«SONMEIGO» (JMMT)

CAPÍTULO XXVIII DE ‘HATROZ’.- LA PINTURA ORIGINAL

Ayuda al señor arzobispo / cuando tenga que evacuar, / que Dios desde el cielo / bien te lo ha de pagar.

Mientras consumíamos una caña en una terraza de la Plaza de Santa Ana, pude constatar, algo ya intuía, que a Rafo le encantaba volver a su infancia o a esos años en los que se gestaron las anécdotas más graciosas y disparatadas en el entorno de su familia. Creo que tiene muy idealizada esa época, circunstancia que le ha hecho encallarse en un tiempo que jamás volverá. En esta ocasión no respiraba el resquemor de otras ocasiones. Había aparcado el tono hiriente y faltón. Era un verdadero espectáculo contemplar a este hombre relatar cualquier incidente, natural o provocado, que hubiera ocurrido en los aledaños de Compostela, ese locus amoenus que le hacía olvidar los desvelos y las ansiedades generados por lo que él llamaba los fracasos rotundos de su vida.

Hablo desde un presente ―2026― que él califica como la tormenta perfecta porque, por diversos factores de riesgo emocional, dice que llegará tarde o temprano una verdadera catástrofe, acompañada de una viscosa lava de autorreproches, como el culmen de una vida dedicada exclusivamente a vivir sin fruto alguno y a rememorar esas vivencias de su pasado que le anudan la garganta.

Localizado el escenario en las inmediaciones del mítico y legendario Pico Sacro y su desaparecida torre ―se dice que quien pasara por algún camino próximo a ella, durante la noche, oiría con gran nitidez los lamentos y los gemidos de una señora que había sido encantada por un gigante sin que nadie pudiera auxiliarla―, Rafo se dispuso a teatralizarme con admirables gestos faciales y manuales un  sucedido que fue «o acontecemento do mundo mundial», según el matusalénico alcalde la localidad, que cada año ampliaba con una addenda el anecdotario de la comarca. Los paisanos de hábitos taberneiros apostaban, año tras año, en qué siglo acabaría el susodicho libro.

Cando se tome o derradeiro viño que prometerá hai vinte anos, sentenciaba el más conspicuo de los presentes que presumía ser el más retranqueiro de la aldea.

Daquela, teremos que ver antes ó seu paxaro xantar lacón con grelos, le respondía un retador de ironías que no sabía tomar sólo un vino.

Y echaban a reír todos imaginando al bueno del alcalde sin catar «o viño do Ulla» y dándole a su pájaro las sobras de tan selecto plato.

La mandamás de la casa de los Máiz, mujer de armas tomar, allá en los años veinte, decidió que las comidas de la familia, en plena canícula veraniega, tenían que ser un interminable recordatorio de todas las historietas, enredos o intrigas que habían sido protagonizados, unos por su familia, otros por los más insignes invitados y los de más allá por los anónimos habitantes de la aldea. Comentaban los residentes de esa casa que, cuando se le contradecía, se enfadaba como un huracán y daba unos botes, impulsados por sus andariegas piernas, que tocaba el techo con el moño que se hacía todas las mañanas después de llevar a cabo sus diarias abluciones en su dormitorio.

Un vecino de la finca de El Burgo, en Vedra, llamado O estralador, por su hartera forma de reventar las anécdotas antes de que culminara exitosamente su relato, era un digno representante, a pesar de ello, de la narrativa y rumorología oral gallega más ancestral.

―Porque no hay otro igual, decían las lenguas empapadas en vino en la taberna de O corneador do Ulla, por su infructuoso afán de ponerle los cuernos a su resignada mujer.

Este hombre, integrante activo de las diferentes tertulias que en las casas rurales de la comarca ulloana se celebraban, poseía un caudal de historias, unas verdaderas en lo elemental y otras sin ninguna base real, producto de una portentosa imaginación, que iban conformando un rico patrimonio de historietas rurales.

La fiesta de la Virgen de los Dolores, la que más fama tenía en la zona, en el año 1913, culminó sin sacerdote. Este era el titular de la anécdota que manuscribió el alcalde. Robada de un manzano mimado por la familia, una rotunda manzana lanzada por el hijo de diez años de O corneador do Ulla, cual Robin Hood con su arco, atinó a sacudirle al celebrante ―el arzobispo de Santiago― tal golpe en la cabeza mientras hacían las peticiones que cayó desmayado en el suelo como un orondo saco de patatas. Allí acudió el médico de la aldea, amoratado como el vino de Barrantes, a prestarle los primeros auxilios. Además de una micromisa, la fiesta patronal se quedó sin procesión porque el portador del estandarte lo olvidó, como consecuencia de una renombrada beodez, en no se sabe qué lugar de la periferia vedresa.

Las familias de los niños que iban a recibir la Primera Comunión ―tradición que empezó a asentarse a finales del siglo XIX― cayeron en un estado de ansiedad monumental porque intuían que sus hijos se iban a quedar a dos velas y con un palmo de narices si no se recuperaba el noqueado mitrado… de los efluvios vinícolas que expelía por la boca el dispuesto facultativo.

Coincidiendo con la fiesta de la comarca, también se celebraba la Primera Comunión de los pequeños de la aldea que estuvieran en disposición de recibir el mencionado sacramento. Sus esmeradas madres habían cuidado con enorme afán, el peinado y el traje de los primocomulgantes. Un buen negocio había hecho el peluquero el día anterior porque les cortó el pelo y los repeinó de tal modo con el fijador Patrico, para seguir la moda en una época que se llevaba el pelo engominado o el cabello hacia atrás con raya marcada. Era Patrico, en cierto modo, el equivalente español de las pomadas clásicas americanas, pero con un toque propio y un olor fuerte muy característico.

Recuperado del manzanazo el celebrante, más amigo de la calle que del convento, pudo otorgar, muy satisfecho y a toda velocidad, la Primera Comunión a todos los niños, aunque sus ojos estaban puestos en la opípara comida que habían preparado con todo lujo de detalles.

―Necesito recuperarme cuanto antes, acertó a decir con una voz aún herida.

Aquellas fiestas eran pantagruélicas, tanto en la celebración del acto religioso ―aunque en esta ocasión fue de chichinabo, como la tildó un madrileño que llevaba muchos años a la sombra del Pico Sacro― como en la comilona que era la esplendorosa culminación de un día inolvidable para toda la comarca. Decenas de curiosos posaban sus ojos en los diferentes concurrentes que asistían con sus mejores galas al acto casi más importante del año. Como aprendices de tertulianos televisivos, soltaban sus hirientes dardos, bien en forma de sonora carcajada, bien en modo de calificativos irrepetibles, contra todo ser viviente que mostrara un aspecto merecedor de la más dura diatriba.

Las burlas giraban también en torno a la renombrada cogorza que se iba a coger el señor alcalde, a los traspiés que los más torpes cometían en sus andares por el peligroso acceso que circundaba a la casa o en los llamativos trajes que algunos ―sin rubor ninguno― lucían cual esperpento valleinclanesco.

Pero concretemos más. Se organizó un auténtico fangal por culpa de una lluvia torrencial en la zona y la puerta principal, parecido el lugar a un fotocol de famosos, se convirtió en una «chocolatada de barro y agua». De nada sirvió que el acto religioso, por la indisposición del arzobispo de Santiago, fuera fugaz y deslucido. La chuvieira ―lluvia intensa con viento― que cayó fue muy inoportuna y todos los vecinos pudieron disfrutar, con mayor saña que otros años, del hundimiento reiterado de los zapatos en el cenagal que se había formado. Los invitados se vieron obligados a descalzarse para limpiar con esmerada voluntad los casi por seguro ya inservibles zapatos. Las risotadas de los espectadores fueron de escándalo. Ver de esa guisa al médico, al farmacéutico o a la alcaldesa, que tenía unos juanetes que parecían un sexto dedo en plena independencia, era impagable. Estaba asegurada una temporada en la taberna de O corneador do Ulla.

Por entonces, a principios del siglo XX, en estas casas no había cuarto de baño que dispusiera de un inodoro como los de hoy. Uno de los grandes problemas de estos eventos era, cuando se juntaban personajes de cierta entidad, cómo facilitarles la evacuación de sus aguas menores y mayores. El aseo diario se llevaba a cabo en un elegante lavabo que había en cada dormitorio. Las personas que trabajaban la finca se encargaban de dejar la jarra de agua bien repleta y una jofaina limpia para que los durmientes pudieran hacer a primera hora sus purificadoras abluciones.

En la parte posterior de estas viviendas, en la planta baja, en un lugar poco visible, había un excusado llamado común que servía de cagadoiro, como decía vulgarmente la gente de la aldea. Los más refinados se negaban a utilizar ese nombre y hablaban con unos eufemismos dignos de admiración: el excusado, el visitador, el inevitable o el solitario. Consistía en una construcción de madera en la que cabía a duras penas una persona de pie. A la altura de las rodillas había colocada una tabla de madera con un agujero redondo en el centro, lugar por el que se colaba la liberación humana, después de acomodar bien las posaderas, hacia un pozo negro.

Ante este hecho, y con la absoluta certeza de que a lo largo del día el reverendísimo arzobispo iría a visitarlo, un miembro de la familia de la mandamás le dijo entonces a un rapaz que raposeaba por allí:

―Cuando vaya su excelentísimo arzobispo a hacer hueco (a cagar, rapaz, a cagar, ante la cara de sorprendido del chiquillo), estate bien atento, para que en el momento de terminar su liberadora tarea ―no puedes quitar ojo de su libramento, ¿eh?―, tú le pasas por la enlodada comisura de sus nobles nalgas un palo con un paño de tela muy fina ligeramente humedecido con agua y untado con el aromático jabón que elaboramos en nuestra finca. De este modo, su ilustrísima no se ensuciará en absoluto ni la ropa interior ni los faldones de la sotana. La labor tuya es vital para que el único olor que percibamos sea el del aroma del jabón de Consuelo.

El chaval, acobardado, estuvo practicando con esmero desde que fue elegido para tal «ilustre tarea», pues hablaban de las malas pulgas que manifestaba el prelado cuando algo no acababa como él tenía previsto.

Fuco, llamemos así al chaval, al recibir la señal salió como un cohete y se colocó justo detrás del armazón de madera que daba rudimentaria forma al precario retrete. La madera rugió dolorosa cuando los voluminosos glúteos del mitrado descansaron en el tablón agujereado. Gracias a que el maderamen estaba un poco húmedo no se quebró como una plancha seca. Allí, el asustado rapaz tenía los cinco sentidos puestos en la acción liberadora del que había pronunciado minutos antes, como colofón de la comida, un «emotivo sermón» sobre las tentaciones del matrimonio cristiano.

Cuando el joven, magníficamente adiestrado pensó que el ciscador ya había terminado ―el volumen del vaciado y la trompetería que lo acompañó fueron de récord Guiness―, le ajustó el palo a su entrenalgas y frotó con una energía brutal. El mitrado, ante tan sorprendente y enojosa caricia, se puso tieso como un roble. Fuco pensó que tal vez no había realizado una limpieza completa, ya que no subía el aroma del jabón. Debía realizar una segunda e higiénica tarea que le asegurara que estaba todo limpio como una patena. Repitió la operación con más diligencia e impetuosa porfía si cabe. Pero… ¿Cómo iba a pensar el raparigo que el zampón prelado iba a meter la cabeza en el maloliente agujero para ver qué había ocurrido? El resultado fue que, en lugar de limpiarle por segunda vez el trasero, le endilgó unas buenas zurrapas que se habían adherido al paño en la primera limpieza en su rostro que brillaba coloradote por el vino consumido.

El buen hombre bramó como un cerdo por San Martín, despotricó de los hombres y de todo lo que no se encontraba en los escritos. Sin pudor alguno, se presentó en el remate de la comida ―podía ser cena, por la hora― con la cara enmarronada y exigió, tras unas cuantas expresiones malsonantes, que se esclareciese cuanto antes el móvil de aquella sucia ofensa y que se castigara con severidad al desvergonzado responsable. La reparación debería ser pública y notoria.

Y allí había que ver al pobre Fuco, delante del señor arzobispo, que no había permitido que le limpiaran la cara con diligencia, por lo que aún llevaba, según los asistentes que permanecían en riguroso silencio, pero con unas locas ganas de soltar una carcajada, en el rostro algunos restos de lo ingerido copiosamente en el desayuno y comida. Fuco le pidió perdón reiteradas veces ―nada se supo del instigador― con la cabeza gacha y sin mirarle a los ojos. Le aseguraron al gran libertario que el escarmiento iba a ser de los que harían época.

Los rapaces, solidarios con Fuco, estuvieron una semana sin salir de casa por la mañana, pero, por las tardes de esos días nadie les impidió ir al río a bañarse.

Durante esos días, los parroquianos, después de hablar con algún testigo de excepción, decían, entre burlas y parodias, que el verdadero responsable de la trastada sonreía más de la cuenta, como si una alegría interior rebosara de continuo por los poros de su plisada piel. Y este no era otro que el único tío soltero de la familia.

De la pintura del señor arzobispo habló toda la aldea durante meses. Hasta dicen que el hijo de Mariquiña, la de la tienda de comestibles, que pintaba muy bien, por cierto, hizo un lienzo para inmortalizar la heroica hazaña de Fuco. La verdad es que nadie lo vio.

En la tasca de la aldea sí se escucharon, durante bastante tiempo, muchas chanzas cuando los sedientos discípulos de Baco iban al común. Cuentan que salían disparados del estudio de pintura del señor arzobispo (así fue rebautizado el común de la taberna), por si alguno de los pícaros que por allí correteaban los confundían con su reverendísima.

―De la ceremonia religiosa decapitada y del sermón admonitorio sobre los peligros del baile moderno nadie habló lo más mínimo. Lo que se recuerda de la fiesta aún hoy es el gracioso y maloliente incidente del mitrado. Tantos preparativos por parte de la familia y de los vecinos para caer sin remedio en el más injusto olvido, se lamentó Rafo cuando terminó, satisfecho, la narración de la pintura original

CAFETERO/A

Personajillo, como un servidor, que se toma varios cafés al día y todos ellos, especialmente el primero y el último como si fueran el único refresco del desierto, prostituyendo de ese modo la sabrosa labor de los catadores de ese oro negro líquido. El cafetero, yo, cuando estoy frente a un excelente café ―que no «pasilla», que es la denominación del mal café en Colombia―, salivo como un perro ante una chuche y no encuentro el momento para darle un sorbito. Miro a izquierda y derecha, como prófugo de la justicia que está escondido tras el perfil de un cafeto, y me bebo de un trago el contenido de mi taza. ¿Saborear? Nada. Desastre de cafetero, seguro que piensa el camarero. Sin café soy básicamente un wifi sin señal, le digo al camarero, que me mira como cuando yo era niño y observaba fumar a los murciélagos en una oscura esquina del techo de la capilla. Es el que acaba siendo nombrado y reconocido para presidir el Alto Comisionado para los Asuntos Cafeteros, Protector de las Tazas Sagradas, Defensor del Espresso y Mártir del Insomnio Voluntario. Además de ser presidente vitalicio del Comité Internacional de ‘Solo Uno Más y Empiezo el Día’ ¿Por qué ha sido condecorado? Por sus servicios prestados a la humanidad en forma de aroma tostado y mirada temblorosa, y ser ejemplo viviente de que el sistema nervioso puede sobrevivir a niveles ilegales de cafeína y aún fingir cordura en reuniones de trabajo. 

TRES CITAS EN GALLEGO SOBRE LA LECTURA

A lectura é un milagre que nos abre portas a mundos descoñecidos. Cada libro é unha fiestra de luz que ilumina a nosa imaxinación. A través das palabras viaxamos sen mover os pés. Os contos e as historias ensínannos a soñar e a comprender mellor a vida. Ler é un agasallo que alimenta a mente e enriquece o corazón.

A tristura que producen os que denostan os libros é fonda e silenciosa. Cando alguén menospreza a lectura, semella que apaga unha luz no mundo. Os libros gardan soños, memoria e sabedoría que nos fan medrar. Desprezalos é pechar portas á imaxinación e ao coñecemento. Esa actitude deixa un eco frío onde podería haber palabras e esperanza.

As casas con libros enchen o corazón de ledicia e imaxinación. Entre as súas páxinas viven historias que nos fan soñar sen límites. Cada recuncho gardado nun libro é unha porta aberta a novos mundos. O recendo do papel e o silencio compartido traen paz e felicidade. Nunha casa con libros, a alegría medra coa forza das palabras. 

TU PIEL

Tu piel fue la primera geografía que aprendí a leer sin mapas. No tenía fronteras, solo ondulaciones suaves, como el despertar de mi niñez al amanecer. Era piel de niebla y de fuego, piel que guardaba la sal de las lágrimas que nunca lloré, piel que sabía a hierba mojada y a pan de maíz recién cocido.

Cuando te acercabas, el tiempo te hacía reverencias. Las horas dejaban de contar, y los días se convertían en canciones sin letra. Tu piel me hablaba sin palabras, con una tilde que solo entendían quienes sueñan con las manos.

Era piel de fiesta y de luto, de romería y de invierno. Piel que sabía esperar sin pedir nada.

Ahora que eres recuerdo y viento, sigo buscando el aroma de tu piel en las páginas de los libros viejos, en las piedras calientes del mediodía, en las voces que se cruzan en la memoria. Y a veces, cuando el sol se reclina sobre el mar, creo sentirla otra vez: esa piel que fue casa, que fue refugio, que fue poema antes de que yo supiera escribir. 

CAPÍTULO XXVII DE ‘HATROZ’.- LA NOCHE DE LAS AVIONETAS

He tenido tres horas para escribir y corregir este capítulo. Rafo me entregó las pinceladas del mismo a las 6 de la tarde y me exigió que debía estar en internet colgado a las 9 de la noche. Le dije que era imposible, que tenía otras cosas que hacer, pero todo cayó en saco roto. Cuando Rafo se pone testarudo es imposible que razone. Si tú, lector, encuentras alguna errata, te pido disculpas de antemano. Insiste Rafo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La romería comenzaba mucho antes de llegar al campo de la fiesta. Empezaba en la carretera estrecha, entre montes oscuros y eucaliptos húmedos, cuando los coches avanzaban despacio siguiendo las luces de otros vehículos que parecían perderse entre la niebla. Risas, voces, canciones, ruidos malsonantes, ocupaban la carretera a esa hora de la noche. Los conductores se exasperaban porque los caminantes invadían continuamente la calzada.

Aquella noche del verano de 1978, Jesús conducía el Seat 124 de su padre con una mano apoyada en la parte superior del volante y la otra sujetando un cigarrillo que apenas fumaba.

—Como volvamos a coger otra curva así, me bajo y sigo andando —protestó Clara desde atrás.

—No exageres —contestó Jesús—. Esto no es una carretera, es una prueba de supervivencia.

Pedro soltó una carcajada.

—Pues yo creo que vas más rápido que otras veces para impresionar a Sofía.

—Mira quién habla —respondió Jesús—. El que lleva media hora peinándose con el retrovisor.

—Eso es mentira.

—No es mentira. Y además has gastado más colonia que mi padre en Nochebuena. Apesta el coche.

Sofía, sentada junto a la ventanilla, negó con la cabeza mientras sonreía porque presagiaba que iba a ser una gran noche.

—Los hombres sois ridículos cuando queréis haceros los interesantes.

—Y vosotras disfrutáis viendo cómo hacemos el ridículo —dijo Pedro.

—Eso también.

Detrás venía la furgoneta donde viajaban Carmen, Luisa, Julio, César, Tomás y Marga. Desde lejos ya se escuchaban sus voces.

Cuando por fin aparcaron junto a una hilera de coches mal colocados sobre la hierba, todos bajaron hablando al mismo tiempo.

—¡Madre mía, qué frío hace aquí! —dijo Marga, cruzándose los brazos.

—Frío ahora —respondió Julio—. Espera a las cuatro de la mañana.

—A las cuatro de la mañana tú no distingues entre el frío y una farola.

—Porque a esa hora ya se alcanza la sabiduría.

—No, Julio. A esa hora tú ya no sabes ni cómo te llamas —contestó Carmen.

El campo de la fiesta aparecía iluminado al fondo, lleno de bombillas de colores suspendidas entre postes de madera. La música de la orquesta llegaba amortiguada por el aire húmedo.

Sonaba una canción de Fórmula V y varias parejas bailaban ya sobre la pista de hierba desigual.

El olor a churros, vino y pulpo hervido se mezclaba con el humo de los puestos y del tabaco de los asistentes.

Tomás observó aquello con una sonrisa tranquila.

—Hay algo en las romerías gallegas, este ambiente festivo y familiar, que no existe en ningún otro sitio.

—¿El qué? —preguntó Clara.

—Que aquí nadie viene solo a divertirse. La gente viene a sentirse parte de algo, parte de una fiesta que cada año que pasa está más concurrida.

—Mira qué profundo vienes hoy —se burló César.

—Es que todavía no bebió.

Aquella frase provocó las primeras carcajadas serias de la noche.

Y como si fuese una señal, Pedro levantó el brazo señalando hacia el otro extremo del campo.

—Primera parada: las avionetas.

Todos aprobaron la idea inmediatamente.

El puesto estaba rodeado de gente. Un hombre con camisa remangada llenaba pequeñas tazas de barro mezclando licores de varias botellas alineadas frente a él.

Un cartel pintado a mano decía: AVIONETAS ESPECIALES.

—Yo sigo sin entender qué llevan exactamente —dijo Luisa.

—Nadie lo sabe —respondió Julio—. Y probablemente sea mejor así.

—Seguro que eso lleva gasolina.

—O aguarrás.

—O directamente veneno.

El hombre del puesto los miró con media sonrisa.

—Mucho hablar y luego repetís todos.

—Porque no aprendemos —contestó Jesús.

Pidieron una ronda completa.

Las avionetas quemaban la garganta y dejaban un calor instantáneo en el pecho.

Sofía cerró los ojos tras el primer trago.

—Esto puede arrancar la pintura de una pared.

—Eso significa que está bueno —dijo César.

—No, eso significa que mañana voy a despertarme ciega.

Pedro levantó la taza.

—Escuchadme bien. Esta noche tenemos tres objetivos importantes.

—Ya empezó —murmuró Carmen.

—Primero: bailar.

—Aceptable.

—Segundo: no perder a Julio.

—Difícil.

—Y tercero: conseguir volver todos vivos.

Tomás asintió solemnemente.

—Ese último me preocupa.

La orquesta cambió de canción.

Comenzaron los primeros acordes de Déjame, de Los Secretos.

La zona de baile empezó a llenarse todavía más.

Marga agarró de la muñeca a Luisa.

—Ven conmigo antes de que nos quedemos aquí oyendo tonterías toda la noche.

—Yo no bailo.

—Eso decís siempre y luego sois las últimas en dejar de bailar.

—Porque insistís demasiado.

—Porque si no insistimos os pasáis la vida apoyadas contra una barra mirando cómo viven los demás.

Luisa terminó cediendo.

Mientras caminaban hacia la pista, César se acercó a Tomás.

—Te digo una cosa. Marga tiene razón.

—¿En qué?

—En eso de mirar cómo viven los demás. Hay gente que viene a las fiestas y parece que tiene miedo de pasarlo bien.

Tomás encendió un cigarrillo.

—Porque hay gente que piensa demasiado.

—¿Y tú?

—Yo llevo años pensando demasiado.

—Pues deja de hacerlo esta noche.

Las bailonas hacían que la fiesta fuera un desmadre de movimiento.

La orquesta tenía un cantante con traje blanco brillante que sonreía incluso cuando no cantaba. Parecía feliz de estar allí, bajo aquellas luces, viendo cómo la gente coreaba canciones conocidas.

Jesús empezó a bailar con Clara casi por obligación.

—No me pises.

—Entonces deja de moverte tanto.

—Eso es bailar. Hay más agujeros que en la carretera de la playa.

—No. Eso es intentar derribarme.

Clara soltó una risa sincera.

Pedro, mientras tanto, intentaba acercarse a Sofía sin parecer demasiado evidente.

—¿Te apetece bailar?

—¿Y tú sabes?

—Lo suficiente para no hacer el ridículo.

—Eso ya es bastante.

Comenzaron a bailar despacio.

Pedro estaba mucho más nervioso de lo que aparentaba.

—¿Siempre vienes a esta romería?

—Casi todos los años.

—Entonces igual ya nos habíamos visto.

—Puede.

—Yo me acordaría.

Sofía lo miró divertida.

—Qué seguro estás de ti mismo.

—No, de mí no. De ti.

Ella bajó la mirada un instante.

La música siguió sonando.

Cerca de los puestos, Julio ya había encontrado conversación con un grupo de hombres mayores que discutían sobre fútbol.

—Os digo yo que el Dépor va a cambiar muchísimo en diez años —decía uno.

—Sí, claro. Y yo voy a acabar siendo titular del Celta.

—No os riais. Las cosas están cambiando mucho en el fútbol.

Julio intervino levantando la taza.

—Pues mientras cambian, habrá que seguir bebiendo.

—Eso sí que no falla nunca —respondió uno de los hombres.

Poco después fueron hacia uno de los puestos del pulpo.

Las mujeres cortaban los tentáculos con enormes tijeras sobre platos de madera. El vapor subía espeso hacia las bombillas de colores.

El olor era irresistible.

—Ahora sí que soy feliz —dijo César cuando le entregaron su ración.

—Tú eres feliz con muy poco.

—Eso es una virtud.

Se sentaron todos en bancos largos de madera.

Durante unos minutos apenas hablaron, concentrados en comer.

El aceite rojizo y el pimentón manchaban el pan y las servilletas.

Tomás observó al grupo con calma.

Jesús discutiendo con Clara. Pedro intentando impresionar a Sofía. Julio hablando demasiado alto. Marga riéndose de cualquier cosa.

Carmen y Luisa compartiendo churros antes incluso de haberlos comprado.

Y sintió una especie de nostalgia extraña, como si aquella noche ya estuviese convirtiéndose en recuerdo mientras todavía la estaban viviendo.

—¿En qué piensas? —preguntó Carmen.

—En nada.

—Mentira. Tú siempre estás pensando.

Tomás tardó un poco en responder.

—Estaba pensando que dentro de muchos años vamos a recordar esto exactamente así.

—¿Así cómo?

—Con ruido, con humo, con orquestas infames y creyéndonos eternos.

Julio soltó una carcajada.

—La música no es mala.

—La canta alguien vestido como una lámpara.

—Eso es elegancia.

Después del pulpo llegaron los churros. El puesto estaba lleno de humo dulce y niños con las manos pegajosas de azúcar.

Marga pidió chocolate caliente para todos.

—Esto entra solo —dijo Clara.

—Como las avionetas —añadió Jesús.

—No compares una cosa sagrada con una bebida hecha para matar gente.

Sofía observó el movimiento continuo de la romería.

—Mira alrededor.

Pedro siguió su mirada.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo que parece que aquí el tiempo tiene un ritmo distinto.

Él asintió.

—Eso es verdad.

—La gente se ríe más.

—Porque aquí nadie piensa en mañana.

—Eso da miedo.

—¿Por qué?

—Porque las noches mejores son las que luego uno no consigue olvidar.

Pedro se quedó callado unos segundos.

—Entonces espero que no olvides esta.

Ella no respondió enseguida. Solo sonrió levemente.

Más tarde fueron hacia el puesto de tiro.

Tomás insistió en competir con César.

—Te gano fácil.

—Llevas diciendo eso desde pequeños.

—Porque es verdad.

El feriante les entregó las escopetas de balines.

Varias personas comenzaron a mirar.

—Venga, Tomás —gritó Marga—. Demuestra que tantos años cazando moscas sirve para algo.

—Cuando gane quiero respeto.

—Si ganas te compramos otra avioneta.

Los disparos comenzaron. Latas cayendo.  Botellas vibrando. Balines perdidos golpeando la madera.

César derribó más objetivos y alzó los brazos victorioso.

—Aprende del maestro.

—Ha sido suerte.

—No. Ha sido talento.

El premio era un peluche horroroso con forma de perro. César se lo entregó ceremoniosamente a Carmen.

—Para ti.

—¿Y yo qué hago con esto?

—Recordar por siempre esta noche.

—Preferiría una empanada.

La música seguía creciendo. Cada vez había más gente bailando. Las avionetas continuaban circulando de mano en mano. La noche parecía avanzar más rápido de lo normal.

Cerca de las dos de la madrugada, Julio se subió a un banco con una taza en alto.

—¡Silencio un momento!

—Eso nunca es buena señal —dijo Luisa.

Varias personas alrededor comenzaron a mirarlo divertidas.

—Quiero decir algo importante.

—Bájate antes de romperte la cabeza —gritó Jesús.

—Escuchad primero.

Julio carraspeó teatralmente.

—Pasamos el año entero trabajando, estudiando, aguantando problemas y escuchando a gente aburrida. Y luego llega una noche así… y de repente todo parece más sencillo.

—Eso es la bebida que te suelta la lengua —dijo Clara.

—No. Eso es la verdad. Miradnos. Dentro de veinte años igual estamos casados, calvos o viviendo lejos unos de otros… pero esta noche la vamos a recordar siempre.

Hubo varios aplausos y silbidos. Incluso algunos desconocidos levantaron sus vasos.

Tomás sonrió mirando al suelo.

—El idiota tiene razón. Dentro de veinte años lo mismo ya no hay fiestas como esta.

La orquesta empezó otra canción rápida. Jesús sacó a bailar a Carmen. Pedro volvió a acercarse a Sofía. César y Marga discutían riéndose. Luisa, que al principio aseguraba no querer bailar, terminó girando en mitad de la pista.

Las luces de colores atravesaban la niebla ligera que comenzaba a levantarse desde los prados.

Por momentos todo parecía un sueño. Un lugar suspendido fuera del tiempo.

Cerca de las tres de la mañana, algunos niños dormían sobre las sillas mientras los mayores seguían bebiendo y cantando.

La voz del cantante de la orquesta sonaba ya cansada, pero nadie parecía dispuesto a marcharse. La fiesta estaba a punto de terminar porque sonó el Miudiño.

Pedro y Sofía caminaron unos metros apartados del ruido.

Detrás de los coches aparcados apenas llegaba la música.

—¿Sabes una cosa? —dijo él.

—¿Qué?

—Llevo toda la noche intentando parecer más interesante de lo que soy.

Ella soltó una risa suave.

—Eso ya lo sabía.

—¿Y funciona?

—A ratos.

—Bueno, algo es algo.

Hubo un silencio tranquilo.

—No quiero que esta noche termine —dijo Sofía.

—Entonces no termina.

—Sí termina. Todo termina.

Pedro la miró con atención.

—Puede. Pero hay noches que luego se quedan contigo muchos años.

Ella suspiró.

—Eso precisamente es lo peligroso.

Cuando regresaron junto al grupo, Tomás estaba sentado sobre la hierba fumando en silencio.

Jesús se dejó caer a su lado.

—¿Cansado?

—Un poco.

—Pues todavía queda amanecer.

Tomás miró hacia el campo iluminado y observó cómo la orquesta iba recogiendo todos los instrumentos.

—¿Sabes qué pasa?

—Qué.

—Que uno cree siempre que estas cosas van a repetirse eternamente.

—Y no.

—Y no.

Jesús permaneció callado unos segundos.

—Por eso hay que vivirlas bien.

La niebla cubría ya parte del campo y el palco se empezaba a quedar vacío y oscuro.

Los feriantes empezaban a cerrar algunos puestos.

Olía a hierba mojada, café recién hecho y humo apagado.

Marga se sentó en la hierba abrazándose las rodillas.

—No quiero volver.

—Nadie quiere —respondió Carmen.

Julio señaló el horizonte que empezaba a ponerse gris claro.

—Mirad eso.

Todos guardaron silencio un instante.

Las primeras luces del amanecer aparecían detrás de los montes.

Y de pronto, sin necesidad de decirlo, todos entendieron que aquella noche quedaría unida para siempre a sus vidas.

No solo por las canciones. Ni por las avionetas. Ni siquiera por los bailes y las risas.

Sino porque durante unas horas fueron exactamente quienes querían ser. Jóvenes. Libres. Y completamente felices.

Cuando arrancaron los coches, todavía seguían tarareando canciones de la orquesta.

El campo de la romería quedó atrás entre niebla y bombillas apagándose lentamente.

Y mientras la carretera volvía a perderse entre montes húmedos y aldeas dormidas, todos llevaban encima esa sensación extraña que solo dejan las noches verdaderamente importantes.

La sensación de haber vivido algo irrepetible: la noche de las avionetas.