad de futbolistas, hubo muchas renuncias entre los candidatos porque el sueldo que ofrecían, ese que recibía religiosamente el fallecido sin queja alguna, descubrieron que era una insignificancia. Una merda, dijo alguno de raíces gallegas.

En su largo historial médico había pacientes de toda índole: los propios de sus consultas, familiares, amigos, cualquier enfermo que se acercara a él con la mediación de un familiar o amigo, personajes televisivos… Un sobrino suyo ―también de apellido Máiz―, excelente médico en la actualidad, les ha comentado a los hijos que cada vez que escuchan su apellido le preguntan si tiene alguna relación familiar con el doctor Máiz Bermejo, fallecido el 18 de enero del 2002.

Una de las imágenes de su padre, de los hijos de José María, era verlo, a eso de las 11 de la noche, sentado en su despacho, estudiando las últimas novedades que se iban produciendo en traumatología y en cirugía general. El médico tiene que estar al día, decía.

Mención aparte merece su carácter. Fuerte, impulsivo y de un pronto que hacía retumbar los cimientos de la casa. A los cinco segundos caía en un arrepentimiento que era muy poco comprendido por algunos miembros de la familia; los cuales, con comentarios sibilinos y acerados, rechazaban radicalmente ese temperamento. No se sabe si este ―o la venta de La Peregrina― fue el motivo por el cual en los últimos años de su jubilación ―cuentan Lola y Rafo― cogía el teléfono pensando en que alguien llamaba preguntando por él y sólo se encontraba con el silencio más absoluto. También recuerdan los hijos con mucha pena las lágrimas que le producían a su padre las vivencias del último verano en Bertamiráns, en el 1993.     

José María les transmitió el miércoles por la noche previo al fallecimiento, cuando un amigo personal le comunicó que no había sanación posible en la enfermedad terminal de Franco, que el infausto momento había llegado. Llevaban varios días anunciando la muerte del Jefe del Estado, pero ese día no llegaba, aunque parecía que estaba al caer. Ante el silencio filial de Lola y el nerviosismo del hijo ―los diecisiete años le bullían en su interior como una cafetera a punto de estallar― insistió en el argumentario más que conocido de los domingos después de comer. Pero Rafo era incapaz de quitarse de la cabeza la importante cita que había concertado con una amiga y que era la causa positiva de sus últimos desvelos y sufrimientos.

Rafo sabía jugar muy bien las cartas con su padre. O eso creía él, más bien. Para sus padres la cita era con una amiga que era, como gran parte de su familia, más franquista que Franco. Tranquilidad familiar por ello. Ella, les teatralizaba como nadie el adolescente a sus padres, sí ha bebido y digerido con sanísima asunción la ideología del momento.

―Es lo normal, papá. Queremos comentar los últimos acontecimientos.

Semanas más tardes se percató de todo lo contrario y pudo conocer en primera persona la traición que estaba en boca de su padre por esas fechas.

Rafo, con el pasar de los años, y con una lentitud que hoy se podría calificar de premiosa, llegó a la conclusión de que en él se había producido, con la naturalidad de la época, una profundísima ideologización ―como he dicho antes― por ósmosis. La primera vez que se lo dijo a un primo suyo, se llevaban como hermanos, tuvieron una discusión colosal que sólo supieron atemperar con las cañas de La Cruz Blanca.

Pero la realidad era muy distinta, muy diferente. Con quien había quedado era con una compañera de COU, que después de un sinfín de equívocos, producidos todos ellos por la inmadurez congénita de Rafo, le había respondido afirmativamente a la última proposición de salir. Guapa, sincera, espontánea y con unas ganas locas de comerse el mundo, mientras él era un atribulado y tímido joven que siempre pensaba que era el más feo, el más soso y el peor vestido de cualquier fiesta o reunión. Esta joven, que se llamaba Marisa, lo impulsaba a que tomara las riendas de su vida, a que dejara ese complace familiar que lo estaba machacando.

―Parece que te tienen en casa entre algodones. Fuera de tu zona de confort hace mucho frío, le decía ella, pero hay muy buenos abrigos y un sinfín de coyunturas que tú tendrás que valorar.

Rafo, junto a ella, se bebía el mundo a grandísimos sorbos, pero cuando estaba solo no sabía ni dar un paso, fruto de una educación muy paternalista y complaciente, a no ser que fuera después de haber consumido unas cuantas cervezas.

En las calles había una efervescencia inusual. Parecía que todos los viandantes, muchos de ellos mirando al suelo, tenían algo importantísimo que realizar en esas primeras horas de la mañana. Posteriormente, en un mismo bar convivirían el aperitivo que unos pocos se podían permitir entre semana o la rutinaria comida de día laborable que otros tenían obligatoriamente que realizar. A la hora del desayuno, en ese lugar común para los madrileños, convivían ese significativo e inolvidable jueves diferentes pareceres. Los que peligrosamente bromeaban de la situación con el viejo chiste de «a la mierda el régimen», y se lanzaban a comer grasientos aperitivos, los que mostraban una indiferencia absoluta y sólo pensaban con preocupación en la endeblez de su trabajo, en su novia o en las infinitas letras del piso que aún le quedaban por pagar y por último los que, plenamente convencidos del día aciago que estaban viviendo, llevaban corbata negra o se colocaron antes de salir de casa en la manga derecha a la altura del bíceps una cinta negra en señal de luto. Eso sí los desayunos caseros, por un motivo o por otro, se seguían sirviendo a un ritmo endiablado y muy vivo.

El portero de la casa en la que vivía la familia de Rafo, excombatiente en Teruel, con una diligencia casi pareja al horario de la muerte de Franco, se había encargado de cerrar la hoja derecha del portal como símbolo del luto que iban a vivir en los siguientes días. Ningún vecino podía dudar de su fidelidad al régimen. Sorpresivamente vio cómo entre los vecinos de la casa, tras unas semanas de exteriorizada aflicción, empezaron a surgir demócratas de toda la vida. Y el silencio se apoderó de él porque no quiso, a partir de esos momentos, que los vecinos lo situaran ideológicamente. Se preveían tiempos revueltos y de muy difícil pronóstico. La mujer, ya entrada en edad, desde que apenas cumplió los treinta años no conocía otro color que no fuera el negro riguroso de luto o el gris de alivio de luto, pues desde esa temprana edad en su familia se habían encadenado con fechas muy estratégicas varios fallecimientos.

―Estoy presa de la cadena del luto, decía ella con resignación a la madre de Rafo. Aunque, lo que realmente me mata es esta bili que se me sube asín a la boca después de comer. Tendré que hablar con su marido. Y la pobre mujer se acostaba todas las noches muy revuelta. 

EDUARDO TEJERO, UN BUEN MAESTRO (IN MEMORIAM)

Un deber de gratitud me obliga a subrayar como uno de mis mejores profesores de mi época de estudiante universitario a Eduardo Tejero. Del mundo del verso yo no sé nada que él no supiera; ni sé, ciertamente, todo lo que él sabía. Una buena enseñanza de la literatura nos dice mucho sobre el profesor y nos funde con ella para siempre; una mala enseñanza nos aleja irremisiblemente de la lectura. Cuando comencé a estudiar Magisterio, yo estaba enteramente convencido de que “lo mío” era la enseñanza de los niños. Me agradaba la idea de ser un buen maestro, pues detestaba formar en el futuro charlatanes y no personas con pensamiento autónomo y juicio crítico.

Por eso hablo aquí de Eduardo Tejero. Desde el primer día nos dijo que la vida se hacía viviendo, y que nuestro camino en el campo de la enseñanza venía señalado por nuestra vocación de buenos caminantes. En aquel tiempo su aspecto era el de un hombre bueno y joven. Una mirada cálida y cordial, una barba muy cuidada, unas mejillas rojas y una voz sugerente y arrulladora. Aún recuerdo aquellos versos de Machado: “soy —es—, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

También recuerdo su primer día de clase en la escuela de Magisterio. El murmullo de la novedad se palpaba en el aula y la inquietud por la nueva “cara” nos tenía en un desasosiego tangible. Y por fin entró en clase.

Con escrutadora tranquilidad nos sentamos en las sillas formando un pequeño círculo alrededor de él. Después de unas acogedoras palabras de presentación nos habló del placer de la lectura y nos dijo “que la lectura es un acto creador casi tan importante como la propia escritura”. Entonces abrió un libro muy viejo que tenía en las manos desde que había entrado en el aula. Explicó que era una antología de poesía española que había comprado cuando era joven.

—¡Qué descuidado es! —dijo una compañera poco sensible.

Yo comenté que no, que un libro comprado en la adolescencia que había llegado a la madurez, aunque ya muy sobado, era símbolo de mucho trabajo y de un aprovechado uso por parte del dueño; era el espejo de un carácter lírico y cuidadosamente apasionado. Lentamente lo abrió y comenzó a recitar un poema de Don Denís, el rey del verso.

Todos quedamos sumergidos en un silencio y admiración evidentes. Hoy, en la distancia, pero no en el olvido, recuerdo que salí corriendo para comprar aquella antología. Aún la conservo.

Y cuando escribí mi primer poemario le pedí que me hiciera el prólogo, era lo justo.

Fueron unas palabras cordiales y muy acertadas, en un certero análisis de afecto y amistad.

Por eso mismo, querido Eduardo, en estos momentos en los que cuesta una enormidad levantarse cada mañana, y en los que el tren de la vida camina por una vía lenta y llena de obstáculos, quiero decirte aquellos versos míos que tú escogiste para el prólogo: que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía. Gracias, Eduardo.

LA FRUSTRACIÓN DE UN ESCRITOR

Un día de pérdida emocional paseando por un pueblo de la sierra madrileña me encontré a un hombre llamado Tomás, el cual habitaba una pequeña casa a los pies de una montaña y rodeado de un espeso bosque.

Desde que era un niño, Tomás experimentó una atracción especial por las historias, por las narraciones que podían capturar su alma y despertar sus emociones. Disfrutaba conversando con los habitantes del pueblo y escuchando sus historias, que él las convertía con suma precisión en cortos relatos con los que transmitir una amplia gama de emociones a sus futuros lectores. Una de las que más le emocionó fue la de un pastor analfabeto que quiso emular ―y lo logró― a Miguel Hernández cuando le contaron que desde un analfabetismo similar logró convertirse en uno de los poetas españoles de más renombre.

Sin embargo, cada vez que finalizaba una historia sentía una especie de pérdida: sentía que estaba perdiendo una parte de sí mismo. Al concluirla, como había invertido en ella tanto tiempo y esfuerzo parecía que desaparecía parte de su vida. Se sentía traicionado, se sentía un hombre abandonado porque cada historia terminada era un hijo perdido.

Tomás trabajaba en una fábrica, donde cientos de obreros producían en cadena millares de engranajes que se montaban del mismo modo cuando faltaba por enfermedad y era sustituido por otro trabajador. El resultado era exactamente el mismo. No se notaba su ausencia. Sus «sobresalientes» manipulaciones, imposibles de diferenciar formaban parte de una casi interminable cadena de ensamblajes de piezas perfectamente uniformadas.

Cada día que pasaba como un ser alienado, su alegría iba disminuyendo. Tomás anhelaba en lo profundo de su ser escribir un gran libro que le permitiera, con sus ganancias cruzar las montañas que le aprisionaban como si fuera Edmundo Dantes y viajar por todo el mundo.

Pero el libro no podía ser un libro cualquiera, no. Tenía que ser un libro con historias que pudieran reflejar la pasión, la integridad y la moderación del mundo que él soñaba gobernar. Aunque cada mañana se despertaba con la misma presión en el pecho, con la misma dosis de frustración como parte de su rutina diaria.

El día de su cumpleaños, que se sintió especialmente impulsado por un deseo más fuerte de cambio, decidió acercarse a un bosque cercano para caminar entre los árboles y escuchar la irrepetible música que componían las hojas secas cuando eran pisadas por sus aún vitales pies. Inesperadamente descubrió algo increíble: un diario olvidado en un lateral del camino que él recorría con tanta frecuencia. Lo cogió impulsivamente, como un niño las chuches en una tienda de caramelos. Las páginas, escritas con una letra del siglo pasado, contenían cuentos de viajeros y soñadores de principios del siglo XX. Movido por una exacerbada curiosidad, comenzó a leer el libro. Cada día, una historia. Todas diferentes.  

Experimentó tal emoción que, con una energía que no había sentido en años, tomó una decisión radical y tajante: dejaré mi fábrica, se dijo para sí.

Llenó la maleta de ropa vieja y sueños nuevos. Tomás viajó por todo el mundo. Conoció a gente de todas partes y de todos los colores: familias similares a la suya, personas solitarias, campesinos trabajadores, individuos violentos y algunos con los que fue imposible comunicarse.  

Entre ese variopinto mundo se encontró con una pintora que había abandonado su trabajo en la oficina y se había convertido en una brillantísima ilustradora. Conoció a un músico que interpretaba melodías en plazas de incontables ciudades y a un escritor de éxito que dejó también su trabajo después de mil dudas. Cientos de publicaciones vendidas. Cada historia que escribía mostraba una perspectiva diferente. Hablaban de la audacia, la longevidad, la persecución de los propios sueños o los arrebatos de una vida arruinada por la pereza.

Inspirado por todas esas experiencias, Tomás comenzó a escribir historias sobre su pasado. Fragmentos de su alma perdida, piezas que reflejaban las dudas que lo atormentaban desde hacía años, la envidia de una vida mejor, la soledad elegida pero tormentosa, sus conversaciones con la naturaleza y la posible inexistencia de Dios.

Cada vez que algo de su memoria lo impactaba, lo convertía en palabras.

Cuando Tomás, después de mucho tiempo, regresó a su pueblo, no era el mismo hombre confundido y vergonzoso. Se sintió realmente agradecido por todo, sabiendo que ese libro encontrado al azar en un camino perdido le dio las fuerzas suficientes para escuchar su propia voz.

Tomás, después de todo lo vivido, escribió un libro sobre la frustración humana. Escribió cómo la vida puede ser diferente. Nuestros sueños, decía, duermen en nuestro interior sin que los percibamos durante mucho tiempo, hasta que un desconocido detonante los despierta. Él encontró su mayor éxito en su dolor más íntimo: descubrió que la frustración a veces no es solo un muro insalvable, sino que también puede ser una inspiradora señal que ilumine ese camino que nunca nos atrevimos a transitar.