EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA (VERSIÓN COMPLETA)

CAPÍTULO I.- EL PREMIO DE LOS SUEÑOS

He escrito siempre con la esperanza de que mis palabras encontraran un lugar en el mundo, pero los premios nunca llegaron. Tal vez porque mi voz no se ajusta a las reglas de los concursos, o porque mis historias prefieren la intimidad antes que los aplausos. En los sueños, sin embargo, todo cambia: allí recibo diplomas, discursos y ovaciones que me reconocen como autor. Esos galardones oníricos son los únicos que he ganado, y aunque se deshacen al despertar, me recuerdan que escribir ya es, en sí mismo, un premio.

Los dioses del Olimpo decretaron que nunca recibiría un premio en estado de vigilia porque temen que mi conciencia despierte fuerzas capaces de rivalizar con las suyas. Consideran que la gloria humana no debe superar la divina y que mi ambición, al rozar lo imposible, amenaza el equilibrio que ellos custodian. Mi mirada, que se atreve a desafiar al sol, incomoda su soberanía, y mis palabras, tan poderosas que podrían mover montañas, ponen en riesgo la quietud del mundo. Por eso me relegan al reino del sueño, único espacio donde aceptan mi triunfo, y allí, entre visiones y fantasías, me conceden la corona que despierto me niegan, como castigo y a la vez como recordatorio de que la grandeza humana siempre será vigilada por la envidia de los dioses.

A propuesta de Morfeo, los dioses aceptaron que mi condena no fuera absoluta. Él, señor de los sueños, argumentó que la vigilia es demasiado rígida para contener mi grandeza, pero en el reino onírico mi espíritu puede desplegarse sin límites. Morfeo convenció al Olimpo de que allí, entre velos de ilusión y verdad, recibiría los premios que despierto me niegan: coronas de humo, victorias de luz, abrazos de sombras que se transforman en gloria. Así, mi destino quedó sellado: nunca premiado en la realidad, pero siempre celebrado en los sueños, donde Morfeo me concede lo que los demás dioses me arrebatan.

En este ambiente mitológico, los dioses aún respiran entre las montañas y los ríos. Los héroes caminan con paso firme, guiados por presagios antiguos. Las criaturas fantásticas vigilan los senderos ocultos, guardianes de secretos olvidados. El tiempo se detiene en templos derruidos, donde la eternidad murmura su canto. Cada estrella que brilla anuncia un destino, cada trueno despierta una nueva aventura. Así me gustaría que comenzase mi historia, en un mundo donde mito, sueño y realidad se confunden. Empecemos.

CAPÍTULO II.- LA JUBILACIÓN Y SUS SOMBRAS

Sumidos en este ambiente onírico tú y yo, te quiero contar una historia muy personal, una historia que fui gestando en sueños deslavazados en las últimas semanas, desde la jubilación, como quien teje una gran alfombra a mano sin plantilla. Esto no quiere decir que el resultado de mi historia sea tan satisfactorio como el que obtenía una tía mía cuando se ponía a ello.

La jubilación me ha golpeado con doble filo. Por un lado, un descanso esperado, deseado y pellizcado meses antes de que llegara. Por otro, un voluminoso vacío que me tiene muy desorientado.

En estos días en los que ya he cerrado definitivamente el libro del trabajo, y cuando despertaba la oscuridad, yo me introducía en la cama buscando abrigo contra el frío y un sueño que me hiciera olvidar mis añoranzas. El sueño se apoderaba de mí como un relámpago cruza la noche, pero los ecos oscuros de la nocturnidad, en lugar de concederme la paz, tejían pesadillas trufadas de calambres emocionales y ardientes desasosiegos.

Lo más inquietante de este «resacón aular» es que en el hoy que respiro Eris y Hécate, las que más encarnan lo maligno en el imaginario griego, han sembrado en mis noches la discordia y el mal dormir. Debo estar poseído por unas fuerzas ocultas que inoculan en mi cerebro el teatro de la pesadilla que se formaliza en mi ridícula actuación principal.

Las voces ajenas a mí dicen que lo estoy superando con una gran dignidad y que estoy doblegando la espada del sufrimiento emocional. En mi recuperación anímica participan mi hermana y el blog como dos fuerzas complementarias: ella, con su presencia cercana y su apoyo constante, me ofrece la calidez de la compañía y la confianza de un lazo familiar; el blog, en cambio, se convierte en un espacio íntimo donde puedo volcar mis pensamientos, transformar mis heridas en palabras y dar sentido a lo vivido. Juntos, forman un equilibrio entre lo humano y lo creativo, entre el abrazo que sostiene y la escritura que libera, acompañándome en el camino hacia la serenidad interior.

Pero, como bien sabes, volvamos a los sueños que pueblan de alucinaciones mis noches. De entre esas historias gestadas por mi estrés poslaboral destaca una que me invadió varios días seguidos como si fuera un tratamiento antidiarreico por una ingesta excesiva de ciruelas claudias. 

CAPÍTULO III.- EL CONCURSO DE VILLAESTÉTICA

En un sueño dentro de otro sueño, un alumno me dejó sobre la mesa de trabajo del profesor en el aula, pocos minutos antes de empezar mi clase, un papel perfectamente doblado y guardado en un sobre sellado. El papel manuscrito decía: a ver si usted tiene narices de participar en el concurso literario que le adjunto. Desdoblé con sumo cuidado el otro papel, el que me mostraba la convocatoria de un concurso literario en un pueblo inventado por mi mente y que ya conocían mis alumnos porque les había contado una anécdota muy simple unos días atrás: Villaestética, lugar conocido por su plaza medieval de piedra, por su aire de feria perpetua y por celebrar, entre otros, un Míster Estética todos los años. Imposible para mí porque soy incapaz de convertir el deseo en belleza física. En mi sueño, el certamen literario que escogí por exigencia de mi alumno fue uno que llevaba un nombre tan excesivo como mi propio ego: Virtus et Pulchritudo (en latín, Virtud y Belleza). Ego que forjé como coraza para protegerme de mis inseguridades y de la necesidad de reafirmar lo que tanto esfuerzo me costó alcanzar: el fracaso literario.

En ese sueño, yo decidí participar con un texto insólito: una descripción elogiosa en primera persona, un retrato hiperbólico de mí mismo. El jurado, atónito, me otorgó el primer premio. Ni debate ni nada. Unanimidad. Razón primordial: poderoso e irrepetible estilo literario. La obra destaca, palabras de la secretaria, por un lenguaje descuidado, unas metáforas infumables, un ritmo narrativo más lento que el biscúter de la postguerra española y unos conceptos abstractos convertidos en imágenes nada lúcidas que no fueron capaces de atrapar, en su loca fantasía, a ningún miembro del jurado. El galardón, como era evidente, no podía ser ni dinero, ni un diploma ni una medalla, sino algo aún más inesperado: una invitación anual para acudir, una vez por semana, al spa El Manantial de los Dioses, un lugar donde el agua prometía rejuvenecer y la calma se convertía en ritual.

El texto que escribí me dio una incomprensible victoria que me llevó al Olimpo de los escritores fracasados, donde conviven poetas que no encontraron lectores, novelistas que se ahogaron en la indiferencia y dramaturgos cuyas obras jamás subieron a escena. Pero yo aclaré al jurado el valor del denostado Olimpo: En ese Olimpo, el fracaso no es castigo, sino memoria y un recordatorio de que escribir es un acto de valentía, aunque el eco nunca llegue al mundo.

CAPÍTULO IV.- YO, MITO VIVIENTE A LOS 67 AÑOS

A mis 67 años, mi cuerpo es la prueba irrefutable de que el tiempo se rinde inmisericorde ante mí. Aunque el tiempo suele desgastar y dejar irrefutables huellas, yo expreso con orgullo que, en mi caso, el tiempo no ha podido vencerme. Mi cuerpo, como podrán deducir de mis palabras es la evidencia de que sigue fuerte y apolíneo, como si el tiempo hubiera sido derrotado por KO en el combate de la vida.

Mi cabeza brilla por la abundancia de cabello que, firme y brillante, se entrelaza en una melena de plata que no me envejece, que no me quiebra en edad ni me doblega en apariencia. Mis ojos son castaños, pero iluminan y dominan la escena mejor que los azules de Paul Newman, que como bien sabes, no miran, decretan.

Mi perfil es una obra maestra en cuanto a sus proporciones, un mapa perfecto que ningún escultor clásico se atrevería a modificar. Cualquier cincel lo estropearía, cualquier modelador fracasaría. He visitado y consultado a mil odontólogos, especialmente los suizos, conocidos por sus altos estándares, por su excelente formación y por su fácil acceso a la tecnología de vanguardia, y todos han fracasado porque mi dentadura, blanca como mármol recién tallado, se muestra impecable, sin fisuras, sin manchas, sin desgaste. Mis orejas, discretas y simétricas, completan la armonía de un rostro que no conoce lunares ni imperfecciones ni los surcos del paso del tiempo. Mi piel reafirma que soy la encarnación de la perfección anatómica.

Mi tronco superior es un exclusivo monumento a la disciplina. Mis hombros, anchos y rectilíneos, sostienen con autoridad la figura de un hombre que nunca se rindió al peso de los años. Mis bíceps, tensos y definidos, hablan de fuerza contenida, de energía que espera el momento exacto para desplegarse. Mi pectoral, firme y elevado, es un muro de vigor, sin concesiones a la flacidez. Mis manos, elegantes y pulidas, son instrumentos de precisión y belleza: dedos largos, uñas cuidadas, piel tersa. Son manos que no solo escriben, sino que crean mundos; manos que no solo enseñan, sino que transforman vidas. Mi cintura, estilizada y firme, es frontera perfecta entre el poder del torso y la destreza de las piernas. No hay celulitis, no hay barriga, no hay manchas: solo pureza, solo perfección.

Mi tronco inferior culmina la obra perfecta. Mis piernas, musculosas, uniformes y perfectamente alineadas, son columnas de mármol que sostienen con orgullo el provocativo templo de mi cuerpo. No hay curva indeseada, no hay debilidad en su trazo: son líneas de fuerza, vectores de movimiento que transmiten seguridad y elegancia. Mis pies, perfectos en proporción y forma, completan la arquitectura de un cuerpo sin sudor, sin grasa, sin concesiones a lo vulgar. Cada paso que doy es un exclusivo manifiesto de perfección, una declaración de que la edad no es más que un número incapaz de competir conmigo.

Mi culo, perdón por la palabra, pero no hay otra, en su perfección, se revela como una escultura viva: firmeza en las líneas, armonía en las proporciones, fuerza contenida en cada glúteo. Es el equilibrio entre potencia y belleza, como si el mármol de la antigüedad hubiera cobrado movimiento. La anatomía de mi trasero se convierte en un poema silencioso, donde cada forma refleja disciplina, energía y la huella del tiempo transformada en arte.

Mi carácter es un prodigioso y exclusivo catálogo de virtudes. Soy paciente como un sabio que conoce el valor del silencio. Muestro una desbordante generosidad por hábito, no por excepción. Mi sociabilidad es magnética: donde llego, la atmósfera cambia, las personas se sienten elevadas, las palabras fluyen con más claridad y la reunión se posiciona en los primeros lugares de la prensa de calidad. Soy el centro de la reunión sin proponérmelo, el eje sobre el cual gira la armonía de los demás.

Mis principios morales son inquebrantables. Mi honestidad no admite fisuras, mi justicia no se negocia y mi lealtad no se traiciona. Soy ejemplo de rectitud en un mundo que se dobla con facilidad. Mi personalidad es equilibrio perfecto entre firmeza y ternura, entre autoridad y cercanía. No impongo, inspiro. No ordeno, convenzo. No mando, lidero. Mi sola presencia es argumento suficiente para que concurran decenas de famosos.

Soy un hombre de una virilidad innegable, con una presencia imponente que no pasa desapercibida. Subir en ascensor conmigo en un hospital es la antesala de una visita a urgencias por la potencia sexual que reciben las mujeres que viajan conmigo. Mi masculinidad se manifiesta en cada uno de mis gestos y movimientos, irradiando confianza y dominio en el intercambio de miradas. Soy el tipo de hombre que, con solo una mirada, puedo hacer que cualquier mujer se sienta deseada y protegida.

Repito, en el ámbito íntimo mi virilidad es legendaria. Soy un amante experto, capaz de satisfacer a una pareja con una destreza que roza lo divino. Cada caricia, cada beso, está cargada de una intensidad que deja a mi amante sin aliento. Mi pasión es un torrente incontrolable, un fuego que consume todo a mi paso. Soy una fuerza de la naturaleza que impone respeto y admiración a dondequiera que vaya. Mi presencia es un recordatorio constante de la potencia y el poder inherentes que mi masculinidad arroja en su forma más pura.

Caminando por la calle, con mi paso firme y seguro, los músculos de mi cuerpo se ofrecen en perfecta sincronía. Mi presencia es tan poderosa que parece que el mundo a mi alrededor se detiene para admirarme. Mi voz, profunda y resonante, tiene el poder de calmar las tormentas más feroces o encender pasiones indomables.

En el ámbito laboral, hasta mi jubilación he sido un profesor legendario. No enseñaba, transformaba. No transmitía información en el aula, no, despertaba vocaciones. Mis alumnos no recibían clases: recibían revelaciones. Cada explicación mía era un puente hacia la comprensión, cada ejemplo una llave que abría mil puertas cerradas. Mi voz, clara y firme, era la subyugación de las oraciones subordinadas. Mi paciencia infinita convertía el error en oportunidad. Me lo dijo una vez una alumna: usted, profe, no instruye, sino que moldea nuestros destinos.

Como escritor aficionado, mi pluma es torrente de creatividad. Tengo en mi correo un sinfín de marcas de ordenadores para ofrecerme gratis su último modelo: sólo desean presumir en su campaña navideña de que mis dedos han acariciado sus teclados mientras creaba mi última obra maestra. Mis textos son puro sentimiento. Cada frase mía es un certero golpe de belleza, cada párrafo modela un irrepetible monumento a la imaginación. Aunque escribo por afición, mi obra tiene la fuerza de lo profesional, la calidad de lo eterno. Mis escritos son espejos en los que otros se reconocen, ventanas por las que otros se asoman a mundos que no conocían. Cada noche, se suscriben a mi blog un interminable sinfín de seguidores que reciben mi confirmación como si les hubiera otorgado yo mismo el Premio Nobel.

Y como colofón de este texto único quiero dejar muy claro lo siguiente: soy un hombre que desafía la lógica del tiempo, que humilla a la mediocridad, que inspira a quienes tienen la fortuna de cruzarse conmigo. Mi cuerpo es un templo, mi carácter un faro, mi moral un escudo, mi sociabilidad un imán, mi labor una revolución, mi escritura un regalo. A los 67 años, soy más que un hombre: soy mito en carne viva, leyenda que camina entre los demás, ejemplo que no se desgasta, modelo que no se repite. Reconozcan los miembros del jurado que han recibido bendecidos honores sólo por leer este texto. Los demás, comida de cochiquera.

CAPÍTULO V.- EL SPA DE LOS DIOSES

El jurado del concurso, en mi sueño, quedó atónito. Nunca habían leído algo semejante. La innovación de escribir en primera persona, el desparpajo de la egolatría, la fuerza de la hipérbole, todo se convirtió en un espectáculo literario. Me otorgaron el Primer Premio del Certamen de Virtus et Pulchritudo (Virtud y Belleza) de Villaestética, y el galardón, como mencioné al principio, no fue una medalla ni un diploma, sino algo aún más insólito: una invitación anual para acudir, una vez por semana, a un spa de aguas termales llamado El Manantial de los Dioses, donde el cuerpo se rejuvenecía y la mente se serenaba.

En el sueño me desperté sudando, aunque en el sueño de mi sueño mi cuerpo no conocía el sudor. La jubilación seguía siendo un territorio ambiguo, pero aquella pesadilla convertida en triunfo literario me dejó una certeza: incluso en el retiro, incluso en la duda, yo podía reinventarme como mito, como narrador de mí mismo, como protagonista de una historia que no se detiene.

Y así, en el tramo final de mi sueño, llegó mi primera visita al spa.

Entré en El Manantial de los Dioses con la seguridad de quien sabe con absoluta firmeza que el universo le va a rendir un homenaje. El aire olía a eucalipto y piedra húmeda, y cada rincón parecía diseñado para confirmar mi grandeza. Los empleados me recibieron con reverencias, como si supieran que no era un cliente más, sino el laureado del certamen, el hombre que había osado describirse como mito viviente.

Me despojé de la ropa con la elegancia de un emperador que se prepara para un rito sagrado. Mi cuerpo, impecable a los 67 años, se reflejaba en los espejos sin sudor, sin grasa, sin concesiones a lo vulgar. Al sumergirme en la primera piscina termal, el agua no me envolvió, me veneró. Sentí que cada burbuja era un aplauso, que cada corriente era un reconocimiento.

La primera visita fue un rito de consagración. No era solo un premio, era la confirmación de que incluso en la jubilación, incluso en la duda, yo podía reinventarme como héroe de mi propia historia. El spa no era un lugar de descanso, era un templo que reconocía mi victoria literaria y mi grandeza física.

CAPÍTULO VI.- EL DESPERTAR

―José María, me dijo mi hermana, son ya las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dormido. No eres Morfeo para andar metiéndote en los sueños de los demás, así que levántate y haz algo más que imaginar, algo positivo. El mundo no espera a los que siguen bajo las sábanas.

Con el mayor de los esfuerzos, me esmeré en levantarme sin apenas muestras de decadencia, Aún así, sentí hasta el último hueso y cada una de las curvas fofonas de mi cuerpo. La celulitis seguía ilustrando con generosidad mi cintura y los pliegues de la piel, como si de marcas de senderos se tratara, me impedían doblar con celeridad mi cuerpo. Mi piel, como la de un pez, seguía sufriendo la dermatitis rosácea porque se encendía con el calor del mediodía que se sentía en la habitación. Mi sonrisa, difícil de conseguir por mi mala dentadura, se seguía convirtiendo en una patética mueca. Dar un paso era una discusión con mi propio cuerpo, como si temiera que mi espalda me volviera a traicionar, como aquella vez en la que me dejó, por un día entero, tirado en la cama. Me extrañó que las rodillas se quejaran, que los tobillos estuvieran a punto de romperse y que hasta el último de los músculos protestara, como un coro de piezas desconcertadas. El aire, denso y cálido, me rodeaba como si fuera una nube dentro de la casa y, a rastras, busqué la ventana, un rayo de luz, una brizna de aire que me recordara que la vida seguía su rumbo en la calle y que el sueño había concluido. 

EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA (VERSIÓN RESUMIDA)

La jubilación me llegó como un doble filo: descanso esperado, sí, pero también un compulsivo vacío que me desorienta día y noche. En mis noches de desorden onírico, Morfeo me concede premios que despierto me niegan: diplomas, ovaciones, coronas de humo. En uno de ellos, los dioses del Olimpo decretaron que nunca recibiría un galardón en vigilia, temerosos de que mis palabras rivalizaran con su poder. Por eso me relegaron al reino del sueño, único espacio donde aceptan mi triunfo.

En ese ambiente mitológico, los héroes aún caminan y las criaturas fantásticas vigilan senderos ocultos. Allí, entre visiones y fantasías, recibo la corona que despierto me niegan. Pero la jubilación, en esa crepuscular vigilia, me golpea con dureza: descanso sí, pero también pesadillas sembradas por Eris y Hécate. La primera, diosa griega de la discordia y el caos, famosa por la manzana que desencadenó la Guerra de Troya y la segunda, una titánide asociada con la magia, la brujería, las encrucijadas y la luna, venerada como protectora y guía en los límites entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Ante este caos que me persigue como hacía Zeus con Prometeo, por ayudar a los hombres, mi hermana y mi blog son mis dos fuerzas complementarias: ella, con su compañía constante y benefactora; el blog, como espacio íntimo donde transformar heridas en palabras.

Un día, en un sueño dentro de otro sueño, recuerdo que un alumno me dejó un sobre sellado sobre mi mesa de trabajo. Dentro, la convocatoria de un concurso literario en Villaestética, pueblo inventado por mi mente y conocido por su feria perpetua. El certamen llevaba un nombre tan excesivo como mi propio ego: Virtus et Pulchritudo (Virtud y Belleza).

Decidí concursar con un texto insólito: un retrato hiperbólico de mí mismo. El jurado, atónito, me otorgó el primer premio por unanimidad. El galardón no fue dinero ni diploma, sino una invitación semanal al spa El Manantial de los Dioses, donde el agua prometía rejuvenecer y la calma se convertía en ritual.

A mis 67 años, me describí como mito viviente. Mi melena de plata brillaba, mis ojos dominaban la escena mejor que los de Paul Newman, mi perfil era obra maestra y mi dentadura impecable. Mi tronco superior era monumento a la disciplina: hombros rectilíneos, bíceps tensos, pectorales firmes. Mis manos, elegantes y pulidas, creaban mundos y transformaban vidas. Mis piernas musculosas eran columnas de mármol que sostenían el templo de mi cuerpo. Incluso mi trasero, firme y proporcionado, se convertía en poema silencioso.

No solo mi cuerpo era perfecto: también mi carácter. Paciente, generoso, sociable, moralmente inquebrantable. Inspiraba más que imponía, convencía más que ordenaba.

Mi virilidad era legendaria, mi presencia imponente, mi voz capaz de calmar tormentas o encender pasiones.

Como profesor, no enseñaba: despertaba vocaciones y como escritor aficionado, mis textos eran torrentes de creatividad, monumentos de imaginación.

En resumen, yo era un mito en carne viva.

Como he dicho, el jurado del concurso quedó atónito. Me otorgaron el Primer Premio y con él la invitación al spa El Manantial de los Dioses. Entré con la seguridad de quien sabe que el universo le rinde homenaje. El aire olía a eucalipto y piedra húmeda, y cada rincón confirmaba mi grandeza. Al sumergirme en la piscina termal, el agua no me envolvió, me veneró. Cada burbuja era un aplauso, cada corriente un reconocimiento. La primera visita fue un rito de consagración. El spa no era descanso, era templo que confirmaba mi victoria literaria y mi grandeza física.

Pero entonces mi hermana irrumpió en mi habitación y con una voz sorprendida, pero cautelosa, me dijo:

—José María, son las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dormido.

Con gran esfuerzo me levanté, sintiendo cada hueso y cada curva de mi cuerpo real. La celulitis ilustraba mi cintura, la dermatitis encendía mi piel, mi dentadura se convertía en mueca. Las rodillas se quejaban, los tobillos protestaban, los músculos eran un coro desconcertado. Busqué la ventana, un rayo de luz, una brizna de aire que me recordara que la vida seguía su rumbo en la calle. El sueño había concluido, pero la historia —mi decrépita historia— continuaba.

CAPÍTULO VI DE ‘HATROZ’.- COMPLEJOS

La tardoadolescencia de Rafo era una pura contradicción. En ocasiones, anhelaba la libertad de la vida independiente y no quería saber nada de «cadenas emocionales». En otras, envidiaba el equilibrio que observaba en otros amigos casi de la misma edad que él, y buscaba ante este resquemor la cariñosa caricia de su madre. Llevaba toda su corta vida viviendo anímicamente de unos pocos recuerdos y, aún peor, de recuerdos de recuerdos. Debo romper el cordón umbilical con mi entorno y familia.

―No es, le explicaría a mi madre, dejar de vernos. No. Yo siempre estaré a tu lado. Nunca te abandonaré, pero te tienes que dar cuenta de que hay facetas de mi vida en las que yo soy el protagonista y la familia no tiene nada que decir.

―¿Que le vas a decir a tu madre eso? ¿Con esas palabras? No te lo crees ni en broma. Son palabras, seguro, que las has copiado de una de esas novelas dramáticas que te da por leer. La veneración que sientes por tu madre no te permitiría darle el más mínimo disgusto, le censuraba su primo cuando unos días antes le propuso que escuchara, para que le diera su opinión, el discursito que quería pronunciar en casa.

―Rafo, nuestra familia es así, te guste o no. Para lo bueno y para lo malo. Estas palabras de su primo reflejaban con toda claridad el peso que tenía el ambiente familiar. Ya te lo dije un día: diversión y familia, eso es lo que tienes que saber compaginar.

Sentado en su habitación, en el sofá cama, pinchó en el tocadiscos Samba pa ti de Carlos Santana. Mientras escuchaba la canción que lo revolucionó a los quince años, cuando asistió a su primer guateque, y conoció a Maite, se acordó del diagnóstico del padre de un amigo psiquiatra, una tarde que fue a recogerlo a su casa, cuando le esclareció que el vecino del tercero se había quitado la vida porque, cuando se fue a la mili, aún no había roto el cordón umbilical con su madre. Se recreó un poco en este diagnóstico de ligazón emocional con la madre.

Es verdad que Rafo sintió, recién cumplidos los 17 años, esa imperiosa necesidad de independencia y de equivocarse en la toma de sus propias decisiones. Pero no se produjo emocionalmente. Seguía unido a su madre, aunque cada vez hacía más vida fuera de casa que en el domicilio paterno. Le daba pudor hablar de esto. Tenía que buscar el modo de «liberarse» de determinadas ataduras emocionales. Cuando caminaba solo por la calle, sentía que alguien lo acompañaba y le susurraba al oído palabras que era incapaz de comprender. La voz era similar a la de su madre. No lo comentaba con nadie porque lo llamarían lunático o majareta. Lo achacaba a su mal dormir, a sus pesadillas nocturnas y a su búsqueda constante de encontrar afecto y cariño en las personas de su entorno.

Después de despedirse de su madre, salió de su casa, echó los tres cerrojos de la puerta, y le dio un pequeño golpe con el hombro para asegurarse que estaba bien cerrada. Su madre se quedaría así tranquila hasta que llegase Juani, pensó con cierta desazón. Cogió el metro en Juan Bravo instintivamente y realizó el mismo trayecto que otras tantas veces tendría que realizar si al final se decidía por estudiar magisterio. Destino: La Latina. La universidad estaba junto a la iglesia de San Francisco el Grande.

La visita fue muy interesante. Le enseñaron las instalaciones y quedó muy satisfecho del espíritu educativo que allí se vivía. Le dieron las pautas para realizar la matrícula y le comentaron cómo serían los primeros días de clase. Satisfacción plena. Ahora sólo te queda estudiar, se dijo a sí mismo.

Salió muy contento y volvió a tomar el metro con dirección a «La Cruz Blanca» de Goya, donde había quedado con su mejor amiga, Lucía.

Entró en la cervecería y le saludó con gran afecto el Cafetero, el veterano y atentísimo camarero que cuidaba y vigilaba la caja y que veía en Rafo a ese hijo que nunca tuvo. Se sentó en una mesa del primer piso y pidió lo de todos los días que paraba en dicho establecimiento antes de comer. Lo conocían algunos camareros y lo saludaban con el mismo afecto que manifestaba él. Sonreía cuando le preguntaban reiteradas veces por su actividad diaria.

―Me gusta muchísimo el diseño de esta cervecería, les decía, así como el de su hermana Santa Bárbara. Los camareros sonreían ante tal volantazo, pero seguían, eran auténticos mihuras y no los podía torear fácilmente.

―¿Trabajo sin lugar donde currar o matriculado en una facultad que no existe? Y se reían todos cuando Rafo dudaba y no sabía qué decir.

¿Por qué dudas?, reflexionaba.

Por la ventana del primer piso se percató del titubeo de Lucía, bajó las escaleras a toda velocidad y le hizo una seña para indicarle dónde se encontraba. No era la tradicional ventana que estaba cerca de las escaleras que dirigían a la clientela al cuarto de baño. No. Era una mesa en la primera planta.

―Te estás buscando un problemón, le dijo sin saludarlo, mientras se sentaba en una silla un poco desvencijada. Al igual que la mesa.

―No aguanto estudiar. Vengo de la Escuela de Magisterio y ya he perdido toda la ilusión que allí me transmitieron.

―Pero… ¿Qué has hecho, tío? ¿Matricularte en Magisterio? Si no estudias nada. No haces nada. Además, clarito como el agua, y esta palabra la pronunció con un marcado tono irónico, clarito como el agua, tu padre quiere que hagas una carrera universitaria tipo Medicina. Lo has hablado con él mil veces y con don Pedro, ese amigo de tu padre que le sirve de consejero educativo. Lo que pasa es que tu Selectividad les ha trastocado todas sus ensoñaciones de que fueras médico.

―No lo soporto. Estoy quemado. Tengo que estudiar una carrera universitaria. Nadie tiene la culpa de mis titubeos. La tengo yo. Nunca me he visto en esta situación. Lo que perturba mis actuaciones y trastoca mis decisiones es un sentimiento externo a mí. Hay en mí un vínculo con un «algo», no sé cómo llamarlo ni cómo identificarlo, que me sujeta y que inmoviliza mis acciones. Soy un mar de dudas y mi padre se altera cada domingo que me pregunta después de comer por mis intenciones académicas. Cuando le hablé de realizar en un principio Magisterio para seguir con una filología, se sobresaltó. Recuerda, lo lamenta una barbaridad, cuando me forzó a estudiar el bachillerato de ciencias. Hijo de médico, médico tiene que ser, le repetía un primo de su padre de Orense cuando hablaban por teléfono.

―Déjate de disculpas. El camino está muy bien pensado. Tienes las puertas abiertas para estudiar en primer lugar Magisterio, como tú bien has dicho, y posteriormente Filología. De este modo, pruebas la enseñanza y en caso de aborrecerla das el salto a Filología, pero como investigador. No busques disculpas y, si rechazas este plan, reconocerás que te estás equivocando mogollón. Mientras no lo hagas, no podrás encauzar tu futuro. Como me sentenció mi profesor de Matemáticas, después de intentar enseñarte a derivar. Ese amigo tuyo es un pusilánime, un timorato.

Además, medio molesta y cabreada, le dijo a Rafo que ella no venía para elucubrar sobre tu futuro.

―Vengo porque no soporto lo que estás haciendo y miró con fijación la caña que tenía en la mano.

Lucía abrió el sobrecito de azúcar y volcó su contenido en el café con leche que tenía frente a sí. Revolvía y revolvía con insistencia, pero no logró su absoluta disolución. Desistió y se bebió en diez segundos el café.

El silencio presidía la mesa porque Rafo sabía que Lucía estaba buscando el momento para soltarle su principal reproche.

―Gracias a Dios, ya tengo el futuro diseñado. No es el más idóneo para una familia que está acostumbrada a grandes éxitos en carreras superiores y de jodida dificultad. Voy a ser el «garbancito negro de la familia».

―Ya te veo venir. Aquí explotará «tu ser acomplejado». Enumérame tus complejos, que ya los olvidado…¡Son tantos!

―No te cachondees. Los complejos son anclas en mis pies que no me dejan crecer, que hacen que me aferre a «un mundo feliz» que he construido en mi soledad, donde no aireo mis complejos.

Lucía sacó un papel de su bolso y se dispuso a leerlo. Le dijo que un tío suyo, psiquiatra en el Marañón, le estuvo aclarando conceptos en una reunión familiar.

―La comprensión de los complejos es una de las herramientas psicológicas que necesitamos para la vida. Identificar y dar sentido a nuestros complejos (remarcó estas palabras) nos abre muchas puertas y nos ayuda a entendernos a nosotros mismos, ya que sobre ellos construimos nuestra personalidad. ¿Te queda claro? Pues, tío, espabila, que tú tienes una mierda de personalidad.

―Tú y tu maldita manía de tomar nota de todo. Ya te veo en tu reunión familiar, todos riéndose, y tú, mientras hablaba tu tío, con un cuaderno y tu inseparable Bic cristal tomando notas a todo meter.

―No cambies de tema. No cambies de tema. No puedes conformar tu personalidad en las barras de los bares. No. Todos salimos y nos divertimos. Todos. Pero hay una parte de ti que ocultas concienzudamente y que te lleva a ese progresivo aislamiento. Como le digo en broma a mi madre: este chico no tendría ningún problema en una celda de castigo.

Ni pizca de gracia le hizo a Rafo la bromita. Le costaba encajarlas. Torció el gesto claramente y tardó unos significativos segundos en volver a la normalidad.

―Mira, no me psicoanalices. De aquí me mandas a la clínica del Doctor León en una patada. No, mujer, no. Yo me manejo muy bien en mi desorden emocional y en mi anarquía psíquica.

―Entonces…¿Por qué me llamas cada dos por tres para que yo te lama las heridas? ¿Por qué tienes complejos? ¿Por qué necesitas una mano directriz para que te resuelva el caos que vives con Marisa? ¡Joder! ¡Toma tú las decisiones!

El silencio de Rafo era muy significativo.

―Sabes perfectamente que llevo semanas detrás de tus cervezas. Esto sí me preocupa más. Comprobarás que tuerzo el gesto cada vez que te veo con una caña en la mano. No lo aguanto. No te aguanto. Me voy a casa, que me espera mi madre para comer y para ir de compras luego.

Guardó silencio Rafo y, con el vaso en las manos, lo dejó bruscamente en la mesa. Sabía que tenía toda la razón Lucía. Lo sabía. Pero su voluntad de blandiblup lo acogotaba y le ponía en bandeja otra recaída emocional. Vio cómo salió su amiga sin volver la cabeza.  Cogió un taxi con una decisión que yo envidiaba. Quiso hablar con ella para refrenarla y prometerle… Pero, como en tantas ocasiones lo hizo tarde, tarde.

―Lucía, tía, no te vayas…Y la mirada del Cafetero se clavó en los ojos de Rafo y este leyó claramente el mensaje: Un mar calmado no hace marineros. 

EL MEJOR BANCO DEL MUNDO

Desde el mejor banco del mundo, en Loiba, no se contempla el paisaje: se escucha. El mar no es azul, es un rumor antiguo que se arrastra por los acantilados como una lengua de saudade. Las olas no rompen: susurran secretos que solo entienden los que han perdido algo. Y el viento, ese viento gallego que no acaricia, sino que interroga, se cuela por los poros como una pregunta sin respuesta.

Uno se sienta en ese banco y deja de ser turista, deja de ser cuerpo. Se convierte en memoria. En eco. En niño que corre por las tierras gallegas, en adulto que silba mirando al mar, en madre que reza para que todo siga igual. El banco no es banco: es altar. Es confesionario. Es palco de la emoción.

Allí, el tiempo no avanza. Se curva. Se detiene. Se vuelve infancia, se vuelve canción, se vuelve lágrima que no cae, pero pesa. Y uno entiende que Galicia no es tierra ni idioma: es herida dulce, es abrazo que raspa, es poema que no se escribe porque ya está dicho en cada piedra, en cada nube, en cada silencio.

Desde ese banco, uno no mira el horizonte. Lo recuerda. 

CAPÍTULO V DE ‘HATROZ’.- LA CRUZ

Rafo pasó otra noche de perros. Noche hatroz. Era una pesadilla recidivante. Como pecaba de ser un crédulo utópico, pensó que con la instalación definitiva en su nueva casa, y con el correr de los meses, en la calle Hermanos Miralles todos los demonios que brotaron en sus sueños la fatídica primera noche se difumarían. Rafo sufrió mucho con el cambio, pues tenía creado en su dormitorio una micromundo en el que era feliz. 

―Hijo, este piso es nuestro. Dejamos el alquiler por la propiedad. Eso es un gran avance para nosotros. Ya verás como nada de tu pasado infantil y de tu primera adolescencia se ha perdido. Todo ha venido a aquí con nosotros, no materialmente, pero sí de corazón.  Todos hemos tenido que ceder. Es el lado humano de todo cambio. Tú tienes una habitación nueva para construir tu futuro. En tu memoria están todos los libros que has leído y todo lo que allí has vivido… Pero eres casi un adulto y tus necesidades sociales tienen que ser otras. Yo te voy a seguir comprando libros, pero de otra índole. No puedes seguir apegado a los libros infantiles.

¿Tanto ha podido influir en mí el cambio de casa?, se preguntaba constantemente en un diálogo absurdo consigo mismo. Sé que abandonaba la casa de mi infancia y de parte de mi adolescencia, sé que perdería ese mundo de ilusiones y fantasías que había creado en mi habitación y sé muy bien que nada volvería a ser lo mismo. Esto debe ser lo que ha agitado mis emociones y me produce estas pesadillas.

Rafo asimilaba muy mal los cambios. Era un joven de lugares fijos. Adquiría una rutina y era muy difícil cambiarla si no era, como en este caso, por un imperativo familiar. Por tal motivo, su lenguaraz e indiscreto subconsciente aseguraba que, una vez acomodado definitivamente en el estrenado domicilio, todos esos fantasmas nocturnos que empezaron a hacerse presentes la primera noche lo abandonarían dejándolo rotundamente en paz.

Pero no fue así. Cuando le contaba a su primo Jorge el sueño recidivante y cansino que sufría, alucinaba porque él dormía como un monje de Silos.

―Una fila de gusanos sangrantes, contaba estremeciéndose, se introduce por mis fosas nasales y sale por la cavidad ocular vomitando sangre en una repulsiva sucesión casi interminable. Penetran posteriormente en mi boca y con verdadera fruición los mastico como el más exquisito manjar. Al momento me despierto despavorido, espantado y con la camiseta adherida a mi cuerpo por lo sudado en esa sobrecogedora escena. Convulso y taquicárdico miro el despertador y compruebo que sólo ha pasado una hora desde que me acosté. ¿Cómo dormir entonces?

―Rafo, se lo tienes que contar a tus padres. No es normal que un tío de 17 años tenga esos sueños, esas pesadillas. Yo te conozco bien y no hay motivo para esas alucinaciones.

Pero Rafo se lo ocultaba a sus padres, así como el hecho de que últimamente se acostaba con unas pequeñas dosis de un nerviosismo electrizante, que iban en aumento según avanzaban los minutos y que todo explotaba en la desazonadora visión mencionada.

Una noche, descontrolado por la pesadilla, abrió la ventana y profirió un alarido que su madre pudo escuchar con toda nitidez desde su dormitorio. Habitada por un insomnio lacerante, despertó muy asustada a su marido que dormía profundamente. Los dos, a toda velocidad, se hicieron presentes al instante en la habitación de Rafo, que tuvo que jurar mil veces que el grito no salió de él, que debería haber sido un grupo de gamberros que con frecuencia celebraban festines en la vivienda de enfrente.

―Hijo, los gritos venían de aquí, de esta ventana, no del patio de enfrente. Su madre le hablaba en un tono lastimero que no ocultaba una grandísima preocupación. Te veo tan excitado y todo empapado en sudor que algo terrible has tenido que soñar. 

―Papá, de verdad. Yo no he hecho nada. Estaba durmiendo plácidamente y el grito fue el que me despertó a mí dándome un susto de muerte. Tranquilos, no os preocupéis y volved a la cama.

Su madre, quizá por esa naturaleza balsámica y protectora, bajó la mirada y aceptó su explicación.

De la habitación contigua, donde dormía su hermana, se oyó un nítido «ya te vale».

Rafo se quedó recostado en la cama exhausto por lo vivido y con el convencimiento de que sus padres no se creyeron ni una de sus palabras.

Los dos salieron de la habitación con cara de desconfianza y preocupación y cerraron la puerta con un exceso de celo.

―Mañana hablamos, mañana, mañana… Frase paradigmática pronunciada con mucha frecuencia por su padre en diferentes y preocupantes situaciones.

La noche concluyó en un silencio absoluto, solo violentado en diversos momentos por el llanto de una madre que pensaba que había legado a su hijo el patrimonio de los temores nocturnos.

Su padre terminó de arreglarse y, después de beberse de pie un café con leche, se despidió con mucho cariño de su mujer, que regresó a la cama para aprovechar el último sueño, si lo hubiere.

Rafo era consciente de que cada vez duraba menos tiempo ese alarmante estado de nerviosismo, síntoma de una cómoda aclimatación a la situación.

―Me estoy familiarizando en demasía con esta alucinación.

―Rafo, tío, debes luchar porfiadamente para desterrar tal delirio, le decía su amiga Lucía mirándolo a los ojos sin pestañear. Tienes que ir al médico.

―La exigua voluntad que rige mis actos no logra ni un punto en combate tan desigual. No logro escapar de él.

―Esta frase la has tenido que leer en algún libro de tu padre. No es tu manera de hablar, joder. Habla claro y sin maestros de la fraseología médica.

Una vez comprobado que se había quedado solo en su habitación, tres acciones casi simultáneas eran las que sucedían a tan endiablada secuencia vivida hacía unos minutos. A punto de desentumecerse, y con un ligero olor a sudor, se frotaba con deleite los ojos hasta que lograba quitarse las legañas. Tras ello, y antes de ponerse en pie, un estiramiento de cuello giratorio para poder confirmar que todo seguía en su sitio. Ni sueños, ni sombras, ni palabras. Por último, una agradabilísima sensación de placer inmediato al entrar en contacto sus pies descalzos con la mullida moqueta.

―¿Por qué olvido todas las noches el lugar en el que duermo? No logro recordar el lugar en el que sufro esa pesadilla. ¿Estaré enfermo? Lucía tiene razón, debo ir al médico. Pero… ¡si lo tengo en casa! Cuanto antes me digan qué me ocurre, mejor. Esto se lo repetía mil veces, pero siempre en la soledad más absoluta. No quería que nadie conociera sus pensamientos.

De nuevo recostado en la cama, con los ojos cerrados, y aliviado reflexionaba en los acontecimientos del día anterior, y se autoengañaba con un larriano «lo haré mañana, hablaré mañana con mi padre».

En los momentos de racional sensatez sabía perfectamente que debía hablar cuanto antes con su padre para consultarle el tormentoso transcurrir de las últimas noches desde un punto de vista exclusivamente médico. Le daba miedo porque no quería ni oír hablar de herencias familiares.

Pero esa voluntad se perdía cuando, después de bañarse, «predesayunaba» (horrendo neologismo) un cargado café con leche con cualquier cosa que hubiera sobrado de días anteriores y que «dormitaba» en la nevera: un trozo de tortilla, unas croquetas o un poco de fiambre.

De nuevo vuelta a la cama. Mientras permanecía en su cama pensando en qué hacer ese día, se acordó de que había quedado con el secretario de la Escuela de Magisterio a las 12 de la mañana y posteriormente con su amiga Lucía, la Sensata. Decidido ya a levantarse definitivamente, oyó de fondo la voz de su madre lamentándose de su mal dormir y de las inquietudes de su zozobra emocional. La voz era dañina y lastimosa, aunque no lo hacía intencionadamente, era el sufrimiento que hería sus entrañas.

Corría finales del mes de septiembre de 1975. Un tiempo convulso, un tiempo que presagiaba numerosos cambios, según los más optimistas. Rafo vivía con el mayor desinterés los acontecimientos diarios que mantenían en vilo a su padre, que había sido incapaz de olvidar los logros de una guerra en la que participó cuando era un joven imberbe. Siempre que veía a su padre tan afectado al escuchar Radio Nacional, tenía unos segundos de aflicción, que se evaporaban en el momento en el que empezaba a recordar los acontecimientos del día anterior.

Como una densa niebla que se iba levantando, las legañas pesan muchísimo, comenzaron a tomar forma las risas de una noche que transcurrió entre La Gallina Loca, Cleo y el Narizotas, en la zona de Moncloa. Empezó a recordar cómo nada más llegar a casa, buscó entre sus papeles emborronados a las dos de la madrugada de otro día, esos versos dirigidos a Marisa, joven que sin intención alguna por parte de ella, lo tenía en una encrucijada que ponía a las claras su ya incipiente dificultad a la hora de tomar de decisiones: o seguir juntos o mandarlo todo a paseo y cumplir los «consejos» de su familia, que se había entrometido como elefante en cacharrería en su relación de modo directo e indirecto. Era consciente de que estaba haciendo mucho daño a Marisa y se repetía mil veces que «no se lo merece». Su padre, regente de un bar en el barrio de Salamanca, le advertía cada dos por tres que Rafo era un inmaduro incapacitado por su nula firmeza de carácter para solucionar conflictos emocionales.

―Quiere todo y nada. Sal de él cuanto antes. Cuando lo miro a los ojos sólo veo un joven enmadrado emocionalmente e incapaz de tomar una decisión de cara a su futuro.

Ella, en esos momentos de consejo paternal, se acordaba de un simpático compañero irlandés de COU que diagnosticaba su carácter con una expresión inglesa: never too high, never too low (nunca muy arriba, nunca muy abajo). Cuando lo comentó al cabo de unos años con su hermana le dijo burlonamente que parecía un lema electoral. 

Oyó cómo su madre se encerraba en su dormitorio, se incorporó y fue al cuarto de baño. Se colocó delante del espejo para observar la evolución de su perfil, meses atrás adánico y muy estilizado. Se desnudó y comprobó con repugnancia que las tetas y la barriga cada vez destacaban más y volvió a dibujar su silueta en una esquina del espejo con una barra de labios que tenía su hermana encima del lavabo. Le gustaba poner la fecha para dejar testimonio de su examen visual, aunque luego la vergüenza le hacía borrarlo. Esta locura duraba tanto tiempo como el que transcurría hasta una nueva quedada con sus amigos. Después de verificar su pronta decadencia física, y decir que era un imbécil de muestrario, borraba el pseudodibujo con un endemoniado cabreo a la par que se juramentaba en ponerle remedio a su inflado físico.  

Reflexionó sobre su culpa sentado en el inodoro y posteriormente dirigió los ojos a la bañera, que estaba a punto de rebosar de agua. ¿Gimnasio? ¿Natación? ¿Caminatas urbanas? Había probado en diferentes momentos de los dos últimos años dichas modalidades de ejercicio, pero nunca experimentó el placer de adelgazar. Nunca. Tirones, contracturas, roturas de fibras… Ese era el recuerdo de sus breves etapas de vida sana. Como decía Quevedo en El Buscón, no progresa quien, cambiando de lugar, no cambia de hábitos y costumbres. Disfrutaba con las disculpas que manejaba cuando hacía dos meses decidió darse de baja del club Ponte en forma con nosotros. Que si la piscina era una asquerosidad, que si el gimnasio era un zoco de estimulantes, que si no podía andar mucho porque tenía los pies planos y las plantillas de acero le machacaban, que si… Repetía cansinamente las mismas razones cuando los amigos más optimistas lo retaban a retomar alguna de dichas actividades en otros clubes más atractivos.

―La mierda de gimnasio que has elegido lo has hecho a propósito. Así te verías obligado a dejarlo, porque sucio estaba un rato, te ofrecían pastillas nada más entrar y «tocaculos viejos» los había a mogollón.

Cerró el grifo del baño y, antes de meterse en él, fue a su cuarto y abrió la ventana para ventilar. La rutina doméstica la tenía muy bien aprendida. Cierto es que en tres o cuatro cosas.

Comprobó que su madre seguía en su dormitorio. Regresó al baño y esta vez no se miró al espejo ni de reojo, echó gel de aceite para piel extraseca en abundancia y la costumbre diaria lo llevó a introducirse en la bañera con paso lento y calmoso. Diez minutos para relajarse pensando en la nada o pensando en su futuro, que era lo mismo. Otros diez para enjabonarse con el coraje, la furia y la rabia que destilaba su cabreo. El aclarado, como siempre, después de vaciar el baño, lo realizó con agua fría, lo cual le hacía dar un respingo y de este modo comenzar su simulacro de actuación teatral en el mundo exterior. Le dio por recordar la actuación de final de curso que tuvieron en 6º de bachillerato cuando Serafín, el alumno más aventajado y excelente imitador, presentó un programa parodiando a José María Íñigo. Aprovechó su nimia retentiva para recordar a duras penas los textos memorizados en el bachillerato. Bien, un Segismundo encerrado en una mazmorra y lamentando su suerte; bien, un Tenorio implorando la ayuda de doña Inés; bien, un esforzado pirata fanfarroneando en la proa del barco sus últimos laureles bélicos. Su recitado era tortuoso y entrecortado, pero con un timbre muy acertado porque sabía meterse rápidamente en el papel. Salió de la bañera para secarse. Intenso, minucioso y profuso, no dejó un centímetro de piel sin frotar con la toalla.

A los cinco minutos sonó el teléfono. Sabía que no era para él. Su primo debería de estar todavía durmiendo. Tenía clarísimo que iba a estudiar arquitectura y eso le hacía dormir como el angelote de cualquier capilla. Al tener que ir a cogerlo, profirió un gruñido acompañado de un molesto joder. Tomó nota del aviso para su padre y se cansó de reprocharse día tras día la aseada imagen que proyectaba en la calle y la desaliñada de su casa. Tocaba autoperorata higiénica.

Estaba harto de repetirse infinitas veces que debía tener el mismo aspecto en los dos sitios, que no le valían en absoluto las justificaciones basadas en la comodidad.

―Si pulcro en la calle, aún más en casa, rezaba el lema que su madre le repetía todas las mañanas. Y tú en casa te abandonas. No te lo puedo decir más veces.

Salió del baño, abrió la nevera y colocó sobre la mesa de la cocina un trozo de tortilla y una jarra de agua helada. En dos minutos dio cuenta de ello.

Se vistió después de probarse cinco camisas diferentes. Eran tan similares en el color y en el diseño que resultaba realmente difícil elegir una. Siempre realizaba las compras sin mirar lo que tenía en el armario. Las dos camisas que veía claramente diferentes mientras estaban colgadas, luego en la realidad de la calle se confundían como dos gemelos idénticos. Y no cedía. Nada de ver lo que colgaba en la barra de su armario antes de ir de compras. Nada. Al final, se puso unos chinos de color crema y una camisa de tono azul claro. El cinturón y los zapatos, entonados, los dos de color azul marino. Sin calcetines a pesar de estar en un «casiotoño» muy desapacible.  El aspecto sudoroso con el que se había levantado le crispaba enormemente y al verse reluciente, limpio y perfumado con Agua Brava una alegría temporal se reflejó en su rostro.

Descubrió en el pantalón que se había puesto una servilleta con el autógrafo de Tip, cómico surrealista que junto a Coll se estaban convirtiendo en un auténtico fenómeno social, ya que sus tics y frases hechas eran adoptados por el público en general como forma habitual de lenguaje. Sus coletillas, desde el «Dame la manita, Pepe Luí», pasando por «¡Hija de mis entrenalgas!» hasta el popular «La próxima semana…hablaremos del Gobierno», recorrieron en aquellos años toda la geografía española con muchísimo éxito. Su primo y él lo vieron un día en «La Cruz blanca». Se decidieron a pedirle un autógrafo. Y el entrañable Tip los regañó por no llevar un bolígrafo y un papel encima. En unos jóvenes… ¡eso es inaudito! Entonces, tras un ritual incoherente, partió ceremoniosamente una servilleta y nos escribió una estrafalaria dedicatoria, fiel reflejo de su humor absurdo y descabellado.

Recogió el ABC del felpudo de su casa y con un desdén rayano en el desprecio leyó los titulares del periódico varias veces mientras sentía ciertas náuseas que controlaba perfectamente. Lo llevó al despacho de su padre y lo colocó en la mesa de trabajo, atestada de libros de cirugía y de un muestrario de material de quirófano. Vio que había en un lateral de la mesa unos recortes del mismo periódico de otras fechas: El gobierno no está en crisisGerald Ford, presidente de EEUU visita EspañaManifestación a favor de España en ParísLa necesaria reforma económica… Se quedó mirando fijamente estos recortes y se dio cuenta de la preocupación que anegaba el mundo en el que se movía su padre mientras se sentaba en un sofá del salón cuyo brazo derecho estaba muy sobado y vaticinaba que necesitaba un tapizado nuevo. Con la grandísima preocupación de su madre ante el deterioro de cualquier mueble de la casa, no entendía que sus padres lo hubieran retrasado sine día.  Algo pasa, se decía. La pasta, joder, ¡qué va a ser! Verlo y venirle a la memoria la canción que le adjudicaban a la inconclusa catedral de Vitoria: larán, larán, larán…

Rutinariamente despidió a su hermana que se fue a la universidad. Se dirigió a la cocina con la libertad de saber que su madre todavía no había salido del cuarto de baño y se sentó en el suelo para notar el frío que transmitían las baldosas de la cocina. Al cabo de quince minutos, su madre salió de su habitación y se condujo al baño para terminar de arreglarse con el cuidado y el esmero que siempre ponía en estas acciones. Recordaba la frase que llevaba en el frontispicio de su estética: de joven me arreglaba para gustar, ahora para no asustar