«SONMEIGO» (JMMT)

EL CAMINO DE REGRESO

Nos vimos en un lugar olvidado por ti y por mí, donde los distintos trayectos de un laberinto sin salida se volvieron visibles y plausibles. Durante unos instantes creímos reconocer sus pasillos, como si hubiéramos transitado antes por ellos en otra vida o en algún sueño obstinado que se negaba a desaparecer. Cada recodo parecía conducir a una revelación y, al mismo tiempo, a una nueva incertidumbre.

La luz, indecisa y tenue, dibujaba sobre las paredes sombras que imitaban caminos imposibles. Caminamos sin prisa, escuchando el eco de nuestras palabras, que regresaban transformadas, como si el propio lugar quisiera responder a preguntas que nunca llegamos a formular. Allí comprendimos que algunos encuentros no ocurren para resolver nada, sino para hacer visibles las preguntas que habíamos aprendido a ocultar.

Y aunque sabíamos que ningún sendero ofrecía una salida verdadera, continuamos avanzando. Había en aquella deriva una forma extraña de esperanza: la certeza de que perdernos juntos era menos inquietante que encontrar solos el camino de regreso.

NESTES ÚLTIMOS ANOS…

andei á deriva cando todo ao meu redor era cordura, non acertei co latexar xusto das palabras cando a miña mente te resucitaba idealizada, ancorei a miña afastada adolescencia no arrolo desangrado dun nome de muller, non saciei con cerimonias adorables a elemental ebriedade da túa pel, confundín a persistencia da lembranza coa promesa imposible do regreso, deixei que o tempo medrase entre nós coma unha herba teimuda sobre os camiños abandonados. E seguín procurándote nos recantos máis improbables da memoria, mentres a vida, paciente e allea, continuaba pechando detrás de min portas que nunca souben atravesar.

A XENTE DA ALDEA

Si algo recuerdo de aquellos tiempos no son solo los paisajes, sino las personas. Compartir tiempo con la xente da aldea fue un regalo de esos que no aparecen en las guías de viaje. Risas espontáneas, o galego da aldea, conversaciones sin reloj, historias contadas con la naturalidad de quien no necesita impresionar a nadie. Todo auténtico, todo sincero.

En un mundo cada vez más lleno de filtros y postureo, recordar a aquella gente que ¿vive y comparte? desde la sencillez tiene un valor enorme. Verlos bromear, recordar anécdotas, disfrutar de un café o de una charla cualquiera me hizo sonreír más de una vez. Había verdad en cada gesto y en cada mirada. Nada preparado, nada forzado.

Ahora, al recordar esos momentos, siento una mezcla preciosa de alegría y morriña. Alegría por haberlos vivido y morriña porque sé que echaré de menos esa forma tan genuina de estar en el mundo. Galicia tiene paisajes espectaculares, sí, pero su alma está también en su gente, en esas escenas cotidianas que parecen pequeñas y que, sin embargo, son las que terminan ocupando el lugar más grande en el corazón.

PRAIA DE A LANZADA

Hay lugares que se quedan en la memoria, y luego está A Lanzada, que se queda un poco más adentro. Ver esa inmensidad de arena y ese mar que parece no tener prisa me devuelve una sensación difícil de explicar: alegría serena, de la que no hace ruido. Mientras caminaba por la playa, con la brisa del Atlántico acariciando la cara y el sonido de las olas marcando el ritmo del día, sentí esa morriña anticipada que aparece incluso antes de marcharse. Porque uno sabe que esos momentos no duran para siempre.

A Lanzada tiene algo especial. No necesita artificios ni grandes palabras. Es belleza sin esfuerzo, naturaleza en estado puro. Allí todo parece auténtico: la luz, el mar, el horizonte y hasta los silencios. Y mientras contemplaba ese paisaje inmenso, pensé en la suerte de poder estar allí, respirando Galicia despacio, guardando en la memoria cada color y cada instante para llevármelos conmigo cuando tocara regresar.

REFLEXIÓN FILOSÓFICA SOBRE ALGUNOS SEMÁFOROS DE MADRID Y SU ENORME PERSONALIDAD ANTE LAS INDECISIONES DE ALGUNOS VIANDANTES

Madrid es una ciudad que parece no detenerse nunca. Sus avenidas, plazas y calles están atravesadas por un flujo constante de personas que caminan con prisa, con dudas o simplemente dejándose llevar por el ritmo de la capital. En medio de este movimiento incesante, hay unos protagonistas discretos que rara vez reciben la atención que merecen: los semáforos. Aunque solemos considerarlos simples dispositivos técnicos destinados a ordenar el tráfico, algunos semáforos madrileños parecen poseer una personalidad propia, especialmente cuando se enfrentan a uno de los fenómenos más característicos de la condición humana: la indecisión.

El filósofo griego Heráclito afirmaba que todo fluye y que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Algo parecido ocurre en los pasos de peatones de Madrid. Cada instante es diferente. Unos cruzan decididos, otros corren para aprovechar los últimos segundos de luz verde y algunos permanecen inmóviles en la acera, observando alternativamente el tráfico y el semáforo como si esperasen una revelación trascendental. Es precisamente ante estos últimos donde ciertos semáforos parecen desplegar toda su personalidad.

Hay semáforos que podríamos calificar de severos. Cambian de verde a rojo con una puntualidad casi kantiana, como si siguieran un imperativo categórico luminoso e inapelable. Su mensaje es claro: existe una norma y debe cumplirse. No importa si el peatón duda, si consulta su teléfono o si se entretiene observando escaparates. Cuando llega el momento, la luz cambia y la oportunidad desaparece. Estos semáforos nos recuerdan que el tiempo, como señalaba Heidegger, constituye una dimensión fundamental de nuestra existencia. Quien no actúa cuando debe hacerlo corre el riesgo de perder la ocasión.

Otros, en cambio, parecen mostrar una personalidad más compasiva. Son aquellos que conceden unos segundos adicionales de paso, permitiendo que los rezagados crucen sin sobresaltos. En ellos podría verse una especie de benevolencia tecnológica, una comprensión silenciosa de las limitaciones humanas. Quizá encarnen una versión urbana de la ética aristotélica, basada no en la rigidez absoluta, sino en la prudencia y el equilibrio.

Sin embargo, el verdadero espectáculo filosófico surge cuando un semáforo se encuentra frente a un peatón indeciso. La escena es cotidiana y, al mismo tiempo, profundamente simbólica. El viandante se aproxima al borde de la acera. Observa la luz. Mira a ambos lados. Da un paso adelante y luego retrocede. El semáforo permanece allí, impasible, como un antiguo maestro estoico que contempla las vacilaciones de su discípulo. No ofrece consejos ni explicaciones. Simplemente muestra una luz verde o roja. La decisión final corresponde siempre al ser humano.

Esta situación recuerda las reflexiones de Jean-Paul Sartre sobre la libertad. Para el filósofo francés, el ser humano está condenado a ser libre, es decir, obligado a elegir constantemente. El semáforo no elimina esa libertad. Incluso cuando la luz es claramente verde, la persona debe decidir cruzar. Incluso cuando es roja, algunos optan por desafiar la norma. El aparato regula, orienta y sugiere, pero nunca sustituye la responsabilidad individual.

Resulta curioso pensar que, en una época dominada por algoritmos y sistemas automáticos, los semáforos sigan representando una forma elemental de diálogo entre la norma y la libertad. Son símbolos de orden en un mundo complejo, pero también escenarios donde se manifiestan nuestras dudas más cotidianas. Cada vacilación ante un paso de peatones es una pequeña representación de las grandes decisiones de la vida. ¿Avanzar o esperar? ¿Actuar o posponer? ¿Confiar en nuestro juicio o buscar una señal adicional?

Quizá por eso algunos semáforos de Madrid parecen tener una personalidad tan marcada. No porque posean conciencia ni voluntad propia, sino porque funcionan como espejos de nuestras actitudes. El semáforo severo refleja nuestra relación con la disciplina; el indulgente, nuestra necesidad de comprensión; el que parece interminable en rojo nos enfrenta a la paciencia; el que cambia justo cuando llegamos nos recuerda la frustración inherente a la existencia.

Al final, estos modestos guardianes luminosos nos enseñan una lección inesperada. La ciudad no está formada únicamente por edificios, calles y vehículos, sino también por una red de símbolos que acompañan nuestras decisiones diarias. Los semáforos madrileños, con su aparente personalidad y su silenciosa autoridad, nos recuerdan que vivir consiste en elegir continuamente el momento oportuno para avanzar. Y, mientras algunos viandantes siguen dudando en la acera, ellos permanecen allí, serenos e imperturbables, observando el eterno espectáculo de la condición humana.