A MAÍA

Camino sin rumbo por el valle de A Maía, como quien busca algo que no sabe nombrar. El aire huele a hierba mojada y a tiempo detenido. Cada paso es un latido, cada piedra un recuerdo que no sabía que guardaba. Los árboles murmuran secretos que solo se escuchan si se camina despacio, como quien respeta el misterio de la tierra.

El cielo, siempre cambiante, es un espejo de lo que llevo dentro: nubes que se deshacen como pensamientos, claros que abren heridas de luz. Hay una calma que me envuelve, una especie de abrazo silente que me hace olvidar el reloj, el ruido, la ciudad. Aquí, en el fondo del valle, soy solo yo… y quizá ni eso.

A Maía no es solo paisaje, es estado de ánimo. Es mi melancolía hecha camino, mi alegría convertida en canto de pájaro. A veces pienso que el valle me conoce mejor que nadie, que sabe cuándo necesito perderme para encontrarme. Y entonces dejo que me lleve, que me cuente, que me cure. 

CAPÍTULO IV DE ‘HATROZ’.- EL ORIGEN

Estamos en 2025. Cervecita en la mesa. El ordenador encendido. Hago crujir mis dedos y me dispongo a escribir con el ánimo de un hombre que tiene el cerebro enjaulado para no olvidar todo aquello que le ha relatado oralmente, por correo electrónico o por guasap Rafo en diferentes momentos.

Comienza un nuevo año pletórico de ilusiones y destemplanzas. Y no estoy triste, dice Rafo.

―No quiero caer en la distopía. Nuestra sociedad, casposa y patente de una descomposición que no sabemos aún a dónde nos llevará, vive en una inmediatez vital que desbarata cualquier proyecto que pueda plantearse uno a años vista. Nos devora la política de lo próximo, ya sea en la compra de cualquier producto ―Rafo ha sucumbido en este aspecto― como en la publicación de un libro que habla de las memorias de un treintañero, entelequia producto de una alucinación natural o inducida.

Tengo un miedo Hatroz a fracasar y que esta historia de Rafo se convierta en un bodrio incomprensible. Estoy dispuesto a hacer un esfuerzo sobrehumano para no darle la razón a mi venerado Charles Dickens cuando dijo que «cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender». ¿He logrado aprender la lección? Mejor me callo la respuesta. Como narrador, soy teimudo (en gallego, cabezota) y sigo tropezando en lo mismo con una clarividencia insultante.

―Mi tempo a la hora de trabajar no es el actual. Me gusta la calma. Soy pausado. Soy un estorbo en las aceras. Aborrezco las prisas. Soy un obstáculo en la caja de los supermercados. No soporto andar como si tuviera un cronómetro en el obispillo y el último récor del mundo pendiente de mi velocidad.

Sentado al ordenador y con música gallega de fondo me rompo la cabeza en presentar limpio y claro este tercer capítulo de Rafo. Hablaré de su origen, de esos años en los que él ha puesto un enorme cariño y que, ya me advirtió, se extinguirá ―el cariño― en otros capítulos de esta historia. 

Rafo nació en Galicia. ¿Es gallego? No quiero ser indulgente con él. Ser gallego significa no tener miedo, ser un luchador y tener una gran capacidad de adaptación para reinventarse las veces que haga falta.

―Todo lo contrario de lo que tú eres, le dice siempre una amiga. No me fastidies, tío. Tú, Rafo, eres un ser apocado que quiere atraer la simpatía de la gente continuamente y eso te pierde. Es tu puto complace, como dices tú. No lo vas a lograr nunca. Todo lo contrario. Estás más cerca de que tus amigos abominen de ti que de que adopten una actitud de un admirado respeto. 

La palabra afouteza es la que define a la perfección al gallego. «Nada se nos pone por delante». Son palabras de Isabel Pérez Dobarro, una pianista santiaguesa de prestigio internacional involucrada en las Naciones Unidas y que actualmente realiza su doctorado en la Universidad de Nueva York.

―Tú eres un madrileño testarudo y encabuxado en decir que eres gallego porque conservas algunos vínculos con tu tierra y chapurreas la lengua de Rosalía. Mierda de tío. No tienes sangre en las venas y adoptas una postura acomodaticia que te convierte aparentemente en un ser vanidoso, pero en tu interior bulle un desquiciamiento hatroz.

Cuando escucha estas palabras en la voz de su amiga Paloma, se cabrea muchísimo, le vienen a la mente las palabras de un velliño que se sentaba en la famosa Herradura de la Alameda: o galego nace e vive onde quere. O galego non ten que xustificar a súa orixe, non. (el gallego nace y vive donde quiere. El gallego no tiene que justificar su origen, no).

Otros, por no defenestrarlo definitivamente del podio de la galleguidad, le dicen con ternura barata que es un madrigallego. Es decir, un mix de ambos orígenes. Este término fue creado en 1998 para destacar a los miembros de la Orden de la Vieira ―él no pertenece― que residen en Madrid y que, por su actividad o por su éxito profesional, han alcanzado significado prestigio y relevancia social, manteniendo estrechas relaciones con la comunidad gallega. Y Rafo, como comprenderás, no es quién para ser uno de ellos. No.

―Únicamente lo eres ―si es posible aceptarlo con una generosidad palpable― en la última condición, le remata Paloma.

Y otros, más certeros en el letal y luciferino diagnóstico, lo descalifican categóricamente bautizándolo como un simple mesetario que ha perdido la identidad de su tierra. Para ser gallego hay que vivir en Galicia, dicen estos con cierto desdén sectario. Es decir, lo ven como un apátrida o un castellano sin más.

En algunas ocasiones, cuando esa pregunta obnubila su entender por persistente, no sabe responder realmente lo que es. No sabe si sube o si baja la escalera. Todo depende. Si entra o si sale. La verdad es que se siente picheleiro (natural de Santiago), responde siempre con una pregunta y cada vez que marcha para cama su mente viaja en gallego a la capital compostelana. Las personas que lo conocen en el día a día sí afirman que tiene a flor de piel el carácter gallego.

Pero eso es lo de menos. Huyendo como Dafne de Apolo, y «convirtiéndose» en laurel paulatinamente, intenta romper ese complace personal, y adoptar una actitud unívoca y alejada de una enojosa complacencia.

Y si ando escornado (=de mal humor), comerei ferro, para non lle faltar a ninguén ó respecto (comeré hierro para no faltarle a nadie el respeto). 

Lo importante es que yo, el narrador de la historia, soy el único que conoce al dedillo la vida de Rafo. Pocos lo conocen como yo. Pocos. Querido lector, si alguien te dice que lo conoce muy bien, huye de él como de un rayo, el hermetismo de nuestro protagonista sólo ha sido vulnerado por mí. Eso sí, con su permiso.

Como comprobarás, yo aparezco de vez en cuando. Espero no caerte pesado y que no me consideres un embarazoso impedimento para que puedas llegar a lo más profundo de Rafo.

Soy un caos a la hora de relatar los avatares de su vida. Él también vive en una anárquica vorágine de emociones y calibrar un punto más o menos objetivo me ha resultado en ocasiones imposible. Esto se contradice con la pulcritud y el orden de su armario en el trabajo y en casa. Siempre que me he sentado con él a ordenar sus ideas lo único que he logrado es un cajón de sastre de andanzas y locuras. El zarandeo anímico al que está sometido de vez en cuando lo deja destartalado, emotivamente manga por hombro, pero con una fuerza motriz intacta e impoluta.

―Impórtame un carallo o que son. Veña. A traballar. Comeza a escribir. (Me importa un carallo lo que soy. Venga. A trabajar. Comienza a escribir).

Como he dicho, Rafo nació en la ciudad de Compostela. La ciudad de la piedra y de la lluvia. Su querida Santiago, que pateaba palmo a palmo (polo miúdo, en gallego) todos los veranos incansable y plácidamente en compañía de su hermana. Por razones personales, que se sabrán más adelante, llevan siete años sin ir. 

Es una ciudad especial, una ciudad que conserva la gracia ingenua de los viejos tiempos. Todos los que se acercan a ella, nativos, peregrinos o simples visitantes, lo hacen con el anhelo de experimentar un milagro. Ese es su feitizo (hechizo). Como dice Jesús Torbado, «ya conoces que apenas lleguemos a Compostela serán perdonados todos nuestros pecados, incluso aquellos que ni siquiera conocemos, pues al final de nuestro viaje nos veremos a nosotros mismos como niños recién nacidos. Veremos lo invisible». Es su Ítaca particular. Y desde esa edad tempranera quiere empezar a relatar estas memorias hatroces. O expresado de otro modo, a través de mi escritura quiere lograr que vosotros os transportéis a un mundo que él considera más humano y que disfrutéis de unos recuerdos que viven un tanto apolillados en el desván de sus lembranzas (memorias de unos hechos pasados).

Es un viaje del pensamiento a la pantalla del ordenador, del ipad o de tu smartphone. Perdona si mi escritura es desordenada. Es el desorden que manifiesto yo, el relator, cuando quiere seguir al pie de la letra lo narrado por nuestro protagonista.

¿Que si tienen un hilo conductor? Rafo. ¿Qué si es un ególatra? No lo creo. Mala historia debe de ser si no tiene algo que embaste todos los capítulos.

―Eso no me vale. Tú no sabes novelar. Te lo he repetido mil veces. Tú eres el Zeus del caos. ¿Conoces la palabra estructura? ¿Dónde tienes el guion de tu obra? Todo esto me lo dice un viejo profesor con el que comparto tertulia en el café Molière desde hace mucho tiempo.

―Ya te he dicho que el protagonista es Rafo y es el que va a servir de hilo conductor en los sucesivos capítulos. No quiere estructura ni nada que se le parezca.

―Es decir, eres la voz de su amo.

Mi intención es escribir capítulos independientes y deslavazados, pero sin caer en la anarquía más estridente. Es lo que quiere Rafo. Cada historia tiene su sentido, pero no esperéis que entre los capítulos haya un hilván que los relacione estrechamente. Esa es su determinación.

¿Que si son auténticas y verdaderas las historias? ¡Qué más da! ¿Por qué agarrarse a la simple consideración de la autenticidad de unos hechos? Lo importante es disfrutar con este viaje al pasado más personal e íntimo.

Empecemos.

¿Cuándo nació? Esto es más comprometedor. No quiere decir una fecha en concreto porque hablar de edades es altamente espinoso. Mencionaré una serie de hechos que en aquel inolvidable año fueron noticia. Habrá quien piense que no son significativos, y que faltan muchos otros. ¡Claro está! Pero eso depende de la subjetividad de cada individuo. Esa es su belleza. Los ha elegido Rafo con sumo cuidado.

Trasladémonos con la liana de la añoranza a ese emblemático año.

El Derby es, en Compostela, un excelso salón para meriendas y desayunos, el físico norteamericano Chester Carlson inventa la primera fotocopiadora, es imparable el crecimiento del número de supermercados en España, las canicas, las peonzas y la pídola se convierten en los juegos preferidos de los niños, se produce una acogida multitudinaria en Moguer de los restos mortales del poeta Juan Ramón Jiménez, muerto en el exilio y premio Nobel de Literatura, los teléfonos de Santiago tienen cuatro cifras, el cine más elegante en la época es el Yago de la rúa del Villar nº 51, un kilo de pan cuesta 0’65 pesetas, una camisa 7’50 y un periódico 0’10, en Nápoles encuentran un loro que habla inglés y recita párrafos de Shakespeare (según la prensa del día), la película que tiene mayor éxito es Las chicas de la Cruz Roja, mandar una carta a otra ciudad cuesta 0’80 céntimos y al extranjero 3 pesetas, se inaugura la base naval de Rota, un albañil no cualificado gana 9’20 pesetas al día, una noche en el lujoso Hostal de los Reyes Católicos, en la catedralicia plaza del Obradoiro, cuesta como mínimo 105 pesetas, se observa una gran proliferación por las calles de las grandes ciudades de la motocicleta con sidecar, se produce la muerte del papa Pío XII, la empresa juguetera Famosa lanza la muñeca Güendolina, presentación en sociedad de la fregona en España en la Feria de Zaragoza, Mortadelo y Filemón, agentes secretos de la TIA, entretienen a los niños del momento, el Madrid se alza con la Liga y la Copa de Europa y el otro gran invento español de la época hace furor, el Chupa-Chups.

¿Y ahora qué?

Ahora empieza lo apasionante: ese construir una sucesión de historias inconexas entre sí con los pequeños retales que voy a ir esbozando con mano firme, aunque un tanto temerosa.

―Sólo debes tener miedo de tu propio miedo, me recuerda Mon mientras consumimos una copa, ya lo conoces, en mi lugar preferido de los míticos ochenta, Tula.

En este libro habrá de todo: risa, llanto, ironía, sarcasmo, dudas, obscenidades, engaños, cuernos, denuncias, fracasos, excesos… Pero siempre con la misma intención, que es la de hacer, sin ánimo de molestar u ofender, un bosquejo más o menos acertado de diferentes momentos de su ya dilatada vida. No quiere derribar el tiempo pasado. No quiere hacer un registro del dolor. ¿Relatar hechos ocurridos solamente en la buhardilla de su memoria? Tal vez. ¿Son más lecturas que sucedidos? Él no lo cree así. De verdad. Yo soy el transcriptor de su historia. Como decía Kavafis, ten siempre a Ítaca en la memoria… porque, aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti nunca se ha burlado. 

LA SANTA COMPAÑA

La «Santa Compaña» es una de las leyendas más misteriosas, arraigadas y atractivas del folclore gallego.

Es una procesión espectral de ánimas en pena que recorren los caminos de una parroquia durante la noche. Su aparición suele anunciar una muerte o una desgracia, y está siempre envuelta en un ambiente de niebla, olor a cera y al son de una campanita.

Curiosamente, no son solo espíritus: la procesión va guiada por una persona viva, condenada a llevar una cruz y una vela. Esta persona está bajo una maldición y solo puede liberarse si consigue pasar la cruz a otro mortal. La creencia en la «Santa Compaña» tiene raíces en la Edad Media y está vinculada a tradiciones europeas sobre procesiones de muertos.

En Galicia, también se conoce por otros nombres, como «Estantiga», en la zona de Ourense especialmente.

La expresión «Santa Compaña» puede venir del latín sanctam cum pania, que algunos interpretan como los que comen del mismo pan, aunque esta etimología es muy discutida.

Si te encuentras con la «Santa Compaña» en un camino gallego envuelto en niebla… lo mejor que puedes hacer es evitar coger la cruz que te ofrece el vivo y debes responder con firmeza: «Cruz ya tengo» y cruzar los brazos en forma de cruz. Esto lo obliga a seguir su camino. Además, debes portar una cruz, una estampa de un santo o una figa (amuleto en forma de mano) que puede protegerte de su influencia.

Hay aldeanos que cuentan cómo, al pasar por un cruceiro en plena noche, sintieron un viento repentino y vieron unas luces en procesión que se apagaban al acercarse. Uno de ellos asegura que se protegió haciendo un círculo en el suelo y rezando, y que la comitiva pasó sin detenerlo, pero dijo que nunca volvió a caminar solo de noche por ese camino. 

LA GAITA GALLEGA

La gaita es viento que habla, alma que respira, memoria que camina descalza por los montes de nuestra tierra. Es un grito antiguo que despierta a los robles, que hace danzar la niebla entre los peñascos, que llama a los muertos para que bailen con los vivos en romerías eternas.

En su fuelle vibra el corazón de un pueblo que nunca se rindió, y en su puntero los dedos dibujan una historia que no se olvida. Cada nota es un lamento, una alegría, un secreto guardado en las entrañas del tiempo.

La gaita es madre e hija, es fuego y lluvia, es fiesta y duelo. Cuando suena, Galicia entera levanta la cabeza y recuerda quién es, de dónde viene y hacia dónde va. Porque la gaita no es solo música: es sangre, es raíz, es libertad. 

NO HAN LLEGADO AL PAPEL

Siempre he creído que hay palabras que no nacen de uno mismo, sino del lugar donde el corazón echa raíces. Hay textos que no se escriben: germinan. Asoman desde la tierra húmeda, del silencio antiguo de los árboles, de la memoria que se acumula como hojas secas al pie de un tronco venerable. Así nació este libro y así falleció. No como un acto deliberado, sino como una consecuencia natural. Como si cada microtexto fuese un ser diminuto, un hijo del roble, una criatura discreta que se desprende del bosque y desciende al suelo con la humildad de una bellota. Pero no llegaron al papel.

Asistí al ocaso de estos «niños» no por su vínculo con la infancia, sino por su condición de cosas pequeñas, inesperadas, espontáneas, que no han superado ni un suspiro mío. Iban a ser textos breves, a veces apenas un soplo, pero cargados de una energía que no sé nombrar de otro modo. Cada uno sería una chispa, un latido, un destello de memoria que rehuiría las formas extensas. Serían fragmentos que no quisieron crecer, que encontraron su tamaño exacto y decidieron permanecer así, intactos, como piedras menudas que conservan el calor del sol, pero que no llegaron al papel.

El roble es, para mí, la metáfora perfecta de lo que aquí sucede. No ofrece frutos espectaculares ni flores llamativas. Da bellotas: pequeñas, duras, silenciosas. Y, sin embargo, dentro de ellas cabe un bosque entero. Así iban a ser estos microtextos: semillas que no prometían nada, pero capaces de abrir senderos insospechados en quien los leyera. No buscaban explicar ni convencer. No aspiraban a enseñar. Solo deseaban existir, ocupar su espacio, dejar una huella leve pero persistente. Pero no llegaron al papel.

El robledal es el escenario donde todo esto acontece. Un territorio simbólico, emocional, a veces real y otras imaginado. Un lugar donde el viento trae voces antiguas, donde la niebla suaviza los contornos, donde la soledad no pesa porque está acompañada por la presencia callada de los árboles. Es en ese clima donde iban a surgir estos textos: entre la luz tamizada, entre el murmullo de las hojas, entre la sensación de que el tiempo discurre de otra manera cuando uno está rodeado de raíces. Pero no llegaron al papel.

En estas frustradas páginas habría amor, pero un amor que no se exhibe. Habría soledad, pero una soledad que no hiere. Habría tierra, viento, morriña, y esa forma tan gallega de sentir el mundo como algo que se lleva dentro, no como algo que se contempla desde fuera. Cada microtexto intentaría apresar un instante, una emoción, una intuición. Serían breves porque así se presenta a veces la verdad: aparece de pronto, ilumina un segundo y se desvanece. Pero no llegaron al papel.

No sé si estos «niños del carballo» encontrarán algún día un papel y un lector. Sólo sé que necesitan nacer. Yo solo sería el sendero por el que llegarían al papel.

Sueño con el día en el que lleguen a prender estas pequeñas semillas. Quiero que me dejen en el futuro una sombra, una pregunta o una memoria, entonces la carballeira habrá cumplido su cometido. Pero aún no han llegado al papel.